Cuando trabajar enferma: el fracaso moral de un modelo laboral

Publicado:

Noticias populares

Cuando trabajar enferma: el fracaso moral de un modelo laboral

Hay un dato que debería escandalizar a cualquier sociedad que se considere civilizada: miles de trabajadoras y trabajadores necesitan medicarse para poder ir a trabajar.

Ansiolíticos para soportar la jornada.

Pastillas para dormir porque la ansiedad no les deja descansar.

Antidepresivos para levantarse al día siguiente y volver al mismo lugar que está destruyendo poco a poco su salud mental.

No estamos hablando de casos aislados. Estamos hablando de una realidad que demasiadas personas conocen en silencio y que rara vez ocupa el centro del debate público.

Porque de la salud mental se habla mucho en los discursos institucionales, pero muy poco cuando el origen del problema está en determinadas formas de organizar el trabajo.

Hablo de lo que conozco. Como trabajador de una gran multinacional he visto cómo el miedo, la presión constante, la incertidumbre y la deshumanización terminan pasando factura. No hablo de estadísticas. Hablo de compañeros y compañeras de carne y hueso que llegan al trabajo con la ansiedad instalada en el cuerpo porque saben que cualquier error, cualquier baja o cualquier protesta puede convertirles en el siguiente objetivo.

Y uno no puede evitar hacerse una pregunta.

¿Qué gana una empresa destruyendo psicológicamente a quienes generan su riqueza?

Quizá la respuesta sea tan sencilla como incómoda.

Un trabajador con miedo protesta menos.

Un trabajador agotado organiza menos.

Un trabajador psicológicamente desgastado tiene menos fuerzas para reclamar sus derechos.

Cuando el empleo se convierte en un instrumento de disciplina basado en el temor permanente, la salud de las personas deja de ser una prioridad y pasa a considerarse un coste más.

Eso ocurre cuando el beneficio económico vale más que la dignidad humana.

Vivimos en un mercado laboral donde todavía existen demasiadas empresas que consideran a las personas trabajadoras como piezas intercambiables. Si alguien cae, ya vendrá otro. Si alguien enferma, se sustituye. Si alguien reclama, se presiona. Si alguien levanta la voz, siempre hay una larga cola del desempleo esperando una oportunidad.

Esa lógica no solo es profundamente injusta.

Es también profundamente ineficiente.

Porque ningún proyecto empresarial puede construirse sobre el miedo de quienes sostienen la empresa con su esfuerzo diario.

Después llegan las patronales lamentándose porque faltan transportistas, camareros, personal sanitario, trabajadores de la construcción o profesionales cualificados.

Dicen que la juventud no quiere trabajar.

La realidad es muy distinta.

La inmensa mayoría de la clase trabajadora quiere trabajar.

Lo que ya no está dispuesta a aceptar son salarios que no permiten vivir, jornadas interminables, horarios imposibles, presión psicológica constante y un modelo laboral basado en el miedo.

Quieren empleo.

Pero también quieren dignidad.

Y tienen razón.

Durante demasiado tiempo en España se ha confundido autoridad con autoritarismo y gestión con obediencia ciega. Seguimos demasiado lejos de aquellos modelos laborales europeos donde el diálogo social, el respeto mutuo y la participación de las personas trabajadoras forman parte de la cultura empresarial.

Aquí todavía sobreviven demasiadas inercias que entienden los derechos laborales como un obstáculo y no como una garantía democrática.

Sin embargo, la historia del movimiento obrero demuestra una verdad que nunca cambia.

Las trabajadoras y los trabajadores pueden soportar salarios modestos durante un tiempo.

Pueden aceptar sacrificios cuando las circunstancias lo exigen.

Lo que nunca aceptarán indefinidamente es perder la dignidad.

Porque la dignidad no cotiza en bolsa.

No aparece en los balances empresariales.

No se refleja en la cuenta de resultados.

Pero es el cimiento sobre el que debería construirse cualquier relación laboral que merezca llamarse humana.

Y quizá por eso algunos empresarios siguen sin entender por qué cada vez cuesta más encontrar trabajadores.

No faltan trabajadores.

Lo que faltan son empresas dispuestas a comprender que el respeto, unas condiciones laborales dignas y la salud física y mental de su plantilla no son un lujo ni una concesión.

Son la base de cualquier sociedad que aspire a llamarse verdaderamente democrática.

 

André Abeledo Fernández

DEJA UN COMENTARIO (si eres fascista, oportunista, revisionista, liberal, maleducado, trol o extraterrestre, no pierdas tiempo; tu mensaje no se publicará)

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Últimas noticias

La pelota no se mancha, pero el negocio del fútbol sí

La pelota no se mancha, pero el negocio del fútbol sí Hubo un tiempo en que el fútbol pertenecía al...

Le puede interesar: