La guerra para volver al punto de partida.
Donald Trump vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer: vender como una gran victoria aquello que no es más que el reconocimiento de un fracaso. Después de contribuir a provocar una nueva guerra contra Irán, después de la destrucción, del sufrimiento, de la inestabilidad y del enorme coste humano y económico que ha supuesto esta escalada, ahora pretende presentarse ante el mundo como el gran pacificador que ha conseguido un acuerdo histórico.
Pero la pregunta es inevitable: ¿acuerdo para qué?
Porque, según el propio Trump, el resultado de todo este desastre es mantener abierto el Estrecho de Ormuz y sentar a Irán en una mesa de negociación para hablar de su programa nuclear. Exactamente lo mismo que existía antes de que comenzaran las agresiones de Israel y Estados Unidos contra la República Islámica.
Es difícil encontrar un ejemplo más evidente de cinismo político. Trump presume de haber logrado que Irán negocie cuando Irán ya estaba negociando. Presume de haber garantizado la apertura del Estrecho de Ormuz cuando fue precisamente la guerra impulsada por Washington y Tel Aviv la que puso en riesgo una de las rutas comerciales más importantes del planeta. Presume de haber evitado una crisis que él mismo contribuyó a crear.
Es como si alguien incendiara una casa y después exigiera una medalla por ayudar a apagar las llamas.
Lo más preocupante es que Trump ni siquiera parece tener sentido del ridículo. Su estrategia consiste en repetir una mentira tantas veces como sea necesario hasta que sus seguidores la acepten como verdad. Cuenta con algo que desgraciadamente se ha convertido en una constante de la política espectáculo: una parte importante de sus votantes consume propaganda en lugar de información, vive atrapada en burbujas mediáticas y posee una memoria política extraordinariamente corta.
Porque conviene recordar algunos hechos.
Durante años existió un acuerdo internacional, el llamado Plan de Acción Integral Conjunto, que establecía mecanismos de supervisión y control sobre el programa nuclear iraní. Aquel acuerdo había sido respaldado por las principales potencias mundiales y permitía mantener abiertos los canales diplomáticos sin necesidad de guerras, bombardeos ni amenazas permanentes.
Fue precisamente Trump quien decidió romper unilateralmente ese acuerdo durante su primer mandato, ignorando incluso las evaluaciones internacionales que certificaban el cumplimiento por parte de Irán. Fue Trump quien apostó por la llamada «máxima presión», endureciendo sanciones, aumentando la tensión y empujando a la región hacia una situación cada vez más peligrosa.
Ahora, después de gastar cerca de 80.000 millones de dólares, después de provocar miles de muertes, después de alterar los mercados energéticos mundiales y generar costes económicos que se cuentan por billones, se nos dice que el gran logro es volver a negociar.
¿No era exactamente ese el objetivo que ya se había alcanzado sin una sola bomba y sin una sola guerra?
La cuestión resulta todavía más absurda cuando se plantea el posible alivio de sanciones económicas a Irán. Si finalmente Teherán obtiene cientos de miles de millones de dólares en beneficios económicos o en levantamiento de sanciones como parte del acuerdo, ¿dónde está exactamente la victoria estadounidense de la que presume Trump?
Porque si el resultado final es que Irán vuelve a negociar y además obtiene alivio económico, entonces lo que tenemos no es una victoria de Washington sino la constatación de que toda esta aventura militar era innecesaria desde el principio.
Una vez más queda demostrado que muchas de las guerras impulsadas por Estados Unidos no responden a la defensa de la democracia, ni de los derechos humanos, ni de la seguridad internacional. Responden a intereses geopolíticos, a cálculos electorales y a la necesidad de mantener una hegemonía cada vez más cuestionada en un mundo que ya no acepta tan fácilmente las imposiciones de una sola potencia.
Mientras tanto, los pueblos son quienes pagan la factura. Los ciudadanos iraníes, los trabajadores estadounidenses enviados a conflictos lejanos, los consumidores de todo el mundo que sufren las consecuencias económicas y energéticas de cada nueva escalada militar.
La historia vuelve a repetirse. Primero crean el problema. Después alimentan el conflicto. Más tarde provocan una crisis internacional. Y finalmente se presentan como los salvadores que han encontrado una solución.
Pero una solución que consiste en regresar exactamente al mismo punto en el que estábamos antes de que comenzara la guerra no es una victoria. Es la prueba más evidente de que la guerra nunca debió producirse.
Y por mucho que Donald Trump intente venderlo como un triunfo histórico, la realidad es mucho más sencilla: cuando después de tanto sufrimiento, tanta destrucción y tanto dinero gastado acabas donde empezaste, lo que has conseguido no es una victoria. Has demostrado el inmenso fracaso de toda tu estrategia.
También resulta difícil ignorar el papel desempeñado por Israel en toda esta crisis. Donald Trump se dejó arrastrar una vez más por las supuestas informaciones y advertencias que durante años han servido para justificar nuevas agresiones contra Irán. Informaciones que, como ya ha ocurrido en demasiadas ocasiones en Oriente Próximo, fueron presentadas como verdades incuestionables para empujar a Estados Unidos hacia una guerra que no respondía a los intereses del pueblo estadounidense ni de la paz internacional.
Porque si alguien parece beneficiarse de la perpetuación del conflicto es precisamente el gobierno israelí. Mientras Washington habla de acuerdos y negociaciones, Israel continúa con políticas que dificultan cualquier escenario de estabilidad en la región. La ocupación de territorios palestinos, la destrucción sistemática de Gaza, las operaciones militares contra el Líbano y la constante escalada de tensión regional dibujan una estrategia que parece orientada a impedir cualquier equilibrio que limite su capacidad de actuación.
De hecho, la mayor contradicción de todo este proceso es que mientras Trump intenta presentar el acuerdo con Irán como un éxito diplomático propio, Israel sigue actuando sobre el terreno de forma que amenaza con hacer saltar por los aires cualquier avance. Resulta imposible hablar seriamente de paz y estabilidad en Oriente Próximo mientras continúen la ocupación, los bombardeos y las políticas de castigo colectivo que sufren los pueblos de Palestina y del Líbano.
André Abeledo Fernández

