¿Revitalizó Sorel el marxismo como proclamó Mariátegui?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

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¿Cuál fue para José Carlos Mariátegui la fuente de la revitalización del marxismo en el siglo XX? Atentos, porque no tiene desperdicio:

«Georges Sorel, tan influyente en la formación espiritual de Lenin, ilustró el movimiento revolucionario socialista –con un talento que Henri de Man seguramente ignora, aunque en su volumen omita toda cita del autor de «Reflexiones sobre la violencia»– a la luz de la filosofía bergsoniana, continuando a Marx». (…) Vitalismo, activismo, pragmatismo, relativismo, ninguna de estas corrientes filosóficas, en lo que podían aportar a la Revolución, han quedado al margen del movimiento intelectual marxista. (…) A través de Sorel, el marxismo asimila los elementos y adquisiciones sustanciales de las corrientes filosóficas posteriores a Marx. Superando las bases racionalistas y positivistas del socialismo de su época». (José Carlos Mariátegui; En defensa del marxismo, 1928)

El autor peruano ignoraba u ocultaba que Sorel fue el precursor del «sindicalismo revolucionario», ideología que tanto influenciaría a las huestes anarquistas y fascistas por su violencia, vitalismo y pensamiento irracional. En sus escritos, el francés simpatizaba con la religión, se declaraba favorable a la «intuición» de filósofos idealistas como Bergson y la «moralidad» de reformistas como Proudhon. De hecho, dedicaría varias obras atacando los fundamentos del socialismo científico de Marx y Engels.

En 1908, Lenin, jefe de los marxistas rusos, calificó a Sorel como un mero charlatán:

«Se equivoca usted, señor Poincaré: sus obras prueban que hay personas que no pueden pensar más que contrasentidos. Una de ellas es Georges Sorel, confusionista bien conocido». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

En cambio, para el señor Mariátegui, fueron Sorel y el resto de escuelas idealistas irracionales… ¡quienes revitalizaron el marxismo y al propio Lenin!

Para muestra un botón: los estudiosos del fascismo español, como Julio Gil Pecharromán, reconocían que la obra de Georges Sorel: «Reflexiones sobre la violencia» (1908) fue absolutamente clave para la formación del ideario de José Antonio Primo de Rivera, el fundador de Falange Española. Esto no es ningún secreto ya que dicha obra también formaba parte del plan de lecturas del líder fascista destinado a los falangistas de las prisiones de Madrid o Alicante. Véase la obra de Francisco Bravo Martínez: «Historia de FE-JONS» de 1940.

Hasta el propio Benito Mussolini reconoció la influencia del pensamiento de Sorel en el fascismo:

«Reformismo, revolucionarismo, centrismo, incluso los mismos ecos de estos neologismos, se han debilitado, mientras que en el gran torrente del fascismo se encuentran las corrientes que nacen de Sorel, de Peguy, de Lagardelle, el del «movimiento socialista» y de las fuentes del sindicalismo italiano, que entre 1904 y 1914 aportaron una novedad en el ambiente socialista italiano». (Benito Mussolini; La doctrina del fascismo, 1932)

a) El contexto histórico-político que da luz al sorelismo es fruto de la bancarrota reformista

Bien, aunque comencemos desviándonos algo del tema central, la cuestión de Mariátegui, este ejercicio será necesario para profundizar sobre Sorel y conocer cuanto daño han hecho este tipo de nociones basadas en el practicismo ciego, siempre muy ducho en frases de alta sonoridad revolucionaria, pero de esencia más que discutible. Solo así podremos comprender hasta qué punto Mariátegui estaba promocionando la ideología soreliana, que como iremos comprobando, no solo era absolutamente incompatible con el marxismo, sino abiertamente antagónica a ella.

Pero, para empezar, ¿cómo surge el «sorelismo» en Francia y por qué influye a posteriori a tantas corrientes reaccionarias? Uno de los principales motivos es que Georges Sorel buscaba «limpiar su cabeza» de los «dogmas saint-simonianos y positivistas». Más tarde, sabedor de las osadías que en su momento cometió el socialismo utópico y la sociología burguesa para intentar «hacer ciencia» –por medio de sus fórmulas infantiles y sus metodologías rudimentarias–, intentará justificar su acercamiento a la «filosofía de la intuición», capitaneada por su estimado compatriota Henri Bergson.

Pero esta frustración hacia los movimientos y filosofías precedentes no termina ahí ni es su único motivo de «rebeldía» contra el «racionalismo», pues, aunque parezca un tópico, debemos tener en cuenta –entre otros motivos– la fuerza desmoralizadora que supuso para muchos como él la práctica de los partidos marxistas, quienes por aquellos entonces se denominaban de distintas formas: «socialdemócratas», «socialistas», «obreros», etc. A menudo él mismo reflexionó sobre la crisis que asolaba al movimiento marxista, que en aquel momento destinaba gran parte de sus energías a batir a sus enemigos internos, mientras otros parecían estar a un pie del abismo, en la delgada línea entre el marxismo y su revisión. Véase la obra de Sorel: «La polémica por la interpretación del marxismo: Bernstein y Kautsky» de 1900.

Para quien no lo sepa, en estas formaciones políticas marxistas se estaba cristalizando cada vez más una pugna entre una tendencia tradicional, «revolucionaria» y «ortodoxa», frente a otra «reformista» y «heterodoxa». El objetivo más común de estos últimos era: 1) popularizar sus ideas poco a poco en todas las esferas del partido, con el tiempo volverlas «familiares» y aceptables a ojos de los militantes; 2) alcanzar puestos de poder sin hacer demasiado ruido, maniobrando y realizando concesiones formales para no levantar sospechas ni ser expulsados; 3) contagiar a los jefes de mayor importancia de este espíritu liberal para que, valiéndose de su autoridad y apoyo, se pudiera, llegado el momento, oficializar un nuevo viraje, una nueva línea.

Sorel, aunque inicialmente simpatizaba con ciertas «tradiciones del marxismo» y se horrorizaba con «ciertas licencias liberales», consideraba normal esta coexistencia entre corrientes sumamente dispares, el nadar continuamente en la ambigüedad. Para él no parecía un problema el posible emponzoñamiento ideológico que pudiera derivarse de esta malsana situación interna:

«Es muy fácil reconocer en el socialismo contemporáneo dos concepciones éticas opuestas. (…) El primero, inspirado en las tradiciones de la burguesía liberal, está vinculado a la Revolución Francesa; el segundo, desarrollado principalmente bajo la influencia de Marx, extrae sus principios del estudio de las condiciones sociales producidas por la industria a gran escala. Sin embargo, no debemos creer que no existe una escuela perfectamente pura; ningún socialista se ha mantenido siempre fiel a una sola doctrina». (Georges Sorel; La ética y el socialismo, 1898)

Antes de continuar, habría pues, que entender un poco el contexto político francés de aquellos años dando un par de pinceladas históricas sobre el movimiento obrero francés. Como se ha dicho, Sorel fue un testigo de época de las primeras experiencias del «socialismo francés» de Paul Lafargue y Jules Guesde, los padres fundadores del Partido Obrero Francés (1880-1902), por esta razón se acabó interesando en el marxismo y pasó a colaborar con varias revistas de este tipo entre 1894-97. Como curiosidad también mantuvo una activa correspondencia con uno de sus jefes internacionales más destacados: el marxista italiano Antonio Labriola. Este ironizaría así la deserción de Sorel años después:

«Sin rencor, ¡qué mortificación para mí! (…) Comienza un diálogo didáctico con un amigo, y éste pasa inmediatamente al otro lado. ¿No es así, señor Sorel! Este diálogo no era más que un monólogo, y… tanto mejor». (Antonio Labriola; Introducción a la obra: «Filosofía y socialismo. Cartas a G. Sorel» de 1897, 1898)

Por su parte, Marx y Engels, discreparon no pocas veces con las declaraciones de la cúpula socialista francesa del siglo XIX, así sucedió, por ejemplo, en la forma de combatir a los «posibilistas» de Malón, Brousse y Joffrín (1882), las nuevas tramas de los oportunistas (1899) o la cuestión del programa agrario (1894). Esto bien se puede comprobar en el intercambio de cartas de Engels con sus compañeros de armas. Véase la obra de Lenin: «Prefacio a la traducción rusa del libro de correspondencia J. F. Becker, J. Dietzgen, F. Engels, C. Marx y otros con F. A. Sorge y otros» de 1907.

