La política no es un juego para quienes la sufrimos.
Quiero empezar con una afirmación que no es una pose ni una frase bonita: para mí, la política no es un juego. No es un pasatiempo que podamos abandonar cuando deja de resultarnos cómodo. Y, desde luego, no es una forma de vida ni un empleo bien pagado, como sí lo es para quienes deciden desde un despacho climatizado sin tener que sufrir después las consecuencias de sus propias decisiones.
Para millones de personas, la política es otra cosa: es llegar o no a fin de mes, es poder pagar la vivienda, es el precio de la cesta de la compra y de la luz, es conseguir una cita médica cuando la necesitas, es tener una escuela pública digna, es cobrar una pensión que alcance para vivir. La política entra en nuestras casas aunque no queramos; moldea la sociedad, el entorno, el presente y el futuro que dejaremos a nuestros hijos.
Todo tiene un precio, y ese precio lo deciden ellos. El precio del pan, del agua, de la energía, de la sanidad o de la educación no aparece por arte de magia: detrás de cada precio, de cada presupuesto y de cada recorte hay una decisión política.
Es el recibo de la luz, es la cola del centro de salud, es el alquiler que sube y el salario que no llega. Por eso nos importa la política, nos guste o no: las decisiones que otros toman sobre nuestra vida tienen consecuencias reales sobre nosotros y nuestras familias.
Y quien dice que «la política no le interesa» ya ha tomado una decisión política: la de apartarse y dejar que decidan por él. Cuando dejamos que otros decidan por nosotros, no dejamos de hacer política: simplemente permitimos que la hagan sin nosotros.
Conciencia de clase, no complejo de clase.
Mi conciencia de clase, y también mi orgullo —porque me siento orgulloso de ser clase trabajadora—, me han hecho tener claro que los intereses del multimillonario, del señorito y del patrón no son los nuestros.
No vivimos en el mismo mundo ni tenemos el mismo poder.
Unos defienden privilegios que se empeñan en llamar derechos; nosotros defendemos derechos que ellos tratan de convertir en privilegios: la vivienda digna, la sanidad pública, la educación de calidad, un salario digno y una jubilación digna y, por encima de todos, el derecho a vivir con dignidad.
No debemos sentir complejo por pertenecer a la clase trabajadora, sino comprender nuestra fuerza: cuando una clase conoce sus intereses y se organiza para defenderlos, deja de ser una multitud de individuos aislados y se convierte en sujeto político.
El sistema está diseñado para que no participemos.
La política institucional está construida para que nos limitemos a votar cada cierto tiempo y volvamos después a nuestras vidas, mientras otros deciden.
Nos han acostumbrado a delegarlo todo: la defensa de nuestros derechos, nuestra voz y nuestra capacidad de organización. Y después nos preguntamos por qué nada cambia.
Ese es uno de nuestros grandes errores históricos: confundir la representación con la participación.
Nadie va a defender nuestros intereses mejor que nosotros mismos si no estamos organizados para hacerlo.
Una clase trabajadora desorganizada y resignada es fácil de gobernar; una clase consciente y organizada es mucho más difícil de someter.
Hay que perder el miedo a ser libres.
Debemos expulsar de nuestra cabeza la idea de que la mayoría no quiere ser libre y que solo busca un amo más justo.
No necesitamos amos mejores: necesitamos dejar de necesitar amos.
Nos han enseñado a desconfiar de nuestra propia capacidad de organización, a creer que la política es demasiado complicada y que para eso están los expertos y los dirigentes.
Ese es el verdadero veneno, porque una sociedad que no confía en sí misma es una sociedad fácil de manipular.
Tenemos que recuperar la confianza en nuestra propia capacidad de pensar, organizarnos y decidir.
Es más fácil engañar que convencer del engaño. Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada.
Duele descubrir que hemos aceptado como normales cosas que nunca debimos aceptar, que hemos dejado que otros decidieran por nosotros. Pero hay algo peor que descubrir el engaño: seguir viviendo en él porque abrir los ojos resulta incómodo.
La clase trabajadora no necesita amos más justos. Necesita organizarse, participar y tomar en sus propias manos aquello que siempre debió pertenecerle: el derecho a decidir su presente y a construir su futuro.
La política no es un juego. La política es nuestra vida.
Y quienes sufrimos sus consecuencias tenemos también el derecho —y la responsabilidad— de decidir cómo queremos vivirla.
¡Até á vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

