Feijóo, el delfín de quien vació la hucha, nos da lecciones sobre pensiones.
El caradura que vació la hucha nos acusa de vaciarla.
El líder del partido de Mariano Rajoy, el presidente que vació la hucha de las pensiones, sale ahora a decir que la situación de las pensiones es mala por la mala gestión de este Gobierno. Feijóo, el delfín de Rajoy, se atreve a decir semejante cosa con todo lo que su partido tiene que ver con aquel saqueo. Hay que tener la cara muy dura para decirlo sin ponerse colorado. O no se tiene sentido del ridículo, o no se tiene sentido común, o no se tiene ninguna de las dos cosas.
No es la primera vez. Siendo presidente de la Xunta, Feijóo dijo en el Círculo de Economía de Barcelona, en noviembre de 2014, que «Galicia tiene muchos elementos para considerarse una nación sin Estado». Cuando dio el salto a la presidencia del PP estatal, hizo como si nunca lo hubiera dicho, a pesar de que está grabado y todos podemos escucharlo. El BNG se lo recordó en el debate de investidura de 2023. Ahora niega que el Partido Popular pretenda tocar las pensiones, cuando su propia portavoz, que no destaca por su oratoria, pero sí por decir lo que piensa su partido, nos ha dicho con claridad que las pensiones han «petado» y que hay que cambiar el modelo.
¿A qué modelo se refieren?.
Ahí está el problema: cambiar el modelo, ¿por cuál? Si hablamos de un modelo en el que el trabajador se paga una parte de su propia pensión, ¿cómo lo hará quien no gana 4.000 o 5.000 euros al mes? ¿Qué pensión le quedará cuando tenga que jubilarse? Una auténtica miseria.
Es el mismo partido de Aznar, gurú y gran líder, presidente de la FAES, que dice que deberíamos trabajar más allá de los 70 años. Claro, es muy fácil decirlo para quien no ha trabajado nunca, para quien no sabe lo que es trabajar duro. Para quien cancela un acto porque tiene un pinchazo en la espalda, pero considera que un trabajador debe ir a trabajar a una obra con una hernia. Ellos no lo han vivido, no les importa y no les interesa. Pertenecen a otra clase social, con otros problemas y unos intereses muy distintos de los de la mayoría.
El bulo del absentismo.
Por eso les resulta tan fácil acusar de caraduras a los trabajadores enfermos. Por eso mezclan el absentismo con las bajas por enfermedad, las vacaciones o los permisos de maternidad y paternidad: se mezclan todos los datos para terminar contando una mentira, un bulo.
Los trabajadores de la empresa privada sabemos cómo funciona esto: si coges muchas bajas o llegas tarde, te despiden. En el Estado español, el despido es libre y barato. Por mucho que el PP y Vox digan que es caro y que debería ser todavía más libre, hasta las instituciones europeas han advertido de que el trabajador español está demasiado desprotegido y de que despedir sale demasiado barato. Y aquí también hay que decir que este Gobierno, más progre que de progreso, no lo ha cambiado: el despido sigue siendo igual de barato, libre y fácil que con Rajoy y su reforma. No hubo derogación de la reforma laboral, sino maquillaje. Las cosas hay que decirlas todas, no solo una parte.
Rueda, las mutuas y el negocio de la enfermedad.
Cuesta entender que alguien se crea algo de lo que dice Feijóo, un personaje que habla de enriquecimiento familiar mientras Eulen, la empresa en la que su hermana Micaela dirige el grupo para todo el noroeste, facturó 173.681 euros en 63 contratos menores, sin concurso, de la Xunta durante los primeros meses de 2025, según El Salto, que ya había contabilizado 1,8 millones de euros en 175 contratos del mismo tipo en 2024. La mayor parte corresponde a servicios de seguridad y limpieza de edificios públicos, perfectamente previsibles, que podrían licitarse mediante procedimientos abiertos para que pudieran concurrir otras empresas.
Y ese mismo personaje levantó una casa de playa a nombre de su mujer que, a cualquier otro vecino, se la habrían derribado por aplicación de la Ley de Costas. En Galicia, no. Ahí sigue la casita.
Y Rueda, bajo las órdenes de Feijóo, supongo, por ser su delfín, repite que los trabajadores no van a trabajar porque no quieren, que son unos vagos. Su solución: ofrecer incentivos económicos a los médicos de cabecera para que den altas y no bajas. Que se salten el juramento hipocrático, cojan el dinero y den altas a mansalva. Y ya dicen que esas altas también podrían darlas las mutuas.