Este movimiento, el «socialismo francés», albergó desde sus comienzos numerosas ideas ajenas al socialismo científico que comprometían su cohesión interna y su difusión entre el pueblo. Estas desviaciones podían resumirse, entre otras, en: a) un marcado «autonomismo» de las estructuras partidarias que impedía toda dirección de mando; b) concepciones abstractas que equiparaban las revoluciones burguesas respecto a las proletarias en aras de un «derecho» a la «libertad»; c) arengas vacías a la revolución sin la preparación pertinente, muy propias del bakuninismo; d) candidez ante las confabulaciones de los líderes fraccionalistas que pretendían desechar el marxismo; e) discursos demagógicos alzándose como representantes de los «pequeños propietarios» y prometiéndoles «salvar su economía» bajo el capitalismo, etc. Véase el subcapítulo: «La lucha por el partido clasista en la Francia de los 1880’s» de la obra: «¿Clase o pueblo?» de Manuel Salgado de 2004.

Toda esta amalgama ideológica que abarcaba al incipiente «marxismo francés» condujo a la famosa expresión de Marx, tantas veces manipulada:

«Ahora bien, lo que se conoce como «marxismo» en Francia, de hecho, es un producto completamente peculiar, tanto es así que Marx dijo una vez a Lafargue: «Si algo es cierto es que yo mismo no soy marxista». (Friedrich Engels; Carta a Eduard Bernstein, 2 de noviembre de 1882)

Es decir, Marx renegaba no de su doctrina, lo cual sería un absurdo, sino que se diferenciaba de todos aquellos que diciendo abanderarla la adulteraban y ensuciaban su imagen. Tampoco debemos engañarnos y creer que estos problemas eran algo ocasional, puesto que el «posibilismo» no era un «producto francés» ni nuevo, en varias ocasiones Marx y Engels habían señalado que el camino oportunista amenazaba con dominar la jefatura de los socialdemócratas alemanes, algo que uno puede comprobar fácilmente leyendo obras como la «Crítica al programa de Gotha» (1875) o «El manifiesto de los tres de Zurich» (1879). Esto no impidió que años después elementos como Eduard Bernstein proclamasen una «vuelta a Kant» que, a decir verdad, tuvo una gran acogida, influenciando progresivamente a todo el oportunismo europeo. Cabe mencionar, eso sí, que por aquel entonces estas tentativas aun fueron duramente contestadas por quienes se mantenían fieles a la ortodoxia, como por ejemplo Franz Mehring, quien en su obra «Sobre el materialismo histórico y otros escritos filosóficos» (1893) hizo una radiografía de gran valor sobre los enemigos abiertos y velados del marxismo refutando sus argumentos clásicos; hablamos de toda una serie de contraargumentaciones que, como cualquiera comprobará, siguen siendo sumamente útiles para la lucha ideológica siglos después. En España también tenemos material de este tipo que denotan las controversias de la época, con escritos de Pablo Iglesias Posse como «Los falsos revolucionarios» (1899) donde el fundador del socialismo español también se posicionaba en contra de estas tendencias que intentaban diluir al marxismo dentro del liberalismo. A finales del XIX los marxistas todavía estaban seguros de que hombres como Bernstein no eran peligrosos siempre y cuando, claro, se les combatiera debidamente:

«Los socialdemócratas que han seguido fieles al espíritu revolucionario del programa partidario –y afortunadamente casi en todas partes constituyen mayoría– cometerían un error insalvable si no tomaran a tiempo medidas decisivas para combatir este peligro. El señor Bernstein, aislado, no sólo no inspira temores, sino que es francamente cómico, un personaje que muestra una desopilante semejanza con el filosófico Sancho Panza. Pero el espíritu del «bernsteinismo» es aterrador como síntoma de una posible claudicación. (…) La pésima traducción del lamentable libro del señor Bernstein ya ha tenido dos ediciones «legales». Probablemente no tardará mucho tiempo en salir la tercera. No hay de qué asombrarse. Cualquier «crítica» del marxismo o parodia del mismo –siempre que esté imbuida del espíritu burgués– halagará indefectiblemente a ese sector de nuestros marxistas legales que representa la parodia burguesa del marxismo». (Gueorgui Plejánov; Sobre el papel del individuo en la historia, 1898) 

Empero, paradojas de la vida, al poco tiempo, el propio Plejánov en Rusia, Pablo Iglesias en España o Kautsky en Alemania se convirtieron en aquello que unos pocos años antes calificaban como una «parodia del marxismo» –halagada y financiada por la burguesía–. Fijémonos entonces en la importancia de la lucha ideológica, en la necesidad de dar batalla a este «espíritu de claudicación» que acaba corroyendo a los mejores representantes del pueblo.

Entre tanto, Georges Sorel fue uno de tantos hombres cansados de ese «socialismo francés» que con el tiempo se había vuelto tan adocenado y pusilánime frente al poder dominante. En 1908 le echaba en cara a este «socialismo» su «hipocresía» porque «no pensaba en la insurrección» pero sí en los votos y puestos parlamentarios, concertando alianzas sin principios con el republicanismo burgués. Criticaba a sus representantes por haberse convertido en la nueva «aristocracia obrera», recordando demasiado a los «demagogos» de la Antigua Grecia, pues siempre hablaban en nombre del «pueblo» pero sin representar nada más allá de sus intereses personales. Así, que, tras sus apoyos iniciales, Sorel ahora estaba totalmente decepcionado respecto a este movimiento. Puede decirse que a causa del «marxismo hegemónico» de su tiempo, de cariz reformista, pacifista y burocrático, buscó otras «vías» que calmasen su espíritu aventurero ya que, como acertadamente dijo una vez:

«Nadie hubiera pensado que los discípulos de Marx siguieran las huellas de los liberales». (Georges Sorel; Reflexiones sobre la violencia; 1908)

Pese a todo, el pensamiento soreliano era compatible con el «marxismo pusilánime» de sus sucesores, ya que, por ejemplo, ¡afirmaba «comprender» a Bernstein! ¿Por qué? Básicamente porque coincidía en su revisión «heterodoxa» sobre el tronco central de la doctrina:

«Estimo que, entre los motivos que han llevado a Bernstein a separarse de sus antiguos amigos, hay que contar el horror que experimentaba por sus utopías». (Georges Sorel; Reflexiones sobre la violencia; 1908)

En resumidas cuentas, Sorel se cansó demasiado pronto del marxismo y rechazó realizar un estudio más minucioso del mismo, mientras que tampoco llegó a asimilar otras partes fundamentales del mismo. En efecto, en según qué cuestiones, Sorel conocía perfectamente la doctrina de Marx, pero la rechazaba frontalmente porque su obsesión siempre fue alejarse filosóficamente del materialismo, de aquellos que se postraban ante las «ataduras» de lo «real», por esto mismo celebraba la «valentía» de Bernstein, quien:

«Deseando permanecer atado a las realidades, como lo había hecho Marx, creyó que valía más hacer política social, persiguiendo fines prácticos, que adormecerse al son de bellas frases relativas a la dicha de la humanidad futura». (Georges Sorel; Reflexiones sobre la violencia; 1908)

A partir de entonces Sorel empezará a colaborar con todo tipo de grupos reaccionarios, incluyendo a algunas de las agrupaciones más chovinistas de la época, como el «nacionalismo integral» del contrarrevolucionario Charles Maurras.

Volviendo a lo que sucedía en Paris entre 1902 y 1905, encontramos a una dirección del POF aquejada por la crisis, la cual, por aquel entonces consideró que el primer «partido marxista francés» de la historia, ahora debía ser «cabal» y fusionarse con dos de sus enemigos más acérrimos: por un lado, con los sucesores del aventurero Blanqui, por otro, los fieles a uno de los nuevos cabecillas reformistas, Jean Jaurès. Esta nueva agrupación daría paso a la Sección Francesa de la Internacional de los Trabajadores, formando parte de la II Internacional, nos estamos refiriendo al futuro partido mediante el cual gobernarían jefes socialistas como León Blum o Guy Mollet décadas más tarde.

