«La mayoría de las corrientes del ecologismo, como cualquier otra postura que se preocupa solamente de un aspecto de la sociedad –en este caso la preservación del medio ambiente–, tiende a ser corto de miras, tan corto que si bien muchas veces contribuyen en un sentido general debido a que saben tipificar más o menos las causas del problema, se quedan sin respuestas a la hora de proponer una solución efectiva. Aunque no nos engañemos también hay casos donde los ecologistas lejos de buscar las causas bajo unos estudios científicos socio-económicos le echan la culpa a factores secundarios cuando no inventados tales como: la falta de educación en conciencia ecológica o la desmoralización y la falta de solidaridad de los seres humanos actuales, cuando no son sino la punta del iceberg.

Los métodos estrafalarios y lo ridículo de las teorías del ecologismo han llegado a los puntos extremos como el ecosexualismo. Si hace unos años veíamos a los típicos ecologistas «abraza-árboles», hoy la demencia de algunos de estos tipos ha mutado y les ha llevado hasta a proclamar que cuidan la Tierra mientras mantienen relaciones sexuales y se funden con ella:

«La ecosexualidad, que empezó en 2008 como una corriente artística que trataba de ensalzar y venerar al planeta Tierra como deidad de la fertilidad, ha acabado por convertirse en un movimiento activista ecológico y en una forma distinta de orientación sexual que cuenta cada vez con más seguidores en el mundo. El término «ecosexual» fue acuñado hace ocho años por los artistas estadounidenses Elizabeth Stephens y Annie Sprinkle del grupo Pony Express, que en 2010 redactaron el llamado «Manifiesto ecosexual» en el que se explica quiénes son los ecosexuales y sus propósitos. «Hacemos el amor con la Tierra. Somos acuófilos, terrófilos, pirófilos y aerófilos. Abrazamos sin pudor los árboles, masajeamos la tierra con nuestros pies, hablamos eróticamente con las plantas», señala uno de los puntos del manifiesto, que explica también su ideología naturista y ecologista. «Hacemos el amor con la Tierra a través de nuestros sentidos, celebramos nuestro punto-E. Somos muy guarros», señalan». (Actualidad RT; ¿Quiénes son los «ecosexuales» y por qué hacen el amor con la Tierra para salvarla?, 5 de noviembre de 2016)

Lo que antes se llama dendrofilia, y está tipificado como una filia sexual que significa la atracción hacia las plantas, incluyendo su uso para satisfacerse sexualmente, ahora lo presentan como la salvación del medioambiente. He ahí la triste deriva del ecologismo cuando es guiada bajo el misticismo primitivo del paganismo y se combina con el consumo de drogas. Tomémonos en serio estos temas por el bien de la humanidad así que barramos de la escena a estos payasos refutando sus idioteces, contraponiendo a todo esto nuestra infalible teoría científica hasta popularizarla y hacerla comprensible entre el pueblo trabajador.

Algunos de los ecologistas niegan y atacan abiertamente al marxismo bajo la acusación de que «el pensamiento marxista es un modelo productivista que no tienen en cuenta la cuestión medioambiental», a veces incluso ponen de ejemplo manifiesto a los regímenes históricos o presentes capitalistas del revisionismo –lo que demuestra hasta qué puntos ha hecho mella el triunfo del revisionismo en el ideario colectivo–. Pero quién proclama todos estos ataques hacia el marxismo son los mismos «movimientos unilateralistas» como el feminismo, el animalismo, el tercermundismo y otras corrientes alejadas de la lucha de clases, que mienten por desconocimiento o a conciencia alegando que «el marxismo no ha profundizado en la cuestión de la mujer», que «no puede satisfacer y cuidar las vidas animales» o que no se ha preocupado de conocer «las causas del atraso de los países subdesarrollados y ponerles solución». Afirmaciones del todo ridículas ya que el marxismo es la única corriente que ha dado una respuesta científica a las causas de estos problemas y propuesto soluciones a las mismas.


El marxismo siempre ha concebido que el hombre a través del trabajo se autorealiza, que de esa forma socializa con sus homólogos y con la naturaleza, por tanto para los padres del marxismo la cuestión de la naturaleza no puede ser obviada del desarrollo humano mismo. ¿Pero aún siendo conscientes que no se podía obviar apostaban por un modelo depredador contra la «naturaleza»? Criticando al capital y su actuación, Marx dijo:

«La desmesura y el exceso es su verdadera medida. Incluso subjetivamente esto se muestra, en parte, en el hecho de que el aumento de la producción y de las necesidades se convierte en el esclavo ingenioso y siempre calculador de caprichos inhumanos, refinados, antinaturales, e imaginarios. La propiedad privada no sabe hacer de la necesidad bruta necesidad humana; su idealismo es la fantasía, la arbitrariedad, el antojo». (Karl Marx; Manuscritos económicos y filosóficos, 1844)

Queda claro que con la propiedad privada la cuestión ambiental viene a convertirse en un objeto de explotación sin mesura. De hecho en el capitalismo el hombre sufre una alienación respecto a la naturaleza, ya que siendo burgués debe priorizar obtener la riqueza a cualquier coste incluso dañando la naturaleza si es necesario, de otra forma puede verse superado por sus competidores, que se produzca esto con el amplio nivel de desarrollo de las fuerzas productivas produce verdaderas catástrofes naturalezas. Pero también el obrero sufre una alienación en el tema de la naturaleza, ya que muchas veces no se centra en el daño ambiental que produce su trabajo ya que depende de él para su sustento, o incluso su queja no llega a nada ya que no depende de él como producir ni como se distribuye dicho producto, de ahí la necesidad de la organización junto a otros de su clase también para esta cuestión.

¿Cómo explico Marx la economía capitalista y su relación directa con el trabajador asalariado y el medio?:

«A la vez que, destruyendo las bases primitivas y naturales de aquel metabolismo, obliga a restaurarlo sistemáticamente como ley reguladora de la producción social y bajo una forma adecuada al pleno desarrollo del hombre. En la agricultura, al igual que en la manufactura, la transformación capitalista del proceso de producción es a la vez el martirio del productor, en que el instrumento de trabajo se enfrenta con el obrero como instrumento de sojuzgamiento, de explotación y de miseria, y la combinación social de los procesos de trabajo como opresión organizada de su vitalidad, de su libertad y de su independencia individual. La dispersión de los obreros del campo en grandes superficies vence su fuerza de resistencia, al paso que la concentración robustece la fuerza de resistencia de los obreros de la ciudad. Al igual que en la industria urbana, en la moderna agricultura la intensificación de la fuerza productiva y la más rápida movilización del trabajo se consiguen a costa de devastar y agotar la fuerza de trabajo del obrero. Además, todo progreso, realizado en la agricultura capitalista, no es solamente un progreso en el arte de esquilmar al obrero, sino también en el arte de esquilmar la tierra, y cada paso que se da en la intensificación de su fertilidad dentro de un período de tiempo determinado, es a la vez un paso dado en el agotamiento de las fuentes perennes que alimentan dicha fertilidad. Este proceso de aniquilación es tanto más rápido cuanto más se apoya un país, como ocurre por ejemplo con los Estados Unidos de América». (Karl Marx; El capital, Tomo I, 1867)

¿Propone acaso el marxismo ante tales desajustes la pequeña propiedad privada –también llamado «cuentapropismo»– como solución, o señala que el problema es otro?:

«Aquí, en el régimen de pequeño cultivo, el precio de la tierra, forma y resultado de la propiedad privada sobre el suelo, aparece como una barrera opuesta a la misma producción. En la gran agricultura y en el régimen de gran propiedad territorial basado en el sistema de explotación capitalista, también aparece como barrera la propiedad, pues entorpece al arrendatario en la inversión productiva de capital, que en última instancia no le beneficia a él, sino al terrateniente. En ambas formas vemos cómo la explotación racional y consciente de la tierra como eterna propiedad colectiva y condición inalienable de existencia y reproducción de la cadena de generaciones humanas que se suceden unas a otras, es suplantada por la explotación y dilapidación de las fuerzas de la tierra –prescindiendo de que la explotación se supedita no al nivel de desarrollo social ya alcanzado, sino a las circunstancias fortuitas y desiguales de los distintos productores–. Bajo el régimen de pequeña propiedad, esto ocurre por falta de recursos y de ciencia para la aplicación de la productividad social del trabajo. En el régimen de gran propiedad, por la explotación de estos recursos para el enriquecimiento más rápido posible de arrendatarios y terratenientes. En ambos, por la supeditación al precio del mercado. Toda crítica de la pequeña propiedad territorial se reduce en última instancia a una crítica de la propiedad privada como valladar y obstáculo que se opone a la agricultura. Y lo mismo ocurre con toda característica de la gran propiedad territorial. En ambos casos se prescinde, naturalmente, de toda consideración política accesoria. Este valladar y este obstáculo que cualquier tipo de propiedad privada sobre el suelo opone a la producción agrícola y a la explotación racional, a la conservación y a la mejora de la tierra se desarrolla aquí y allá bajo diversas formas, y en la polémica sobre las formas específicas de esos inconvenientes, se olvida su razón fundamental. La pequeña propiedad territorial presupone una mayoría de población predominantemente campesina y el predominio del trabajo aislado sobre el trabajo social; presupone, por tanto, la exclusión de la riqueza y del desarrollo de la producción tanto en cuanto a sus condiciones materiales como en cuanto a las espirituales y también, por consiguiente, en cuanto a las condiciones de un cultivo racional. Por otra parte, la gran propiedad sobre la tierra reduce la población agrícola a un mínimo en descenso constante y le opone una población industrial en constante aumento y concentrada en grandes ciudades; y de este modo crea condiciones que abren un abismo irremediable en la trabazón del metabolismo social impuesto por las leyes naturales de la vida, a consecuencia del cual la fuerza de la tierra se dilapida y esta dilapidación es transportada por el comercio hasta mucho más allá de las fronteras del propio país». (Karl Marx; El capital, Tomo III, 1894)

Por ello señala sin equivocación que solamente con el fin de la propiedad privada y la creación de una economía de tipo social pueden solucionarse los desajustes en la producción y los abusos medioambientales del capitalismo; poniendo fin tanto al problema a las crisis de producción como al antagonismo actual entre hombre y naturaleza.

