Lamine Yamal es catalán, la patria no es cuestión de religión.
Las críticas de la ultraderecha a la celebración de Lamine Yamal tras marcar su primer gol en un Mundial son el reflejo perfecto de la profunda indigencia intelectual en la que vive instalada una parte de la derecha más reaccionaria.
No critican que celebrase el gol rezando. Lo critican porque es musulmán.
Porque cuando un futbolista se santigua antes de un partido, cuando un entrenador hace la señal de la cruz al salir al campo o cuando cualquier deportista agradece a Dios una victoria desde una perspectiva cristiana, nadie monta una campaña de odio. Nadie cuestiona su españolidad. Nadie le exige explicaciones sobre sus creencias. Todo el mundo lo respeta, como debe ser.
Sin embargo, cuando quien expresa su fe es un joven musulmán, nacido en España, criado en España, que defiende la camiseta de la selección española y que representa a millones de jóvenes de nuestro país, entonces aparecen los de siempre con sus discursos de odio, sus prejuicios y sus complejos.
Los mismos que gritan «España cristiana y no musulmana» como si estuvieran en una cruzada medieval.
Lo más curioso es que muchos de los que lanzan esos mensajes rara vez pisan una iglesia. Muchos no sabrían recitar una oración. La inmensa mayoría jamás ha leído la Biblia. Su supuesto fervor religioso no nace de la fe, sino del rechazo al diferente.
No defienden el cristianismo.
Utilizan el cristianismo como una herramienta política para señalar, excluir y dividir.
La nacionalidad no depende de la religión. No se es más español por ser católico, protestante, ortodoxo, musulmán, judío, budista, hinduista o ateo. No se es más español por creer en Dios ni por no creer en él.
La ciudadanía no se mide por la fe.
Se mide por los derechos y deberes compartidos, por la convivencia y por el respeto mutuo.
Y precisamente para garantizar esa convivencia existe la Constitución Española de 1978, tan invocada por quienes menos la respetan cuando no coincide con sus prejuicios ideológicos.
El artículo 16 establece con absoluta claridad la libertad religiosa, ideológica y de culto para todas las personas. También garantiza que nadie pueda ser obligado a declarar sus creencias y deja claro que ninguna confesión tendrá carácter estatal.
España no es un Estado católico.
España es un Estado aconfesional.
Además, el artículo 14 prohíbe expresamente cualquier discriminación por razón de religión.
Es decir, la Constitución protege exactamente aquello que la ultraderecha pretende atacar: el derecho de cada persona a creer, a no creer o a practicar libremente su religión.
Resulta paradójico que quienes se llenan la boca hablando de patriotismo sean incapaces de respetar algunos de los principios fundamentales que sustentan nuestro marco constitucional.
La realidad es mucho más sencilla de lo que les gustaría admitir.
Lamine Yamal es tan español como cualquier otro ciudadano de este país.
Su religión no lo hace menos español.
Su origen familiar no lo hace menos español.
Su color de piel no lo hace menos español.
Y su derecho a celebrar un gol rezando merece exactamente el mismo respeto que el de cualquier deportista que se santigua antes de un partido.
La ultraderecha necesita enemigos permanentes para sobrevivir políticamente. Si no los encuentra, los inventa. Hoy es un futbolista musulmán. Ayer fueron los inmigrantes. Mañana será cualquier colectivo que sirva para alimentar el miedo, la división y el odio.
Pero España no se construye desde la exclusión.
España se construye desde la convivencia.
Desde la igualdad de derechos.
Desde el respeto a la diversidad.
Y desde la defensa de las libertades fundamentales que tanto costó conquistar.
Porque una democracia madura no pregunta a sus ciudadanos qué religión profesan.
Les garantiza el derecho a profesarla libremente.
André Abeledo Fernández

