Telva Mieres (Unidad y Lucha).— Siempre nos dijeron que la primera víctima de una guerra era la verdad. Pues no, señores y señoras: yo estoy en condiciones de demostrarles que la primera víctima es el diccionario.
Para que las guerras gocen de la aprobación popular ya no hace falta empezar con un bombardeo, sino con un prestigioso gabinete de comunicación. Antes de que
despeguen los aviones despegan los eufemismos. Hay que adecentar la carnicería para que no manche demasiado los telediarios.
La presidenta de la Comisión Europea tuvo hace unos meses el imperdonable desliz de llamar ReArm Europe a su plan. Aquello sonaba a cañones, pólvora,botas y uniformes. Hubo que rectificar deprisa. Desde entonces ya no se habla de rearme, sino de reforzar las «capacidades de seguridad y defensa». La guerra entra mucho mejor por el diccionario.
Pedro Sánchez tampoco ha querido quedarse atrás. Hablar de gasto militar o de rearme resulta demasiado brusco para un Gobierno progresista. Mucho mejor anunciar un aumento de las «capacidades de seguridad y defensa». Como quien habla de instalar farolas o contratar socorristas pa la piscina municipal.
El lenguaje ha hecho un trabajo extraordinario. Ya no se compran misiles: se invierte en innovación. Los tanques son plataformas de movilidad terrestre y donde antes había pólvora ahora encontramos «capacidades estratégicas». Hasta los soldados se han convertido en «activos humanos».
Cuando hay que matar tampoco se mata. Se neutraliza un objetivo o se elimina una amenaza. Lo mismito que cuando desinstalas una aplicación del móvil. Y si además toca arrasar una ciudad a bombazos, ¡tranquilidad!: eso no son bombas, sino una acción cinética. Siempre la física tuvo mejor prensa que la sangre.
¿Y los muertos? Ya no hay muertos. Hay bajas, daños colaterales, neutralización de objetivos o efectos no deseados. Si una bomba cae sobre un hospital infantil, oficialmente no han muerto niños: se han producido daños colaterales. Una expresión que parece más un arañazo en el parachoques que a cuerpos bajo los escombros. El misil hace su trabajo; el lenguaje hace el suyo.
Y si, por error, un ejército bombardea a los suyos, tampoco hablamos de una cagada monumental. Ha sido fuego amigo. Amigo. Hay cariños que matan.
Los que huyen porque han ocupado y saqueado su tierra y las bombas han convertido sus barrios en un solar de escombro tampoco son refugiados que
escapan de la guerra. Participan en una reubicación forzosa o en una evacuación. Las palabras consiguen el milagro de borrar al responsable.
No menos admirable es lo de las técnicas de interrogatorio reforzadas. Toda la vida de Dios se llamó tortura a una somanta de hostias. Hoy basta un adjetivo bien escogido para que los golpes parezcan un curso de formación online.
Pero donde el ingenio alcanza la excelencia es en el dinero. No hay recursos suficientes para la sanidad, la vivienda pública o las pensiones. Sin embargo,
aparecen miles de millones para comprar tanques, misiles y fragatas. Eso sí, que a nadie se le ocurra llamarlo gasto militar. Es inversión en seguridad o presupuesto de defensa.
Gila llamaba por teléfono al enemigo para preguntarle dónde iban a atacar, porque tenía que avisar a los suyos. Aquella guerra era absurda, pero al menos tenía enemigos, bombas y muertos. Hoy Gila no sabría a quién llamar. Tendría que pedir que le pusieran con el responsable de acciones cinéticas, extensión de capacidades de seguridad y defensa, departamento de daños colaterales.
Quizás pronto los presupuestos ya no incluyan partidas para armamento, sino para convivencia balística.
Porque ese es el mayor milagro del lenguaje: conseguir que parezca irresponsable defender la paz y profundamente sensato preparar la guerra. Que resulte moderno fabricar drones y anticuado construir escuelas. Que un misil sea una inversión y un ambulatorio, un gasto.


