Ernesto Che Guevara un revolucionario que eligió el lado correcto de la historia.
André Abeledo Fernández
Hay personas que nacen al otro lado de la barricada y deciden cruzarla. Ernesto Guevara de la Serna nació en Rosario, Argentina, en 1928, en el seno de una familia de clase media acomodada. Podría haber sido médico de ricos, vivir bien, morir viejo y en paz.
Eligió otra cosa. Eligió mirar de frente la miseria del mundo y ponerse de parte de los que la sufren. Por eso le llaman el Che. Por eso, casi sesenta años después de su asesinato en Bolivia, su imagen sigue levantando puños y encendiendo conciencias en los cinco continentes.
No es casualidad que el sistema que él combatió lleve décadas intentando vaciar su figura de contenido político. Han convertido su rostro en una camiseta. En un póster de dormitorio universitario. En una marca. Han intentado hacer del revolucionario más coherente del siglo XX un producto de consumo, porque saben perfectamente que si la gente lee lo que pensaba y hacía, la camiseta se convierte en algo mucho más peligroso: en conciencia de clase.
Un médico que entendió que la enfermedad tenía nombre: capitalismo
El Che recorrió América Latina en motocicleta siendo joven, y lo que vio no lo dejó indiferente. Vio la miseria de los mineros bolivianos. Vio la explotación de los campesinos guatemaltecos. Vio cómo el imperialismo yanqui derrocaba gobiernos democráticos cuando estos osaban tocar los intereses de las multinacionales. Y entendió algo que muchos médicos no entienden aunque lo tengan delante: que no puedes curar al enfermo si no atacas la causa de la enfermedad. Y la causa tenía nombre: el capitalismo y su brazo armado, el imperialismo.
Esa comprensión lo llevó a Cuba, a la Sierra Maestra, junto a Fidel y a un puñado de hombres y mujeres dispuestos a demostrar que otra historia era posible. Y la hicieron posible.
El Che junto a los trabajadores: no era pose, era convicción.
Lo que más me interesa del Che, lo que más me habla como sindicalista y como militante comunista, no es la imagen del guerrillero con boina y fusil. Es la imagen del ministro de Industrias bajando a los muelles de La Habana a trabajar codo con codo con los estibadores. En una zona portuaria de La Habana, junto a los constructores en una obra, al pie de una maquinaria compartiendo criterios con obreros, técnicos y profesionales: así era el Comandante Guevara en su relación con los colectivos laborales.
Eso no lo hace ningún ministro del sistema. Ningún político de los que hoy nos gobiernan se ensucia las manos con los trabajadores que dicen representar. El Che lo hacía porque creía en ello. Porque para él la base de la revolución socialista estaba en la clase obrera, la cual es el motor de la revolución, su razón de ser.
Y eso es exactamente lo contrario de lo que predica la derecha de este país, que considera a los trabajadores como un coste a reducir, como una variable de ajuste, como mano de obra barata que hay que disciplinar con el miedo al despido.
El hombre nuevo frente al hombre del mercado.
El Che tenía una visión del ser humano que choca frontalmente con la que nos venden hoy desde todos los altavoces del sistema. Para él, el trabajo en el socialismo es un deber social, pero también una fuente de dignidad, y la revolución técnica debe tener un contenido de clase, un contenido socialista. Frente al individuo competitivo, consumidor, egoísta que el capitalismo necesita para reproducirse, el Che apostaba por el hombre nuevo: solidario, consciente, comprometido con su comunidad.
Hoy, cuando vemos a VOX proponer que los comercios abran 365 días al año para que las trabajadoras no tengan vida fuera del turno, cuando vemos al PP abaratar el despido para que el miedo mantenga a la gente callada, cuando vemos a la ultraderecha atacar los sindicatos para dejar al trabajador solo frente al patrón, entendemos perfectamente por qué el sistema tiene tanto miedo de que la gente lea al Che.
Sus errores también nos enseñan
Sería deshonesto hablar del Che sin hablar de sus contradicciones. A la hora de aplicar sus análisis a situaciones concretas en algunos países de África y América Latina, el Che cometió el error de no considerar como eje central de la lucha el trabajo paciente entre las masas, apostando en exceso por el foco guerrillero.
Bolivia fue la consecuencia trágica de ese error estratégico. Un revolucionario honesto no puede ignorarlo.
Pero sus errores no anulan su grandeza. Los errores del Che nacían de un exceso de urgencia ante el sufrimiento humano, de una impaciencia revolucionaria comprensible cuando ves a tu alrededor tanta miseria y tanta injusticia. No hubo problema de importancia decisiva en la lucha de los trabajadores que Guevara no abordara: desde la defensa de Cuba hasta la construcción del socialismo, pasando por las relaciones económicas entre los países socialistas.
Eso es lo que hace grande a un revolucionario: no la ausencia de errores, sino la honestidad intelectual y el compromiso inquebrantable con los oprimidos.
Su muerte y su victoria.
El 9 de octubre de 1967, en La Higuera, Bolivia, agentes de la CIA y el ejército boliviano ejecutaron a Ernesto Guevara. Creyeron que matando al hombre mataban la idea. Se equivocaron de la misma manera en que siempre se equivoca el poder cuando cree que puede matar una verdad con una bala.
La clase dominante ha intentado ocultar y distorsionar su ejemplo bajo una montaña de tergiversaciones y calumnias.
Lo han convertido en mito para vaciarlo. Pero el mejor legado del Che es haber rescatado el papel histórico de la clase obrera, afirmando con contundencia que es la vanguardia de la revolución.
Y eso no hay camiseta que pueda vaciar.
Hoy, cuando la ultraderecha avanza por Europa y por el Estado español, cuando VOX y sus aliados atacan los derechos laborales, los sindicatos, las pensiones y la dignidad de los trabajadores, el Che nos recuerda algo fundamental: que la lucha no termina nunca mientras exista explotación, y que siempre hay un lado correcto de la historia en el que ponerse.
Él eligió el suyo. Nosotros también tenemos que elegir.
¡Hasta la victoria siempre, Comandante!
André Abeledo Fernández

