El perro de guerra y sus cómplices: por qué la clase trabajadora no tiene amigos a medias

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El perro de guerra y sus cómplices: por qué la clase trabajadora no tiene amigos a medias.

Camaradas:

Escribo esto sin ánimo de gustar a nadie, porque la claridad de clase no está para complacencias. Como trabajador y como militante, tengo que decir alto y claro dos cosas que muchos, por comodidad o por cálculo electoral, prefieren no decir: la derecha es nuestro enemigo declarado, y la socialdemocracia jamás ha sido ni será nuestra amiga.

El enemigo que no disimula.

La derecha y la ultraderecha no fingen. Son el perro de guerra del capital, adiestrado para morder allí donde el patrón señale: al inmigrante, al sindicalista, a la mujer que reclama sus derechos, al pueblo que se organiza. Su función histórica es esa y ninguna otra: contener a la clase trabajadora con el miedo, con el bulo y, cuando hace falta, con la porra. No hay sorpresa en ellos. Sabemos quiénes son y a quién sirven.

El enemigo que sonríe.

Lo verdaderamente peligroso es el que se presenta como alternativa y termina administrando lo mismo. La socialdemocracia ha hecho de la gestión del capitalismo su horizonte máximo y de la desmovilización obrera su método de gobierno. Pacta recortes, firma reformas laborales, mira hacia otro lado cuando los fondos buitre expulsan familias o cuando una multinacional se salta los convenios colectivos. No es nuestra amiga: es la que nos convence de esperar sentados mientras nos quitan lo poco que tenemos.

Los «progres», cómplices y también víctimas.

Y luego está esa progresía de salón, cómoda en sus despachos y en sus tertulias, que mira con condescendencia a la clase trabajadora organizada mientras aplaude discursos vacíos. Son cómplices, sí, porque su silencio y su tibieza allanan el camino a la derecha. Pero no nos engañemos: también ellos, tarde o temprano, serán víctimas del mismo sistema al que hoy sirven de coartada. El capital no hace distinciones sentimentales cuando llega la hora de recortar derechos.

Conciencia de clase, no ingenuidad.

No se trata de pesimismo, sino de lucidez. La clase trabajadora no puede permitirse ilusiones ni con quienes nos atacan de frente ni con quienes nos traicionan por la espalda con buenas palabras. La única salida es la organización obrera independiente, sin tutelas ni componendas, capaz de plantar cara tanto al perro de guerra como a quienes le dejan el terreno libre.

 

¡Até á vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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