Donald Trump el bufón que se cree dueño del mundo
Camaradas,
Donald Trump repite, van ya cerca de cien veces, que ha ganado la guerra contra Irán. Y ahora añade una nueva bravuconada: el estrecho de Ormuz será de Estados Unidos. Si el personaje que lo dice no tuviera la mano apoyada sobre el botón nuclear y no dirigiera el mayor aparato militar del planeta, todo esto sería un circo de risa fácil. Pero no lo es. Detrás del payaso hay miles y miles de muertos: el genocidio en Gaza que sostiene con su apoyo incondicional a Israel, la agresión contra el Líbano, la guerra ilegal e inmoral contra Irán, la caza del inmigrante como si fuera una alimaña dentro de su propio país.
Ahora quiere quedarse con el estrecho de Ormuz, igual que antes quiso quedarse con Groenlandia y le cambió el nombre, o como dice que se quedará con Canadá, como si el capricho de un solo hombre bastara para reescribir la geografía del planeta. Al golfo de México lo llama golfo de América. Groenlandia, que sigue siendo danesa, la declara suya. Canadá, un Estado soberano, lo trata como si fuera una provincia más a la espera de anexión. El estrecho de Ormuz, que sigue estando bajo control de Irán, entre Irán y Omán, lo declara territorio estadounidense. Para Trump el mundo entero le pertenece porque lo dice él, aunque la realidad demuestre exactamente lo contrario. Lo mismo hace con Venezuela, tras secuestrar a su presidente legítimo, Nicolás Maduro, para quedarse con el petróleo, y lo mismo pretende con Cuba, recrudeciendo un bloqueo ilegal que busca deliberadamente hundir al pueblo cubano en la catástrofe humanitaria.
Y puede decirlo, puede hacerlo, porque ya lo hacía antes, aunque hoy ya no se moleste ni en disimularlo. Detrás de la Marcha Verde con la que Marruecos se anexionó el Sáhara Occidental estaban Estados Unidos y Henry Kissinger. La diferencia es que ahora ya no hace falta esconderse: Trump, junto al Mosad, la CIA y Benjamín Netanyahu, es capaz de provocar una crisis migratoria y humanitaria en Ceuta solo para castigar al Gobierno español por no arrodillarse lo bastante.
Y a quien decide defender su soberanía le pasa lo que le pasó a Venezuela, con su presidente legítimo secuestrado para robarle el petróleo. Le pasa lo que sufre Cuba desde hace décadas con un bloqueo ilegal e inmoral que Trump ha convertido en genocida, negando hasta las jeringuillas y los medicamentos a un pueblo entero.
Este genocida, este personaje nefasto sin una pizca de empatía, incapaz de controlar ni sus propios esfínteres, quiere dominar el mundo y nos pone a todos en peligro. Su única oferta es vivir de rodillas, lamiendo botas. Para un pueblo con dignidad, esa nunca puede ser una opción. No hemos nacido para ser esclavos de nadie.
La ultraderecha, en cambio, no tiene ningún problema en arrodillarse. Lo vemos en Abascal, siempre a caballo entre lamer las botas de Netanyahu y las de Trump. Lo vemos en Ayuso, capaz de condecorar a Israel por su genocidio en Gaza o a Milei por su servilismo. Lo vemos en Feijóo, incapaz de señalar a los verdaderos responsables de la crisis de Ceuta. Y lo vemos en Meloni, humillada una y otra vez por Trump —que llegó a decir que necesitaría una orden de alejamiento para que la dejase en paz— y que aun así salta cada vez que Washington se lo ordena.
La hipocresía llega a su máxima expresión con Finlandia y Dinamarca dando lecciones sobre migración a España, mientras Dinamarca ve cómo Estados Unidos reclama Groenlandia, su propio territorio autónomo, y ninguna de las dos se atreve a plantarle cara a Trump.
Todo esto sería una tragicomedia magnífica si no fuera una tragedia real. Trump, junto a Netanyahu, es lo peor que le ha pasado a la humanidad desde Adolf Hitler. Sin duda alguna.
Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

