Donald Trump: la cobardía del imperio y la dignidad que no se compra
Camaradas, hay noticias que no necesitan ni un ápice de exageración para retratar a quien gobierna el imperio. Basta con contar los hechos tal cual sucedieron.
El pasado 8 de julio, al terminar la cumbre de la OTAN en Ankara, Donald Trump subió ante las cámaras al Air Force One. Sonrió, saludó, hizo el paripé habitual. Minutos después, agentes del Servicio Secreto lo sacaron por el lado opuesto del avión, escondido en un camión de catering, y lo trasladaron en secreto a otra aeronave. En el avión oficial se quedaron parte de su propio equipo y los periodistas del pool, convertidos sin saberlo en cebo humano ante una posible represalia de Irán. A los reporteros ni siquiera se les explicó por qué debían bajar las ventanillas. Simplemente se les usó.
Ningún presidente, ni siquiera en los momentos más duros de la Guerra Fría o en plena guerra de Afganistán, había convertido a la prensa en escudo humano de esta manera. Lo dice Jake Tapper, que ha cubierto Casas Blancas de todo signo, y lo dice con la incredulidad de quien ha visto de todo. Pero es que con Trump el listón de la vergüenza siempre encuentra un escalón más bajo. Es la lógica del cobarde que gobierna el imperio más armado de la historia y que, aun así, tiembla ante la sombra de una represalia, dispuesto a sacrificar a quien haga falta con tal de salvar su propio pellejo.
Ese mismo cobarde fue quien, el 3 de enero de este año, ordenó el secuestro de Nicolás Maduro. Comandos estadounidenses entraron de madrugada en su residencia, lo sacaron a rastras cuando intentaba refugiarse, y lo trasladaron esposado y vendado hasta una cárcel federal de Brooklyn junto a la primera dama, Cilia Flores. Ni una orden judicial venezolana, ni un juicio en su propio país, ni el más mínimo respeto por la soberanía de una nación. Solo la fuerza bruta del imperio, disfrazada de operación antidroga, para secuestrar a un presidente legítimo y presentarlo ante un tribunal que no es el suyo.
Y aquí está la lección que la Revolución Bolivariana nos ha dado dos veces en un cuarto de siglo. En 2002 secuestraron a Chávez y le exigieron que renunciara. No firmó. Prefería morir antes que traicionar a su pueblo, y su pueblo bajó a la calle, rodeó Miraflores y fue a buscarlo. En 2026 secuestran a Maduro, lo humillan, lo exhiben, y él responde exactamente igual que su comandante: sin pedir clemencia, sosteniendo que es inocente, que fue víctima de un acto de guerra, y que sigue siendo el presidente legítimo de Venezuela.
Esa dignidad, camaradas, no se compra ni se improvisa. Se forja en la convicción de que hay causas que valen más que la propia comodidad. Y por eso mismo Trump, Milei, Abascal, Feijóo, Ayuso o Netanyahu jamás la conocerán: porque nunca han arriesgado nada por nadie que no sean ellos mismos. Gobiernan de rodillas ante sus propios intereses y solo saben usar a la prensa, a los pueblos o a un avión entero como escudos desechables.
La historia, sin embargo, no la escriben los cobardes que se esconden en un camión de catering. La escriben los pueblos que, como en 2002, bajan a la calle a rescatar a los suyos.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

