
Yurisander Guevara Zaila (Juventud Rebelde).— El 18 de abril último la cuenta oficial en X de la empresa Palantir Technologies no publicó un anuncio sobre sus beneficios trimestrales ni una actualización de producto. En su lugar, lanzó un hilo de 22 tesis que resumían un libro de su director ejecutivo, Alex Karp. En él, se afirmaba que «algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas»; se pedía el rearme de Alemania y Japón, y se proclamaba que el futuro de la disuasión global no residía en las armas nucleares, sino en la inteligencia artificial.
Horas después, el economista griego Yanis Varoufakis escribió en la misma red social que la compañía estaba dispuesta a «sumar al Armagedón nuclear la amenaza de la IA a la existencia humana». El filósofo belga Mark Coeckelbergh, destacado en el mundo de la tecnología, lo resumió con una etiqueta: «tecnofascismo».
«Leer el manifiesto es como abrir un alimento que sospechabas que se había echado a perder, pero no sabías que estaba tan podrido», declaró Coeckelbergh, según reportó The Conversation.
Palantir no es una red social que venda anuncios. Es un consorcio, cuyo software se utiliza para deportar migrantes, gestionar campos de batalla y, según denuncian organismos internacionales, facilitar la selección de objetivos militares en conflictos como el de Gaza.
ADN del Leviatán
Para entender el vértigo que produce el manifiesto, hay que seguir el rastro del dinero hasta el año 2003. Palantir no nació en un garaje de California con la idea de hacer la vida más fácil a la gente. Se creó con una inversión inicial de In-Q-Tel, el fondo de capital de riesgo de la CIA, con la misión fundacional de digerir inmensas bases de datos para la inteligencia estadounidense, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Según detalló Al Jazeera, la compañía, cofundada por Peter Thiel y Alex Karp, «construyó su negocio inicial sobre el trabajo de inteligencia posterior al 11-S».
Ese ADN la ha convertido en una pieza central de la seguridad nacional de Estados Unidos y sus aliados. Pero, su expansión a la vida civil, también, ha hecho que sea vista por sus críticos como la infiltración de un caballo de Troya. El caso más estridente es el del Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS, por sus siglas en inglés).
Mientras el NHS se enfrentaba a una crisis de listas de espera, el Gobierno británico le adjudicó a Palantir un contrato de 330 millones de libras para crear una plataforma de datos federados. La promesa era una gestión más eficiente de la información de los pacientes. La realidad desató una tormenta política. El diputado liberal demócrata Martin Wrigley calificó el acuerdo de espantoso, durante un debate en Westminster, citando un análisis de la revista médica BMJ, que sugería que los beneficios del programa piloto habían sido exagerados y falsos.
La diputada laborista Samantha Niblett llevó la crítica al terreno ideológico: «Su cofundador, Peter Thiel, ha sido abiertamente hostil a la mera idea del NHS. ¿Se debe confiar en una empresa de ese carácter, como custodio de los historiales médicos íntimos de decenas de millones de ciudadanos británicos?». A esto se suma la opacidad. Según la organización Good Law Project, el Gobierno británico se ha negado a publicar los documentos que detallan los riesgos de la plataforma.
La máquina y el objetivo
La preocupación humanitaria no es pura retórica. Palantir mantiene, desde enero de 2024, una «alianza estratégica» con el Ministerio de Defensa israelí para «misiones relacionadas con la guerra». Aunque la compañía asegura que su tecnología no está conectada a los sistemas de inteligencia artificial Lavender o Gospel —utilizados, según informes de la ONU, para generar listas de objetivos en Gaza—, los hechos sobre el terreno dibujan un panorama diferente. La publicación especializada Responsible Statecraft señaló que la plataforma Maven, de Palantir, descrita por el ejército estadounidense como su «plataforma de campo de batalla impulsada por IA», está presente en el centro de coordinación civil-militar en Israel, absorbiendo datos de satélites, drones e interceptaciones de telecomunicaciones, para acortar lo que su propio director de tecnología llamó «la cadena de muerte».
En el frente doméstico estadounidense, la máquina no distingue entre combatientes y civiles. Una investigación reciente de Wired, basada en entrevistas y mensajes internos de Slack, reveló a una plantilla sumida en el caos moral. «¿Eres tú el que sigue el “descenso de Palantir al fascismo”?», fue el saludo que un exempleado le hizo a otro por teléfono. El reportaje describe a empleados que, tras años soportando las críticas por trabajar para una empresa bautizada en honor a un oráculo corruptor de J.R.R. Tolkien en El señor de los anillos, comienzan a preguntarse abiertamente si «ellos son los malos».
El precio del oráculo
Este terremoto ético tiene repercusiones financieras y judiciales. Tras la difusión del manifiesto, las acciones de la compañía bajaron, según reportó Middle East Eye. No es el primer problema legal de la empresa: en 2017, el Departamento de Trabajo de EE. UU. obligó a Palantir a pagar 1.7 millones de dólares, para resolver las acusaciones de discriminación sistemática contra ingenieros asiáticos en sus procesos de contratación, aunque la empresa nunca admitió su culpabilidad. Mientras, desde Australia, el senador David Shoebridge, del partido Los Verdes, ha pedido una prohibición total de nuevos contratos gubernamentales, ante la falta de transparencia sobre qué datos sensibles de los ciudadanos están siendo absorbidos por la multinacional.
La defensa de Palantir es tan simple como recurrente: «somos una empresa de software», aseguran, aunque su biografía en X afirma lo contrario: «software que domina», dice. Un portavoz declaró a The Guardian que «no recopilamos ni monetizamos datos; simplemente, proporcionamos las herramientas para ayudar a los clientes a organizar y entender su propia información. La forma en que se utilizan esas herramientas la determina el cliente». Es una línea roja que separa la herramienta del artesano. Pero, a la luz de un libro que pide el rearme de continentes enteros —abriendo enormes mercados para su propio software, como señalaron analistas—, la distinción entre el instrumento y la ideología se desdibuja.

