Sin conciencia de clase no habrá futuro: reconstruir la izquierda para frenar la barbarie.

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Sin conciencia de clase no habrá futuro: reconstruir la izquierda para frenar la barbarie.

La ultraderecha no avanza porque sea invencible. Avanza porque millones de trabajadores han dejado de creer que exista una alternativa real al modelo actual. Avanza porque demasiada gente humilde siente que nadie la representa, que nadie la escucha y que la izquierda hace tiempo que dejó de hablar su lenguaje y de pisar sus barrios, sus fábricas y sus centros de trabajo.

Ese es el gran drama de nuestro tiempo.

Durante décadas, el neoliberalismo no solo destruyó derechos laborales, privatizó servicios públicos y precarizó la vida de millones de personas. También consiguió algo todavía más peligroso: destruir la conciencia de clase. Convencieron a los trabajadores de que ya no eran trabajadores. Les enseñaron a competir entre ellos mientras una minoría acumulaba una riqueza obscena a costa del sufrimiento colectivo.

Nos hicieron creer que la explotación era libertad. Que la precariedad era modernidad. Que llegar agotado a final de mes era culpa individual y no consecuencia de un sistema diseñado para beneficiar siempre a los mismos.

Y mientras tanto, gran parte de la izquierda institucional abandonó el conflicto social para abrazar la gestión amable del capitalismo. Se acostumbraron demasiado a los despachos, a las instituciones y a los equilibrios parlamentarios mientras la clase trabajadora seguía perdiendo poder adquisitivo, estabilidad y esperanza.

Ahí es donde crece la ultraderecha.

La extrema derecha no ofrece soluciones reales a los problemas de la clase trabajadora, pero al menos identifica el malestar existente y lo convierte en rabia política. El problema es que esa rabia es dirigida contra los más débiles en lugar de contra quienes realmente provocan la desigualdad y la explotación.

Por eso vemos trabajadores pobres votando a quienes quieren destruir todavía más derechos laborales. Porque cuando la izquierda desaparece de la vida cotidiana de la gente, otros ocupan ese vacío con odio, miedo y discursos simplistas.

La reconstrucción de una verdadera izquierda no puede hacerse únicamente desde redes sociales, campañas de marketing o luchas internas por siglas y liderazgos. Tiene que volver a construirse desde abajo. Desde los centros de trabajo, desde el sindicalismo combativo, desde los barrios obreros, desde la juventud precarizada y desde quienes no llegan a fin de mes mientras las grandes empresas baten récords de beneficios.

La izquierda debe volver a parecerse a la gente trabajadora. Debe volver a hablar claro. Debe volver a señalar a los responsables reales de la desigualdad: las élites económicas que controlan gobiernos, medios de comunicación y grandes corporaciones mientras millones de personas sobreviven con salarios indignos y viviendas imposibles de pagar.

Y para eso hace falta unidad.

Pero no cualquier unidad. No una unidad vacía basada únicamente en repartirse puestos o construir coaliciones electorales sin proyecto transformador. La verdadera unidad de la izquierda solo puede construirse alrededor de un compromiso firme con la justicia social, la defensa de los servicios públicos, la vivienda digna, los derechos laborales y la redistribución de la riqueza.

La unidad no puede significar renunciar a principios. Tiene que significar poner el interés colectivo por encima de los egos, las cuotas de poder y las pequeñas guerras internas que tantas veces alejaron a la izquierda de la mayoría social.

Porque mientras la izquierda se fragmenta, el capitalismo se organiza. Mientras la izquierda discute entre sí, los grandes fondos de inversión compran viviendas, privatizan servicios y aumentan beneficios a costa de empeorar la vida de la mayoría.

Necesitamos recuperar la conciencia de clase porque solo entendiendo quién produce la riqueza y quién se apropia de ella podremos construir una alternativa real. La clase trabajadora sigue existiendo. Está en los supermercados, en los hospitales, en las fábricas, en la hostelería, en los almacenes logísticos, en el transporte y en cada empleo precario disfrazado de modernidad.

Y esa mayoría social tiene fuerza suficiente para cambiar el país si vuelve a organizarse.

La historia demuestra que ningún derecho fue regalado. La sanidad pública, las vacaciones, las pensiones, la jornada laboral o la educación pública fueron conquistas arrancadas mediante lucha, organización y solidaridad colectiva.

Por eso el futuro no pasa por resignarse ni por aceptar que la barbarie es inevitable. El futuro pasa por reconstruir una izquierda valiente, coherente y profundamente arraigada en la realidad de la clase trabajadora.

Una izquierda que no tenga miedo de hablar de explotación, de redistribución de riqueza y de poder económico. Una izquierda que vuelva a defender sin complejos la justicia social frente al individualismo salvaje que el capitalismo lleva décadas imponiendo.

Porque frente al odio de la ultraderecha necesitamos más solidaridad.

Frente al racismo, más conciencia de clase.

Frente al egoísmo neoliberal, más comunidad.

Frente a la resignación, más organización.

Y frente a quienes quieren convertir la política en una guerra entre pobres, debemos recordar algo esencial: el verdadero conflicto nunca fue entre trabajadores de distinto origen, género o cultura. El verdadero conflicto siempre fue entre quienes viven de su trabajo y quienes viven del trabajo de los demás.

Todavía estamos a tiempo de reconstruir esperanza.

Pero solo si volvemos a caminar juntos.

 

André Abeledo Fernández 

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