La dignidad no se compra: de Chávez secuestrado en 2002 a Maduro secuestrado en 2026
Cuando un patriota está al frente de una nación, cuando de verdad ama a su pueblo y defiende su soberanía, se nota. Se nota en los gestos, en las palabras, en cómo se comporta cuando todo está perdido y solo queda la dignidad. Eso es lo que nos ha enseñado, dos veces en veinticuatro años, la Revolución Bolivariana.
2002: la primera lección.
En abril de 2002, tras el golpe de Estado, secuestraron a Hugo Chávez y lo presionaron para que firmara su renuncia. No firmó. Estaba dispuesto a morir antes que traicionar a su pueblo. Y su pueblo, camaradas, no se quedó en casa: salió a las calles, rodeó Miraflores, y su propio ejército, el ejército del pueblo, fue a rescatarlo. La revolución no murió en ese golpe porque un hombre se negó a arrodillarse y un pueblo entero se negó a abandonarlo.
2026: la misma dignidad, otro secuestro.
Nicolás Maduro ha sido secuestrado, maltratado, sacado de su país con los ojos vendados y las manos atadas, junto a la primera dama Cilia Flores. Y lo ha hecho con la misma dignidad que su comandante en 2002. En ningún momento pidió clemencia. Ante el circo que en Estados Unidos llaman tribunal, sostuvo que es inocente, que fue secuestrado en un acto de guerra, y que sigue siendo el presidente legítimo de Venezuela. Ni una palabra de sumisión. Ni un gesto de humillación.
Esa es la diferencia, camaradas, entre quienes de verdad creen en lo que dicen y están dispuestos a luchar y morir por sus ideales, y el resto: los que gobiernan de rodillas ante Washington, los que confunden la política con el negocio propio, los que nunca han puesto en juego nada por sus pueblos.
Los que jamás conocerán esa dignidad.
Estoy convencido de que esa dignidad no la conocen ni Donald Trump, ni Javier Milei, ni Santiago Abascal, ni Feijóo, ni Ayuso, ni Benjamín Netanyahu, ni prácticamente ningún mandatario de la derecha en este planeta. Muy pocos, en la política actual, saben lo que es sostener una convicción cuando sostenerla cuesta la libertad, la comodidad o la propia vida. Y es una lástima —una auténtica vergüenza histórica— que gente muchísimo peor que Chávez y Maduro haya dedicado su energía a intentar destruirlos personalmente, a ensuciar su legado, a borrar de la memoria de los pueblos lo que representan.
No lo van a conseguir. Pueden secuestrar a un hombre, pueden encerrarlo, pueden humillarlo en un tribunal amañado, pero no pueden secuestrar una idea que ya germinó en millones de conciencias. La Revolución Bolivariana es semilla, y las semillas, cuando ya han arraigado en la tierra de un pueblo, no las arranca ningún imperio.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

