
Telva Mieres (Unidad y Lucha).— Es posible que el viejo chotis de Agustín Lara sonara cuando la avanzadilla madrileña cruzaba el Atlántico y que Isabel Díaz Ayuso lo cantara desgañitándose, mirando por la ventanilla, emocionada ante la perspectiva de reencontrarse con aquella tierra hermana que la derechona española sigue imaginando suspendida entre rancheras, nostalgia imperial y gratitud eterna hacia Hernán Cortés.
A Ayuso le pedía su cuerpo retrechero aeropuerto, una aventura internacional y se lanzó a conocer mundo. Después de tantos años gobernando la capital como si fuera el bastión espiritual del anticomunismo castizo, la gobernanta necesitaba un respiro porque es muy duro pasarse media vida librando guerras culturales contra rojos con abono transporte, feministas y sindicatos. Cuando se sintió preparada para exportar doctrina a algún narcoestado para atraer la inversión en la Comunidad de Madrid, cogió unos dinerillos de los contribuyentes madrileños y con una cara como el cemento “armao”, se plantó en México.
Llevaba una carpeta de discursos plastificados, entusiasmo autonómico, los 27 puntos doctrinales de Falange y esa seguridad que consiste en viajar al extranjero con el convencimiento de que el extranjero necesita urgentemente parecerse a Madrid. Lo suyo no era exactamente diplomacia, porque las habilidades de la de Chamberí están reñidas con sutilezas y protocolos; la tournée se parecía más a una excursión organizada por el Patronato de rutas Imperiales.
Sus anfitriones mexicanos, movidos por la curiosidad científica, le organizaron un homenaje a la altura de sus inquietudes intelectuales. Con Hernán Cortés seguro que la madrileña podría desplegar a sus anchas sus conocimientos históricos, adquiridos probablemente entre tertulias radiofónicas de la Cope y en columnas de opinión de Ok diario.
Y allí apareció la conchuda de Ayuso a explicar a México y a los mexicanos, cuatro siglos después lo del descubrimiento, con la misma caradura y desparpajo con que explica que la libertad consiste en privatizar servicios, bajar impuestos y consumir cerveza en terracitas climatizadas.
Porque Ayuso nunca viaja sola: la acompañan sus insolentes y descaradas frases; “Comunismo o libertad”. “Nos gustan las cañitas, ¿qué pasa?”. “La que quiera abortar, que se vaya a otro sitio”, “Yo es que nací en un atasco, soy adicta al humo de los coches”. Toda una filosofía condensada entre una barra de bar y algún acto de FAES con vino español . Una ideología que reduce cualquier problema complejo en una mezcla de patriotismo ofendido, desregulación económica y victimismo de caña y rojigualdas.
Pero el problema de abandonar la burbuja madrileña es que el mundo exterior existe. Y además tiene memoria. La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, debió de contemplar la escena con una especie de paciencia diplomática y estupor antropológico reservados para los turistas imperiales atrapados en el siglo XVI. Hubo un instante en que le sugerió a Ayuso, que guardara el vestido chiné de chulapa y aceptara que América Latina dejó hace bastante tiempo de esperar instrucciones políticas desde Madrid.
Mientras tanto, en España, otro miembro fundamental de la corte castiza afinaba su propia agenda judicial. Mientras la del PP hacía las Américas, estaba Miguel Ángel Rodríguez preparando declaraciones y estrategias mediáticas justo antes de comparecer como imputado. Una imagen casi perfecta : la presidenta madrileña evangelizando América con nostalgia ultramarina mientras su principal escudero hacía turismo procesal por los tribunales patrios. Dos perlas de mucho cuidao.
Pero….¡qué rabia! nos la devolvieron antes de tiempo, con el rabo entre las piernas , porque no hallaron dónde ubicarla y hasta los anfitriones, que le habían organizado la agenda, encontraron a la expedición española demasiado folcklórica y colonial así que buscaron un vuelo baratito en Ryanair y agradecieron que aquel encuentro entre indígenas y españoles terminara hace dos siglos.

