Stalin: la industrialización de un imperio agrario y las contradicciones que la izquierda no puede callar

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Stalin: las contradicciones de una revolución que quiso cambiar la historia.

«Sé que después de mi muerte se amontonará un montón de basura sobre mi tumba, pero el viento de la Historia, tarde o temprano, se la llevará sin piedad». Stalin 

Hay una pregunta que el anticomunismo procura evitar porque resulta mucho más incómoda que cualquier caricatura sobre Stalin: ¿cómo consiguió un país agrario, devastado por la guerra, económicamente atrasado y sometido a una enorme presión exterior convertirse, en apenas unas décadas, en una potencia industrial capaz de enfrentarse a la maquinaria militar nazi y derrotarla?

La respuesta no cabe en un retrato de Stalin con cara de malo. Exige hablar de economía, de relaciones de clase, de fuerzas productivas, de propiedad y de planificación. Es decir, exige hablar de marxismo.

La cuestión fundamental no era únicamente Stalin. Era transformar la estructura económica de un país atrasado y construir una base material capaz de sostener una revolución que había nacido en condiciones extraordinariamente adversas.

Cuando los bolcheviques tomaron el poder, no heredaron una sociedad industrial avanzada preparada para construir el socialismo. Heredaron un país mayoritariamente campesino, con enormes niveles de pobreza y analfabetismo, una clase obrera relativamente pequeña, una industria débil y una economía devastada por la Primera Guerra Mundial.

A ello se sumó inmediatamente una brutal prueba de supervivencia. La revolución tuvo que abrirse paso en medio de una guerra civil y enfrentarse a la intervención militar de varias potencias extranjeras que apoyaron a las fuerzas contrarrevolucionarias. La joven Rusia soviética nació, por tanto, en condiciones muy alejadas de las que Marx había imaginado para una transición socialista basada en un capitalismo altamente desarrollado.

Esta cuestión es fundamental.

No se puede analizar la construcción del socialismo soviético ignorando las condiciones materiales en las que tuvo lugar.

Marx había concebido el socialismo sobre la base de un elevado desarrollo de las fuerzas productivas. Los bolcheviques, sin embargo, intentaron construir una alternativa socialista en un país que estaba muy lejos de ese nivel de desarrollo.

La industrialización no fue, por tanto, simplemente un capricho personal de Stalin. Para la dirección soviética se convirtió en una necesidad estratégica: sin desarrollar rápidamente la industria, la energía, el transporte y la capacidad militar, la URSS corría el riesgo de quedar subordinada a las potencias capitalistas.

La cuestión decisiva era cómo realizar esa transformación, a qué velocidad, mediante qué relaciones sociales y a qué coste.

Y ahí aparecen todas las contradicciones.

Planificación frente a mercado

Los planes quinquenales significaron algo mucho más profundo que una sucesión de objetivos económicos.

Supusieron que una economía podía movilizar recursos a gran escala sin depender exclusivamente de la rentabilidad privada y de las decisiones descentralizadas del mercado.

La Unión Soviética decidió priorizar deliberadamente la industria pesada, la energía, la producción de maquinaria, la infraestructura y la capacidad productiva.

Se construyeron fábricas. Se electrificó el país. Surgieron nuevas ciudades industriales. Aumentó enormemente la capacidad productiva y millones de campesinos pasaron a formar parte de una creciente clase trabajadora industrial.

Una sociedad fundamentalmente agraria comenzó a transformarse en una potencia industrial.

Eso resulta incómodo para determinados relatos liberales porque demuestra que la historia económica del siglo XX no fue simplemente una marcha inevitable hacia el capitalismo.

Existió otra posibilidad histórica.

Con enormes costes, contradicciones, errores y violencias, sí. Pero existió.

Y consiguió transformar radicalmente la estructura material de uno de los países más atrasados de Europa.

La prueba definitiva llegó con la guerra

La invasión nazi de 1941 puso a prueba aquella transformación en el escenario más extremo imaginable.

La Segunda Guerra Mundial dejó a la Unión Soviética devastada y provocó una catástrofe humana de dimensiones gigantescas. Las estimaciones sobre sus pérdidas varían según las fuentes y los criterios utilizados, pero se sitúan en torno a los 27 millones de muertos, entre militares y civiles.

