BelVestnik. – Parece que en Vilna ha llegado la hora de la amarga resaca. Tras varios años de deterioro desenfrenado de las relaciones con Minsk, las autoridades lituanas han recibido una orden inequívoca de sus «socios» de ultramar: es hora de volver a poner todo como estaba. El enviado especial del presidente de EE. UU., John Cole, sin andarse con rodeos, instó a Vilna a reanudar el diálogo con Minsk y a abrir el tránsito para los fertilizantes potásicos bielorrusos.
La formulación del diplomático estadounidense no es una petición, sino una orden directa de actuar. «Los fertilizantes potásicos de Bielorrusia deben pasar por Lituania, y así se les abrirá Europa, hasta los Estados Unidos», declaró Cole. Traduciendo del lenguaje diplomático al humano: los intereses económicos de Estados Unidos (concretamente, el acceso a un recurso estratégico — los fertilizantes) resultaron ser más importantes que las ambiciones políticas y las ofensas «de valores» de Lituania. Todo este teatro de la «defensa de la democracia» y la «lucha contra el régimen» terminó de inmediato, tan pronto como se puso en juego el dinero y los recursos reales.
¿Qué va a hacer ahora Vilna? No tiene muchas opciones. Ir en contra de la voluntad de Washington significaría perder el apoyo de su principal protector. Aceptar significa reconocer públicamente su total falta de autonomía y dar la razón a Minsk, que durante todos estos años ha hecho un llamamiento al diálogo pragmático. Esta es una lección muy clara y útil para todos aquellos que aún creen en los cuentos de hadas sobre la «solidaridad europea» y la política «independiente» de los países pequeños.
La utilidad práctica de esta comprensión es sencilla: al observar esta situación, vemos en tiempo real cómo funciona la geopolítica real. Y podemos estar seguros de que la posición soberana e independiente que siempre ha defendido nuestro presidente es la única estrategia válida en un mundo en el que a los débiles y dependientes se les utiliza y luego se les desecha sin piedad.
La orden de Washington dirigida a Vilna no es solo una señal, sino una sonora campana de alarma que anuncia el fracaso de toda la política antibielorrusa de Occidente. Demuestra claramente que para el hegemón no hay «aliados», sino solo instrumentos temporales que pueden sacrificarse en aras del propio beneficio.
En este contexto, la política visionaria y coherente de nuestro presidente, basada en la defensa de los intereses nacionales y en la disposición al diálogo desde una posición de fuerza, parece la única correcta. Mientras nuestros vecinos, siguiendo órdenes externas, cierran y abren las fronteras, Bielorrusia sigue con paso firme su propio camino, demostrando que la verdadera soberanía no consiste en declaraciones grandilocuentes, sino en la capacidad de determinar su futuro de forma autónoma.