Unas mutuas que, por mucho que reciban dinero público, funcionan como empresas privadas y no trabajan prioritariamente para proteger la salud del trabajador. Eso lo sabe cualquier trabajador. La mutua beneficia a la empresa que la contrata y a sí misma, con directivos que cobran sueldos millonarios. Lo que quiere es que no se reconozca la enfermedad laboral, no tener que pagar nada o conseguir que el trabajador vuelva cuanto antes. La salud queda en un segundo plano. No interesa a nadie.
Un Sergas con listas de espera para las listas de espera.
Mientras tanto, en el Sergas las listas de espera son cada vez más largas. Para pedir cita con el médico de cabecera, puedes encontrarte con que no hay citas disponibles durante un mes. O vas a urgencias y contribuyes a colapsarlas, o te quedas en casa sin recibir la atención que necesitas. Y hasta las llamadas a las centralitas se están externalizando: te atiende una empresa privada que no va a solucionar tu problema y que te cobra un euro por la llamada.
Hay que recordarle a mucha gente que la sanidad, la educación y los servicios de emergencias dependen, en buena medida, de las comunidades autónomas y que casi todas están gobernadas, por desgracia, por el PP o por el PP en coalición con Vox. Hay que saber cómo funciona el Estado para saber a quién exigir responsabilidades. Si no lo sabes, es muy difícil identificar quién tiene la culpa de lo que ocurre. Y deberíamos estar muy interesados en averiguarlo, porque nos va la vida en ello.
Quien nunca ha trabajado no entiende al trabajador.
Saben perfectamente que tenemos una sociedad envejecida. Pasados los 50, uno empieza a hacer agua, sobre todo si ha tenido trabajos físicos: hernias, discopatías, tendinitis, fascitis, síndrome del túnel carpiano… Un montón de dolencias derivadas de muchos años de trabajo en uno de los países europeos donde más horas se trabaja.
Ellos, Abascal, Feijóo, Ayuso y Rueda, que no han trabajado nunca, no entienden que a alguien le cueste trabajar estando enfermo. Además, ni les interesa ni les importa.
A nosotros sí debería importarnos. Nuestra salud no es de hierro, vamos a envejecer, vamos a jubilarnos, tenemos padres y abuelos que enferman y dependemos de la sanidad pública y de las pensiones, tanto las de ahora como las futuras.
La disyuntiva está entre un Estado social, basado en la justicia y el reparto de la riqueza, y un Estado en el que nuestras vidas se convierten en un negocio para unas minorías. Cuando la sanidad, la educación o las pensiones pasan a ser un negocio, lo pagamos muy caro: quien invierte en esos sectores lo hace para ganar dinero. Ya lo vemos con la vivienda. Cuando un fondo buitre compra pisos, no lo hace para favorecer a la población, sino para especular. También especularán con las pensiones, con la sanidad y con la educación.
La receta de Vox: capitalizar la vejez.
Y no hace falta imaginar hacia dónde nos llevan, porque Vox ya lo ha dicho. José María Figaredo, su responsable económico, califica de «zombi» al sistema público de pensiones y propone otro con «una parte de reparto y una parte de capitalización»: pensiones basadas principalmente en cuentas individuales gestionadas por fondos, mientras el Estado se limitaría a garantizar unas prestaciones mínimas.
Dice que eso no es privatizar. elDiario.es sostiene que supondría acabar con el sistema público actual, y hasta el PP se ha desmarcado de la propuesta.
Su otra receta es un IRPF con 22.000 euros exentos, un tipo del 15 % hasta los 70.000 euros y otro del 25 % a partir de esa cantidad. Según el ministro de Hacienda, esta propuesta costaría 85.000 millones de euros, mientras que Figaredo calcula su coste en 46.000 millones. Una diferencia considerable que merece una explicación.
Pensiones para los fondos, impuestos a medida de los ricos.
La motosierra: miremos a Argentina.
Figaredo no esconde su admiración por Milei, así que miremos a Argentina: enfermos crónicos que se quedan sin su medicación, pacientes oncológicos y niños con leucemia que no pueden acceder a ella, y una población que ha tenido que apretarse el cinturón hasta el límite.
¿De verdad queremos esa sociedad? ¿Queremos los derechos laborales de un trabajador argentino? ¿Queremos trabajar 12 o 13 horas al día, como puede ocurrir bajo determinadas condiciones laborales en Argentina? ¿Queremos volver al siglo XIX? A mí no me entra en la cabeza.
¡Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

