El asistencialismo, demagogia y el culto al líder como pilares fundamentales del régimen peronista; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

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«Un hito característico el peronismo fue el aprobar el voto femenino, pero relegando a la mujer al hogar y a la devoción por Perón:
«El primer objetivo de un movimiento femenino que quiera hacer bien a la mujer… que no aspire a cambiarlas en hombres, debe ser el hogar. Nacimos para constituir hogares. No para la calle». (Eva Perón; La razón de mi vida, 1951)

Es curioso que el feminismo argentino contemporáneo reivindique la política del justicialismo de Perón Evita, ya que, por ejemplo, en el último gobierno de Perón:

«A inicios de 1974 Perón puso importantes límites al acceso de la pastilla anticonceptiva: pasó a regularse su comercialización, exigiendo para su venta una receta por triplicado, y se suspendió su distribución. Los consultorios de Planificación Familiar que funcionaban en los hospitales fueron cerrados, prohibiendo las actividades vinculadas con el control de la natalidad en los espacios públicos. Esto estaba en línea con la encíclica Humanae Vitae lanzada en 1968 por el Papa Pablo VI que prohibía el uso de anticonceptivos. Incluso las vertientes más «de izquierda» de la Iglesia como el movimiento de curas tercermundistas que radicalizó su accionar en los 70, tuvieron una posición conservadora en relación a los derechos de las mujeres». (Izquierda Diario; Peronismo y feminismo en la historia: mitos y verdades, 4 de marzo de 2020)

Una de las claves para mantener el apoyo popular al peronismo fue la Fundación Eva Perón. Fundada en 1948, ésta constituyó la base del asistencialismo en Argentina –en el caso de Eva, bajo la falsa modestia tan típica del cristianismo, en especial del jesuita–, siendo este uno de los puntos que unen al peronismo con su populismo:

«¿Qué es el populusmo? Si nos plegamos a sus raíces etimológicas tendríamos que comprenderlo como relativo a pueblo; pero resulta evidente que los términos evolucionan en su contenido y significado y se alejan de sus raíces. Dicho esto, y a efectos de este espacio, populismo es aquella «estrategia» en el marco del ejercicio del poder –como gobernante o como opositor– bajo la dictadura de la burguesía ya sea en su forma democrático burguesa o en su forma fascista que es indisoluble a la demagogia, el pragmatismo y el oportunismo. Su función principal es enmascarar el verdadero sentido de las políticas que tienen por objeto el fortalecimiento de la clase en el poder pero justificadas en un «pretendido bien superior»; por ejemplo y el más común: «el bien general del pueblo»; dicho de otro modo, su objetivo es la alienación de las masas.

Vale decir que el populismo no es una característica exclusiva de la izquierda burguesa –revisionista, reformista, etc.–, sino de todo el espectro político burgués, su cara visible es el asistencialismo-caritativo; por ejemplo: el ultraderechista Álvaro Uribe desarrolló en Colombia programas de asistencia escolar, merienda escolar, programas de vivienda, etc., al tiempo que profundizaba el vaciamiento de contenido de los derechos económico-políticos a través de la extinción de los derechos laborales, etc. El mismo procedimiento emplean los gobernantes de izquierda burguesa en Latinoamérica que engañan a los pueblos diciendo que ese asistencialismo es un embrión del socialismo, cuando se trata del capitalismo de siempre. Lo esencial a comprender es que esta estrategia, allá donde se ejerce, tiene como finalidad aminorar las «condiciones objetivas» que conduzcan a procesos revolucionarios proletarios; al tiempo que con la propaganda reducen las «condiciones subjetivas». Es decir, es un mecanismo destinado a prolongar artificialmente al capitalismo en crisis, no obstante, a veces se desarrolla con objetivos meramente cosméticos, los ejemplos más oportunos son los «programas sociales» de las entidades empresariales monopólicas. El fascismo también ha utilizado de forma constante el populismo, sobre todo desde la oposición política –a veces sirviendo como trampolín al poder–. Lo ha hecho apoyándose en casos de corruptelas del gobierno burgués de turno –jurando que ellos acabarían con esa corrupción–, de humillaciones nacionales de la Patria por otras potencias –jurando restablecer ante el pueblo el «honor nacional»–, pretendiendo sentir repulsa por los «abusos de las clases altas» –clamando su fin– y queriéndose proclamar siempre como una «tercera vía» entre los «abusos de las clases altas» hacia el pueblo y el radicalismo y ateísmo del marxismo que quiere destruir a las clases altas como tal –hablamos de «clases altas» y no de clases explotadoras, siguiendo el hilo de que los fascistas no reconocen los análisis marxistas sobre la plusvalía y no ven explotación en el sistema capitalista–, elementos que desembocan en engañar a las masas trabajadoras, distraerlas y desviarlas de la revolución». (Equipo de Bitácora (M-L); Terminológico: Populismo, 2015)

