M. Àngels Grau Año (Unidad y Lucha).— En 1978 Diana Pearce acuñaba el término de “feminización de la pobreza”, señalando que la combinación de trabajos de cuidados y el acceso al mercado laboral eran factores determinantes de dicha situación de pobreza. Cincuenta años después sigue siendo una constante realidad.
Las mujeres estamos más expuestas a la pobreza o a la exclusión social que los hombres, como señala Naciones Unidas en su informe de 2025. Mujeres y niñas enfrentamos mayores niveles de pobreza extrema que los hombres (un 9.2 % frente a 8.6%) en un contexto de crisis general que está suponiendo un retroceso en las condiciones de vida para la clase obrera y sectores populares, sumado a que para las mujeres hay toda una ofensiva patriarcal y reaccionaria a derechos como el del aborto, el de la lucha contra la violencia de género e, incluso, el derecho al voto. Todo ello hace que las propuestas de dotar a la lucha feminista de un contenido antisistema y clasista, más que algo evidente, sea una urgente necesidad.
En lo que se refiere a la situación de pobreza en las vidas de las mujeres que viven en el Estado español, se avanzó en la medición de la pobreza y la exclusión social, aunque persisten lagunas importantes que ocultan su realidad, ya que no se incluye una perspectiva de género e interseccional de manera transversal y sistemática, ni mucho menos esos estudios hacen un análisis de clase. Al final, los datos matan el relato y parece que la pobreza surge espontáneamente.
Las causas de la pobreza en las mujeres tienen que ver con dos conjuntos de factores íntimamente relacionados: los trabajos de cuidados y la posibilidad de acceder y disfrutar, en condiciones dignas y con derechos laborales, de un empleo. Y en última instancia, tienen que ver con un sistema, el capitalista, que genera explotación y miseria.
La desigualdad laboral es uno de los principales factores que potencian la feminización de la pobreza con salarios más bajos, economía sumergida y una mayor dedicación a los cuidados familiares. Más de 435 millones de personas en el mundo carecen de un trabajo con derechos. La precariedad, los bajos salarios, la falta de acceso a servicios o protección social determinan la exclusión social y a ello las mujeres habremos de sumarle que no tener empleo viene determinado por estar cuidando niñas, niños y familiares (hasta un 15.1 % en este país).
De jubilaciones ni hablamos, porque si llegamos a ellas serán las mínimas de las mínimas o las no contributivas y, bajo periodos de incapacidad, bien por accidentes laborales, bien por enfermedades, sean o no derivadas del empleo, prácticamente nos condenan a no poder ni sobrevivir. ¿Cómo hacerlo con prestaciones cuando enfermamos del 60 o 75 % de nuestras bases de cotización derivadas de esos salarios de miseria? Y luego llega la patronal y sus consejos de administración —en forma de PP o similares— para denominar absentismo a cuando nos ponemos enfermas, estamos en riesgo laboral por embarazo o por cualquier otra causa que afecta a nuestra salud. Hay quien dice que están considerando incluir también las vacaciones y descansos bajo esa despectiva denominación, que (¡nuevamente el lenguaje!) cargada de subjetividad, negatividad y desprecio, nos presenta como vagas y “malas trabajadoras”.
La feminización de la pobreza en el Estado español es un fenómeno estructural donde las mujeres estamos más expuestas a la vulnerabilidad y la exclusión social, situación que se agudiza en las familias encabezadas por mujeres, donde más del 40 % se encuentra en riesgo de pobreza. La mayor vulnerabilidad está en madres solteras, mujeres mayores y colectivos interseccionales como mujeres de origen migrante, con baja formación o con alguna discapacidad.
Los mecanismos implementados con las recetas socialdemócratas para favorecer nuestra incorporación al mercado asalariado y las medidas de conciliación de la vida profesional y familiar, así como ciertas políticas sociales y de sensibilización, por lo demás con bajo o nulo presupuesto, tampoco han representado posibilidades reales de grandes avances. En esencia, porque el Estado no es un fiel elemento “redistribuidor y compensador”, sino un elemento gestor de los intereses del capital y mientras persista la contradicción entre la apropiación privada de la riqueza y la generación social de la misma, cada día aumentará la pobreza entre el pueblo trabajador, especialmente afectando a las mujeres.


