Lenin: el hombre que demostró que la teoría revolucionaria se hace acción

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Lenin: el hombre que demostró que la teoría revolucionaria se hace acción

Hay quien reduce a Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, a una estatua derribada en un vídeo de propaganda anticomunista, como si setenta años de historia soviética cupieran en la caída de un bloque de bronce. Esa operación es la misma de siempre: vaciar de contenido a un dirigente histórico para no tener que discutir sus ideas. Y las ideas de Lenin, guste o no a la burguesía, siguen siendo la referencia teórica más completa que ha producido el movimiento obrero para tomar el poder y sostenerlo.

De la teoría a la insurrección: el partido de vanguardia.

Lenin no inventó el marxismo, pero hizo algo que ningún teórico anterior había conseguido: convertirlo en un instrumento de toma de poder. Frente a quienes creían que el socialismo llegaría de forma espontánea y gradual como simple consecuencia del desarrollo económico, Lenin defendió que la clase obrera necesita organización, disciplina y un partido de vanguardia capaz de fundir la conciencia revolucionaria con la lucha de masas. No fue un golpe de un puñado de conspiradores, como repite la historiografía burguesa: los bolcheviques llegaron a octubre de 1917 con el apoyo mayoritario de los sóviets de fábricas y cuarteles en Petrogrado y Moscú, tras meses de trabajo paciente entre obreros, soldados y campesinos hartos de una guerra imperialista que no era la suya.

Aprender de la Comuna para no repetir sus errores.Lenin construyó su análisis mirando hacia atrás, no por nostalgia, sino porque entendía que la historia es el pilar sobre el que se levanta cualquier movimiento revolucionario. La Comuna de París de 1871 fue su principal referencia: la primera toma del poder por el proletariado, y también su primera derrota trágica. Lenin estudió ambas caras con el mismo rigor, sin romanticismo, porque sabía que criticar los fracasos de un movimiento no es traicionarlo, sino la única forma de no repetirlos. De ahí nació buena parte de lo que después sería la teoría del Estado y la revolución: si el proletariado toma el poder, no puede limitarse a ocupar el viejo aparato estatal burgués, tiene que destruirlo y construir uno nuevo, al servicio de la clase trabajadora.

El imperialismo como fase superior del capitalismo.

Su análisis del imperialismo sigue siendo, más de un siglo después, la herramienta más afilada para entender el mundo en que vivimos: la concentración monopolista del capital, la fusión del capital bancario e industrial, el reparto colonial del planeta entre las potencias y las guerras que ese reparto genera. Cuando hoy vemos a Estados Unidos bombardear países para controlar su petróleo, o a la Unión Europea imponer sanciones que solo golpean a los pueblos, no estamos ante fenómenos nuevos: son la lógica imperialista que Lenin describió con precisión quirúrgica en plena Primera Guerra Mundial, mientras la socialdemocracia europea se rendía al chovinismo y votaba los créditos de guerra de su propia burguesía.

La autodeterminación no es un capricho.

Lenin fue tajante en un principio que hoy muchos pretenden olvidar cuando les conviene: el derecho de los pueblos a la autodeterminación, incluida la independencia, es un principio irrenunciable del internacionalismo proletario. No se trataba de un gesto táctico, sino de la comprensión de que ningún pueblo puede oprimir a otro y llamarse libre. Ese principio sigue siendo hoy la base para defender al pueblo saharaui, al pueblo palestino, y a cualquier nación sometida bajo el imperialismo del siglo XXI.

Las contradicciones que no se pueden callar.

Y aquí la honestidad intelectual vuelve a exigirnos no construir santos donde hubo seres humanos actuando en circunstancias extremas. La Rusia revolucionaria estaba rodeada por catorce ejércitos extranjeros, sumida en una guerra civil brutal y en el hambre. En ese contexto, Lenin y la dirección bolchevique tomaron decisiones que un análisis riguroso no puede blanquear: la disolución de la Asamblea Constituyente en enero de 1918, cuando el resultado electoral no les fue favorable; la instauración del Terror Rojo y la Cheka como instrumento de represión política que golpeó también a sectores del propio movimiento obrero; la política de requisas forzosas del comunismo de guerra, que agravó el hambre campesina; y la prohibición de fracciones organizadas dentro del propio partido bolchevique en el X Congreso de 1921, aprobada tras la sangrienta represión de la rebelión de los marineros de Kronstadt, antiguos protagonistas de la revolución de 1917 que se levantaron reclamando más democracia soviética, no menos. Esa decisión sentó un precedente que limitó gravemente el debate interno y la democracia obrera en los años siguientes, y sus consecuencias se sintieron durante toda la etapa soviética posterior.

Ni estatua ni caricatura: método revolucionario.

Ni el ícono sin fisuras que algunos siguen venerando, ni el monstruo de manual con el que la derecha quiere enterrar cualquier alternativa al capitalismo. Lenin demostró que la teoría revolucionaria solo vale si se convierte en acción organizada, y ese triunfo, con todas sus contradicciones, transformó la historia del siglo XX más que cualquier programa o tratado teórico escrito antes que él. Aprender de Lenin no es repetirlo como catecismo, es hacer lo que él mismo hizo: estudiar la historia con rigor crítico para no repetir sus errores y no renunciar a sus conquistas.

Aquí, en el Estado español, cuando la derecha agita el anticomunismo para tapar sus propios recortes y su sumisión al capital transnacional, el método de Lenin —organización, análisis de clase, internacionalismo— sigue siendo más necesario que nunca.

 

Até a vitoria sempre ✊

 

André Abeledo Fernández

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