Donald Trump no apoya gobiernos ni proyectos nacionales.
Trump apoya lacayos. Apoya a todo aquel dispuesto a poner su país de rodillas ante los intereses del capital norteamericano mientras envuelve la sumisión en banderas y discursos patrióticos baratos. El imperialismo siempre ha necesitado administradores coloniales locales, y en América Latina han aparecido en masa: Milei en Argentina, los ultras reaccionarios del continente y toda esa corte de vendepatrias que confunden soberanía con obediencia al amo de Washington.
Porque esa es la gran mentira de esta nueva extrema derecha: se presentan como patriotas mientras entregan sus países a fondos de inversión, multinacionales extranjeras y a la agenda geopolítica de Estados Unidos. Hablan de libertad mientras destruyen derechos laborales. Hablan de nación mientras convierten la economía de sus pueblos en un casino financiero al servicio de Wall Street. Hablan de independencia mientras actúan como perros falderos buscando la aprobación de Trump en cada declaración y en cada fotografía.
Toda la mierda acaba juntándose. El fascismo internacional funciona como una red de intereses compartidos entre oligarquías económicas, medios de manipulación y políticos sin escrúpulos.
No hay diferencias de fondo entre Milei, Bolsonaro, VOX o el trumpismo. Cambian las banderas, cambian los acentos y cambian los himnos, pero el proyecto es el mismo: destruir cualquier resistencia popular organizada y convertir la política en una herramienta directa de las élites económicas.
En Europa el trumpismo no siempre ha conseguido consolidar sus peones con la facilidad que esperaba. Ahí está el caso de Hungría, donde el apoyo abierto de Trump a Viktor Orbán terminó chocando con la propia realidad política europea y con las contradicciones internas de un modelo reaccionario sostenido a base de propaganda y confrontación permanente.
Porque incluso dentro de la derecha europea existen sectores que entienden que convertirse en una simple colonia política norteamericana tiene costes.
Pero en gran parte de América Latina la situación es todavía más grave. Allí el imperialismo estadounidense lleva décadas cultivando una mentalidad colonial en sectores de las élites y de la derecha local. Existe un complejo profundamente arraigado de subordinación al poder norteamericano. Una necesidad enfermiza de recibir legitimidad desde Washington. Como si gobernar consistiera en agradar al dueño del mundo y no en defender a tu pueblo.
Y mientras tanto, las clases trabajadoras pagan la factura. Privatizaciones, recortes, destrucción de derechos sociales, saqueo de recursos naturales y represión contra cualquier movimiento popular que ose levantar la cabeza. Esa es la verdadera agenda de todos estos supuestos “patriotas”. Son patriotas de las cuentas bancarias de los millonarios, patriotas de las multinacionales y patriotas de las embajadas estadounidenses.
La historia ya ha demostrado demasiadas veces que quien se arrodilla ante el imperialismo termina gobernando contra su propio pueblo. Y también ha demostrado algo más importante todavía: que ningún imperio es eterno y que ningún pueblo permanece dormido para siempre.
André Abeledo Fernández