La magnitud de aquella tragedia es imposible de comprender sin tener en cuenta la brutalidad de la guerra en el frente oriental.

A pesar de ello, la Unión Soviética fue capaz de trasladar una parte enorme de su industria hacia el este y reconstruir allí su capacidad productiva mientras combatía contra la maquinaria militar alemana.

Eso no se explica únicamente por el heroísmo de los soldados.

Se explica también por la existencia de una base industrial previamente construida.

Sin acero no hay tanques. Sin electricidad no hay industria moderna. Sin fábricas no hay armamento. Sin capacidad logística no hay ejército capaz de sostener una guerra continental.

La economía también combate.

Y la economía soviética fue decisiva para sostener la guerra contra el nazismo.

El Ejército Rojo pagó un precio humano gigantesco y desempeñó un papel central en la derrota de la Alemania nazi. Los aliados occidentales también fueron fundamentales, tanto militar como económicamente, y sería absurdo negar su contribución. Pero resulta igualmente insostenible reducir la derrota del nazismo al desembarco de Normandía.

La mayor parte de las fuerzas terrestres alemanas fueron empleadas y sufrieron sus principales pérdidas en el frente oriental.

La victoria sobre el nazismo fue una victoria aliada, pero sin el esfuerzo militar y económico de la Unión Soviética difícilmente puede explicarse el resultado final de la guerra.

Y detrás de ese esfuerzo estaba también la capacidad industrial creada durante la transformación soviética.

Pero aquí empieza la contradicción que los estalinistas no pueden negar

Precisamente porque defendemos el análisis materialista, no necesitamos mentir sobre los costes.

La industrialización soviética fue un esfuerzo titánico de un pueblo que aún usaba el arado de madera y trabajaba las tierras del amo.

La contradicción central: poder proletario y burocratización

Aquí está, a mi juicio, una de las cuestiones marxistas fundamentales.

La Revolución de Octubre pretendía acabar con el dominio político de las clases explotadoras y colocar a la clase trabajadora en el centro del poder político.

Pero las condiciones materiales de la Rusia soviética dificultaban enormemente ese objetivo: una población mayoritariamente campesina, una clase obrera relativamente pequeña, una economía destrozada por guerras sucesivas, enormes dificultades económicas, aislamiento internacional, amenazas exteriores y una revolución que no consiguió extenderse por Europa como esperaban muchos de sus dirigentes.

En ese contexto creció una burocracia estatal cada vez más poderosa.

Y ahí aparece una contradicción histórica que no podemos esconder: la necesidad de concentrar recursos y poder para defender y desarrollar la revolución terminó favoreciendo una concentración burocrática del propio poder revolucionario.

La burocracia no cayó del cielo.

No fue simplemente producto de la maldad de un individuo. También fue consecuencia de determinadas condiciones materiales y políticas.

El anticomunismo necesita presentar la historia de la URSS como una cadena causal sencilla:

Stalin → dictadura → terror → fracaso.

Es una explicación tan cómoda como hipócrita y estúpida.

Un análisis materialista pregunta:

¿Qué estructura económica existía?

¿Qué clases sociales estaban en conflicto?

¿Qué fuerzas productivas había?

¿Qué relación existía entre el campo y la ciudad?

¿Qué posición ocupaba la Unión Soviética dentro del sistema capitalista mundial?

¿Qué consecuencias tuvieron las guerras, el aislamiento y la presión exterior?

¿Por qué creció la burocracia?

¿Por qué se debilitó la democracia interna?

¿Por qué el Estado terminó adquiriendo una autonomía tan grande respecto de la clase trabajadora?

Esas preguntas son mucho más útiles que limitarse a discutir si Stalin era «bueno» o «malo».

Porque la historia no la hacen únicamente los individuos.

La hacen también las condiciones materiales en las que esos individuos actúan.

Eso no convierte a Stalin en un simple espectador de la historia. Stalin tomó decisiones, acumuló poder y fue responsable de políticas concretas. Pero atribuirle personalmente todas las contradicciones de la experiencia soviética supone sustituir el análisis histórico por la biografía de un individuo.

