
Suponer que la industria militar se sostiene lejos de nuestra vida cotidiana resulta confortable. Alejar responsabilidades bajo el falso pretexto de que eso siempre ocurre en países lejanos es conveniente. Pero hay una realidad incómoda que nos involucra, queramos o no, en guerras y violencias masivas. La financiación de la industria armamentística es una red capilar que atraviesa bancos, fondos de inversión, aseguradoras, centros tecnológicos y, en última instancia, nuestros impuestos y ahorros.
En un mundo crecientemente militarizado, fabricar armas es legal y rentable. Como en cualquier negocio, las empresas del sector necesitan financiación para producir, investigar, ampliar capacidad y ganar nuevos mercados. Y aquí entra el sistema financiero. El dinero no solo acompaña a la industria militar, sino que la acelera y la protege. Sin crédito, sin compra de bonos, sin participación accionarial o sin líneas de financiación, muchas de esas cadenas de suministro y producción simplemente no funcionarían al mismo ritmo. Tres de cada cuatro armas no existirían sin la financiación de los bancos.
En ese engranaje, España —país que se presume defensor de los derechos humanos— no es un actor menor. Forma parte del circuito internacional de fabricación y exportación de armamento y sus grandes entidades bancarias sostienen el negocio. Algunas, como Banco Santander y BBVA, figuran entre los principales financiadores europeos de empresas que suministran armas a Israel. Resulta incómodo, pero conviene decirlo con claridad. La banca española financia armas que matan, desplazan y destruyen vidas en distintas regiones del mundo. El vínculo no es retórico, es material. La violencia necesita logística, contratos y flujos económicos constantes para mantenerse.
Este entramado se sostiene también sobre la opacidad financiera. La mayoría de la gente no sabe qué hacen los bancos con su dinero. Cuando alguien abre una cuenta, pide una hipoteca o deja sus ahorros en un fondo de inversión, nadie le explica que su dinero puede acabar alimentando conflictos armados. Así es como la banca armada convierte el ahorro cotidiano en violencia global. Créditos, compra de bonos, acciones, líneas de financiación… los mecanismos son diversos, pero la consecuencia es la misma. El sistema financiero español alimenta la maquinaria de guerra internacional. La banca, por tanto, no es una espectadora del complejo militar-industrial, sino una pieza que facilita que el sector mantenga músculo, continuidad y expansión.
Los datos recogidos por el Centre Delàs d’Estudis per la Pau permiten poner cifras a lo que a menudo se nombra de manera abstracta. Entre 2020 y 2024 varias entidades financieras con presencia central en el sistema bancario español han participado en la financiación de la industria armamentística por importes que superan ampliamente el umbral de relevancia (operaciones de al menos un millón de dólares). En ese periodo, Banco Santander aparece como la entidad con mayor volumen, con 5.445,5 millones de dólares, seguido por BBVA con 3.187,3 millones, CaixaBank con 657,6 millones y Banco Sabadell con 145,4 millones.
Los datos del Centre Delàs ayudan además a aterrizar otra idea que a menudo queda difusa. La industria de defensa no es un fenómeno lejano, sino un entramado con anclaje territorial. En España existen empresas con facturación en defensa superior al millón de dólares y su presencia se concentra en polos reconocibles. Euskadi reúne actores como ITP, SAPA, Sener o Aernnova; en Madrid y alrededores aparecen Indra, Rheinmetall, Airbus y GDELS; Barcelona y su área cercana acogen firmas como Atos, Altrán e IVECO.
Kutxabank, banco que se presenta como defensor del territorio vasco y del desarrollo local, entre 2020-2024 invirtió 95,4 millones de dólares en empresas que facturan en defensa, como Aernnova, Sidenor o el Grupo Eulen…

