Trump es un pirómano que quiere hacerse pasar por bombero.
Hay una vieja estrategia política que consiste en provocar un problema para después presentarse como el único capaz de solucionarlo. Es una estrategia tan antigua como efectiva cuando se cuenta con el apoyo de los grandes medios de comunicación y de una maquinaria propagandística dispuesta a convertir los fracasos en victorias y los desastres en éxitos. Lo que estamos viendo estos días con Donald Trump y la guerra contra Irán es precisamente eso.
Después de semanas de tensión, destrucción, muerte e incertidumbre internacional, el presidente estadounidense anuncia orgulloso un acuerdo para poner fin a una guerra que jamás debería haber comenzado. Y lo presenta como un triunfo diplomático, como una demostración de liderazgo y capacidad negociadora. Pero hay una pregunta que no se puede ocultar por mucho que se repita la propaganda: ¿quién provocó esta situación?
La guerra no surgió de la nada. No apareció por generación espontánea. Se produjo después de que Estados Unidos e Israel decidieran apostar por la confrontación en lugar de por la negociación. Se produjo cuando existían conversaciones abiertas que, según diversas informaciones, avanzaban en una dirección que permitía albergar esperanzas de una solución diplomática. Sin embargo, mientras públicamente se hablaba de diálogo, todo apunta a que los preparativos militares llevaban meses en marcha.
No estamos hablando de una reacción improvisada. Hablamos de planes elaborados con antelación, de operaciones preparadas durante meses y de una estrategia destinada a modificar por la fuerza el equilibrio político de la región. Se creyó que sería una operación rápida. Se creyó que bastaría con golpear a la dirección política y militar iraní para provocar un colapso interno. Se creyó que la población aceptaría pasivamente los cambios impuestos desde el exterior. Una vez más, la arrogancia imperial confundió sus deseos con la realidad.
El resultado ha sido el de siempre. Miles de víctimas, una región todavía más inestable, una economía mundial sacudida por la incertidumbre y un enorme coste humano y material que pagarán los pueblos, nunca las élites que toman las decisiones. El supuesto éxito que ahora se vende consiste, esencialmente, en regresar a una situación parecida a la que existía antes de que comenzaran los ataques. La diferencia es que ahora el camino está sembrado de muertos, destrucción y sufrimiento.
Resulta especialmente grotesco escuchar que uno de los grandes logros de este acuerdo es garantizar la normalidad en el estrecho de Hormuz. El mismo estrecho que permanecía abierto antes de la escalada militar. El mismo estrecho cuya seguridad quedó amenazada precisamente por las acciones que desencadenaron la crisis. Se presenta como una conquista lo que no deja de ser la recuperación de una situación que existía previamente y que fue alterada por quienes ahora reclaman medallas por restaurarla.
Donald Trump vuelve a demostrar las enormes limitaciones que ya exhibió durante su anterior etapa política. Su desconocimiento de la realidad internacional, su tendencia a simplificar problemas extremadamente complejos y su facilidad para dejarse arrastrar por quienes le prometen victorias rápidas han vuelto a tener consecuencias peligrosas. La política internacional no es un programa de televisión ni una operación inmobiliaria. Los pueblos no son fichas que se puedan mover sobre un tablero sin consecuencias.
Quienes prometían una intervención rápida y decisiva han obtenido exactamente lo contrario. Quienes aseguraban que la presión militar resolvería los problemas han contribuido a agravarlos. Y quienes ahora celebran el acuerdo como una gran victoria deberían explicar por qué era necesario provocar una guerra para terminar aceptando una paz que podía haberse construido desde el principio mediante la diplomacia.
La historia está llena de dirigentes que provocaron incendios para después aparecer ante las cámaras sosteniendo una manguera. Pero por mucho que intenten presentarse como salvadores, la realidad permanece. El mérito de un bombero es apagar el fuego. El problema es cuando el bombero es también el pirómano.
Y eso es exactamente lo que estamos viendo hoy.
Pero hay un elemento aún más revelador en toda esta crisis. Mientras Washington intenta vender el final de la guerra como un éxito diplomático, Israel continúa actuando como si la paz fuese un obstáculo para sus objetivos estratégicos.
Lejos de apostar por la desescalada, el gobierno de Netanyahu sigue manteniendo operaciones militares y ataques que amenazan con extender el conflicto a toda la región. Las acciones contra el Líbano continúan alimentando la inestabilidad y dificultando cualquier posibilidad de alcanzar una paz duradera en Oriente Próximo. Da la impresión de que, incluso cuando sus principales aliados comienzan a comprender el enorme coste político, económico y humano de la guerra, el gobierno israelí sigue decidido a mantener una dinámica permanente de confrontación.
Todo parece indicar que Donald Trump ha acabado descubriendo demasiado tarde una realidad evidente. La guerra no beneficiaba a los intereses del pueblo estadounidense. No mejoraba su seguridad, no fortalecía su economía y no contribuía a resolver ninguno de los problemas internos que afectan a millones de ciudadanos de Estados Unidos. Por el contrario, la aventura militar ha supuesto un enorme desgaste político y una pérdida de credibilidad internacional para una administración que prometía evitar nuevos conflictos en el extranjero.
Mientras tanto, la tragedia del pueblo palestino continúa desarrollándose ante los ojos del mundo. Las denuncias sobre la situación humanitaria se acumulan. La escasez de alimentos, medicamentos y suministros básicos sigue afectando a cientos de miles de personas. Cada día que pasa sin una solución política aumenta el sufrimiento de una población civil que lleva décadas pagando las consecuencias de decisiones tomadas muy lejos de sus hogares.
Por eso resulta cada vez más difícil sostener el relato de que quienes impulsan estas políticas actúan en nombre de la paz o de la seguridad. La paz exige diálogo, respeto al derecho internacional y voluntad de compromiso. La guerra permanente, las ocupaciones, los bombardeos y los castigos colectivos conducen exactamente al resultado contrario.
Si algo ha demostrado esta crisis es que la principal amenaza para la estabilidad regional no es la búsqueda de acuerdos diplomáticos, sino la insistencia de determinados actores en sabotear cualquier proceso que pueda conducir a una solución negociada. Cada paso hacia la paz parece encontrar siempre los mismos obstáculos, los mismos intereses y las mismas fuerzas empeñadas en perpetuar un conflicto que solo genera sufrimiento para los pueblos y beneficios para quienes viven de la guerra.
André Abeledo Fernández

