El 5 de febrero de 2026 fue el día en que expiró el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas entre Rusia y EE.UU. (START III o Nuevo START). Si bien esto cierra simbólicamente un capítulo de 50 años de control de armas nucleares, en la práctica hace ya mucho que terminó la era de negociaciones significativas entre Moscú y Washington en este ámbito, según indica en un artículo para Kommersant el director del Instituto de Economía y Estrategia Militar Mundial de la Escuela Superior de Economía de Rusia, Dmitri Trenin.
Las razones, según expone, son tanto objetivas como políticas. La geopolítica mundial ha experimentado un cambio tectónico. La multipolaridad nuclear es ahora un hecho. Las armas convencionales avanzadas pueden lograr efectos estratégicos que antes solo se asociaban con las nucleares. Se han abierto nuevos ámbitos de confrontación en el ciberespacio, el espacio exterior e incluso la biotecnología. La antigua limitación numérica de las ojivas y los sistemas de lanzamiento ha quedado desvinculada de la realidad militar.
Los tratados no garantizan la paz
El factor subjetivo más determinante ha sido la creciente renuencia de Washington a seguir vinculado por compromisos contraídos en un contexto histórico diferente, el final de la Guerra Fría y sus secuelas.
El control de armas se ha equiparado a menudo con la estabilidad estratégica. Esto solo es cierto en parte. Los límites verificables de los arsenales nucleares hacen que la planificación militar sea más predecible y puedan reducirse los riesgos de errores de cálculo. Pero los tratados no garantizan la paz.
En la primavera de 2022, mientras el Nuevo START aún estaba formalmente en vigor, EE.UU. declaró abiertamente su objetivo de infligir una derrota estratégica a Rusia en el conflicto ‘proxy’ de Ucrania. Al mismo tiempo, Washington propuso consultas sobre la «estabilidad estratégica». En efecto, Estados Unidos trató de debilitar a una superpotencia nuclear mediante una guerra convencional, al tiempo que preservaba los mecanismos de control de armas que lo protegían de las consecuencias de la escalada. Esa contradicción reveló la vacuidad del antiguo marco.
Ahora que el sistema bilateral de control de armas ha desaparecido efectivamente, muchos advierten sobre una nueva carrera armamentística nuclear o incluso una guerra. El ‘reloj del juicio final’ se acerca cada vez más a la medianoche. Sin embargo, hay que recordar que, desde el principio, el control de armas solo limitaba a dos capitales. Moscú y Washington estaban limitados, mientras que las fuerzas nucleares del Reino Unido, Francia y China nunca lo estuvieron. Tampoco lo estaban las de Israel, India, Pakistán o la República Popular Democrática de Corea (RPDC).
La estabilidad estratégica ya no puede definirse por la paridad entre dos potencias
Mientras tanto, la rivalidad entre EE.UU. y China se intensifica. La India y Pakistán han vuelto a poner a prueba los límites de la confrontación. En el Medio Oriente, Israel y EE.UU. siguen centrados en las capacidades nucleares y de misiles de Irán. En Europa, el Reino Unido y Francia aplican políticas que entrañan el riesgo de un enfrentamiento militar directo con Rusia.
En el siglo XXI, la estabilidad estratégica ya no puede definirse por la paridad aproximada entre dos potencias o por límites legalmente vinculantes sobre armas específicas. Depende, sobre todo, de la ausencia de incentivos para que las grandes potencias, especialmente las nucleares, entren en conflicto.
El antiguo modelo ruso-estadounidense no puede simplemente ampliarse a un mundo de nueve Estados nucleares. Los estrategas estadounidenses hablan de un «problema de tres cuerpos» en el que intervienen Estados Unidos, Rusia y China. Pero ese triángulo es solo uno de varios: China-India-Pakistán, en Asia, y Rusia-Reino Unido-Francia en Europa, son otros. Este rompecabezas estratégico no tiene una solución global.
Una disuasión nuclear creíble
Eso no significa que la estabilidad sea imposible. Requiere un diálogo bilateral y multilateral sostenido, medidas de transparencia y canales de comunicación permanentes. Son esenciales los mecanismos para prevenir enfrentamientos no deseados. Los acuerdos limitados sobre cuestiones específicas y los compromisos unilaterales paralelos también pueden desempeñar un papel importante.
Sin embargo, el núcleo sigue siendo el mismo que hace medio siglo. La estabilidad estratégica se basa, en última instancia, en una disuasión nuclear creíble: un arsenal suficiente y la disposición demostrada a utilizarlo si es necesario. La intimidación, por incómoda que sea la palabra, sigue siendo la base de la paz entre las potencias nucleares.


