La operación especial y la desnazificación en Ucrania

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El antisemitismo secular europeo, es sabido, es el núcleo de condensación del nazismo alemán.  Recordemos que dicho engendro ideológico se corporizó por primera vez -a gran escala- en el inicio de la operación Barbarroja en 1941 que, recordemos, tuvo como objetivo extramilitar y de conquista, matar dos pájaros de un tiro: a los rusos judíos por ser judíos y -encima- rusos, y a los rusos no judíos por ser rusos, los cual ya era causa suficiente. El anticomunismo, puede aventurarse, fue una motivación a segundo orden de los nazis, pero no para los Estado Unidos, que con tal de ejercerlo no tuvo empacho en reclutar ex-nazis después de la guerra para ocupar altos puestos en la OTAN: es decir, prioridades eran prioridades.

Por Oliverio Jitrik

El odio natural profesado por Ucrania, Polonia, Lituania y Rumania tanto a rusos como a  judíos fue bien aprovechado por los nazis para obtener de estos países gran parte de la fuerza de trabajo de los Einsatzgruppen en la citada Operación, así como para reclutar verdugos voluntarios -ucranianos en su mayoría- para operar en los lager situados -en alto porcentaje de los de exterminio– en territorio polaco, acaso por ser el centro geográfico del coto de caza nazi o, quizás, por contar con ciertas facilidades que podría haber otorgado la Polonia ocupada.

 Derrotar a los nazis -y de paso, mostrar al mundo que la rusofobia no paga- fue la gesta de los rusos gracias a la cual usted y yo existimos pero que fue repetidamente ignorada por Occidente (1), hoy más afanosa en estimular una guerra contra Rusia, cuya categorización es la de un nuevo y reaganiano Imperio del Mal, a costa -desde luego- de la sangre ucraniana.

Prácticamente aniquilado en los países adherentes al bloque soviético, el nazismo consiguió depositar algunos huevos en Ucrania; lo que fue aprovechado por los Estados Unidos en su sacrosanta guerra fría: después de la Segunda Guerra, (siempre afectando un principismo al estilo de Groucho Marx), no tuvieron inconveniente en azuzar al nacionalismo ucraniano -un eufemismo de “nacionalsocialismo ucraniano”-: las operaciones orquestadas por Langley en la Ucrania soviética comenzaron en la década de 1950, para apoyar y financiar actividades terroristas y de infiltración, o para meramente difundir propaganda antisoviética. No los arredró, por supuesto, la eliminación de su líder Stepan Bandera -a manos de la KGB- en 1959. En 2014, la citada agencia de Virginia volvió por sus fueros, había que recuperar el terreno perdido en Kiev. Con Vickie Nuland a la cabeza, le dieron alas al nacionalsocialismo local y la nueva e impuesta dirigencia ucraniana empezó por atacar a los habitantes del Donbass, en su propio y declarado territorio. El hecho que Nuland fuera judía no la espantó en lo absoluto -podemos darnos la mano con los nazis si eso debilita a Rusia-. Se inició a partir de entonces un programa de limpieza étnica, ordenado por una dirigencia en Kiev que fue dando cada vez más espacio a los fieles seguidores de Bandera y de las Waffen SS, con la exhibición de aquella simbología que creíamos impúdica para la Europa de la Grote Markt o de los bares du Quartier (2,3).  Hoy, estos sectores neonazis integran el estado ucraniano y son la parte más consistente de sus fuerzas armadas y de quienes toman las decisiones. Se podría decir, en un sentido, que son Ucrania(4). ¿Es atinado entonces, bajo cualquier sistema lógico, dudar de la desnazificación de Ucrania como uno de los objetivos iniciales de la operación rusa, aunque Occidente venda que Ucrania es sólo un país que “heroicamente luchó por su legítima autodeterminación y ahora lo hace para liberarse de los rusos”? Tampoco le quitó el sueño a Europa la muerte de rusos en Donetsk desde 2014 o la necia intención ucraniana de formar parte de la OTAN, con todo lo que ello habría significado. Sorprende que no se lo quite tampoco la posibilidad de albergar en su territorio un conflicto armado con Rusia al este de Lyov, es decir, ya en una cancha UE-OTAN claramente definida.