Los antaño bravíos marxistas, como Jules Guesde, discípulos de Marx y Engels, ahora podían ser vistos en los diversos gabinetes del gobierno nacional en buenas nupcias con los partidos tradicionales, algo que anteriormente estaba taxativamente prohibido en las normas del antiguo POF. Por supuesto, en estos puestos de poder actuaron mansamente como el furgón de cola de la burguesía republicana, lo que causaría el desánimo, rabia y desilusión entre muchos militantes y simpatizantes, produciéndose una quiebra entre dirección y base, especialmente con el estallido de la Primera Guerra Mundial:

«¡El proletariado alemán, debido a sus caudillos responsables, obedeció el llamado de la camarilla militar… las otras secciones de la Internacional tuvieron miedo y se comportaron de la misma manera; ¡en Francia, dos socialistas creyeron necesario participar en el Gobierno burgués! Y de este modo, varios meses después de haberse declarado solemnemente en un Congreso que los socialistas consideraban un crimen que unos disparasen contra otros, millones de obreros se incorporaron al ejército y comenzaron a cometer ese crimen con tanta tenacidad y ardor que la burguesía y los gobiernos capitalistas les han expresado reiteradas veces su agradecimiento. (…) El Partido Socialdemócrata se convirtió en lo que es hoy. Una excelente organización. Un cuerpo vigoroso del que se ha escapado el alma. Y estas tendencias no sólo se manifiestan en la socialdemocracia alemana, sino también en todas las secciones de la Internacional. El «creciente número de funcionarios» acarrea ciertas consecuencias; la atención se concentra con exclusividad en la regularidad de las cotizaciones; las huelgas se consideran «manifestaciones que tienen por objeto lograr mejores condiciones para el acuerdo» con los capitalistas. Se adquiere el hábito de vincular los intereses de los obreros con los de los capitalistas, de «supeditar la suerte de los obreros a la del propio capitalismo» y de «desear el desarrollo intensivo de «su» industria «nacional» en detrimento de la industria extranjera. (…) El proletariado fue felicitado por los jefes militares, y la prensa burguesa alabó en términos calurosos la resurrección de lo que ella llamó «el alma de la nación». Esta resurrección nos ha costado tres millones de cadáveres. Y sin embargo, jamás una organización obrera había alcanzado un número tan elevado de cotizantes; nunca ha habido tal abundancia de parlamentarios, una prensa tan magníficamente organizada. Y jamás ha habido una causa tan abominable, contra la que fuera necesario sublevarse. En circunstancias tan trágicas, cuando está en juego la vida de millones de hombres, todas las acciones revolucionarias son no sólo admisibles, sino legítimas. Son más que legitimas: son sagradas. El deber imperioso del proletariado exigía intentar lo imposible para ahorrar a nuestra generación los acontecimientos que están anegando en sangre a Europa. No ha habido medidas enérgicas, ni intentos de revuelta ni acciones que llevaran a una insurrección. (…) Nuestros adversarios gritan sobre la bancarrota del socialismo. Van demasiado aprisa. Sin embargo, ¿quién se atrevería a afirmar que están completamente equivocados? Lo que está muriendo en estos momen¬tos no es el socialismo en general, sino una variedad de socialismo, un socialismo dulzón, sin espíritu idealista ni pasión, con aires de funcionario y barriga de un respetable padre de familia; un socialismo sin audacia ni locuras, aficionado a la estadística, metido hasta la coronilla en amistosos acuerdos con el capitalismo; un socialismo preocupado exclusivamente por las reformas; un socialismo que ha vendido su derecho a la primogenitura por un plato de lentejas; un socialismo que aparece ante la burguesía como sofocador de la impaciencia del pueblo, una especie de freno automático de la audaz acción proletaria. Precisamente ese socialismo, que amenazaba contaminar a toda la Internacional, es en cierta medida el responsable de la impotencia que se nos reprocha». (Paul Golay; El socialismo que muere y el socialismo que debe renacer, 1915)

Por aquellos días, en Rusia, los bolcheviques comprendían y compartían el hartazgo generalizado de muchos de los «camaradas franceses» que, como dejó patente Lenin en su artículo «La voz honesta de un socialista» (1915) era responsabilidad de «los guedistas» por su falta de principios y constantes desatinos. Ahora bien, el «alivio espiritual» que le supuso a Lenin leer el heroico criticismo de Paul Golay, en ningún momento significaba admitir que para superar ese «socialismo dulzón» se especulase o se tuviese la pretensión de recuperar las viejas nociones del anarquismo. En esta ocasión, el jefe bolchevique respondió de forma respetuosa y pedagógica aclarando que valoraba ampliamente la honestidad descriptiva y analítica a la hora de enjuiciar los rasgos burocráticos, chovinistas y reformistas del socialismo francés; también manifestó entender hasta cierto punto la desconfianza que Golay y los suyos hubieran podido sentir hacia la teoría a causa de la vulgarización del marxismo que estaban acostumbrados a leer en la literatura extranjera –con un Kautsky que estaba destrozando su buena fama–. Pero, por el contrario, también dejó sumamente claro que todo esto no justificaba los «ataques irreflexivos» hacia el «centralismo», la «disciplina» o el «materialismo histórico», y achacaba esto, en última instancia, a la debilidad de la mayoría de los «socialistas latinos» por la teoría. Como curiosidad, esto fue algo que ya había sido resaltado por Marx y Engels como aspecto negativo entre las prácticas de los italianos y españoles, lo cual explicaba la gran acogida que tuvo el bakuninismo allí. Engels notificaría a Bernstein el 20 de octubre de 1882 que en el nuevo estallido de fraccionalismo francés tenía gran parte de la culpa la herencia acostumbrada a «una práctica excesivamente laxa», no pudiendo «soportar un escrutinio escrupuloso».

Pero volvamos al siglo XX, Lenin consideraba que se podía ser «revolucionario sin participar, en la medida de las fuerzas, en la elaboración y aplicación de esa teoría», labor que incluía en se momento «una «lucha implacable contra la mutilación a que la someten Plejánov, Kautsky y compañía» la «doctrina». Dicho lo cual, también se recordaba que para ese movimiento emancipador era innegociable que estuviese conducido por una teoría que, en sus palabras «no puede ser inventada», sino que «nace de la suma de la experiencia revolucionaria y el pensamiento revolucionario de todos los países del mundo». Esto último era un golpe demoledor contra el subjetivismo de los idealistas y la libre revisión del marxismo.

En lo sucesivo, la forma de actuar tan sumamente cuestionable de los presuntos representantes del proletariado francés como Guesde o Jaurés fueron un blanco continuo en los trabajos de Lenin. Ya desde antes de la Primera Guerra Mundial denominó a este tipo de líderes bajo epítetos como «socialchovinistas» y «socialimperialistas»; estos eran unos apelativos referidos para todos aquellos antiguos marxistas que ahora traicionaban el principio del internacionalismo proletario; para quienes bajo un ridículo halo de «deber patriótico» se postraban como defensores de los intereses políticos burgueses, justificando las guerras coloniales, las anexiones territoriales y la opresión nacional. Más tarde, en 1920, esta tensa situación en las filas francesas daría lugar a la fundación del Partido Comunista Francés (PCF), estimulada en buena parte por la creación de la Internacional Comunista (IC) un año antes.

b) ¿Es cierto que Marx no sistematizó ninguna teoría?

