Cuando el negocio sustituye al deporte
Hubo un tiempo en el que el fútbol pertenecía a la gente. A los barrios obreros, a las plazas de los pueblos, a quienes improvisaban una portería con dos piedras y convertían un balón en el centro de un universo compartido. El fútbol era una expresión popular antes de convertirse en una industria multimillonaria.
Hoy la situación parece haberse invertido. Ya no es el negocio el que gira alrededor del fútbol; es el fútbol el que gira alrededor del negocio.
La llamada pausa de hidratación resume perfectamente esa transformación. Nadie puede cuestionar que, cuando las condiciones climatológicas son extremas, proteger la salud de los futbolistas sea una obligación. Lo preocupante es comprobar cómo esas interrupciones encajan a la perfección con las necesidades de las grandes cadenas de televisión y de los patrocinadores, convirtiéndose en un nuevo espacio para la publicidad y el consumo.
Hace años, Diego Armando Maradona ya advirtió que ese sería el camino. Con la ironía que lo caracterizaba llegó a afirmar que acabarían dividiendo los partidos en cuatro tiempos para vender más anuncios. Muchos interpretaron aquellas palabras como una exageración. Con el paso del tiempo, sin embargo, cada decisión orientada a aumentar la rentabilidad económica parece darle la razón.
Maradona también criticó la organización de un Mundial repartido entre varios países, convencido de que el criterio económico estaba desplazando al deportivo. Porque cuando el beneficio pasa a ser el principal objetivo, el deporte deja de ser un fin para convertirse en un simple instrumento.
Pero la mercantilización del fútbol no termina en la publicidad.
Durante este Mundial se han sucedido decisiones que han alimentado una profunda desconfianza entre numerosos aficionados. Las polémicas arbitrales en algunos encuentros, especialmente en los que participó Argentina, provocaron un intenso debate internacional. También generó controversia la retirada de una tarjeta roja mostrada inicialmente a un jugador de Estados Unidos, una decisión que coincidió con las informaciones sobre la estrecha relación entre Donald Trump y Gianni Infantino y que dio lugar a múltiples especulaciones.
A ello se sumaron las enormes dificultades sufridas por la selección de Irán para preparar el campeonato en igualdad de condiciones debido al contexto político internacional, así como el caso del árbitro considerado por muchos como el mejor colegiado africano, al que finalmente se le negó el visado para participar en el Mundial por su nacionalidad somalí.
Cada uno de estos episodios puede tener explicaciones oficiales diferentes. Sin embargo, cuando las controversias se acumulan una tras otra, la confianza empieza a erosionarse. Y el fútbol necesita algo más importante que cualquier patrocinador o contrato televisivo: necesita credibilidad.
Las dudas no proceden únicamente de los aficionados. Tras la derrota de Egipto frente a Argentina, su seleccionador, Hossam Hassan, manifestó públicamente su indignación afirmando que, en su opinión, el encuentro había estado condicionado y asegurando que otros entrenadores ya le habían advertido de que determinadas situaciones podían producirse durante el campeonato. Son declaraciones graves que reflejan el clima de desconfianza generado en torno a la competición, aunque, por sí solas, no constituyen una prueba de manipulación.
Ese es precisamente el mayor problema. Cuando una parte importante del mundo del fútbol deja de creer plenamente en la imparcialidad de las competiciones, quien pierde no es una selección concreta. Pierde el propio deporte.
La FIFA habla constantemente de fair play, igualdad, respeto y transparencia. Son principios imprescindibles. Pero esos valores no pueden limitarse a los discursos institucionales. Deben reflejarse en todas y cada una de las decisiones que afectan a una competición seguida por miles de millones de personas.
El fútbol no necesita más marketing. Necesita recuperar la confianza de quienes lo hicieron grande.
No necesita más pausas para vender publicidad. Necesita garantizar que el mérito deportivo sea el único criterio que decida los resultados.
No necesita convertir al aficionado en un consumidor. Necesita volver a tratarlo como parte esencial del propio deporte.
Porque cuando la política condiciona la competición, cuando los intereses económicos pesan más que el balón y cuando las instituciones pierden la confianza de quienes aman este juego, el Mundial deja de ser la mayor fiesta del fútbol para convertirse en el escaparate de una gigantesca industria del entretenimiento.
Y ese día, aunque los estadios sigan llenándose y las audiencias continúen batiendo récords, el fútbol habrá perdido mucho más que un partido.
Habrá perdido aquello que nunca debió poner en venta: su credibilidad.
André Abeledo Fernández

