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Un viaje crítico por el consumo de experiencias

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Así se denomina el posmoderno impulso ideológico de los gurús y creadores de opinión para ofrecer nuevos valores fuertes a la maltrecha clase media occidental.

Con el neoliberalismo, el régimen capitalista del bienestar y de la eufemística economía social de mercado se transformó en términos sociológicos en la sociedad del riesgo de Beck, las comunidades líquidas de Baumann e incluso en las multitudes indiferenciadas de Negri. Los tres autores seguían las pautas marcadas por la posmodernidad triunfante, eludiendo el conflicto social (lucha de clases si se quiere) como motor de la historia. Las contradicciones se tapaban mediante un relato ad hoc donde no existían sujetos políticos claros ni horizonte al que llegar. Cada relato individual era en esencia el vehículo en el que íbamos a viajar hasta el fin de los tiempos: la historia colectiva se desvanecía mediante una suma de particulares experiencias en pos de la autorrealización propia.

La clase media se ha quedado en las últimas décadas sin mitos que den consistencia a su estatus emocional. Su desnudez ideológica es patente: sobreviven como meros trabajadores en un mundo sin asideras ideológicas evidentes. La extensión imparable de la precariedad vital ha hecho que sus creencias en el progreso constante y en la superación de las expectativas económicas y laborales de sus abuelos y progenitores sean una utopía inalcanzable.

Tras las quimeras de la sociedad del ocio y el conocimiento y su aborto predecible, el sistema busca ahora la fórmula práctica e ideal para dotar de contenidos sólidos y recomponer la doctrina que otorgue sentido a las personas que se sienten a sí mismas como clase media muy alejadas de la estética y condición histórica de las clases trabajadoras tradicionales.

En el consumo de experiencias, las elites han encontrado una fórmula magistral para reconducir las insatisfacciones de esas gentes a medio camino del arriba y el abajo social, modulando sus querencias y deseos con un corpus ideológico que tape los profundos conflictos sociales y políticos provocados por la ola mundial de neoliberalismo contemporáneo.

En ello le va la vida al sistema capitalista. Si logran imponer un estilo clase media de nuevo cuño, el conservadurismo de corte liberal salvará los muebles de la hegemonía ideológica de las clases poseedoras durante un futuro incierto, al menos a medio plazo.

Inconscientemente, las elites dominantes instilan de manera muy sutil a las clases medias clásicas y emergentes un odio soterrado a la clase trabajadora, los marginados y la pobreza cultural en general, eliminando de raíz el conflicto social entre capital y trabajo. Hay que huir a toda ultranza del obrerismo de vieja guardia y parecerse lo más posible a los mejores, a los que alcanzan el éxito, el reconocimiento social o la fama efímera de Andy Warhol. Y ello solo es posible a través de una ideología que prime categorías tan evanescentes como el talento y las experiencias distintivas. En definitiva, ideales intangibles que puedan acoger en su seno sensibilidades y poses muy dispares.

Que la mayoría silenciosa compre e interiorice esta doctrina es el nuevo paradigma de la posmodernidad nihilista. La riqueza ya no estará en bienes inmuebles y grandes cuentas corrientes sino en la acumulación de experiencias con pedigrí y en el poderoso influjo de la autorrealización personal: estudios prestigiosos, viajes y aventuras con peligro calculado, másteres rimbombantes en el extranjero, empleos en precario de mucho valor añadido marginal y el señuelo de un futuro permanente que no permita ningún reposo ni reflexión profunda y crítica. Dudar está mal visto en este escenario de movimiento perpetuo hasta una perfección imposible.

De eso se trata, de no mirar atrás, de no parar ni un instante, de competir hasta la extenuación contra sí mismo y contra todos. La batalla que nos propone el consumo de experiencias es una secuencia completa de vida en la que ir más allá sin saber adónde vamos es a la vez el principio y la meta del viaje a ninguna parte. Lo importante es el argumento sin guión preestablecido: para rellenar el curso vital solo hay que embarcarse en el acontecimiento puro e inefable y dejarse llevar por la incertidumbre absoluta. El camino proveerá de sustento a ese vaivén sin norte ni sur.

Este consumo de experiencias, fortuitas al tiempo que excitantes, ya ha salido de las escuelas de negocio para permear toda la pirámide social. Se intenta dotar de sentido a la vida urgente e imperiosa de sobrevivir al capitalismo del caos de Naomi Klein.

Mientras experimentamos nuestra vida como una singularidad fuera de la historia y del conflicto social, el acontecimiento pierde toda su fuerza generadora de sentido político e ideológico que subyace a su explosión en la realidad. Todo es natural; todo sucede dentro de un orden cósmico que busca la armonía por medios inescrutables.

Lo que hay que hacer en este universo de posibilidades infinitas regido por agentes incontrolables es crear eventualidades a diestra y siniestra. No ser nunca pasivos. Aferrarse al movimiento: ser movimiento puro. Pensar lo mínimo. Agrandar el yo hasta cimas donde la realidad se convierta en uno mismo.

Con estos mimbres, el neoliberalismo pretende coser los rotos ideológicos del régimen capitalista. Que tenga éxito o no su propuesta dependerá de muchos factores, sobre todo de elaborar un discurso alternativo pujante y ambicioso que enfrente y destruya sus nuevos señuelos culturales mediante la puesta en valor de perspectivas y puntos de vista históricos donde la duda sea el elemento discriminador entre fantasía inconsciente o realidad utópica. La clase media es una conveniencia que se deja seducir por cualquiera a través de mitos autocomplacientes o verdades seductoras ancladas en el conflicto social. El que la consiga se llevará el gato al agua para las próximas décadas.

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