Nosotros, que no desentonamos con Lenin, también afirmamos que Sorel no solo era un charlatán, sino un verdadero zote en lo relativo a cuestiones teóricas:

«En el fondo, ¿el materialismo histórico no sería un capricho de Engels? Marx habría indicado un camino, y Engels habría pretendido transformar esta indicación en teoría, y lo ha hecho con el dogmatismo pedante y a veces burlesco del escolar: luego ha venido Bebel, el cual ha elevado la pedantería a la altura de un principio». (Georges Sorel; Carta a Benedetto Croce, 19 de octubre de 1900)

Marx, como todo científico, no podía sino acabar sistematizando sus conocimientos y descubrimientos en «teoría» –esa palabra que tanto asusta siempre a los «vitalistas» y adoradores de la espontaneidad como Sorel–. Si observamos obras como «La ideología alemana» (1846), «El Manifiesto Comunista» (1848) o «El Capital» (1867), dejan poco lugar a dudas sobre lo categóricas y sistemáticas que son doctrinalmente. Por tanto, la «oficialización» de la teoría de Marx no fue algo que le correspondiese fundamentalmente al bueno de Engels, porque fue una labor que ya realizó el propio Marx –salvo excepciones posteriores a su fallecimiento como pudo ser el concluir algunos escritos inacabados, sin los cuales, es muy seguro que jamás hubiéramos podido disponer de ellos–. En cuanto a los trabajos de Engels, si tomamos, por ejemplo, «El Anti-Dühring» (1878), ciertamente hay un gran énfasis en estudiar los resultados de las ciencias naturales y sociales –aquello que a Sorel tanto le horrorizaba–, pero la redacción de esa misma obra fue fruto de la colaboración directa con su compañero de fatigas. No existen divergencias serias entre Marx y Engels, en cambio sí media todo un mundo entre Sorel y Marx. Por ende, no existe mayor «burro» –y pedimos perdón a estos nobles animales por la comparativa con este despreciable ser– que un Sorel proclamando cosas como la que sigue:

«Acabo de recibir un enorme volumen: II materialismo storico in Federico Engels del profesor Rodolfo Mondolfo de Turín. Me aterra pensar que se necesitan tantas páginas para explicar el pensamiento de un hombre que pensaba tan poco como Engels». (Georges Sorel; Carta a Croce,16 de marzo de 1912)

Resulta cuanto menos sospechoso que el principal escudero y en ocasiones maestro de Marx sea siempre el blanco de los ataques de quienes se suponen defensores de su legado. Es más, si somos astutos muy pronto nos daremos cuenta que las barbaridades constantes que soltó Sorel no son nada fuera de lo común. Para que el lector nos comprenda: estamos ante las mismas diatribas que recitaron siempre los «marxistas heterodoxos», aquellos «seres superiores» que dicen saber elevarse por encima del «dogmatismo» y «vulgarización» del pensamiento de Marx, pero que ni tienen bemoles a corregir sus verdaderas equivocaciones ni tampoco respetan su vastísimo legado a reivindicar. Estos grandes «eruditos» se han presentado durante todo el siglo XX bajo diversas escuelas, apodos y variantes: en su momento estaban los seguidores de Lukács o Korsch, el llamado «marxismo occidental», quienes en muchos casos actuaban más como subjetivistas y hegelianos que como marxistas; también los «reconstitucionalistas», que, al igual que los anteriores, siempre fueron muy críticos con «las limitaciones del marxismo-leninismo», viéndolo también casi como una variante positivista; y, en último lugar, cómo no, hay que mencionar a los «marxianos», encargados de custodiar la inmaculada pureza de Marx frente a los malévolos «engelsianos» y sus sucesores «leninistas». Al final, «tanto monta, monta tanto», puesto que todos y cada uno de ellos desarrollaron faenas similares: dedicándose a coger esto y aquello del marxismo que les llamaba poderosamente la atención, unas veces para mantener una pose revolucionaria y otras para interpretar tal concepto a su libre albedrio. En todo caso, a poco que uno los mirase de cerca podía observar que estaban a años luz de cumplir con los atributos reconocibles del marxismo, más eso no les impidió tener la cara más dura que el cemento y autoerigirse como los únicos que salvaguardaban su esencia. En ocasiones, aunque fuese surrealista, no tuvieron problema en anunciar al mundo que gracias a su ardua labor de combinación y fusión del marxismo con otras doctrinas habían dado por fin con la tecla para «superar los errores y limitaciones de base». ¡La vieja historia de siempre! ¿A qué nos recuerda todo esto? A que, en lo referido a las figuras evolucionarias:

«Después de su muerte se intenta convertirlos en iconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de gloria para «consolar» y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina revolucionaria, mellando el filo revolucionario de ésta, envileciéndola». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la revolución, 1917)

c) La vieja historia de siempre: antiteoricismo

«El mundo camina pese a los teóricos». (Georges Sorel; Revista de metafísica y moral, 1911) 

El «sabio» Sorel, orgulloso de su completa ignorancia, una vez proclamó con gran desdén estas líneas. Ese sustrato «antiteoricista» tan clásico del revisionismo contemporáneo tampoco es casual, también tiene una raigambre muy soreliana, aunque en general es común al anarquismo y a todo antimarxismo que sufre de una fuerte alergia por la ideología concreta y el esfuerzo razonado del pensar.

Para empezar, la teoría no es sino una acumulación de conocimientos, una síntesis de la experiencia práctica, y esta última no es sino la actividad material del ser humano. En vista de ello, no existe mayor tontería que jurar que uno no realiza un trabajo «desde la teoría» para «seguir teorizando», esto es lo que en filosofía se denomina comúnmente como una «tautología»: dar vueltas sobre explicaciones que no aclaran nada.

En general, sobre esta concepción respecto a la teoría hay mucho que decir. Salvo que seamos platónicos o cualquiera de sus sucedáneos idealistas, sabemos que la teoría no brota sin más de la cabeza ni del «mundo de las ideas», sino que viene de la praxis. Hasta los «académicos» –de los que hablan con tanto desprecio los maoístas, bakuninistas o sorelianos–, para poder realizar un «trabajo teórico» serio tienen que tener en cuenta no solo las teorías previas a la suya –confirmadas por la práctica–, sino que respecto a los aportes «teóricos» que puedan añadir de su investigación estos deberán partir de la constatación de un trabajo práctico que pueda comprobar la validez de su «teoría» –salvo que a lo que quieran dar rienda sea al «potro de la especulación», en cuyo caso estaríamos ante charlatanes–. Si ninguno de ellos hubiera realizado este proceso de forma más o menos correcta, ninguna de las ciencias habría sido capaz de lograr el grado de desarrollo que han llegado a alcanzar a lo largo de la humanidad. Luego, incluso una vez estos intelectuales lancen dicha «teoría» al mundo, no esperan que el lector lea estas ideas para seguir cavilando más «teorizaciones», sino que espera que sirvan de eje para el desarrollo práctico del día a día, para que el obrero, el campesino, el físico, el historiador, el arquitecto o el profesor comprendan el funcionamiento de esta maquinaria o de aquel organismo vivo, para que sepan cómo deben investigar las fuentes pasadas, cómo organizar sus clases y la disciplina de los escolares, cómo construir edificios sin que el techo se venga abajo, etc. Labores, todas ellas, que como es lógico también llevan implícita una práctica. Incluso aunque en este proceso inoculen concepciones falsas, conclusiones erróneas y demás, no elimina lo anterior.

«Hay en el mundo ignorantes y reaccionarios que pretenden que nosotros, los comunistas, queremos atribuir al marxismo-leninismo también las obras de aquellos científicos viejos y nuevos que no sabían ni saben qué es el marxismo-leninismo, que no son marxistas, siendo algunos de ellos hasta adversarios de esta ideología. Eso no es en absoluto verdad. No se trata de apropiarse de las obras de este o de aquél científico, nacido en tal o cual país, hijo de este o de aquel pueblo. Pero es un hecho que ni Descartes ni Pavlov, ni el jansenista Pascal ni el científico Bogomoletz, ni otros miles y miles de científicos renombrados de todos los tiempos, son conocidos por la humanidad porque iban a la iglesia o porque hubieran rezado alguna vez a dios, sino por sus obras racionales, progresistas, materialistas, anticlericales, antimísticas. Su método en general, en ciertos aspectos, ha sido dialéctico, mas, sin embargo, no tan perfecto como nos lo proporciona el marxismo-leninismo. La doctrina marxista-leninista es el súmmum de la ciencia materialista y del desarrollo de la sociedad humana; es la síntesis de todo el desarrollo anterior de la filosofía y de manera general, del pensamiento creador de la humanidad; es la síntesis de todo lo racional y progresista que en todas las épocas y en diversas formas ha luchado contra las supersticiones, la magia, el misticismo, la ignorancia, la opresión moral y material de los hombres». (Enver Hoxha; Nuestra intelectualidad crece y se desarrolla en el seno del pueblo; Extractos del discurso pronunciado en el encuentro con los representantes de la intelectualidad de la capital, 25 de octubre de 1962)