La posición marxista tiene que ser más incómoda: defender las conquistas históricas sin ocultar los errores; estudiar los errores sin negar los logros; comprender las condiciones materiales sin convertirlas en una excusa.

La industrialización soviética demuestra que la planificación estatal pudo movilizar recursos y transformar radicalmente las fuerzas productivas.

La derrota del nazismo demuestra la capacidad material que aquella transformación llegó a generar.

Pero las conquistas soviéticas no se limitaron a la industria y a la victoria militar.

La URSS desarrolló sistemas universales de educación y sanidad, extendió la alfabetización, promovió el acceso al empleo y a la vivienda y protagonizó una extraordinaria expansión científica y tecnológica. En 1957 lanzó el Sputnik, el primer satélite artificial de la historia, y en 1961 Yuri Gagarin se convirtió en el primer ser humano en viajar al espacio.

La carrera espacial soviética demostró hasta qué punto un Estado que había sido predominantemente agrario unas décadas antes podía situarse en la vanguardia tecnológica mundial.

El socialismo no puede significar simplemente que el Estado sustituya al capitalista.

Tiene que significar que la clase trabajadora conquista realmente el poder sobre la producción y participa democráticamente en la organización de la economía y del Estado.

La lección para la izquierda actual

Por eso la experiencia soviética importa todavía hoy. No porque tengamos que imitar cada paso de la URSS.

Y tampoco porque tengamos que pedir permiso al anticomunismo para reivindicar sus conquistas.

Importa porque demuestra dos cosas que la izquierda contemporánea debería tener muy presentes.

La primera: el capitalismo no es el único sistema capaz de desarrollar las fuerzas productivas.

La segunda: destruir el poder económico del capital no basta para construir el socialismo.

Hace falta democracia económica.

Hace falta control de los trabajadores.

Hace falta participación popular.

Hace falta planificación democrática.

Hace falta impedir que una burocracia sustituya políticamente a la clase trabajadora.

Y hace falta algo todavía más difícil: construir una sociedad socialista capaz de defenderse de sus enemigos.

Esa es, a mi juicio, una de las grandes lecciones de la experiencia soviética. No necesitamos negar a Stalin para defender el socialismo, todo lo contrario, necesitamos defender la verdad.

La URSS y el muy necesario equilibrio mundial.

Hay además una dimensión que no podemos ignorar: la geopolítica.

Durante buena parte del siglo XX, la Unión Soviética actuó como principal contrapeso estratégico frente a las potencias capitalistas occidentales. La existencia de ese bloque alteró profundamente el equilibrio mundial y condicionó las relaciones internacionales, la carrera armamentística, los procesos de descolonización y la competencia entre modelos económicos y sociales.

Eso no significa idealizar la política exterior soviética ni convertir a la URSS en una potencia siempre justa o pacífica.

Significa reconocer una realidad histórica: la existencia de un segundo centro de poder mundial limitó, en determinados contextos, la capacidad de las potencias occidentales para imponer unilateralmente sus intereses.

Tras la desaparición de la URSS, ese equilibrio se transformó radicalmente.

Y hoy, frente a la concentración de poder económico, militar y financiero en manos de unas pocas potencias, resulta necesario recuperar una política internacional basada en el equilibrio, la soberanía de los pueblos y el rechazo de cualquier forma de imperialismo.

También frente al trumpismo y a las tendencias autoritarias y el regreso de la ultraderecha fascista que aprovechan la profunda crisis existencial que atraviesan las democracias capitalistas occidentales.

Nuestro objetivo debe ser un mundo en el que ningún Estado tenga capacidad para imponer su voluntad sobre los demás por la fuerza económica o militar.

La experiencia soviética fue una de las mayores transformaciones sociales, económicas y políticas de la historia contemporánea.

Fue una revolución que intentó construir una sociedad diferente sobre una base material extraordinariamente desfavorable.

Transformó un país atrasado en una potencia industrial. Contribuyó decisivamente a la derrota del nazismo.

Produjo conquistas sociales, científicas y educativas de enorme importancia.

El marxismo no necesita falsificar la historia. Necesita comprenderla.

Análisis de clase. Análisis materialista. Y memoria histórica.

 

¡Hasta la victoria siempre! 

 

André Abeledo Fernández

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