Israel no es una democracia: es una teocracia sionista genocida.

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Israel no es una democracia: es una teocracia sionista genocida.

Camaradas,

Hay noticias que deberían paralizar la conciencia de cualquier ser humano. Que un ministro con responsabilidad sobre policía y prisiones defienda públicamente matar entre 30 y 40 personas cada noche en Gaza no es una anécdota macabra: es la confesión, sin disfraz, del proyecto genocida que el sionismo ejecuta desde hace décadas y que hoy alcanza su fase más descarnada.

No hablamos de un político marginal. Hablamos del titular de Seguridad Nacional de un Estado que se presenta ante Occidente como «la única democracia de Oriente Medio». Esa mentira ya no se sostiene ni con la propaganda mejor financiada del planeta.

Los rabinos del exterminio.

A ese ministro le acompaña un coro de rabinos que legitiman religiosamente el asesinato de niños. Uno de ellos ha llegado a declarar que Gaza entera, incluida su infancia, debería morir de hambre, porque considera a esos menores «futuros terroristas». Otro reivindica una «guerra total» apelando a mandatos bíblicos de exterminio, negando que exista un solo civil inocente en la Franja. Un tercero, al frente de una academia militar religiosa, adoctrina a soldados en la idea de que hay que matar preventivamente a mujeres y niños porque «los bebés de hoy serán los combatientes de mañana». Un cuarto lleva décadas legitimando la limpieza étnica de Cisjordania.

Esto no es fanatismo marginal. Es la teología de Estado que sostiene la ocupación.

Lo que dice la ONU, sin eufemismos.

Una Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas ha concluido lo que cualquier persona con dos ojos y una conciencia mínima llevaba meses viendo: Israel comete el crimen de genocidio en Gaza, con un patrón deliberado de destrucción dirigido contra la infancia palestina, su continuidad biológica y su futuro como pueblo. Más de 20.000 niños asesinados. Más de 44.000 heridos. El hambre utilizada como arma de guerra. La atención médica y neonatal desmantelada de forma sistemática.

Que el informe no sea una sentencia judicial vinculante no le resta ni un gramo de verdad. Solo confirma, una vez más, que el derecho internacional solo se aplica contra quien no tiene los padrinos adecuados en el Consejo de Seguridad.

Una asimetría que desmiente la palabra «guerra».

Llamar «guerra» a lo que ocurre en Gaza es un fraude semántico al servicio del verdugo. No hay guerra entre un ejército hipertecnificado, con tanques, aviación de última generación y el respaldo militar de la primera potencia mundial, y una población civil sitiada, hambrienta y desarmada. Hay exterminio. Hay limpieza étnica de manual, tal y como la define la Convención de la ONU de 1948.

Este horror está por encima de la vieja división entre derecha e izquierda. Es una cuestión de humanidad elemental. Y sin embargo, el imperialismo estadounidense sigue sosteniendo el brazo ejecutor, mientras sus «planes de paz» no son más que operaciones cosméticas para desactivar la protesta social y comprar tiempo para que las masacres continúen sin cámaras delante.

La complicidad de la socialdemocracia.

La tibieza de buena parte de la socialdemocracia europea ante esta barbarie no es neutralidad: es capitulación. Al renunciar a enfrentar al poder fáctico y al capital internacional que sostiene a Israel, la vieja política deja el terreno libre para que la extrema derecha reescriba la historia a su medida. El sionismo se nutre precisamente de esa impunidad geopolítica, amordazando cualquier crítica bajo la acusación interesada de antisemitismo, cuando lo que se denuncia no es un pueblo, sino un Estado y una ideología de ocupación y apartheid.

Israel ha abordado barcos con bandera extranjera en aguas internacionales, ha secuestrado a sus tripulaciones y las ha sometido a vejaciones, negándoles incluso medicación esencial como la insulina. Esa es la humanidad real que se esconde detrás del relato victimista.

El paripé humanitario: cuando el genocida se disfraza de rescatista.

Y por si hiciera falta una prueba más de hasta qué punto el sionismo necesita lavar su imagen con sangre ajena, ahí está Colombia. Tras el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió el occidente del país el pasado 10 de agosto, el nuevo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, agradeció públicamente a Netanyahu el apoyo israelí, calificando la conversación con el primer ministro como «muy cálida y enriquecedora». 

Un gesto que no es casual: Netanyahu lo celebró como el inicio de «un nuevo capítulo» en las relaciones bilaterales, justo después de que Colombia reconociera la soberanía israelí sobre los Altos del Golán.

El ejército más inmoral de la historia reciente, el que prefiere bombardear hospitales y matar niños antes que enfrentarse a un combatiente armado, mandó a Cali una delegación de más de ochenta efectivos bajo el nombre de «Pacto de Amigos». Pero el detalle revelador es este: la misión está operada conjuntamente por el ejército israelí y la Cancillería israelí, y su cabeza visible, Roni Kaplan, no es rescatista sino Mayor en la reserva y portavoz militar en español, denunciado penalmente en Uruguay por crímenes de guerra, de lesa humanidad y genocidio.

Mientras tanto, voluntarios colombianos que llevaban días excavando entre los escombros del edificio Vanessa denunciaron haber sido apartados del operativo por la Policía tras la llegada de la delegación israelí, y fueron señalados como guerrilleros por portar la bandera de Palestina en sus espaldas como gesto de solidaridad. Rescatistas de verdad, humillados por llevar un símbolo de paz, apartados por un ejército de ocupación que aprovechó una tragedia ajena para hacerse la foto.

No tengo confirmación verificada de cada detalle que circula —si mancharon o no el uniforme, cuánto tiempo estuvieron realmente sobre el terreno—, y como editor de estas líneas prefiero no afirmar lo que no puedo sostener con fuentes. Pero lo documentado ya es suficientemente vergonzoso: un ejército señalado por la ONU de cometer genocidio en Gaza, usando la desgracia del pueblo colombiano como decorado publicitario, mientras amordaza a quienes se atreven a mostrar solidaridad con Palestina en pleno terreno de rescate.

De la Espriella se suma así a la larga lista de lacayos regionales —Milei, Noboa y compañía— dispuestos a mover la cola cada vez que el amo de Tel Aviv chasquea los dedos. Una vergüenza que la historia recordará igual que recordó el silencio ante el Holocausto: como cómplice, por acción o por omisión, de la barbarie genocida que hoy se comete contra Palestina.

No podemos callar.

Romper el silencio mediático y señalar al sionismo como una doctrina de ocupación y apartheid no es solo un acto de solidaridad con Palestina; es un deber imperativo para cualquiera que se reclame antifascista y defensor de la justicia social.

Israel no es una democracia. Es una teocracia sionista y genocida que no respeta la legalidad internacional ni los derechos humanos. El gobierno sionista y genocida de Israel comenzó la masacre y la limpieza étnica en Palestina desde su fundación en 1948, y el terrorismo sionista empezó a asesinar palestinos ya en 1934. Palestina lleva 77 años torturada por el sionismo israelí.

No es necesario ser palestino ni musulmán para defender esta causa. Basta con ser humano. Y quien defiende hoy al Estado sionista y genocida de Israel es cómplice de un genocidio: ha perdido su humanidad y se ha pasado a la barbarie.

La bandera de Palestina representa la dignidad de todo un mundo. La de Israel, hoy, representa la vergüenza de la humanidad.

Mientras sigan asesinando, nuestra pluma y nuestra voz seguirán siendo trinchera.

 

Até a vitoria sempre!.

 

André Abeledo Fernández

 

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