Que en muchas ocasiones estos descubrimientos, inventos, técnicas o logros no sean explicados ni enfocados de forma lo suficientemente «científica» lo confirma la historia, por eso la lucha entre materialismo e idealismo, metafísica y dialéctica es innegable, pudiendo potenciar o limitar un gran trabajo:

«Es suficiente pensar en Darwin para comprender cuan necesario es ser prudente cuando se afirma que la ciencia de nuestro tiempo es por sí misma el fin de la filosofía. Darwin, ciertamente, ha revolucionado el dominio de las ciencias del organismo, y con ello toda la concepción de la naturaleza. Pero Darwin no ha tenido plena conciencia del alcance de sus descubrimientos: él no fue el filósofo de su ciencia». (Antonio Labriola; Filosofía y socialismo, 1899)

Pues bien, la política no es diferente a esto. No existe mayor obviedad que asegurar que una organización no pretende limitarse a teorizar, dado que teorizar, aunque sea para objetivos humildes y mínimos, es algo que se hace para alumbrar una praxis a seguir. De cualquiera manera, la actividad práctica continuará siempre, sin embargo, se puede incidir mucho más en el resultado si se decide bajo qué lineamientos teóricos se amparará la práctica concreta a desplegar; si no es así serán las fuerzas de las ideas dominantes, la intuición o la costumbre las que pasarán a tomar el mando. Pretender que existe un desarrollo de la praxis sin una teoría detrás es tan absurdo como pretender que existe un arte o una metodología pedagógica sin una filosofía detrás, sin ideología de por medio. Es algo que consciente o inconscientemente sucede más allá de la voluntad de los sujetos.

Sorel no se dio por satisfecho por pisotear cualquier pretensión de teoría, sino que deseaba que retornásemos a la era de las cavernas:

«Mientras el socialismo siga siendo una doctrina cuteramente expresada con palabras, es muy fácil hacerlo desviar hacia un justo medio». (Georges Sorel; Reflexiones sobre la violencia; 1908)

Este «transgresor» del orden establecido nunca nos llegó a explicar cómo se transmitirían en el futuro las enseñanzas «socialistas» del «sindicalismo revolucionario» ¿¡Balbuceos, lenguaje de signos, señales de humo, esoterismo, telepatía!?

d) La filosofía soreliana del conocimiento

«El mundo no satisface al hombre y éste decide cambiarlo por medio de su actividad. (…) Las leyes del mundo exterior, de la naturaleza. (…) Son las bases de la actividad del hombre, dirigida a un fin. En su actividad práctica, el hombre se enfrenta con el mundo objetivo, depende de él y determina su actividad de acuerdo con él. (…) El pensamiento que avanza de lo concreto a lo abstracto –siempre que sea correcto– no se aleja de la verdad, sino que se acerca a ella. La abstracción de la materia, de una ley de la naturaleza, la abstracción del valor, etc.; en una palabra, todas las abstracciones científicas –correctas, serias, no absurdas– reflejan la naturaleza en forma más profunda, veraz y completa. De la percepción viva al pensamiento abstracto, y de éste a la práctica: tal es el camino dialéctico del conocimiento de la verdad. (…) La actividad práctica del hombre tiene que llevar su conciencia a la repetición de las distintas figuras lógicas, miles de millones de veces, a fin de que esas figuras puedan obtener la significación de axiomas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Hegel «Ciencia de la lógica», 1915)

Contrariamente a la herencia marxista, que reconoce y saluda el avance de las ciencias y sus progresos pese a los obstáculos que se va encontrando a su paso, en el «renovador pensamiento» de Sorel se hace patente que, como buen nietzscheano, se siente engañado por las falsas promesas de la Ilustración del siglo XVIII sobre la «futura redención de la humanidad a través del avance de las ciencias», así como desconfiaba del positivismo del siglo XIX que también vendió más de una mentira en nombre de la «razón» y el estricto «rigor científico», algo quizás sorprendente para quien no sepa que fueron corrientes creadas y hegemonizadas por la burguesía:

«En el curso del siglo XIX existió una increíble ingenuidad científica que es la continuación de las ilusiones que habían hecho delirar a fines del siglo XVIII». (Georges Sorel; Reflexiones sobre la violencia; 1908) 

Para él, el razonamiento reflexivo no sería más que una antigualla a desechar, un engañabobos, el árbol que nos impediría ver el bosque. Pero su objetivo no es refinar la metodología errada de estas corrientes, sino abjurar directamente de todo racionalismo para echarse en brazos de otras fuentes que considera más «verdaderas» y «naturales» a la esencia humana: la intuición y el utilitarismo. Así configura su epistemología, es decir, su teoría del conocimiento:

«Para Georges Sorel constituía la llamada teoría del «pluralismo dramático», o forma de conocimiento social que estudiaba una realidad siempre plural y en constante transformación desde los diferentes puntos de vista proyectados en un marco fijo de comprensión creado ex profeso, y que el productor o el creador adivinaba en su labor técnica mediante el ensayo y el error en busca de la solución instrumental». (Sergio Fernández Riquelme; El mito de la Revolución. Masas, violencia y sindicalismo en Georges Sorel, 2019)

Resulta paradójico que, aunque Sorel se mofaba de otros por su «utopismo», a su vez declaraba al mundo que gracias a autores idealistas como Bergson:

«La metafísica ha reconquistado el terreno perdido mostrando al hombre la ilusión de las pretendidas soluciones científicas y llevando el espíritu hacia la región misteriosa que la pequeña ciencia aborrece». (Georges Sorel; Reflexiones sobre la violencia; 1908)

¡Precioso combatir la utopía desde la base de ese «espíritu misterioso»! Este «revolucionario» ponía como ejemplo nada más y nada menos que a la Iglesia Católica:

«El catolicismo retomó, en el curso del siglo XIX un vigor extraordinario, porque no ha querido abandonar nada: consolidó sus misterios y, cosa curiosa, gana terreno en los medios cultivados, que se burlan del racionalismo tan de moda antes en la Universidad». (Georges Sorel; Reflexiones sobre la violencia; 1908)

Sorel concebía que para superar los límites del «burocratismo marxista» de Bernstein y otros la solución residía en aceptar su «sindicalismo revolucionario», aquel que podría dar rienda suelta a los instintos sin complejos, que vendrían a ser el sanador a la enfermedad que padecían las organizaciones obreras. No nos detendremos en estos ecos de «superhombre» nietzscheano. Véase la obra de Mehmet Ali Ínce: «AntiNietzsche y antiHeidegger» de 2015.

Frente a las insinuaciones irracionales del mismo tipo, Lenin daría una contundente respuesta a todos estos seres retardatarios que negaban o dudaban de la óptica materialista-dialéctica para abordar los fenómenos, demostrando que esta se había ganado de sobra el ser considerada como el método de estudio del conocimiento más consecuentemente científica que hemos conocido hasta hoy –los corchetes son nuestros–:

«Para el materialista nuestras sensaciones son las imágenes de la única y última realidad objetiva –última, no en el sentido de que está ya conocida en su totalidad, sino en el sentido de que no hay ni puede haber otra realidad además de ella–. Este punto de vista cierra las puertas definitivamente no sólo a todo fideísmo [fe y la revelación divina], sino también a la escolástica profesoral, que, no viendo la realidad objetiva como el origen de nuestras sensaciones, «deduce» tras laboriosas construcciones verbales el concepto de lo objetivo como algo que tiene una significación universal, está socialmente organizado, etc., etc., sin poder y, a menudo, sin querer distinguir la verdad objetiva de la doctrina sobre los fantasmas y duendes». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

e) ¿Convirtieron los discípulos de Marx sus ideas en un dogma?

