EL «ESCUDO SOCIAL» ES UNA MENTIRA, Y YO SOY LA PRUEBA

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EL «ESCUDO SOCIAL» ES UNA MENTIRA, Y YO SOY LA PRUEBA

Camaradas,

Hay palabras que la clase política ha convertido en propaganda vacía. «Escudo social» es una de ellas. La repiten en los telediarios, en los mítines, en los tuits institucionales, como si pronunciarla bastase para que fuese cierta. Pero la propaganda no paga el alquiler, no pone comida en la mesa de un menor de catorce años, ni cuida a una pareja a la que el Estado te obliga a echar de casa.

Lo sé porque me ha pasado a mí.

Después de años dejando la columna, las rodillas y la salud en los pasillos de un supermercado, el INSS me reconoció una incapacidad permanente total. Pasé de un salario de 1.400 euros a una pensión de 752,15 euros al mes: el 55% de mi base reguladora, porque no he cumplido los 55 años y, según la lógica de los despachos, «todavía» podría reincorporarme a un empleo compatible con mis limitaciones. Que alguien me explique qué empresario contrata a un hombre de cincuenta y un años con una incapacidad total. Que me lo expliquen en el mundo real, no en el BOE.

Con dos hijos menores a mi cargo, de catorce y diecisiete años, intenté solicitar el Ingreso Mínimo Vital. Y ahí es donde la mentira institucional se vuelve obscena: para acceder a esa ayuda, el sistema me exige excluir del padrón a mi pareja, una mujer venezolana con la que convivo, dejándola en la calle. La única alternativa que me han ofrecido es echarla de casa.

No soy un canalla. No lo voy a hacer.

Así que mis hijos siguen viviendo con 720 euros al mes porque su padre está enfermo. Así es la letra pequeña del escudo social: hablan de proteger a la infancia y condenan a la pobreza a los hijos de un incapacitado. Hablan de integración migrante y exigen que expulse del padrón a mi pareja extranjera para poder alimentar a mis hijos. Hablan de combatir la violencia contra las mujeres y no tienen ningún problema en empujarme, administrativamente, a dejar a una mujer en la calle. La coherencia, en este país, se queda siempre en la sala de espera.

MENTIR ES POLÍTICA DE ESTADO

Y aquí lo digo con toda la claridad que da la rabia acumulada: da prácticamente igual quién gobierne. La derecha y la socialdemocracia comparten el mismo vicio, que es tratar la administración pública como una fábrica de anuncios sin recorrido. Legislan sin pisar el terreno, sin preguntarle a quien sufre la norma, y cuando la norma se estrella contra la realidad, la respuesta nunca es corregirla: es un nuevo anuncio, una nueva rueda de prensa, una nueva «reforma» que deja intacta la letra pequeña.

Parece que a los que legislan no les importamos un carajo. Solo les importa la publicidad gratuita, el titular bonito, la foto en el telediario. Y esa indiferencia, camaradas, no es gratuita: se paga con salud, con dignidad, con familias partidas por la burocracia.

Hasta que uno no pierde la salud, no ve con claridad la falta absoluta de empatía del INSS y de toda la administración. Yo la veo cada mes, cuando hago cuentas con 752 euros y con la amenaza latente de tener que elegir entre mis hijos y mi pareja.

RADICAL ES IR A LA RAÍZ

Nos hace falta ser radicales, y ser radical no es un insulto: es ir a la raíz del problema. La raíz de esto no es que falten leyes, es que sobran leyes hechas de espaldas a quien las sufre.

Necesitamos la derogación real de la reforma laboral, no un maquillaje. Necesitamos seguimiento efectivo de cada medida que se anuncia, para que dejen de ser papel mojado. Necesitamos control de precios y el fin de la especulación sobre la vivienda, la energía, los combustibles y los productos básicos. Necesitamos que la incapacidad permanente total deje de ser un castigo económico disfrazado de prestación, y que el Ingreso Mínimo Vital deje de exigirle a un padre que elija entre sus hijos y la persona con la que comparte su vida.

Necesitamos políticos útiles, no populares. Partidos que trabajen para el pueblo, no para las élites económicas que nunca van a pisar una oficina del INSS.

EL CALDO DE CULTIVO DEL FASCISMO

Y aquí va lo más duro de decir, porque somos nosotros, la izquierda, quienes tenemos que asumirlo: la ultraderecha no crece solo por lo que dice o por lo que hace. Crece porque otros prometen y no cumplen, porque la socialdemocracia institucional gestiona la miseria con eslóganes en lugar de resolverla, y porque la izquierda ha sido dinamitada desde dentro por quienes se acomodaron en los sillones y olvidaron de dónde venían.

Hablar mucho y hacer poco es el pecado que el votante de izquierdas no perdona. Y cuando el pueblo se siente engañado, decepcionado, abandonado con 752 euros y un ultimátum imposible sobre su familia, el fascismo encuentra un terreno abonado donde sembrar odio. No hace falta que lo siembre con esfuerzo: se lo estamos regando nosotros mismos con cada anuncio incumplido.

La verdadera grandeza de un Estado no se mide en discursos. Se mide en si un trabajador enfermo puede seguir siendo padre sin tener que elegir entre sus hijos y su pareja. Hoy, en España, esa grandeza no existe. Existe el laberinto, la letra pequeña y el silencio de quien gobierna sin pisar jamás la cola de una oficina de la Seguridad Social.

La protección social no puede seguir siendo un privilegio para quien sobrevive al laberinto administrativo. Tiene que ser un derecho garantizado para toda la clase trabajadora, sin excepciones de edad, sin excepciones de unidad de convivencia, sin obligarnos a elegir entre la familia y el pan.

 

André Abeledo Fernández

 

Até a vitoria sempre!

 

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