¿Qué decir de la propaganda peronista? Es imposible no mencionar las frases ridículas que formaban parte del temario impartido en las escuelas, como «Mama y Papa nos aman, Perón y Evita nos aman», «¡La vida por Perón!» o el «¡Perón y todos de pie, carajo!» que aún a día de hoy quedaron alojados en la «memoria colectiva».

 

Repasemos las ideas principales que emanan de un texto que fue destinado a la educación de los niños en Argentina. Empecemos por el culto a la persona bajo alegatos idealistas y fanáticos:

«Inculcar la doctrina y querer a Perón. Pero pienso que esta Escuela Superior no sólo habrá que enseñar lo que es el Justicialismo. Será necesario enseñar, también, a sentirlo y a quererlo. (…) Cuando llegue el día de las luchas y tal vez sea necesario morir, los mejores héroes no serán los que enfrenten a la muerte diciendo: «La vida por el Justicialismo», sino los que griten: «¡La vida por Perón!». (Eva Perón; Historia del peronismo, 1952)

Obediencia ciega al líder:

«En el corazón, antes que en la inteligencia Yo sé que es necesario y urgente que el Justicialismo sea conocido, entendido y querido por todos, pero nadie se hará justicialista si primero no es peronista de corazón, y para ser peronista, lo primero es querer a Perón con toda el alma. (…) Yo le deseo a esta Escuela Superior Peronista toda suerte de triunfos y una larga vida de fecunda tarea. Las mujeres peronistas vendremos a ella para aprender cómo se puede servir mejor a la causa de nuestro único y absoluto Líder, y pondremos, en el trabajo de aprender, todo nuestro fervor y toda nuestra fe mística en los valores extraordinarios del Justicialismo, pero nunca nos olvidaremos, jamás, de que no se puede concebir el Justicialismo sin Perón». (Eva Perón; Historia del peronismo, 1952)

Petición de sumisión patriarcal de las mujeres disfrazado de aprovechamiento de las «virtudes» femeninas:

«La intuición no es para mí otra cosa que la inteligencia del corazón; por eso es también facultad y virtud de las mujeres, porque nosotras vivimos guiadas más bien por el corazón que por la inteligencia. Los hombres viven de acuerdo con lo que razonan; nosotras vivimos de acuerdo con lo que sentimos; el amor nos domina el corazón, y todo lo vemos en la vida con los ojos del amor». (Eva Perón; Historia del peronismo, 1952)

La teoría de los héroes y la muchedumbre:

«Para poder lograr ver la obra ciclópea del general Perón hay que buscar la luz en otros factores: en el pueblo y en el Líder». (Eva Perón; Historia del peronismo, 1952)

Delirios de grandeza sobre el líder:

«No vemos en ningún otro hombre, con la perfección con que las lleva a cabo este hombre singular de los quilates del general Perón». (Eva Perón; Historia del peronismo, 1952)

Seguir el peronismo es seguir los dogmas reaccionarios e idealistas del cristianismo:

«Para tomar un poco la doctrina religiosa, vamos a tomar la doctrina cristiana y el peronismo, pero sin pretender yo hacer aquí una comparación que escapa a mis intenciones. Perón ha dicho que su doctrina es profundamente cristiana y también ha dicho muchas veces que su doctrina no es una doctrina nueva; que fue anunciada al mundo hace dos mil años, que muchos hombres han muerto por ella, pero que quizá aún no ha sido realizada por los hombres». (Eva Perón; Historia del peronismo, 1952)

En efecto, el peronismo necesita de fanáticos:

«La comparación de nuestro Líder con los genios de la humanidad siempre me resultó interesante, y he llegado, tal vez por mi fanatismo por esta causa que he tomado como bandera –y todas las causas grandes necesitan de fanáticos, porque de lo contrario no tendríamos ni héroes ni santos–, a establecer un paralelo entre los grandes hombres y el general Perón». (Eva Perón; Historia del peronismo, 1952)

Este es uno de los puntos de encuentro del discurso peronista con el de los líderes en Corea del Norte, el llamado «pensamiento Juche» –es decir, el revisionismo nacionalista-religioso a la coreana–, el cual, para consolidar su horripilante régimen, ha educado al pueblo sobre el que gobierna en un reaccionario pensamiento idealista, patriarcal y místico que fomenta un enfermizo culto a la personalidad. En sus propias palabras, para ser un buen militante [hijo], hay que hacer caso al padre [Líder] y la madre [Partido], y para ser una buena esposa [Partido], debe ser sumiso al padre [Líder]. Cualquiera diría que esto es toda una guía del falangismo casposo de Pilar Primo de Rivera.

Veamos un comentario más de la ultrarreacionaria Eva Perón, tan catapultada por los medios burgueses actuales como «una mujer de autonomía femenina», de «mujer hecha a sí misma», e incluso convertida en icono de la «emancipación de las mujeres argentinas» por algunas feministas:

«Las mujeres no necesitamos pensar, el General lo hace por nosotras. (…) Seremos implacables y fanáticas. No pediremos ni capacidad, ni inteligencia. Aquí nadie es dueño de la verdad, nada más que Perón, y antes de apoyar a un candidato –cualquiera sea su jerarquía– le exigiremos en blanco un cheque de lealtad a Perón, que llenaremos con su exterminio cuando no sea lo suficiente hombre como para cumplirlo. Y nosotras, mi General, en lo íntimo de nuestro corazón de mujeres argentinas, peronistas, sabemos la responsabilidad que nos toca en esta hora histórica vivir. Y ya estamos, nuestros ejércitos civiles de mujeres, adiestradas y adoctrinadas para enseñarle e inculcarle al niño que el alma de la patria, antes que en las escuelas, lo forman las madres argentinas en la cuna, que les enseñamos a quererlo a Perón antes que a bendecir los nombres propios». (Eva Perón; Discurso, 1951)

Los libros de la escuela pública publicitaban así a Perón. Si miramos el libro de Elsa G. R. Cozzani de Gillone: «Mensaje de luz» de 1954, para niños de 9 años, se les aleccionaba con:

«Patria mía: hija de esforzados varones. Patria mía: hija dilecta de mujeres de excepción que armaron el brazo de los valientes y dieron generosamente sus hijos, su trabajo y sus lágrimas». (Elsa G. R. Cozzani de Gillone; Mensaje de luz, 1954)

¿Han leído bien? ¡La mujer siempre del brazo del varón! Y si es con una estampita del general Perón en la mesilla de noche y se le reza un rosario antes de irse a acostarse, mejor que mejor. Parece que Evita era una buena cristiana, ya que como decían los Padres de la Iglesia:

«Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio». (Biblia; Timoteo 2:12)

He aquí, de nuevo, el componente clásico del fanatismo: la devoción fanática hacia el líder; el culto a la irracionalidad donde se acepta que el sujeto debe considerarse inferior y debe negar su capacidad de razonar por sí mismo; adoctrinando para amar al líder por encima del concepto de ideología, patria, amistad o familia; y colocando como piedra de toque para evaluar a cualquier candidato político no su programa, sus virtudes o propuestas políticas, sino su lealtad incuestionable al líder. Así, haga lo que haga, el líder siempre tiene razón, como si fuese un dios en posesión eterna de la verdad.