Sorel reclamaba a los marxistas ser presos de los dogmas ilustrados y positivistas, para él eran vistos como unos seres fanáticos en nombre de la «razón». Consideraban que los marxistas de su tiempo tomaban la obra de Marx como una «doctrina concluida», cerrada de par en par con unas verdades descubiertas de una vez para siempre:

«No cabe duda que para Marx fue una verdadera catástrofe haber sido convertido en jefe de secta por entusiastas jóvenes: hubiera producido muchas más cosas útiles de no haber sido esclavo de los marxistas. (…) Los discípulos atribuyen a sus maestros haber cerrado la era de las dudas, aportando soluciones definitivas». (Georges Sorel; Reflexiones sobre la violencia; 1908)

En realidad, el problema era que Sorel, como todo buen vitalista, estaba más interesado en la «creación heroica» –la acción– que en las «sutilezas de la teoría» –la investigación social–, por lo que varias de las conclusiones del marxismo chocaban directamente con sus cándidas nociones; por esto mismo no llegaba a comprender los fundamentos que esgrimía el materialismo histórico sobre las leyes sociales, las cuales en ningún momento fueron declaradas «verdades eternas» sino producto de época, las cuales él nunca pudo ni siquiera acercarse a refutar.

«Para nosotros, las llamadas «leyes económicas» no son leyes naturales eternas, sino leyes que surgen y desaparecen históricamente, y el código de la economía política moderna, siempre y cuando que la economía lo refleje objetivamente, es para nosotros el compendio de las leyes y condiciones sin las cuales no puede existir la moderna sociedad burguesa; en una palabra, sus condiciones de producción y de cambio, expresadas y resumidas en abstracto. Por tanto, para nosotros, ninguna de estas leyes, en la medida en que exprese relaciones puramente burguesas, es anterior a la sociedad burguesa moderna; aquellas que tenían más o menos vigencia para toda la historia anterior solamente expresan tales relaciones, basadas todas en la dominación y explotación de clase y comunes a los estados sociales correspondientes». (Friedrich Engels; Carta a Albert Lange, 29 marzo 1865)

En todo caso, este tipo de bobadas, aquellas que acusaban al marxismo de llevar a cabo una fosilización de las leyes sociales, en su momento fueron debidamente contestadas por el marxista alemán Franz Mehring:

«Si después de esto se puede decir que el materialismo histórico posee ya una base sólida e inconmovible, no queda dicho con ello, ni mucho menos, que todos los resultados por él obtenidos son incontrovertibles, ni tampoco, que ya no le queda nada por hacer. Cuando el materialismo es utilizado impropiamente como un cartabón –y también esto ha ocurrido–, conduce a errores semejantes a cualquier cartabón utilizado en la consideración de la historia, y aun cuando se lo aplique correctamente como método, las diferencias en el talento y en la formación de aquellos que lo apliquen, o las diferencias en el género y en el volumen del material del que se dispone, llevarán a diferencias en la concepción. Lo cual resulta totalmente evidente, ya que en el ámbito de las ciencias históricas no es en absoluto posible llevar a cabo una prueba matemática exacta, y quien crea poder rebatir el método materialista de la investigación histórica por tales «contradicciones» no debe ser perturbado en su juego. Las «contradicciones» de esta especie sólo serán motivo, para las personas razonables para examinar quién, entre los investigadores que se contradicen, ha llevado a cabo una investigación más exacta y detenida, y de ese modo, precisamente a partir de tales «contradicciones», el método obtendrá mayor claridad y seguridad, tanto en su manipulación como en sus resultados». (Franz Mehring; Sobre el materialismo histórico y otros escritos filosóficos, 1893)

En otros párrafos, sin embargo, Sorel patéticamente intentaba presentar a Marx preso de la espontaneidad, casi un anarquista:

«Ya dije que Marx rechazaba toda tentativa que tuviera por objeto la determinación de las condiciones de una sociedad futura. (…) La doctrina de la huelga general niega también esta ciencia». (Georges Sorel; Reflexiones sobre la violencia; 1908)

Indudablemente, el marxismo intentó evitar todas las especulaciones en torno a los aspectos de la futura sociedad comunista que resultasen imposibles de discernir por el momento, pero nunca ignoró gran parte de la fisonomía económica, política o cultural que tendría la nueva sociedad, como bien se puede ver en obras de Marx y Engels como «La crítica al programa de Gotha» (1875) o «El Anti-Dühring» (1878). Por esta razón, nosotros nos hemos expresado de esta manera en multitud de ocasiones que debe haber un equilibrio entre lo que se puede planificar y lo que es ya especulación:

«Como en todo, se trata de mantener un equilibrio sobrio. Si en las líneas anteriores estamos criticando el «practicismo ciego» y la «debilidad ideológica», esto no quiere decir, claro está, que para diferenciarnos del del resto debamos ponernos a jugar a la «futurología» anticipando las tareas que enfrentaremos de aquí a dos años, dado que el trazar planes y perspectivas debe hacerse no «sobre el papel» y las fantasías de cada uno, sino solamente sobre la base de la situación concreta, la cual debe de haber sido bien reflexionada. Por mucho que sepamos o intuyamos «cuál será el siguiente paso», la dialéctica del tiempo puede modificarlas dándonos muchas sorpresas. Ergo, la planificación revolucionaria debe partir de atender las demandas, fortalezas y deficiencias del grupo y el entorno en que se mueve, sin resolver esto en un «hoy» no se podrá ir concatenando un escalafón con el siguiente, es decir, no habrá «mañana». Como igual de claro que está que si en cada momento, sean tareas humildes o transcendentes, se prescinde de una brújula, de un plan de ruta a seguir, de una crítica y autocrítica sobre cada paso dado, el viaje a emprender acabará siendo una Odisea donde las circunstancias moverán nuestra nave a su antojo, solo que a diferencia de Ulises no será por culpa de los caprichos de los Dioses sino de nuestra propia falta de previsión, y a diferencia de él nosotros no retornaremos a Ítaca, sino a la casilla de salida. Y esto, como a los marineros del héroe griego, causará tarde o temprano, la desmoralización o locura de nuestras tropas». (Equipo de Bitácora (M-L); Fundamentos y propósitos, 2021)

f) Fetiche por la huelga general y conatos de economicismo por doquier

«La clase obrera no debe ocuparse con la política. Solo debe organizarse en sindicatos. Un buen día, mediante la Internacional suplantará a todos los Estados existentes. ¡Puede verse qué caricatura de mis doctrinas ha hecho él [Bakunin]! Dado que la transformación de los Estados existentes en asociaciones es nuestra meta final, debemos entonces permitir a los gobiernos, estos grandes sindicatos de las clases dominantes, que hagan lo que quieran, porque preocuparnos de ellos supone reconocerlos. ¡Por qué! De la misma forma los antiguos socialistas dijeron: no deben ocuparse con la cuestión salarial, porque queremos abolir el trabajo asalariado, ¡y luchar contra el capitalista por la tasa salarial supone reconocer el sistema salarial! El asno ni siquiera ha visto que cualquier movimiento de clase como tal movimiento de clase, es necesariamente y será siempre un movimiento político». (Karl Marx; Carta a Paul Lafargue, 19 de abril de 1870)

Esta cita ya demostraría que el sorelismo tiene más en común con el bakuninismo que con el marxismo. Pese a ello, Sorel consideraba que el punto que más le acercaba a la doctrina de Marx era:

«La práctica de las huelgas nos lleva a una concepción idéntica a la de Marx. Los obreros que dejan de trabajar no van a presentar a sus patronos proyectos de mejor organización del trabajo, y no le ofrecen su concurso para dirigir mejor sus negocios. En una palabra, la utopía no tiene ningún lugar en los conflictos económicos». (Georges Sorel; La descomposición del marxismo, 1907)

¡No! ¡Por supuesto que no! ¡En el trabajo sindical no cabe la utopía! Debe de ser que el ludismo o los intentos de cooperativismo para «superar» o «volver atrás» respecto al capitalismo son «anécdotas históricas». Una vez más, el sorelismo no hacía sino volver a ideologías ya superadas por la historia:

«En sí, las huelgas eran lucha tradeunionista, no era aún lucha socialdemócrata; señalaban el despertar del antagonismo entre los obreros y los patronos, pero los obreros no tenían, ni podían tener, la conciencia de la oposición irreconciliable entre sus intereses y todo el régimen político y social contemporáneo, es decir, no tenían conciencia socialdemócrata. (…) La historia de todos los países atestigua que la clase obrera, exclusivamente con sus propias fuerzas, sólo está en condiciones de elaborar una conciencia tradeunionista, es decir, la convicción de que es necesario agruparse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar del gobierno la promulgación de tales o cuales leyes necesarias para los obreros, etc. En cambio, la doctrina del socialismo ha surgido de teorías filosóficas, históricas y económicas que han sido elaboradas por representantes instruidos de las clases poseedoras, por los intelectuales». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902) 

En resumidas cuentas, he aquí una manipulación más de Sorel sobre el marxismo. Este último no rechazaba ni mucho menos el trabajo sindical, todo lo contrario, pero el propio Marx expuso los límites del pensamiento «gremial» que arrastraban las agrupaciones sindicales de su tiempo:

«Están demasiado inclinados exclusivamente a las luchas locales e inmediatas con el capital [y] aún no han entendido completamente el poder que tienen para actuar contra el sistema de esclavitud salarial. Por lo tanto, se mantienen demasiado alejados de los movimientos sociales y políticos generales». (Asociación Internacional de los Trabajadores, Instrucciones para los delegados del Consejo General Provisional, 1866)

En sus escritos anotó como se debían enfocar en el futuro:

«Aparte de sus propósitos originales, ahora deben aprender a actuar deliberadamente como centros organizadores de la clase obrera en el amplio interés de su completa emancipación. Deben ayudar a todos los movimientos sociales y políticos que tiendan en esa dirección. (…) Deben velar por los intereses de los oficios peor pagados, como los trabajadores agrícolas, que han quedado impotentes por circunstancias excepcionales. Deben convencer al mundo en general que sus esfuerzos, lejos de ser estrechos y egoístas, apuntan a la emancipación de los millones oprimidos». (Asociación Internacional de los Trabajadores, Instrucciones para los delegados del Consejo General Provisional, 1866)

Sorel añadía que el defecto del pensador alemán fue que nunca comprendió del todo el «potencial» de la «huelga general» para derrocar a la burguesía. ¿En qué se basaba esta «huelga general revolucionaria»? En el más puro arrebato anarquista:

«En una palabra, la utopía no tiene ningún lugar en los conflictos económicos. (…) El mismo espíritu se halla en los grupos obreros que están apasionados por la huelga general; estos grupos miran, en efecto, a la revolución como un inmenso alzamiento que incluso se puede calificar de individualista: cada uno marchando con el mayor ardor posible, actuando por su cuenta, no preocupándose demasiado de subordinar su conducta a un gran plan de conjunto sabiamente combinado». (Georges Sorel; La descomposición del marxismo, 1907)

¿Quién era pues el utopista aquí? ¿Cuántas huelgas generales han provocado la «rendición de todo el pabellón burgués»? Que sepamos, ninguna. La huelga siempre ha sido un auxiliar de la revolución, pero nada más. Esta sobrestimación de la huelga general como método clave para derrocar al capitalismo es algo que repetirían en Alemania autores como Rosa Luxemburgo:

«La huelga es el pulso vivo de la revolución y, al mismo tiempo, su rueda motriz más poderosa. (…) La huelga de masas no se puede convocar a voluntad, incluso cuando la decisión de hacerlo puede provenir del comité superior del partido socialdemócrata más fuerte. (…) El elemento de la espontaneidad juega un papel importante en todas las huelgas de masas rusas sin excepción. (…) El elemento de la espontaneidad juega un papel tan predominante porque las revoluciones no permiten que nadie haga el papel de maestro de escuela con ellas». (Rosa Luxemburgo; La huelga de masas y los sindicatos, 1906)

Lenin, que dedicó dos obras clave contra estas nociones en «¿Qué hacer?» (1902) y «Un paso adelante, dos pasos atrás» (1904), sentenciaba que este reflejo economicista en Rusia era producto de:

«Los intelectuales, que en nuestro Partido representaban un porcentaje bastante mayor que en los partidos de Europa occidental, sentíanse atraídos por el marxismo, que era una nueva moda. Pero esta atracción muy pronto cedió su lugar a la inclinación servil ante la crítica burguesa de Marx por un lado, y por otro, ante el movimiento obrero puramente sindical: sobrestimación de las huelgas, «economismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Un paso adelante, dos pasos atrás. Respuesta a Rosa Luxemburgo, 1904)

¿Es esto una exageración? En absoluto:

«Un paso decisivo hacia la reforma se dio cuando algunos marxistas que aspiraban a pensar libremente, se dedicaron a estudiar el movimiento sindical, y descubrieron que «los sindicalistas puros pueden enseñarnos más de lo que podemos enseñarles nosotros». (Georges Sorel; La descomposición del marxismo, 1907)

Otro aspecto que debe remarcarse en el ideario soreliano es que a causa del «cretinismo parlamentario» que manifestaban muchos de los partidos socialdemócratas, este reaccionó invitando a los revolucionarios de todo el mundo a que rechazasen todo trabajo en las tribunas parlamentarias. Así mismo, con un eco claramente bakuninista de su pluma destilaba una desconfianza continua hacia los «políticos», los cuales, según él, solo desearían «utilizar» al proletariado para «reforzar su Estado», negando en la praxis la necesidad de los «jefes revolucionarios». No merece la pena detenernos en estos aspectos tan ridículos que Lenin se encargó de fulminar criticando a autores como Bordiga o Pannekoek en su famosa obra «El «izquierdismo» enfermedad infantil del comunismo» (1920). Como dijo Marx en una carta a Laura Lafargue en 1882, esta «fraseología ultrarrevolucionaria» es algo «vacío», y «nuestras gentes deberían dejar esa especialidad a los llamados anarquistas», que en realidad son «columnas del orden presente y no ponen desorden en nada, ni en sus propias y pobres cabezas pueriles, que ya de nacimiento son el caos».

g) El «mito soreliano» como condición sine qua non para movilizar al pueblo

«El mito de la huelga general se ha hecho popular, y se ha establecido sólidamente en las conciencias. Ahora tenemos, acerca de la violencia, ideas que Marx no hubiera podido formarse fácilmente. Estamos entonces en condiciones de completar su doctrina, en vez de comentar sus textos como lo han hecho durante tanto tiempo los discípulos desorientados». (Georges Sorel; Reflexiones sobre la violencia; 1908)

Aquí Sorel se proclama por encima de Marx y sus «despistados discípulos». Así pues, utilizando el renovado impulso del «idealismo filosófico» de moda en su tiempo –Nietzsche, Bergson, James, Freud y Cía–, crearía la famosa concepción soreliana del «mito» de la «huelga general»; de ahora en adelante esto sería palanca transformadora de la sociedad:

«El mito es una creencia creada por el hombre, frecuentemente ligada a la cuestión de los orígenes –se trata de motivar la acción por una genealogía ejemplar–, que nace de un choque psicológico. No se remite pues al pasado, como habían creído los «primitivistas», sino a lo eterno. El mito no nos esclarece sobre lo que ocurrió, sino sobre lo que se producirá, sobre lo que se busca producir. Si es fecundo, si responde a la demanda colectiva, si es aceptado por la sociedad en su totalidad, o por un segmento importante de esta, entonces se renueva por sí mismo: su socialización va aparejada con su sacralización. El mito se sitúa más allá de lo verdadero y lo falso, el bien y el mal, lo justo y lo injusto. Únicamente es fecundo, o no lo es». (Georges Sorel; La descomposición del marxismo, 1907) 

Aunque aquí reconocemos uno de los dogmas ideológicos futuros del fascismo, sin duda estamos ante una concepción filosófica que bebe del utilitarismo estadounidense del siglo XIX y XX, aunque para ser francos estas líneas son un clásico de la oratoria política que se remonta hasta los sofistas griegos. Para Sorel no era importante si lo trazado como línea política era real o no, si correspondía a unas necesidades materiales presentes o ulteriores de los trabajadores que estuvieran anticipadas por el devenir social y la dirección consciente, lo importante es si de una forma u otra estas ideas mágicas, valientes o interesantes «prenden en las masas». Bajo tal conclusión cortoplacista, el partido no debería procurar tanto tener buenos analistas y orientadores, sino buenos y carismáticos oradores; no tendría que fijarse tanto en forjar líderes honestos y formados, sino en simplemente encontrar una buena financiación para alcanzar la máxima difusión de su «mito». Era este un «resultadismo» tan dañino como a la larga estéril para los revolucionarios de cualquier época, solo resulta fructífero para los demagogos de turno. ¿A dónde ha conducido siempre este «pragmatismo extremo» sazonado de cuentos místicos para el vulgo? Cualquiera que sepa algo de historia política ya tendrá un par de nombres en mente, ya que esto que anotamos es la descripción exacta de movimientos populistas como el peronismo durante el siglo XX. Véase la obra: «Perón, ¿el fascismo a la argentina?» de 2020.

