Los imprescindibles somos la clase trabajadora.
Camaradas:
Bertolt Brecht nos dejó una reflexión que debería estar grabada en la conciencia de cualquier militante: no es lo mismo luchar un día, un año o muchos años que luchar toda una vida. Los primeros son buenos, muy buenos incluso, pero solo quien sostiene la lucha durante toda su existencia merece el nombre de imprescindible. Esa distinción no es un matiz poético; es una definición política de lo que necesitamos y de lo que, por desgracia, escasea.
El desgaste como arma del enemigo.
Desgraciadamente, la mayoría de las personas cambian, se cansan, se rinden o se venden. El sistema cuenta con eso, lo tiene calculado: sabe que el entusiasmo de la juventud militante se agota, que las urgencias de la vida —el alquiler, la hipoteca, el hijo que crece— acaban doblegando voluntades y que basta con ofrecer un cargo, un sueldo o una palmadita en la espalda para neutralizar a quien ayer levantaba el puño. Por eso necesitamos mucho más una clase trabajadora con ideales sólidos que unos cuantos líderes de discurso bonito y hechos escasos. Los discursos se los lleva el viento; la organización de clase, no.
Responsabilidad frente a cobardía.
Tengamos el valor de ser responsables. No olvidemos que aquella generación que no es capaz de dejar a la siguiente un futuro mejor es una generación de fracasados y también de cobardes. No hay excusa que valga: ni la crisis, ni el desánimo, ni la comodidad. Cada generación que se conforma con administrar la derrota en lugar de pelear por la victoria está hipotecando la dignidad de quienes vendrán después.
Los imprescindibles no son los que gritan más fuerte un día de manifestación ni los que mejor quedan en una foto. Son los que siguen ahí cuando ya nadie mira, los que no negocian su conciencia de clase a cambio de tranquilidad. A esos, camaradas, es a los que debemos parecernos.
Até á vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