«Un hombre digno de la apoteosis, aureolado con el resplandor que la historia reserva a sus hijos predilectos, es hoy el conductor de los destinos de la Patria». (Elsa G. R. Cozzani de Gillone; Mensaje de luz, 1954)

Compárense estas afirmaciones con la modestia de los líderes verdaderamente comunistas que condenaron enérgicamente este tipo de adulaciones que llevaban de una u otra forma a crear en la mente de la gente la teoría de la infalibilidad de los líderes, así como la creencia de que el devenir del país no está en manos de las masas, sino de estos «líderes y héroes»:

«Estoy absolutamente en contra de la publicación de las «Historias de la niñez de Stalin». El libro abunda en una masa de inexactitudes de hecho, de alteraciones, de exageraciones y de alabanzas inmerecidas. (…) Pero lo importante reside en el hecho de que el libro muestra una tendencia a grabar en las mentes de los niños soviéticos –y de la gente en general– el culto a la personalidad de los líderes, de los héroes infalibles. Esto es peligroso y perjudicial. La teoría de los héroes y la «multitud» no es bolchevique, sino una teoría socialrevolucionaria». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Carta sobre las publicaciones para niños dirigida al Comité Central del Komsomol, 16 de febrero de 1938)

Para nosotros está claro que en la URSS o en Albania el culto a la personalidad fue una práctica abominable que adormecía el nivel de conciencia general, que convertía a la columna vertebral de la organización revolucionaria en un cuerpo esclerótico, lo que a la postre facilitaría la tolerancia con los vicios y haría que nadie moviese un dedo ante la regresión ideológica que se daría poco después de la muerte de ese líder reverenciado. Stalin o Enver Hoxha, pese a oponerse a dicho culto al líder, como así demuestra la abundante documentación, no hicieron lo suficientemente, o, mejor dicho, con la debida eficacia. Consideramos que, al ser dos figuras de máxima autoridad en sus respectivos partidos dirigentes, tenían poder más que suficiente para promover el debate sobre las consecuencias nocivas del culto a la personalidad, tomar medidas y, finalmente, aplicar sanciones cuando fuera necesario para que las resoluciones no quedasen en papel mojado.

Entiéndase que esta equivocación del modelo soviético sembró un precedente que costó muy caro. Facilitó que los oportunistas a nivel local promoviesen el mismo culto a la personalidad, el cual les serviría para acometer a nivel interno todo tipo de arbitrariedades en nombre del «líder». A nivel global esto dio armas a los populismos y revisionismos de tipo nacionalista como el peronismo en Argentina, el suhartismo en Indonesia, el maoísmo en China o el juche en Corea del Norte, para reproducir tales defectos con la excusa de que era algo intrínseco a todos los «gobiernos fuertes a lo largo de la historia», que «el pueblo no puede movilizarse sin estas figuras paternales» o incluso que simplemente era lo que habían aprendido observando a los partidos comunistas y sus dinámicas –aunque realmente todos estos gobiernos contaban en su cultura de América y Asia con sobradas experiencias y modelos de caudillismos y «señores de la guerra»–.

Reivindicar a las figuras del marxismo-leninismo no significa defenderlos formalmente sin analizar, esto solo sirve al enemigo para tropezarnos siempre con lo mismo y no avanzar. Defender el legado de una figura o una doctrina no significa tragar con todos y cada uno de sus actos, hasta los evidentemente erróneos, como hacen algunos. Al final siempre son estos elementos los primeros que no entienden la esencia positiva que guardan las figuras revolucionarias y renuncian a la esencia de la doctrina.

¿Por qué los marxista-leninistas nos negamos a ejercer la devoción hacia una persona a base de fe?

La devoción a una persona significa la devoción a la variabilidad de esa persona. Dicho, en otros términos, si uno deposita fe ciega en una persona y solo es fiel a ella y no a unos principios claros, concretos y objetivos, no sólo estará abandonando el método científico para entender la realidad, sino que se estará atando al destino de esa persona, que puede o no puede degenerar en un contrarrevolucionario –si es que no lo es ya–. He aquí porqué los marxistas rechazan el estúpido culto a las personas:

«Habla usted de su «devoción» hacia mí. Quizás se le haya escapado casualmente esta frase. Quizás, pero si no es una frase casual, le aconsejaría que desechara el «principio» de la devoción a las personas. Ese no es el camino bolchevique. Sed únicamente devotos de la clase obrera, de su partido, de su estado. Esta es una cosa buena y útil. Pero no la confundáis con la devoción a las personas, esa fruslería vana e inútil propia de intelectuales de escasa voluntad». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Carta al camarada Shatunovsky, agosto de 1930)

Todo lo demás es palabrería, culto a la personalidad o en su defecto a las siglas, en una palabra: seguidismo». (Equipo de Bitácora (M-L); Perón, ¿el fascismo a la argentina?, 2021)

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