Recuperar el municipalismo desde abajo
Por André Abeledo Fernández
Vivimos un tiempo de profundo desencanto con la política municipal. Cada vez son más los vecinos y vecinas que sienten que gobierne quien gobierne, las decisiones importantes ya están tomadas de antemano. La participación ciudadana se reduce con demasiada frecuencia a depositar una papeleta cada cuatro años, mientras la vida política queda en manos de aparatos de partido, estrategias diseñadas desde arriba y profesionales de la política cada vez más alejados de la realidad cotidiana.
Ha pasado el tiempo de las sopas de siglas sin ideología, sin proyecto y sin rumbo. También debería pasar el tiempo de unos partidos excesivamente pendientes de las directrices de sus direcciones nacionales y demasiado poco preocupados por escuchar a quienes viven en sus municipios.
Recuerdo cómo, en los primeros años de la democracia, surgieron en muchos pueblos candidaturas independientes formadas por vecinos y vecinas con un único objetivo: trabajar por mejorar su municipio. No aspiraban a hacer de la política una profesión ni a construir una carrera personal. Entendían el cargo público como un servicio temporal a la comunidad y no como una forma de ganarse la vida.
Con el paso de los años aquella ilusión fue dejando paso a una política cada vez más profesionalizada. Incluso muchas iniciativas que nacieron con la promesa de renovar la vida pública acabaron reproduciendo los mismos vicios que decían combatir. Se organizaron procesos supuestamente abiertos y asamblearios que, en demasiadas ocasiones, terminaron siendo simples repartos de cuotas de poder entre organizaciones políticas ya existentes.
Necesitamos una regeneración democrática real. No basada únicamente en cambiar unas siglas por otras, sino en recuperar el protagonismo de la ciudadanía. La política municipal debe volver a estar en manos de personas honestas, con vocación de servicio público y arraigadas en la realidad de sus barrios y de sus pueblos.
Porque existe también un clasismo dentro de la propia política. Parece asumirse con naturalidad que quienes trabajan en una fábrica, en un supermercado, en una obra, en un hospital o conduciendo un autobús tienen enormes dificultades para participar en igualdad de condiciones en la vida institucional. Los horarios, la precariedad, el miedo a las represalias laborales y las dificultades para conciliar convierten la representación política en un camino mucho más accesible para quienes ya disponen de tiempo, recursos o redes de poder.
Ese es uno de los grandes déficits de nuestra democracia. Se habla continuamente en nombre de la clase trabajadora, pero pocas veces se permite que sea la propia clase trabajadora quien ocupe los espacios de representación. Todavía persiste la idea, a menudo inconsciente, de que gobernar corresponde a una minoría especialmente preparada, mientras la mayoría debe limitarse a votar y aceptar las decisiones tomadas por otros.
Sin embargo, la democracia no puede reducirse a un procedimiento electoral limpio. La democracia será plenamente democrática cuando cualquier trabajador o trabajadora pueda representar a sus vecinos sin poner en riesgo su empleo, su economía familiar o su proyecto de vida.
Estoy convencido de que hoy existe una mayoría silenciosa que no se siente representada ni por los gobiernos municipales ni por muchas de las oposiciones. Ese descontento no debería conducir a la resignación, sino a la organización. Debemos recuperar un municipalismo nacido desde abajo, construido por vecinos y vecinas comprometidos con el bien común, donde las personas estén por encima de las siglas y el servicio público por encima de las carreras políticas.
Los ayuntamientos fueron siempre la institución más cercana a la ciudadanía. Es precisamente ahí donde puede comenzar también la regeneración democrática que nuestro país necesita. No llegará desde los despachos ni desde las direcciones de los partidos. Llegará cuando la gente corriente decida volver a tomar las riendas de la política de sus pueblos.
Está en nuestras manos hacerlo realidad.

