Lo de Ceuta no es casualidad

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Javier Martorell (Unidad y Lucha).— Las imágenes de miles de personas lanzándose al mar para alcanzar Ceuta, mientras otras avanzaban hacia el espigón de El Tarajal, condensan en unas pocas horas algunas de las contradicciones más brutales del capitalismo. Hombres, mujeres, menores y familias enteras arriesgando la vida para atravesar una frontera que para unos representa una oportunidad y para otros una amenaza. Frente a ello, el Estado español y Marruecos refuerzan sus dispositivos policiales y militares de represión, mientras la Unión Europea profundiza en una calculada política de control, selección y contención de los movimientos migratorios.

 

Lo sucedido entre el 30 y el 31 de julio no se trata de una mera crisis migratoria, como se nos ha querido hacer ver, ni tampoco se reduce a un supuesto fallo de la vigilancia marroquí. Decenas de miles de personas llegaron a Ceuta mientras el control de la frontera marroquí se relajaba de manera extraordinaria y deliberada. Más allá de las cifras, las imágenes dejaron una evidencia: la vida de miles de personas se convierte en una simple variable dentro de las relaciones entre Estados y de los intereses del capital.

Marruecos conoce perfectamente el valor estratégico de su posición. La Unión Europea ha delegado durante años en Rabat una parte esencial del control de su frontera sur, financiando y apoyando sus dispositivos de vigilancia y contención. Y Marruecos no ocupa ese lugar por casualidad: es un socio privilegiado de las potencias occidentales, mantiene una estrecha cooperación militar con Estados Unidos y participa en el Diálogo Mediterráneo de la OTAN, incluida la cooperación en ámbitos relacionados con la seguridad marítima y fronteriza.

Así, quien controla una frontera que otro Estado necesita mantener cerrada posee también una poderosa herramienta de negociación. Cuando el control se endurece, la frontera se convierte en un muro infranqueable; cuando se relaja, miles de personas pueden atravesarla en cuestión de horas. La movilidad de seres humanos queda convertida en una pieza más del tablero imperialista.

Pero la responsabilidad no termina en Rabat.

La contradicción pertenece igualmente a la propia Unión Europea. Schengen garantiza la libre circulación en el interior del espacio comunitario mientras convierte su perímetro exterior en una frontera cada vez más militarizada. La UE pretende administrar los movimientos migratorios de acuerdo con las necesidades del capital: facilitar determinadas vías de entrada cuando necesita mano de obra y reforzar los controles y la represión cuando busca contenerlas.

Al mismo tiempo, agricultura, construcción, servicios, cuidados y otros sectores dependen de trabajadores y trabajadoras migrantes. La política europea no consiste, por tanto, en rechazar toda inmigración, sino en administrarla de acuerdo con las necesidades de la producción capitalista: seleccionar quién puede entrar, en qué condiciones y para qué sectores, mientras se externaliza el control fronterizo a Estados como Marruecos.

La frontera no es simplemente una línea sobre el mapa. Es un instrumento de regulación de la fuerza de trabajo.

Y esta contradicción alimenta también a la reacción. La ultraderecha habla de «invasión» y convierte a quienes huyen de la miseria en responsables de ella. Pero quienes llegan a Ceuta buscando un futuro no son quienes provocan la precariedad de la clase trabajadora. El enemigo no es quien abandona su hogar obligado por la miseria, la falta de oportunidades o la explotación; el enemigo es el sistema que le niega un futuro y le obliga a arriesgar su propia vida para buscarlo.

El capitalismo sí tiene fronteras cuando le conviene. La clase trabajadora no puede hacerlas suyas.

Ceuta vuelve a demostrar que, mientras vivamos sujetos a la dictadura del capital, millones de personas seguirán siendo desplazadas, seleccionadas, explotadas y utilizadas como piezas de negociación. Marruecos podrá utilizar su posición fronteriza para defender los intereses de su burguesía; la UE podrá levantar muros mientras reclama mano de obra; Estados Unidos y la OTAN podrán reforzar sus alianzas estratégicas en el Mediterráneo. Pero las consecuencias las pagan siempre los pueblos y, en primer término, la clase trabajadora.

Por eso la respuesta no puede ser levantar más muros ni competir por quién reprime con mayor dureza. Debe ser organizar a la clase trabajadora, con independencia de su origen, contra quienes convierten nuestras vidas en mercancía y nuestras fronteras en instrumentos de dominación.

La migración no es el problema. El problema es el sistema que la produce, la administra y la utiliza.

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