Israel vota: gane quien gane, pierde Palestina

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Israel vota: gane quien gane, pierde Palestina

Las elecciones del 27 de octubre en Israel no han dejado un vencedor claro, pero sí una confirmación: las urnas israelíes no van a traer ningún cambio para el pueblo palestino.

Un empate que no desbloquea nada

Con dos tercios del escrutinio, el Likud de Netanyahu es el partido más votado, con unos 27 o 28 escaños, pero su bloque se queda en torno a los 56-57, lejos de los 61 necesarios. El bloque de Gadi Eisenkot tampoco llega. Netanyahu pierde unos ocho escaños respecto a 2022, pero nadie tiene mayoría y el recuento sigue abierto.

Dos bloques, un mismo horizonte

Se nos ha presentado una disyuntiva entre Netanyahu y un rival que, en lo esencial, no ofrece una ruptura. Ninguno de los dos bloques ha puesto sobre la mesa el reconocimiento de un Estado palestino, el fin de la ocupación o la rendición de cuentas ante los organismos internacionales. La diferencia que se nos señala es de método: uno quiere investigar los atentados de Hamás y el otro ya ha pasado página. Para Gaza, para Cisjordania y para quienes viven bajo ocupación, eso es muy poco.

El voto árabe, vetado por el sistema

El dato más significativo es que los partidos que representan a la ciudadanía palestina de Israel suben hasta unos 16 escaños, alrededor de seis más que en 2022. Y, sin embargo, Netanyahu y buena parte de la oposición han descartado gobernar con ellos. Un millón y medio de ciudadanos votan y se les dice de antemano que su voto no cuenta para formar gobierno. Eso también es un retrato del sistema.

Impunidad como programa

Sea cual sea la coalición que salga, heredará lo mismo: la ocupación, los asentamientos, los colonos armados protegidos por el ejército, el desprecio sistemático por las resoluciones internacionales y una política exterior de injerencia en otros países, incluido el Estado español. Un modelo en el que la vida de un palestino vale menos que la de un colono no se corrige cambiando de primer ministro.

Responsabilidad política, no culpa heredada

Que la oferta electoral sea la que es no ocurre en el vacío. Una encuesta de la Universidad Estatal de Pensilvania, publicada por Haaretz en 2025, halló que el 82 % de los judíos israelíes apoyaba expulsar a la población de Gaza y que el 56 % respaldaba expulsar a los ciudadanos palestinos de Israel. En 2003, esos porcentajes eran del 45 % y del 31 %, respectivamente. En octubre de 2025, el INSS situaba en el 68 % el porcentaje de judíos israelíes que se oponían a un Estado palestino en cualquier circunstancia. El Índice de la Paz de la Universidad de Tel Aviv recogía este verano que solo el 29 % de ese público apoyaba cualquier negociación con la Autoridad Palestina. Por su parte, el Instituto Israelí de la Democracia señalaba que alrededor del 55 % respaldaba la política de fomento de los asentamientos. Esa misma institución recogía en 2025 que el 79 % de los judíos israelíes decía no sentirse apenas afectado por lo que ocurre en Gaza.

Son datos relativos a la población judía, ya que los ciudadanos árabes mantienen posiciones muy diferentes, y se refieren a una mayoría, no a todo el mundo. También existe cansancio ante la guerra: tres cuartas partes quieren un acuerdo para ponerle fin. Pero, entre quienes quieren acabar con ella, apenas un 2 % lo pide para detener el sufrimiento de los habitantes de Gaza. Ese es el matiz que importa: no hablo de culpa heredada ni de un pueblo entero, sino de la responsabilidad política de quienes, en democracia, respaldan o toleran, elección tras elección, lo que hace su gobierno.

«No sabíamos»

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, muchos alemanes dijeron que ignoraban lo que ocurría en los campos. Quizá no conocieran la maquinaria del exterminio, pero la persecución estaba a la vista de todos: el discurso de odio, las leyes que excluían a los judíos, la estrella obligatoria, los guetos, las deportaciones a plena luz del día y las casas y propiedades confiscadas que acababan en manos de sus vecinos. No saber hasta dónde se llegaría no exculpa a quien conocía lo que ya ocurría y lo apoyaba. No digo que los regímenes sean idénticos: digo que la lógica de la excusa es la misma.

 

Hoy ocurre algo parecido. La ocupación, los asentamientos, la violencia de los colonos, el bloqueo y la destrucción de Gaza no están ocultos: se debaten en la prensa y en la Knéset, se votan y se miden mediante encuestas. Y los datos que hemos visto no hablan de desconocimiento, sino de indiferencia. Eso no hace menos responsables a quienes la practican.

Lo que toca a quienes miramos desde fuera

En Israel hay gente que se opone a todo esto, aunque sea una minoría, y merece ser nombrada. Pero la conclusión política es otra: un Estado que institucionaliza la desigualdad entre pueblos, practica el apartheid y lleva a cabo una limpieza étnica, en un contexto en el que numerosas voces y organismos califican de genocidio lo que ocurre en Gaza, no puede ser normalizado. No esperemos que las urnas israelíes lo arreglen. Corresponde a los pueblos y a los gobiernos ejercer presión: embargo de armas, sanciones, ruptura de relaciones y apoyo sin ambigüedades al pueblo palestino.

 

Até a vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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