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¿Terrorismo? ¿Qué terrorismo?

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En las décadas de los setenta y ochenta del pasado siglo los expertos en energía de los países occidentales pronosticaron –probablemente en error- el agotamiento de los “yacimientos fósiles” a mediano y corto plazo.

Este hecho, basado en los niveles de los pozos de Texas y Nuevo México, dio la voz de alarma en las economías capitalistas de Occidente, que impulsaron a sus gobiernos a la búsqueda desesperada del control del petróleo y el gas en otros países, vía militar incluida.

La guerra del Golfo Pérsico (2 de agosto de 1990 – 28 de febrero de 1991) fue una invasión de Irak  por una fuerza de coalición organizada y armada por los Estados Unidos compuesta por 34 países, una auténtica guerra de rapiña por las materias primas,  que contó con el bochornoso beneplácito de las Naciones Unidas y que tomaba como pretexto la anexión iraquí del Estado de Kuwait.

Paralelamente se desarrollaba en Afganistán, el país del mundo con mayores reservas de gas natural  la Primera  Guerra de Afganistán (1978-1992).  El conflicto transcurrió entre el 24 de diciembre de 1979 y el 15 de febrero de 1989, tiempo en el que se enfrentaron las fuerzas armadas de la República Democrática de Afganistán (RDA) apoyadas por el Ejército Soviético contra los insurgentes muyahidines, grupos de guerrilleros afganos islámicos apoyados por numerosos países extranjeros, destacando Estados Unidos, quien les proporcionó ingentes cantidades de armas y dinero.

Las muyahidines era un grupo de fundamentalistas del Islam, claros antecesores de los actuales yihadistas, que fueron apoyados, entrenados y armados por el gobierno norteamericano, siguiendo los designios de la CIA, que había encontrado en Osama Bin Laden el líder natural para combatir la presencia soviética en el país a un precio relativamente reducido.

Después de un bloqueo de diez años al espacio aéreo de Irak, llevado a cabo por las fuerzas inglesas y norteamericanas y que produjo según estimaciones la muerte de un millón de personas, (600.000 de ellas niños) por carencia de alimentos esenciales y medicinas – es célebre la foto del hospital que empleaba petróleo en vez de alcohol- el macabro “cuarteto de las Azores” decretó una segunda invasión del país con el falso argumento de “las armas de destrucción masivas” que poseía el gobierno de Sadam Hussein.

La Guerra produjo 4 millones de víctimas en la población civil de Irak y fue el caldo de cultivo para la aparición de la organización terrorista Al Quaeda, también organizada por la CIA, el Mossad y el M-16, servicios secretos norteamericanos, israelíes y británicos de los que recibieron armas y entrenamiento con la generosa financiación de los gobiernos de Arabí Saudí y Yemen.

Aprovechando el espíritu de la llamada “primavera árabe”, principalmente en Túnez y Egipto, los ejércitos de la OTAN, entre ellos España, organizaron revueltas en Libia, el país más próspero y de mayor nivel de vida en África para invadir, bombardear el país y derrocar y asesinar a su presidente, Gadaffi.  Los pozos petrolíferos pasaron a ser “alquilados” a compañías occidentales. Un auténtico expolio de la riqueza de un país realizada bajo el pretexto de “proteger los derechos humanos” de los ciudadanos. El país se fraccionó en múltiples banderías enfrentadas entre sí. Los “occidentales” apoyaron abiertamente a los grupos armados de Al Quaeda  y en la actualidad no hay un gobierno constatable, el país está en la ruina total y sus habitantes huyen en masa hacia las costas de Malta e Italia después de la 600.000 víctimas que produjo la guerra en una población inferior a los 3 millones de habitantes.

La situación en Irak, con enfrentamiento civil entre suníes y chiitas, con una paz imposible a pesar del enorme gasto que la corrupta administración impuesta por los norteamericanos hacía, era el caldo de cultivo necesario para un experimento. La inteligencia norteamericana repitió el ensayo hecho con los muyahidines en Afganistán y desarrolló la exacerbación de los sentimientos religioso-fundamentalistas.

Ejército Islámico (EI) se llamó el invento que le sirvió a un tiempo para combatir al régimen de El Assad en Siria, al que le habían declarado una “guerra civil”, importando masivos “manifestantes” provenientes de Turquía y volviendo a tocar la clave de chiíes y sunitas.

La guerra, iniciada en 2011, dura, con una increíble ferocidad hasta el momento presente.

En estas cuatro guerras (Afganistán, Irak, Libia y Siria) se ha desarrollado una estrategia falsa, no se ha solucionado uno sólo de los problemas por los que se iniciaron las acciones (auge del fundamentalismo en Afganistán, estabilidad política y seguridad en Irak, protección de los derechos humanos en Libia y derrocamiento de una dictadura en Siria).

Por el contrario, la paz y la estabilidad mundial está más amenazada que nunca, se ha armado y dotado de amplios recursos a organizaciones terroristas, el fundamentalismo islámico vive en espiral, eso sí, las empresas de armamento y las constructoras corruptas de los países signatarios de las acciones bélicas, las compañías gasísticas y petrolíferas, han hecho pingües beneficios. Que en el fondo, folclorismos religiosos colaterales, es de lo que se trataba.

¿A quién pretenden engañar los gobiernos occidentales con su discurso caduco y trucado de la lucha contra el terrorismo y la defensa de la libertad?

¿De qué libertad? ¿La libertad de las empresas del espíritu más capitalista del planeta? ¿El enriquecimiento en base a guerras que han producido en 14 años, 9 millones de víctimas, millones de desplazados, refugiados en infectos campos y niños muertos en el mar o en las playas del “paraíso europeo”? ¿De qué folclore de libertad hablamos?

¿Terrorismo? ¿Qué terrorismo?

Lucas Leon Simon

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