El candidato de la vergüenza huye a los brazos de su amo
Cuatro días. Es lo que le ha durado a Flávio Bolsonaro la épica del «rescate de Brasil». El domingo 25 de octubre perdió las elecciones frente a Lula y, el lunes, la Policía Federal le notificó la orden del Supremo: entregar los pasaportes. El martes, cuando venció el plazo, ya estaba fuera del país. Así es la ultraderecha: mucha bandera, mucha patria y mucho Dios hasta que llega la hora de responder ante la justicia.
La fuga
Según las autoridades argentinas, Flávio Bolsonaro, su esposa y sus hijas entraron por el puente internacional Tancredo Neves, en Misiones, y desde allí emprendieron rumbo a Estados Unidos. Sin pasaporte brasileño, claro, pero con el italiano que obtuvo en 2023 y que la justicia brasileña no puede anular. El ministro Guilherme Boulos confirmó la huida y Lula la calificó de «vergonzosa». Ni un comunicado de dignidad ni una explicación ante el pueblo al que pedía el voto: un cruce de frontera de madrugada.
Una familia, un negocio
Su padre, Jair Bolsonaro, cumple una condena de 27 años por intentar un golpe de Estado. Su hermano Eduardo, condenado a cuatro años y dos meses por presionar desde Washington a la justicia brasileña, tiene una orden de arresto y vive en Texas. Y Flávio está siendo investigado por el Supremo por un presunto delito de blanqueo de capitales vinculado, según la prensa, al negocio de las apuestas online. Dice que es persecución política. Será la primera vez que un perseguido huye en plena noche en lugar de dar la cara y defenderse ante los tribunales de su país. Prófugo de la justicia y presunto delincuente: la gente honrada no se esconde.
El amo en el norte
Los Bolsonaro llevan años ofreciendo Brasil a Donald Trump: sus presiones, sus aranceles, su riqueza mineral. Ahora, según Bloomberg, la Casa Blanca estudia concederles visados y asilo político. Es el círculo completo: quien se arrodilla ante el imperio recibe refugio del imperio. Trump, Milei, Netanyahu y compañía representan el patrón de una internacional reaccionaria que predica patriotismo mientras vende la soberanía al mejor postor y se protege mutuamente frente a los tribunales de sus propios países.
Lo que hace el pueblo
Mientras ellos huyen, las trabajadoras y los trabajadores de Brasil se quedan, como siempre. Se quedan a construir el país, a defender la democracia que el bolsonarismo intentó asaltar el 8 de enero y a sostener a Lula frente a la presión exterior. Eso es patriotismo de verdad: no el de las banderas en el balcón, sino el de quien no abandona a su gente cuando vienen mal dadas.
A los jueces brasileños les toca ahora impedir que la huida se convierta en impunidad. A nosotros, desde Galicia y desde cualquier rincón del mundo, nos toca denunciar a la ultraderecha y su internacional del cinismo, y tender la mano a quienes resisten en Brasil.
¡Até a vitoria sempre!
André Abeledo Fernández

