Votar con la cabeza, no con las tripas
Camaradas,
Debemos acudir a las urnas en masa, con conciencia de clase y defendiendo nuestros intereses como trabajadores. Porque votar no es un acto de venganza, ni un desahogo para descargar nuestra rabia: es una decisión política que tiene consecuencias sobre nuestras vidas, nuestros derechos y nuestro futuro.
Votar movidos únicamente por el odio, la frustración o el resentimiento es una irresponsabilidad. Y en estas elecciones, entregar el poder a la ultraderecha por rabia contra quienes nos han decepcionado es como jugar a la ruleta rusa con todas las balas en el tambor. Después, cuando llegue la factura, no bastará con lamentarse.
Quieren que votemos con las tripas.
A las oligarquías económicas les interesa que votemos con las tripas y no con la cabeza. Que nos dejemos arrastrar por el miedo, los prejuicios, el odio al diferente y las promesas vacías. Quieren una clase trabajadora dividida, enfrentada consigo misma, incapaz de reconocer quién se beneficia realmente de su sufrimiento.
Mientras los trabajadores discutimos entre nosotros, quienes acumulan fortunas siguen acumulando beneficios. Mientras nos convencen de que el problema es el vecino que tiene menos que nosotros, los de arriba continúan protegiendo sus privilegios.
La derecha y la ultraderecha necesitan convertir el malestar social en un arma contra los propios trabajadores. Necesitan que culpemos al inmigrante, al pobre, al pensionista o a quien piensa diferente, en lugar de preguntarnos por qué los salarios no alcanzan, por qué la vivienda se ha convertido en un lujo y por qué tantas familias viven permanentemente al límite.
No es casualidad. Cuando la indignación se dirige contra quienes comparten nuestros problemas, los verdaderos responsables pueden dormir tranquilos.
Por eso debemos aprender a distinguir entre quien utiliza nuestra rabia para defender sus privilegios y quien trabaja para cambiar las condiciones que generan esa rabia.
Frenar la involución social.
Camaradas, los derechos conquistados por la clase trabajadora no fueron regalos de los poderosos. Fueron fruto de décadas de organización, movilización, sacrificios y lucha colectiva.
La jornada laboral, las pensiones, la sanidad pública, la educación, las prestaciones sociales y las libertades democráticas son conquistas que costaron mucho conseguir. Y ninguna está garantizada para siempre.
La ultraderecha pretende presentarse como la defensora del pueblo mientras promueve políticas que amenazan derechos sociales, debilitan los servicios públicos y favorecen los intereses de quienes ya tienen demasiado poder económico.
Nos hablan de libertad, pero ¿de qué libertad hablamos cuando una familia no puede pagar el alquiler? ¿Qué libertad tiene quien debe aceptar cualquier condición laboral porque necesita comer? ¿Qué igualdad existe cuando unos heredan fortunas y otros heredan deudas?
La libertad no consiste únicamente en poder elegir entre distintas papeletas electorales. También consiste en disponer de condiciones materiales para vivir con dignidad.
No podemos permitir que el descontento legítimo de la gente se convierta en el instrumento de una involución social que termine recortando derechos mientras protege privilegios.
Hay que frenar ese retroceso antes de que sus consecuencias sean mucho más difíciles de revertir.
El voto al partido del amo.
Hay quienes creen que votar al partido del amo los convierte en parte de la familia del amo. Se equivocan.
Defender electoralmente los intereses de quienes viven de nuestra explotación no nos convierte en empresarios, del mismo modo que votar a un millonario no nos convierte en millonarios.
La obediencia no garantiza recompensas. La sumisión no compra dignidad, y aplaudir al poderoso no significa que el poderoso vaya a preocuparse por nuestras necesidades.
Algunos trabajadores terminan defendiendo políticas que perjudican sus propios intereses porque les han convencido de que algún día podrán estar entre los privilegiados. Les venden la esperanza de ascender individualmente mientras debilitan las herramientas colectivas que podrían mejorar las condiciones de vida de todos.
Es una vieja trampa: hacer que quien tiene poco se identifique con quien tiene mucho, y que quien vive de su trabajo defienda a quien vive de los beneficios que obtiene del trabajo ajeno.
No se trata de despreciar a quienes votan a la derecha. Se trata de combatir las ideas que los llevan a respaldar medidas contrarias a sus propios intereses, explicando, argumentando y organizándonos.
La dignidad no llena por sí sola la nevera, camaradas. Sería absurdo negarlo. Pero tampoco se llena una nevera renunciando a todos los derechos y aceptando cualquier humillación. Un pueblo sin dignidad, sin conciencia de clase y sin capacidad para defenderse colectivamente termina pagando un precio demasiado alto.
Votar para parar el desastre.
No siempre podremos votar por una candidatura que represente plenamente nuestras ideas. La realidad electoral no siempre ofrece la opción que quisiéramos, y sería ingenuo confundir nuestros deseos con las posibilidades existentes.
Pero entre las opciones disponibles hay diferencias. Las políticas públicas importan. Los derechos que se protegen o se recortan importan. Las condiciones materiales de vida de la mayoría importan.
Por eso, cuando no exista una alternativa que nos represente plenamente, debemos analizar qué candidatura puede defender mejor nuestros intereses, cuál ofrece mayores garantías para los derechos sociales y cuál representa una amenaza más grave para las conquistas de la clase trabajadora.
Votar al menos malo no significa renunciar a nuestros principios. Puede significar, sencillamente, comprender que la política también consiste en impedir que las cosas empeoren mientras seguimos luchando por cambiarlas.
Pero no confundamos el voto defensivo con un cheque en blanco. A quienes reciban nuestro apoyo debemos exigirles que cumplan sus compromisos, que defiendan los servicios públicos, que mejoren las condiciones laborales y que no olviden a quienes viven de su trabajo.
La izquierda no puede limitarse a pedir el voto cada cuatro años. Tiene que organizar, movilizar, escuchar y construir una alternativa que devuelva la esperanza a una clase trabajadora cansada de promesas incumplidas.
Y, sobre todo, debemos impedir que la frustración legítima de nuestro pueblo termine entregando el poder a quienes pretenden utilizarla para recortar todavía más sus derechos.
Camaradas, votemos con la cabeza, con conciencia de clase y con memoria. No regalemos nuestro voto al odio ni permitamos que otros decidan nuestro futuro aprovechándose de nuestra indignación.
Votemos por nuestros derechos, por nuestros intereses y por la posibilidad de construir una sociedad más justa. Frenemos a la ultraderecha, sin renunciar a la lucha por una transformación social profunda.
Porque los derechos se conquistan luchando, se defienden organizándose y se pierden cuando permitimos que el miedo, la división y el odio nos hagan olvidar quiénes somos y a qué clase pertenecemos.
¡Que no voten por nosotros el odio y los prejuicios!
¡Por la clase trabajadora, por nuestros derechos y por nuestra dignidad!
¡Hasta la victoria siempre!
André Abeledo Fernández

