Venezuela: la memoria como trinchera frente al saqueo imperial.

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Venezuela: la memoria como trinchera frente al saqueo imperial.

Hay hechos que la propaganda mediática occidental quiere convertir en anécdota y que, sin embargo, son la clave para entender el siglo que vivimos. El secuestro de Nicolás Maduro Moros, presidente legítimo de Venezuela, elegido en las urnas por su pueblo, y de su esposa Cilia Flores, trasladados por la fuerza a una prisión en territorio estadounidense, no es un episodio judicial más. Es la confirmación de que el imperialismo norteamericano, cuando no puede ganar en las urnas ni en el campo de batalla ideológico, recurre al secuestro de Estado disfrazado de proceso penal.

¿Alguien puede explicarme con seriedad qué legitimidad tiene un tribunal federal de Manhattan para juzgar a un jefe de Estado extranjero por delitos inventados? ¿Alguien puede sostener, sin sonrojarse, que esto tiene algo que ver con la lucha contra el narcotráfico y no con el control del petróleo más abundante del planeta? La respuesta la sabemos todos: no hay lawfare que no esconda un pozo petrolero detrás.

De dónde viene la dignidad que quieren robar.

Para entender lo que está en juego hay que remontarse a 1999, cuando Hugo Chávez Frías llegó a la presidencia y puso fin al entreguismo de la IV República, ese período en el que las multinacionales saqueaban el petróleo venezolano mientras el pueblo se hundía en la miseria. La Revolución Bolivariana no fue un eslogan: fue reducción de la pobreza, fue alfabetización reconocida por la UNESCO, fue millones de personas sacadas de la exclusión gracias a las Misiones Sociales. Esos datos no los inventó ningún propagandista chavista; los certificaron organismos como la CEPAL o el PNUD, los mismos que la derecha cita cuando le interesa y esconde cuando no.

Chávez no fue un gestor del sistema. Fue de los pocos que se atrevió a cambiarlo. Y ese atrevimiento —poner los recursos naturales al servicio de las mayorías y no de Wall Street— es precisamente lo que Washington nunca perdonó ni perdonará. Por eso el odio de las élites hacia Chávez, y hoy hacia Maduro, no es un dato menor: es el mejor elogio posible a su legado.

Nicolás Maduro asumió la conducción del proceso bolivariano en el momento más difícil, sosteniendo el legado del comandante frente a una guerra multiforme: bloqueo económico, sanciones ilegales, intentos de golpe, magnicidio frustrado, y ahora el secuestro más descarado del siglo XXI. Su lealtad a Chávez no ha sido retórica; se ha demostrado en la resistencia diaria de todo un pueblo bajo asedio.

El presente: terremoto, bloqueo y cinismo.

Mientras el gobierno legítimo de Venezuela permanece secuestrado en suelo estadounidense, el país ha tenido que enfrentar además una tragedia natural de enormes proporciones, con miles de familias afectadas por los terremotos que sacudieron la costa venezolana. Y aquí aparece la hipocresía más repugnante del imperio: quienes mantienen el bloqueo criminal contra Venezuela son los mismos que después simulan preocupación humanitaria. La mejor ayuda para Venezuela, camaradas, no son declaraciones vacías: es levantar el bloqueo, es devolver los activos venezolanos congelados, es liberar a su presidente.

Existe, además, un tratado de extradición entre Estados Unidos y Venezuela firmado en 1922 que obliga a resolver cualquier disputa mediante arbitraje independiente, no mediante el atropello unilateral de un tribunal neoyorquino. Pero el derecho internacional, para el imperio, solo vale cuando le conviene. Cuando no, se sustituye por portaaviones.

No olvidar, no perdonar.

No olvido que Maduro sigue retenido ilegalmente mientras el mundo mira hacia otro lado. No olvido que este mismo guion —invadir, saquear, imponer un relato de «liberación»— ya lo vivimos en Irak, en Libia, en Siria. No olvido que la batalla de Caracas es la batalla de toda la clase trabajadora internacional, porque hoy es Venezuela y mañana puede ser cualquier pueblo que decida que sus recursos son suyos y no de Wall Street.

La democracia en Venezuela será bolivariana o no será. Y frente al secuestro imperial, solo cabe una respuesta: memoria, denuncia y solidaridad internacionalista sin fisuras.

 

André Abeledo Fernández 

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