La epidemia que nadie quiere mirar
Más de 4.000 personas se suicidan cada año en España. Once personas cada día. A escala mundial, alrededor de 800.000 personas pierden la vida por suicidio cada año; aproximadamente una cada 40 segundos. Son cifras estremecedoras que hablan de una auténtica epidemia silenciosa, de una tragedia humana que, pese a su enorme magnitud, sigue sin ocupar el lugar que merece entre las prioridades políticas y sociales.
Y en Galicia la realidad resulta todavía más preocupante. Nuestra tierra figura habitualmente entre las comunidades autónomas con las tasas de suicidio más elevadas del Estado, superando la media nacional y con la provincia de Lugo registrando algunos de los índices más altos de España. No son simples estadísticas: son vecinos, compañeros de trabajo, familiares y amigos. Son vidas rotas y familias marcadas para siempre por una tragedia que demasiadas veces sigue envuelta en el silencio.
Vivimos en una sociedad capaz de convertir cualquier polémica en un espectáculo permanente, pero incapaz de mirar de frente una de las mayores tragedias sociales de nuestro tiempo. El suicidio sigue siendo un tabú. Se esconde, se silencia y se trata como si fuera un asunto exclusivamente individual, cuando en demasiadas ocasiones también refleja el sufrimiento provocado por la precariedad, la soledad, la exclusión, la falta de atención sanitaria o la ausencia de redes de apoyo.
No todos los suicidios tienen las mismas causas. Reducir una realidad tan compleja a una única explicación sería un error. Existen problemas de salud mental, enfermedades, circunstancias personales y familiares muy diferentes. Pero precisamente por esa complejidad resulta todavía más incomprensible que durante tantos años se haya dedicado tan poca atención y tan pocos recursos a la prevención.
Una sociedad se define por cómo cuida a quienes más sufren. Y cuando más de cuatro mil personas llegan cada año al extremo de quitarse la vida, no basta con expresar condolencias o guardar un minuto de silencio. Hay que preguntarse qué está fallando y qué podría hacerse mejor.
Necesitamos reforzar la sanidad pública y la atención a la salud mental, facilitar el acceso a profesionales, combatir la pobreza y la precariedad, reducir el aislamiento social y construir comunidades donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza. Porque el suicidio no puede seguir tratándose como una estadística fría ni como una noticia pasajera.
Cada número tiene un nombre, una historia y personas que nunca volverán a ser las mismas. Detrás de cada muerte hay padres, madres, hijos, hermanos, amistades y compañeros que cargarán con preguntas para las que muchas veces nunca encontrarán respuesta.
Quizá el verdadero fracaso de nuestra sociedad no sea únicamente que once personas se suiciden cada día. El fracaso es que hayamos aprendido a convivir con esa realidad sin sentir la urgencia de cambiarla. Que una tragedia de semejante magnitud apenas provoque indignación colectiva dice mucho de nuestras prioridades.
Porque ninguna sociedad puede llamarse verdaderamente humana mientras miles de personas pierdan la esperanza cada año y el resto siga mirando hacia otro lado.
Y mientras tanto, seguiremos discutiendo sobre banderas, sobre tertulias y sobre los escándalos de cada semana, mientras once personas al día dejan de encontrar un motivo para seguir viviendo. Quizá esa sea la mayor derrota colectiva de nuestro tiempo.
Una sociedad que presume de progreso no puede resignarse a perder más de cuatro mil vidas al año por suicidio. Hace falta más sanidad pública, más profesionales de la salud mental, más prevención, más políticas que combatan la precariedad y la soledad y, sobre todo, más humanidad. Porque ninguna persona debería sentirse tan sola, tan desesperada o tan abandonada como para creer que la muerte es la única salida.
La verdadera grandeza de un país no se mide por el crecimiento del PIB ni por los beneficios de las grandes empresas. Se mide por su capacidad para cuidar a quienes más sufren. Y mientras sigamos aceptando esta tragedia con la misma indiferencia con la que se acepta el parte meteorológico, estaremos fracasando como sociedad.
André Abeledo Fernández

