Luis A. Montero Cabrera

Todos los seres humanos, nazcan donde nazcan, tienen esencialmente el mismo código genético, la misma carga de información estructural acumulada y perfeccionada desde que el primer organismo vivo comenzó a metabolizar, a reproducirse y a dejar de existir. Esa información genética puede tener aspectos diferenciantes que si determinan nuestras individualidades a partir de los detalles mutantes de cada progenitor y de la forma en la que se asocien en el momento de la concepción de un nuevo ser. La tendencia de los adultos humanos a migrar por grandes distancias manifiesta en las más recientes decenas de miles de años ha hecho que algunos lugares del mundo donde confluyen corrientes en tránsito de personas muestren grandes diversidades en los detalles diferenciantes.

El Bósforo entre Europa, Asia y África por una parte y Gibraltar entre África y Europa por la otra son zonas de encuentro primigenio. En las tierras aledañas a estos lugares encontramos todo tipo de apariencias humanas, de fenotipos, que es lo único que puede diferenciarnos. De esa apariencia dependió, por ejemplo, que unos se adaptaran mejor al sol y otros a su escasez con diferentes coloraciones de la piel. O que alguna mutación casual determinara que los ojos fueran de una forma o de la otra. El Caribe, sobre todo en algunos puntos críticos como Panamá – Colón es también una zona de encuentro y diversidad, sobre todo en los más recientes 500 años. La Habana también lo es. La gran afluencia que se tuvo de europeos y africanos gracias a las tecnologías avanzadas de navegación marina de entonces aumentaron dramáticamente la diversidad humana. Los originarios habían llegado antes a cuentagotas por diferentes vías y en diferentes milenios desde la originaria África, vía Asia y América continental, después de trayectos que daban la vuelta al mundo pasando cerca del Polo Norte.

En La Habana, con una bahía de geografía privilegiada no solo por la condición de puerto resguardado sino por la presencia cercana de la Corriente del Golfo, se fundó el primer asentamiento de lo que es hoy la capital de todos los cubanos, hace casi cinco siglos. Los que aquí se establecieron quedaban como testigos y remanentes del tráfico que se escenificaba en el puerto y cargaban con la diversidad como signo distintivo. Predominaban peninsulares ibéricos que ostentaban el poder político, pero se sumaban a ellos multitudes de africanos, otros europeos, originarios nativos, otros migrantes de tierras cercanas e incluso asiáticos en nuevas oleadas por vías increíbles. Todos ellos traían su carga cultural y eran la semilla de lo que sería una nación cubana hoy bastante establecida por varias generaciones.

La sabiduría, la cultura, la forma de hacer las cosas, se imparten en las escuelas para que aquellos que crezcan en un determinado país marquen su individualidad nacional. Ese es un factor de identificación sobre la alta uniformidad genética que nos caracteriza biológicamente como especie. Y es en la Universidad moderna donde se llega no solo a educar en lo mejor de todo ese saber, sino en la creación de nuevo saber.

La Universidad de La Habana es una de las concreciones seminales de la condición de cubano, la que se iba gestando en estas tierras de tránsito, diversidad y asentamiento creativo. Hereda por suerte e inevitablemente todo lo mejor de la formación nacional cubana en su riqueza y variedad. El próximo día 5 de enero se cumplen 290 años, casi tres siglos, de que se fundó oficialmente. Ya antes se había solicitado su oficialización a Roma pues se impartían cursos de medicina y otras materias. Iniciando una cierta tradición que de algunas formas se mantiene, se demoró decenas de años la autorización papal para que en esa fecha de 1728 se inaugurara el nuevo centro de saber. Se hizo en el lugar del convento y por la Orden de los Predicadores, o sacerdotes “dominicos”, de la Iglesia Católica. Esta congregación religiosa se había mantenido como reservorio cultural desde mucho antes del renacimiento europeo, cuando se fundó en el siglo XIII en Toulouse, un centro de la Europa occidental. Su protagonista principal fue Domingo de Guzmán, un ibérico burgalés. Por consigna tienen a la verdad, la alabanza, la bendición y la prédica, valores muy indicados para la educación.

La fecha es la que marca la existencia de estudios superiores en nuestra tierra y su conmemoración trasciende a la de una sola institución. De hecho, esta universidad sirvió de una forma o de otra para que existieran todas las demás en un país pequeño y macrocéfalo como el nuestro. El impulso que recibe la condición humana y su educación con una Revolución verdadera permitió que la universidad cubana que llegó al siglo XX con luces y sombras, pero como bastión de nacionalidad y formación de muchos de nuestros mejores valores, se hiciera un fenómeno nacional y diverso que ya para siempre marcará a Cuba como una de las naciones más cultas de América, que es también decir una de las más humanas.

La cifra de 290 años en una universidad americana es muy significativa y sobre todo invita a la celebración de los tres siglos, en 2028. ¿Cómo debemos trabajar para que la ya hoy universidad científica cubana lo sea cada vez más de excelencia cuando cumpla 300 años? ¿Cómo podemos aprovechar al máximo nuestras ventajas y mitigar nuestras amenazas? ¡Aquí si vale la pena planificar! Quizás lo más útil que podamos hacer hoy es proponernos y lograr que la universidad de los 300 años sea mucho mejor aún, que cuente con los recursos materiales y humanos que merece, que se enriquezca más en la diversidad, que sea una de las fuentes principales de saber y de riqueza intelectual de todo el continente, desde Alaska hasta la Patagonia, de la que podamos estar muchísimo más orgullosos, aún con lo mucho que lo estamos hoy. Trabajemos también para protegerla de cualquier eventualidad negativa y seguir garantizando que siempre esté al alcance de cualquiera que se proponga ascender a lo mejor de la condición humana de sabiduría para el bien de todos, lo que solo se puede realizar dentro del ideal socialista revolucionario.

Propongámonos que los que en los años 2728 o 3728 celebren milenios de la Universidad de La Habana puedan reconocer claramente que la universidad científica, progresista y revolucionaria de la que somos fundadores nosotros mismos hoy les permitió tener lo que ellos seguramente disfrutarán entonces.

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