En verdad, siempre hay toda una serie de condicionantes objetivos que hacen que una doctrina política pueda «prender» mejor o peor sobre el pueblo, y ello sin que necesariamente sea lo más adecuado, incluso aunque sus propuestas diverjan de lo que se deba hacer para lograr sus presuntas metas, como pudieron ser en las asociaciones proletarias de los últimos siglos la búsqueda del comunismo. No cabe lugar a dudas que, Francia, el país de origen de Sorel, es buena prueba de todo esto: allí en el siglo XIX el «socialismo utópico» de Fourier y Proudhon causó furor en la población durante un tiempo. Ya en el nuevo siglo el «socialismo posibilista» de Jaurés o Blum no solo mantuvo un notable «apoyo popular», sino que su «moderantismo» pronto le valió para ganarse las simpatías de las élites tradicionales y gobernar el país. Es más, incluso podemos asegurar que también hubo un gran apoyo popular y mediático de la población en general hacia las ideas «socialchovinistas» de Thorez, quien desde los años 30 intentó sincretizar los principios de la Revolución Francesa (1789) y la Revolución Rusa (1917). Por traer a colación un último ejemplo, ocurrió de forma similar en los 70 con el «cabal» eurocomunismo de Marchais: este también fue muy aplaudido tanto por la «burguesía respetable» de la hipócrita «Liberté, Égalité y Fraternité» como por los militantes obreros que decían buscar «una nueva sociedad»; todos ellos pensaban que pensaban que en alianza socialistas y eurocomunistas construirían una Francia nueva y mejor, a la cual a veces le ponían el nombre de «comunista».

¿Y bien? ¡Acaso alguno de estos logró organizar un movimiento emancipador que funcionase con la precisión de un reloj suizo y estuviese bien pertrechado ideológicamente para neutralizar la influencia de sus enemigos? ¿Lograron superar al capitalismo, propósito que todos ellos se marcaban en sus inicios? No, a través de estos demagogos y charlatanes el proletariado francés regaló su fuerza, su independencia organizativa e ideológica como clase, se perdió en una tormenta de nociones e influencias totalmente aburguesadas. Aun así, ¿por qué triunfaron temporalmente todas estas corrientes si muchas veces partían de presupuestos absolutamente falsos y perjudiciales? No olvidemos que las peores tradiciones y las malas costumbres pesan sobre la actividad de los hombres como si se tratase de una maldición, y a veces pareciera que la voluntad o la honestidad de unos cuantos no sirven en absoluto para superar esta barrera de mediocridad, pero hay una explicación racional mucho más sencilla y no tan fatalista. Antes de nada, nunca debemos perder de vista que, aunque con mucho tiempo, dedicación y esfuerzo, son los hombres los que cambian sus circunstancias, lo que en política exige la cooperación sin titubeos entre sus miembros, algo que tiene más importancia cuando se va en contra de la corriente de opinión mayoritaria.

Estas expresiones políticas arriba mencionadas, cuya «evolución» se distanciaba de la raíz marxista que alguna vez pudieron tener, cosecharon un gran éxito momentáneo, eso es innegable, pero fue, entre otros motivos, porque tenían un buen nicho en las condiciones de su tiempo, porque no eran incompatibles con las limitaciones existentes y la tradición heredada más negativa. Cuando decimos esto incluimos también a la presunta «élite ilustrada», es decir, los «elementos más avanzados», porque como dijo Marx: «El educador también tiene que ser educado». En su mayoría, pues, su modelo y propuestas no venían a «poner patas arriba» nada, a lo sumo se adaptaban correctamente en aspectos secundarios porque así lo reclamaban la realidad, porque así podían operar mejor; pero en lo importante, en lo decisivo, se descarrilaban de la esencia de lo que se necesitaba hacer para cumplir con las tareas del momento.

Cuando estos movimientos hacían su puesta en escena resultaba que sus «novedosas» doctrinas casaban muy bien con las nociones de algunos movimientos en declive, nociones utópicas que todavía coleteaban en el ideario colectivo, por lo que unos movimientos crecían absorbiendo a otros, casi siempre heredando sus peores rasgos y carencias. Es más, podríamos decir que para estos grupos su mayor problema era la competencia con toda una ristra de escuelas y sectas que, salvo pequeñas variaciones, hablaban parecido, actuaban de formas análogas e incluso adoptaban los mismos símbolos, por esto gran parte de su propaganda se centraba en aparentar que ellos tenían la piedra filosofal para resolver mágicamente todos los problemas, aunque sus recetas fuesen las mismas que habían causado el desastre –seguro que esto les resultará familiar a nuestros lectores respecto a lo que ven cada día–. Esto no es ninguna sorpresa ya que hoy sigue ocurriendo de igual forma. Véase el capítulo: «¿En qué se basa el «trabajo de masas» del revisionismo moderno?» de 2021.

¿Y qué podemos extraer de estos episodios políticos tan interesantes? Que en cualquiera de los escenarios históricos la falta o limitaciones del conocimiento cultural, tanto por el «embrutecimiento alienante de las masas» como los vicios que arrastran los elementos más «instruidos» y «revolucionarios», siempre acaba actuado como un gran condicionante lo suficientemente fuerte como para que muchos grupos que se pretenden «emancipadores» se den de bruces una y otra vez con los mismos quebraderos de cabeza: imposibilidad de atraer y organizar a la mayoría del pueblo, desconocimiento sobre cómo actuar para transformar la sociedad que dicen querer superar y demás problemas que uno se puede imaginar. Dado el empecinamiento de muchos en no querer fijarse mejor en todos y cada uno de requisitos, recuerdan cómicamente al moscardón que se choca una y otra vez con el cristal.

En resumen, todo esto siempre acaba en frustración, desmoralización, fraccionalismo y dispersión, concesiones in extremis para salvar la situación, etc. Por esta razón no es extraño comprobar que, a causa de su malicia o su ignorancia, el revisionismo siempre parecer vivir anclado en el pasado repitiendo los errores de la historia, discutiendo sobre cuestiones que ya han sido resueltas y constatadas en la práctica décadas atrás; unos actuarán así porque su objetivo no es transformar nada sino aprovecharse del alma cándida y la ignorancia generalizada, mientras en el caso de otros actúan así porque no han abierto los ojos respecto a la futilidad de lo que hacen y proponen. En ambos casos durante esta gratuita «revisión del marxismo» que acostumbran a realizar nunca presentan ni argumentaciones de peso ni evidencias empíricas para convencernos de porqué debemos seguirles en su diletante modelo de trabajo o en sus vagas pretensiones sobre la sociedad futura. Ellos lo centran todo en «persuadirnos» presumiendo de su «capacidad de movilización» o hablándonos de la «cantidad de apoyos» que recalan por los votos que reciben en las elecciones. En honor a la verdad esto no nos impresiona, hace largo tiempo que la historia se ha encargado de dejar en completo ridículo la «victoria pírrica» que consiguen estas asociaciones –en muchas ocasiones subvencionadas y promocionadas por el poder público–, puesto que lo que tienen entre manos es un éxito fugaz que jamás estará ni siquiera cerca de significar lo mismo que una victoria contundente y completa sobre el capital, como sí lograron, por ejemplo, los bolcheviques». (Equipo de Bitácora (M-L); Equipo de Bitácora (M-L); Mariátegui, el ídolo del «marxismo heterodoxo», 2021)

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