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Junto al Che en la Crisis de Octubre

Granma entrevistó a Oscar Valdés Buergo, unos de los hombres que compartió con el Guerrillero heroico su estancia en Pinar del Río durante durante la invasión a Playa Girón y la Crisis de Octubre

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Oscar muestra una foto de la Cueva de los Portales, donde radicó la comandancia del Che durante la Crisis de Octubre. Foto: del autor

Ronald Suárez Rivas
ronald@granma.cu

PINAR DEL RÍO.–Cueva de Los Portales, octubre de 1962. En su oficina de la jefatura, el comandante Ernesto Guevara analiza con varios oficiales la composición de la fuerza enemiga que amenaza con atacar el país.

El teniente Luis González Pardo, jefe de la sección de información, lee los datos de la 82 División Aerotransportada del Ejército de Estados Unidos que, según los informes, será la encargada de consumar la agresión.

Tras mencionar la enorme cantidad de aviones, Luis le comenta a su jefe: «Comandante, nos van a tapar el cielo».
El Che, sin embargo, no se inmuta. Luego de la derrota fulminante de la dictadura y del ataque mercenario por Playa Girón, no tiene dudas de la valentía del pueblo cubano, así que le responde tajante a su oficial de información: «Pues mejor, chico… combatiremos a la sombra».

Quien cuenta la anécdota es Oscar Valdés Buergo, por aquel entonces sargento ayudante del jefe militar de Pinar del Río, y por tanto un hombre cercano al Guerrillero Heroico en las ocasiones en que este asumiera el mando de la provincia, durante la invasión a Playa Girón y la Crisis de Octubre.

Auxiliado por una carpeta llena de apuntes, recortes de periódicos, croquis y fotografías, el veterano combatiente de la clandestinidad en Vueltabajo habla con nostalgia de aquellos «días de vorágine» en los que tuvo la oportunidad de estar junto al Che.

A sus 80 años, lo recuerda claramente con su uniforme de faena, la pistola a la cintura y la boina negra con una estrella.

«Durante Girón, el tiro que se le escapó y lo hirió en el rostro hizo que su presencia fuera muy breve, pero durante la Crisis de Octubre permaneció varias semanas con nosotros, al frente de la provincia», rememora Oscar.

«En aquel tiempo, el Che estableció su comandancia en la Cueva de los Portales (perteneciente al municipio de La Palma). Salía de madrugada casi todos los días a recorrer el territorio y volvía de noche».

Entre las anécdotas que hablan por sí solas de la personalidad del legendario guerrillero, Oscar cuenta que como no se sabía nunca a la hora que regresaría, se le propuso ubicar en la cueva un fogón de leña, en el que pudiera mantenerse caliente la comida de quienes trabajaban fuera hasta horas avanzadas de la noche, pues la cocina principal de la unidad estaba lejos.

«El Che en un principio no estuvo de acuerdo, porque pensó que lo hacían con la intención de prepararle una comida mejor que la del resto de la tropa, y aunque finalmente accedió, cuando caminaba por los alrededores siempre chequeaba con los soldados que a todos se les hubiera servido lo mismo».

De aquellas tensas jornadas en las que el mundo estuvo al borde de un conflicto nuclear, Oscar recuerda que en una ocasión el Guerrillero Heroico llegó muy molesto, pues un grupo de milicianos y soldados que estaban abriendo trincheras le preguntó cuánto duraría el ejercicio.

«Ese mismo día les ordenó a los principales jefes que salieran a actualizar hombre a hombre sobre la situación de gran peligro que vivía el país.

«El 26 de octubre, después de escuchar al Comandante en Jefe decir que se dispararía contra todo avión que violara el espacio aéreo, mandó a reforzar la defensa antiaérea.

«Además, dio la orden de desarmar una ametralladora 12,7 milímetros, y con sogas y la ayuda de un grupo de campesinos de la zona, la subieron pieza a pieza a la cima de la loma y la emplazaron allí».

En lo alto también se colocó una antena de radio, para poder sintonizar las emisoras extranjeras, y tenía a varios compañeros que hablaban otros idiomas pendientes de ellas todo el tiempo, para que lo mantuvieran informado.

«Una vez, en una reunión, le preguntó a los jefes de unidades quién escuchaba la radio extranjera. Hubo un silencio total y solo el primer teniente Narciso Ceballos, jefe de la división de Guane, levantó la mano y le dijo, “Yo, Comandante, porque a mí me dijeron que usted lo hacía”.

«La gente pensó que el Che lo iba a regañar, sin embargo lo felicitó, y les dijo a los demás que había que estar informado, y conocer al enemigo».

Aunque era un hombre muy recto, Oscar asegura que hablaba bajito y con mucha educación. «En el tiempo que estuvo como máximo jefe político y militar de Pinar del Río, recorrió toda la provincia, incluyendo la península de Guanahacabibes, pero sobre todo la costa norte, cercana a la capital del país.

«En la cueva, los jefes de unidades y de las principales entidades de la provincia iban a verlo y a despachar con él. El ajetreo era tremendo», relata.

No obstante, afirma que también había ratos libres durante la noche, en los que el Che salía a conversar con la gente, leía, echaba una partida de ajedrez o se detenía a observar cómo otros lo hacían, y comentaba en voz alta cuando había una mala jugada, para fastidiarlos.

«Una noche yo estaba leyendo un libro sobre la vida de los latinos en la ciudad de Nueva York, y él se detuvo a mi lado y me dijo, “Cuando termines me lo prestas”.

«Un poco más tarde volvió y me dijo: “Vengo a buscar el encargo”. Tomó el libro y nunca más lo vi».

El desenlace de la Crisis de Octubre es conocido. Oscar señala que tras volver de una reunión en La Habana, el Che se reunió con las autoridades políticas y militares de la provincia, y les explicó que a espaldas de Cuba, la Unión Soviética había llegado al acuerdo con los Estados Unidos de retirar los cohetes nucleares de nuestro país, y tuvo palabras muy duras acerca de tal solución.

A 55 años de aquellos días, asegura que haber tenido la posibilidad de estar cerca del Guerrillero Heroico en un momento trascendental en la historia de la Revolución, constituye una de las experiencias más extraordinarias de su vida.
«Me siento honrado por la confianza que se me dio para esa misión tan importante», dice.

«El Che era un hombre que siempre daba el ejemplo, y no mandaba a hacer nada que no fuera capaz de realizar él mismo.

«A la gente le gustaba conversar con él. Lo admirábamos mucho. Era una cosa muy grande para todos nosotros».

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