La OTAN y la retórica de la guerra en la campaña estadounidense

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Carmen Parejo Rendón* (RT).— La OTAN funciona como un acto de fe donde algunos, los menos, son verdaderamente creyentes, pero la mayoría solo son practicantes debido a una serie de intereses. Aún así, es necesario crear una justificación para la llamada “opinión pública”, de manera que sea posible explicar las incoherencias existenciales de esta organización. ¿Por qué una alianza creada en el contexto de la Guerra Fría inicia sus operaciones de forma masiva tras la caída de la URSS? ¿Por qué sería necesaria en la actualidad?

 

La semana pasada saltó la polémica tras las declaraciones de Donald Trump durante un acto de campaña en Carolina del Sur, donde aludió a que los socios de la Alianza Atlántica deberían hacerse cargo de sus pagos y que, si no lo hiciesen, él mismo alentaría a los “enemigos” a invadir esos países.

Sin embargo, estas declaraciones van en la misma dirección que las declaraciones del presidente demócrata Barack Obama durante su visita a Estonia en 2014, cuando señaló que mientras los países europeos iban reduciendo su gasto en defensa, EE.UU. estaba padeciendo una sobrecarga para mantener la OTAN.

Obama dijo que era importante volver “a centrar la atención en la función esencial que desempeña la OTAN” y “asegurarse” de que todos los países estuvieran contribuyendo para cumplir con el artículo 5 de garantías. Es decir, en 2014, pronunció la versión “educada” de las recientes declaraciones de Trump.

En esa oportunidad, Obama sostuvo que era importante volver “a centrar la atención en la función esencial que desempeña la OTAN” y “asegurarse” de que todos los países estuvieran contribuyendo para cumplir con el artículo 5 de garantías. Es decir, Obama, en 2014, pronunció la versión “educada” de las recientes declaraciones de Trump.

Unos meses antes, en 2014 y en Gales, los miembros de la Alianza acordaron un aumento del gasto en Defensa hasta lograr el 2 % del PIB. La lógica presentada era precisamente la de “europeizar” la Alianza, en un contexto donde EE.UU. ya estaba pivotando sus intereses hacia el Asia-Pacífico.

En los medios se recoge la visita de Obama a Estonia como un apoyo de EE.UU. a unos países que se podrían ver afectados por una regionalización del conflicto en Ucrania. Sin embargo, cables de WikiLeaks filtraron la extensión del plan, denominado “Eagle Guardian”, en enero de 2010, cuatro años antes del Maidán, un plan de defensa ante una supuesta “amenaza” rusa hacia Polonia y los países Bálticos.

“No consideramos a Rusia una amenaza para la OTAN, ni la OTAN supone una amenaza para Rusia”, se limitó a declarar Anders Fogh Rasmussen, en ese momento secretario general de la OTAN, cuando desde Moscú se exigieron explicaciones tras la filtración de WikiLeaks en 2010. Lo cierto era que, de forma paralela a la implementación de este plan secreto para enfrentar una supuesta “amenaza” rusa, la OTAN y la Federación Rusa habían mantenido varios encuentros y una cumbre para fortalecer precisamente su cooperación en relación a la defensa mutua.

Rusia volvió a exigir entonces la firma de un Acuerdo por escrito que frenara la expansión de la OTAN hacia el este y la amenaza hacia su seguridad. Siendo este otro de los prolegómenos del actual escenario del conflicto con una Ucrania instrumentalizada por los intereses de la Alianza Atlántica.

La OTAN nació de la falacia de una supuesta invasión soviética sobre el continente europeo. Es decir, la “amenaza”, la creación de un enemigo común, ha sido la retórica necesaria para sostener esta estructura desde el plano de la propaganda.

La OTAN nació de la falacia de una supuesta invasión soviética sobre el continente europeo. Es decir, la “amenaza”, la creación de un enemigo común, ha sido la retórica necesaria para sostener esta estructura desde el plano de la propaganda. Sin embargo, como decía al inicio, la mayoría de los aliados son más practicantes que creyentes dentro del acto de fe que impone la OTAN. Un ejemplo sería Francia, que se salió de la estructura militar de la Alianza en 1966, en plena Guerra Fría, para volver en 2009 –sin ninguna supuesta amenaza sobre el continente europeo– y conseguir con ello el apoyo necesario para derrocar dos años después a Gadafi y tratar de frenar su pérdida de influencia en el continente africano. Así, exista o no exista una amenaza real, ¿alguien puede dudar que en el actual contexto de luchas panafricanistas y de expulsión de Francia de distintos países en el continente africano el país galo vaya a atreverse a salirse de la alianza? Podríamos analizar casos similares con varios países que componen la Organización del Tratado Atlántico.

“Durante esta campaña vamos a escuchar y ver muchas cosas. Seamos serios, la OTAN no puede ser una alianza militar a la carta, que funciona dependiendo del humor del presidente de EE.UU.”, señaló Josep Borrel, alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, en respuesta a las declaraciones de Trump.

Sin embargo, esta posición desde Europa tampoco es una novedad. “Fuimos a Afganistán colectivamente, pero la decisión de retirarnos se decidió en Washington”, declaraba en 2021, de nuevo, Josep Borrell, refiriéndose al estado del humor de Joe Biden, en este caso.

Si Trump, como Obama, se queja de que los socios no contribuyen económicamente lo suficiente al mantenimiento de la Alianza, desde las autoridades europeas la queja mantenida ha sido que no tenían la suficiente capacidad de decisión dentro del organismo.

La OTAN nunca ha estado en muerte cerebral, como decía Macron en un enfado coyuntural con Trump. Demócratas y republicanos se reparten la tarea de dar las excusas necesarias a los europeos para seguir, todos juntos, imponiendo su hegemonía mundial a bombazos.

En medio de esta polémica le tocó el turno de palabra a Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, que aseguró que para final de este año 2024, 18 de los 31 países de la Alianza ya contribuirán con el 2 % de su PIB.

Más aún, Stoltenberg destacó que Alemania –que actualmente vive una de las situaciones más críticas en sentido económico por las pérdidas consecutivas en el PIB y el proceso de desindustrialización, según apuntan analistas- ha anunciado la construcción de una fábrica de armamento, en Baja Sajonia, que podrá producir hasta 200.000 piezas de artillería al año. Este dato, que debería ser un escándalo, es más bien una justificación de la “buena dirección” del país europeo.

El complejo militar-industrial sigue creciendo, devorando un Occidente que solo está realmente en guerra contra sí mismo, mientras las condiciones económicas se vuelven cada vez más precarias, los derechos sociales y políticos van desapareciendo, y aguantamos historias infantiles sobre enemigos difusos como justificación para este expolio.

Stoltenberg, defiende la Alianza como una garantía “disuasoria”. La militarización de los países europeos, la negativa a la negociación sea en Ucrania o sea en Palestina, enviar armas y azuzar conflictos, imponer sanciones que afectan a la economía mundial e incluso a sí mismos, es para la OTAN el camino para garantizar su paz.

Irak, Yugoslavia, Macedonia del Norte, Afganistán, Libia, Siria, todos ellos han conocido la tarea “defensiva” de la OTAN y su noción sobre la paz. Ahora, el “enemigo” es Rusia, pero si no, lo serán China, Irán, Yemen o Palestina.

La OTAN nunca ha estado en muerte cerebral, como decía Macron en un enfado coyuntural con Trump. Demócratas y republicanos se reparten la tarea de dar las excusas necesarias a los europeos para seguir, todos juntos, imponiendo su hegemonía mundial a bombazos.

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