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La caída de Kirkuk pone al Gobierno Regional del Kurdistán irakí ante el abismo

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Tras su caída en poder del ejército irakí, la situación en Kirkuk es muy confusa y, por lo tanto, difícil de resumir, aunque dos aspectos emergen relacionados entre sí con cierta claridad. Uno es la división interna en Kurdistán entre el PDK y la UPK y el otro la intervención de Irán, a quien los kurdos acusan de fomentar dicha división.

Aunque Hemin Hawrami, consejero de Barzani, aseguró que los kurdos negociarían con Bagdad formando parte de una única delegación, los hechos prueban todo lo contrario. Aunque las fuentes no coinciden sobre este punto, parece que Kirkuk ha caído sin apenas combates de importancia y el PDK culpa de ello a la UPK, a la que acusa de huir abandonando las posiciones en los pozos petrolíferos.

Rudawa, un periódico que expresa el punto de vista del PDK, va más allá y asegura que la retirada es consecuencia de un pacto previo de UPK con Irán. Por su parte, los comandantes de UPK niegan haber dado la orden de retirada.

Los peshmergas, que habían jurado pocas horas antes no abandonar Kirkuk vivos, han quedado como auténticos faroleros. Barzani había dado instrucciones para no ser los primeros en iniciar los combates, si bien tenían “carta blanca” para defenderse, lo que tampoco ha ocurrido.

No cabe olvidar que al menos una facción de la UPK mantiene muy buenas relaciones con Irán que, a su vez, tiene buena relación con el gobierno central irakí y con las milicias Hashad Al-Shaabi que han entrado en la ciudad con el ejército irakí.

Además, en Kirkuk el Gobierno Regional ha evidenciado sus importantes limitaciones. Una de ellas es que en unas condiciones de aislamiento internacional casi total, el referéndum era otro farol. Su único aliado es Israel, mientras que sus vecinos (Irán, Turquía) han cerrado las fronteras y el espacio aéreo.

Otra limitación procede de que la misma presión externa es la única que les permite a los kurdos superar sus divisiones internas con un simulacro de unidad que no va más allá de la mera fachada.

Por medio de Trump, Estados Unidos ha admitido que se lava las manos. “No tomamos partido”, dijo Trump anoche en una rueda de prensa en la Casa Blanca.

Arabia saudí, que mantiene buenas relaciones con Erbil, tampoco quiere mostrar sus cartas, si es que tiene alguna. Su única declaración oficial ha sido para mostrar su apoyo a Bagdad.

Ayer en Kirkuk hizo acto de presencia el general iraní Qassem Soleimani, jefe de la Guardia Repúblicana, la fuerza de élite de Teherán. Es todo un símbolo de lo que va a ser la situación posterior a la derrota del yihadismo, al menos en Irak. Irán sale reforzada de los numerosos envites que se le han lanzado y ahora sólo queda saber si hay alguien capaz de lograr que las divisiones y subdivisiones internas (nacionales, religiosas y políticas) no conduzcan a la guerra civil en Irak.

Además de la ciudad, han caído la base militar C1 (la mayor de la provincia), el aeropuerto militar, el cuartel general de la NOC (North Oil Compagny, la empresa pública petrolera de Irak) y la mayor parte de los campos de los que se extrae el crudo. El Gobierno Regional se ha quedado sin ingresos y en una situación realmente caótica, ya que miles de kurdos han abandonado Kirkuk y se han refugiado en Erbil y Suleymaniya.

Si quiere conservar algo de lo que ha ganado desde 1991, no le queda más remedio que negociar con el gobierno central. Es la posición que ha adoptado la UPK, quien pretende que en las conversaciones participe la ONU.

Cuando los peshmergas hablaron ayer de una “declaración de guerra” que le costaría “cara” al gobierno Bagdad no midieron bien sus palabras. El ejército irakí no necesita una guerra; la capitulación kurda le va a caer como fruta madura del árbol.

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