Milei en Argentina. El precio de la mediocridad: cuando un peón se cree rey
Javier Milei ha vuelto a las andadas. Esta vez no le ha bastado con llamar «ladrón», «corrupto» y «presidiario» al presidente de Brasil, Lula da Silva. Ha ido más lejos, hasta la burla más rastrera: mofarse del cáncer que sufre un jefe de Estado, llamarlo «calvo» como si eso fuera lo más suave que le quedaba en el arsenal de insultos. Y luego, por si quedaba alguna duda de su nivel, replicó en redes sociales a un congresista republicano que llamaba «puerco» al presidente brasileño. Este es el nivel de estadista que tenemos como vecino: un hombre que confunde la diplomacia con el patio de un colegio y que ha logrado, en pocos meses, provocar la mayor crisis bilateral entre Argentina y Brasil de las últimas cuatro décadas.
Brasil ha respondido como corresponde: retirada de embajador, reducción del nivel de representación diplomática, un portazo con toda la razón del mundo. Y Milei, en vez de rectificar, ha redoblado la apuesta, orgulloso de su papel de bufón al servicio de la extrema derecha internacional que intenta colocar a Flávio Bolsonaro en el poder.
Pero aquí está la ironía que ningún libertario de manual quiere mirar de frente: el gran perjudicado de esta crisis no es Brasil. Es Argentina. Brasil es la gran potencia regional, con una diferencia abismal respecto al resto del continente: una economía tres veces mayor que la argentina, socio fundador de los BRICS, superávit comercial sostenido durante diecisiete meses seguidos, motor industrial y agroalimentario de referencia mundial. Argentina, en cambio, depende de Brasil como el que depende del aire: el 13% de sus exportaciones y el 22% de sus importaciones pasan por Brasil, y casi el 40% de sus manufacturas industriales tienen a Brasil como destino. Para Brasil, en cambio, Argentina es apenas una cifra menor, un socio comercial marginal frente al peso de China y Estados Unidos.
Es decir: Milei ha decidido escupir al plato del que come su propio pueblo. Mientras Argentina arrastra reservas internacionales negativas, un riesgo país disparado y una dependencia estructural del gigante vecino, su presidente se dedica a insultar como un adolescente resentido al líder del país que sostiene buena parte de su comercio exterior. No es valentía, es irresponsabilidad histórica. No es soberanía, es un tiro en el propio pie multiplicado como los panes y los peces.
Y no es casualidad. Milei hace exactamente lo que Washington espera de él. Trump ya lo dijo sin pudor: prefiere rodearse de «perdedores» que le hagan sentir superior, odia escuchar éxitos ajenos. Ese es el molde que ha impuesto en toda Latinoamérica: Milei en Argentina, pero también sus equivalentes en Colombia, Ecuador, Honduras, Perú, Chile. Una nueva Operación Cóndor, esta vez sin necesidad de tanques, con embajadas que dictan la política interior de repúblicas convertidas otra vez en patio trasero. Abascal, Meloni, Bukele, Noboa, Feijóo, Ayuso: la misma genuflexión, la misma lengua limpiando botas ajenas, la misma entrega de la dignidad de los pueblos a cambio de una palmadita en la espalda del imperio.
La clase trabajadora argentina no eligió esta humillación. La paga, como siempre, quien no la provocó.
Até a vitoria sempre!.
André Abeledo Fernández

