Rodrigo Paz convierte Bolivia en una dictadura

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Juanlu González (biTs rojiverdes).— No han hecho falta ni seis meses para que su fachada democrática se derrumbe y revele la verdadera naturaleza del régimen. Rodrigo Paz no ha tardado ni medio año en poner al país en un estado de guerra abierto contra su propio pueblo. Lo que algunos ingenuos calificaron como una transición moderada, se ha destapado como la antesala de un fascismo criollo, ejecutado a la perfección por un mandatario que no gobierna, sino que actúa como el títere más sumiso del imperialismo yanqui.

Las políticas de shock neoliberal aplicadas por Paz han puesto al pueblo en pie de guerra. La reducción drástica de los subsidios a los hidrocarburos y la vergonzosa importación de «gasolina basura» —un combustible de ínfima calidad que ha terminado por averiar los motores de miles de vehículos, dejando en la cuneta el esfuerzo de trabajadores y transportistas— han sido solo el prólogo de una tragedia anunciada. A esto se suma una inflación galopante que devora los salarios, una escasez de alimentos que golpea las mesas de las familias y un empobrecimiento acelerado de las clases populares. Este deterioro brutal de la calidad de vida ha sacado a las calles a los sectores más combativos, a los que se han ido sumando, como un río imparable, cada vez más organizaciones sociales, sindicales e indígenas.

Era lo que se esperaba. La máscara del «centrismo» ha caído para revelar a un aliado incondicional de lo peor del continente. Paz se ha sumado al vergonzante «Escudo de las Américas» de Trump, sellando pactos de sumisión con la extrema derecha internacional, codeándose con Milei y Kast, y traicionando cobarde a su propia base electoral. Su desesperación por blindar el saqueo ha llegado al extremo de impedir la entrada a asociaciones de derechos humanos que venían a investigar qué estaba pasando realmente en el país. El régimen prefiere la opacidad de los cementerios a la luz de la verdad.

Para colmo, la pasada semana decretó el estado de excepción para anular los derechos de la población civil. No es una medida constitucional ordinaria, sino un estado verdaderamente duro, de excepción militarizada, que en otros países de nuestra sufrida América bien se podría llamar estado de sitio. Las fuerzas represivas tienen carta blanca para aplastar la dignidad insurgente.

El deterioro de su gobierno es ya irreversible, Paz es un cadáver político que camina, pero Trump y la oligarquía terrateniente no van a dejar que se vaya. Llegó al gobierno únicamente porque no dejaron presentarse a Evo Morales gracias, entre otros, al colaboracionismo traidor de Lucho Arce. Mediante montajes policiales y judiciales, orquestaron un golpe blando para cercenar la esperanza popular. Y aunque sus supuestas víctimas hayan declarado ante los tribunales que todo es falso, que las acusaciones fueron inventadas, los procesos continúan. La justicia burguesa actúa como el brazo armado del imperio porque saben que Evo podría ganar en cualquier momento que se convoquen unas elecciones libres.

Y es que la marcha de la economía con Evo fue un periodo brillante como jamás ha tenido la Bolivia reciente. De hecho, se le considera el mejor presidente del país con diferencia, el artífice de la dignidad indígena y la soberanía de los recursos. Por eso es tan peligroso para los amos del mundo. Paz va camino de acabar con el Estado Plurinacional de Bolivia. Su obsesión es privatizar las empresas públicas, entregar el litio y el gas, y acabar con los pequeños agricultores, cuyo exterminio fue precisamente el detonante de las actuales manifestaciones y bloqueos en los caminos. Con los créditos del FMI van a venir nuevos ajustes estructurales, con la receta de siempre: achicar el Estado, precarizar la vida y poner sus recursos naturales a disposición de las multinacionales americanas.

Para colmo, la maquinaria de propaganda oligárquica quiere criminalizar a Evo de todo para tapar su propia responsabilidad en las revueltas. Intentan pintar al líder histórico como el único culpable del caos que ellos mismos han provocado. Evo puede estar de acuerdo con la resistencia, pero permanece prácticamente encerrado y confinado en el Chapare para evitar su detención arbitraria. Desde luego no está dirigiendo cada bloqueo, pero para polarizar a la opinión pública y justificar la represión, les viene bien culparlo. Y si logran quitárselo de en medio, mejor para el imperio y peor para el pueblo. De hecho, los halcones del régimen están amenazando con asaltar por la fuerza El Chapare, dispuestos a bañar en sangre el trópico, aunque haya víctimas mortales entre los campesinos que defienden al único líder del campo popular.

EEUU necesita los recursos naturales de América Latina para poder seguir siendo el hegemón en un mundo que se le desmorona. No pueden permitir que un pueblo alzado, que recuerda lo que es la soberanía, constituya un ejemplo para el resto del continente.

Es cierto que, por momentos, han disminuido los bloqueos debido al agotamiento físico y la represión. Pero el periodo de excepción, establecido para varios meses, acabará pronto. Y en ese tiempo, este gobierno de traidores acometerá cambios estructurales que empeorarán aún más la economía, exprimiendo hasta la última gota al trabajador y al campesino. Por tanto, el nivel de las protestas subirá como la marea de un océano indignado. La calma tensa de hoy es solo la respiración antes del huracán. Que tiemblen los palacios, porque la historia no se detiene y esto no ha acabado, no ha hecho más que empezar.

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