Ningún eurodirigente le da importancia o parece haberse percatado de que el artículo 16 de la Constitución de Ucrania reza que, en un lenguaje ambiguo, preservar el “patrimonio genético” del pueblo ucraniano es una de las tareas del Estado. Hasta los mismísimos alemanes tuvieron que anexar recomendaciones a los ucranios que recibirían los tanques Leopard: limitar por favor la pegatina de simbología nazi en sus carrocerías; eviten poner la esvástica, al menos.(5) No solamente se trata de símbolos o dichos para estimularse en batalla: los nazis ucranianos han asesinado o apartado a todos los sectores de las fuerzas armadas que optaron por no compartir la doctrina. Han fusilado soldados rusos con torturas y humillaciones previas. Prácticas bien nazis, entonces, ¿qué es lo que no se entiende?

Y, Bruselas, el paradigma de los inocentes que creen en la UE como el producto más refinado de la Civilización Occidental Contemporánea, con la hipócrita cuota debida de mujeres en sus gobiernos, y regodeada promotora de la protección de minorías étnicas y sexuales (aunque un poco más severa para recibir africanos desde el Mediterráneo) es, y esto es matemático, cómplice de los nazis. En muchos casos ni siquiera Washington se los ha ordenado. Le viene de las tripas. Debe ser el caso de Sanna Marin exprimera ministra de Finlandia, famosa porque fuma cannabis y llega sola a la fiesta, pero derrotada en las últimas elecciones, quien se muestra sinceramente compungida en Kiev con Zelensky, en los funerales de un comandante caído de las milicias de Pravyi Sektor (Sector Derecho), orgullosos herederos de Stepan Bandera y su legado del III Reich. Para aclarar, el comandante Dmitry Kotsyubaylo, alias “Da Vinci” tenía una nutrida historia de ultraderechismo y, pese a su corta edad, alguna vez llegó a bromear frente a los reporteros del New York Times comentando que al lobo que tenían de mascota en el cuartel de Mariupol le tiraban, de vez en cuando, algunos huesos de niños rusos. Sólo se trataba de un poco de  humor ucraniano.

El mismo Boaventura de Sousa se limitó a calificar la guerra de ilegal y opina que “Tanto Ucrania como Rusia necesitan mucha más democracia para poder poner fin a la guerra y construir una paz que no las deshonre.” Es decir, para él bastaría “democratizar” para terminar con el problema nazi,  para hacer cumplir los tratados de Minsk y, además, para que Ucrania no anhele más ser parte de la OTAN.

Abundan fuentes noticiosas escritas en nuestra región hispanohablante que no dejarían pasar una equis intercalada para tranquilizarse con el lenguaje inclusivo, pero son implacables para entrecomillar la palabra nazi, cuando es referida por Lavrov o por Putin. En una nota reciente, un periodista argentino nos advertía, acertadamente, de los vientos neonazis en Europa, pero omitió el único que es manifiesto y armado por el mismo Estado que lo alberga: el de Ucrania.

Hoy la rusofobia es parte del actual huevo de la serpiente que, de manera acaso sorprendente, hoy se vuelve a recombinar con el nazismo. Sin embargo, pese a la realidad histórica, por todos conocida, las explicaciones que dieron los rusos de la operación especial del 24 de febrero de 2022 encuentran una resistencia conceptual infranqueable en Occidente.

(1) https://majfud.org/2023/04/06/los-nazis-de-la-otan/

(2)https://t.me/UkraineHumanRightsAbuses/22478

(3)https://t.me/DonbassDevushka/46533

(4)https://t.me/bandihorvath/2227

(5)https://www.ctxt.es/es/20230101/Politica/41937/Oskar-Lafontaine-Alemania-izquierda-politica-Carmela-Negrete-entrevista-tanques-Leopard-Olaf-Scholz.htm

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