Lo esencial no se vende y lo público se defiende

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Lo esencial no se vende y lo público se defiende.

Ni la vivienda, ni la energía, ni los combustibles, ni los alimentos, ni el agua, ni la sanidad ni la educación pueden estar en manos de especuladores ni de buitres carroñeros que solo buscan el beneficio económico a costa de la clase trabajadora. Lo que sostiene la vida no es una mercancía. Es un derecho, y los derechos no se subastan.

El Estado no es una empresa y nosotros no somos mercancía.

Nos han convencido de que el Estado debe gestionarse como una empresa y de que las personas somos poco más que un activo en su balance. Nos hemos creído el cuento de que hay que apretarse el cinturón en cada crisis, mientras los ricos son cada vez más ricos. Quienes antes tenían dificultades para llegar a fin de mes conocen hoy la dureza de la miseria. Las crisis las paga siempre la misma gente, y los beneficios se los lleva siempre la misma minoría.

Sanguijuelas, no inversores.

Llamar inversores a los especuladores es como decir que las sanguijuelas producen sangre. Especular con la vivienda o con los servicios básicos no genera riqueza: solo extrae la que producimos con nuestro trabajo y la convierte en sufrimiento para quienes nos levantamos cada día para sacar el país adelante. Son un cáncer para el pueblo. No les debemos nada a quienes pretenden robárnoslo todo, hasta la dignidad.

Lo privado degrada, lo público protege.

El sector privado ha demostrado que es un desastre gestionando los servicios esenciales. Solo busca el mayor margen de beneficio, y eso se logra con peores servicios, menos medios, menos trabajadores, menos inversión y peores salarios, mientras el ciudadano paga más por algo de peor calidad.

Lo estamos viendo en los bomberos, en las cuadrillas contra incendios, en la sanidad, en las emergencias y en la educación. Todo lo que se privatiza, se externaliza o se concierta con el sector privado se precariza y se degrada, y enriquece a una minoría de millonarios, políticos y familiares en detrimento de toda la ciudadanía y de unos servicios públicos que son básicos y necesarios para una sociedad sana y con justicia social.

Recuperar lo estratégico para el pueblo.

Los incendios, las pandemias y las crisis económicas nos han dejado una lección palpable: hay que recuperar los sectores estratégicos para lo público, para el Estado, para todos. Necesitamos una sanidad pública, universal, gratuita y de calidad, y lo mismo vale para la educación, las emergencias, la energía, la banca, la vivienda y las telecomunicaciones. Lo que ha demostrado el capitalismo es que es incapaz de autorregularse, que no conoce la empatía y que pone a la vida humana un precio demasiado bajo.

La pandemia fue un ejemplo práctico: solo un Estado fuerte puede gestionar una crisis grave y poner las normas para que la sociedad no se convierta en una selva donde sociópatas y gente sin escrúpulos hacen negocio con el sufrimiento y la necesidad. El Estado debe regular el mercado para evitar los abusos, y debemos nacionalizar los sectores estratégicos para que estén en todo momento al servicio de la ciudadanía y no de las oligarquías.

Justicia social, escudo de todas y todos.

La justicia social es horizontal y nos iguala a todas y todos, pero también es un escudo que nos protege a todas y todos. Defender lo público es defender la justicia social y la solidaridad.

Dignidad, memoria y conciencia.

Es cierto que con la dignidad no se come. Pero un pueblo sin dignidad termina por no comer. Un pueblo sin memoria olvida quiénes son sus verdaderos enemigos. Un pueblo que no conoce su historia repite sus errores y vuelve a dejarse engañar. Una sociedad ignorante es un rebaño de borregos en manos de los poderosos, y una sociedad consciente es mucho más difícil de engañar.

Por eso, la tarea es doble: organizarnos y recordar. Organizarnos en los sindicatos, en los barrios y en los centros de trabajo para reforzar los pilares del Estado del bienestar y no comprar el discurso de quienes quieren desmantelar todo lo público para convertir nuestras vidas en un negocio millonario. Y recordar que cada derecho que disfrutamos lo conquistaron quienes nos precedieron con lucha, no con la generosidad de los de arriba.

Lo esencial no se vende. Se defiende.

 

Até á vitoria sempre!

 

André Abeledo Fernández

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