Es más, el hombre y la naturaleza están condenados a entenderse si el hombre social quiere persistir, pues no existe el hombre social sin la naturaleza como ya hemos expresado:

«El carácter social es, pues, el carácter general de todo el movimiento; así como es la sociedad misma la que produce al hombre en cuanto hombre, así también es producida por él. La actividad y el goce son también sociales, tanto en su modo de existencia como en su contenido; actividad social y goce social. La esencia humana de la naturaleza no existe más que para el hombre social, pues sólo así existe para él como vínculo con el hombre, como existencia suya para el otro y existencia del otro para él, como elemento vital de la realidad humana; sólo así existe como fundamento de su propia existencia humana. Sólo entonces se convierte para él su existencia natural en su existencia humana, la naturaleza en hombre. La sociedad es, pues, la plena unidad esencial del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza, el naturalismo realizado del hombre y el realizado humanismo de la naturaleza». (Karl Marx; Manuscritos económicos y filosóficos, 1844)

No puede ser de otro modo. El marxismo explica que si bien con el capitalismo dio satisfacción al desarrollo de unas fuerzas productivas que no podían ser satisfechas por las relaciones de producción del feudalismo –el cual frenaba ese desarrollo–, actualmente el propio capitalismo ha agotado su progresismo en la historia del ser humano, ya que como cualquier otro régimen explotador produce sus propias contradicciones. Eso hace que las relaciones de producción acaben tras un tiempo siendo obsoletas y no pueden controlar el desarrollo de las fuerzas productivas que han desatado:

«En el desarrollo de las fuerzas productivas, se llega a una fase en la que surgen fuerzas productivas y medios de intercambio que, bajo las relaciones existentes, sólo pueden ser fuente de males, que no son ya tales fuerzas de producción, sino más bien fuerzas de destrucción –maquinaria y dinero–». (Karl Marx; El capital, Tomo III, 1894)

Eso da lugar a un modelo económico anárquico y de crisis cíclicas:

«Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, toda esta sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros. Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean, en forma cada vez más amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad burguesa. Durante cada crisis comercial, se destruye sistemáticamente, no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas. Durante las crisis, una epidemia social, que en cualquier época anterior hubiera parecido absurda, se extiende sobre la sociedad la epidemia de la superproducción. La sociedad se encuentra súbitamente retrotraída a un estado de barbarie momentánea: diríase que el hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. Y todo eso, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya al desarrollo de la civilización burguesa y de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, resultan ya demasiado poderosas para estas relaciones, que constituyen un obstáculo para su desarrollo; y cada vez que las fuerzas productivas salvan este obstáculo, precipitan en el desorden a toda la sociedad burguesa y amenazan la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas resultan demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno. ¿Cómo vence esta crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos». (Karl Marx y Friedrich Engels; Manifiesto del Partido Comunista, 1848)

¿No subrayó Engels la necesidad de descongestionar las ciudades industriales y suprimir las diferencias entre el campo y la ciudad?

«La superación de la contraposición entre la ciudad y el campo no es pues, según esto, sólo posible. Es ya una inmediata necesidad de la producción industrial misma, como lo es también de la producción agrícola y, además, de la higiene pública. Sólo mediante la fusión de la ciudad y el campo puede eliminarse el actual envenenamiento del aire, el agua y la tierra; sólo con ella puede conseguirse que las masas que hoy se pudren en las ciudades pongan su abono natural al servicio del cultivo de las plantas, en vez de al de la producción de enfermedades. (…) La superación de la separación de la ciudad y el campo no es, pues, una utopía, ni siquiera en atención al hecho de que presupone una dispersión lo más uniforme posible de la gran industria por todo el territorio. Cierto que la civilización nos ha dejado en las grandes ciudades una herencia que costará mucho tiempo y esfuerzo eliminar. Pero las grandes ciudades tienen que ser suprimidas, y lo serán, aunque sea a costa de un proceso largo y difícil». (Friedrich Engels; Anti-Dühring, 1874)

Esto ya refuta toda la palabrería de los ecologistas antimarxistas que reniegan del marxismo bajo la excusa de que desatiende la cuestión ambiental. Ahora sabiendo esto. Hay que hablar de como se debe proceder para buscar el nuevo modelo político, económico y cultural que esté en consonancia con la naturaleza.

¿Es posible implantar un nuevo modelo sostenible en lo medioambiental sin acabar con las clases explotadoras que dominan económicamente y políticamente, sin eliminar el capitalismo y sus estructuras políticas que le sostienen? No:

«Y, lo que se halla íntimamente relacionado con ello, surge una clase condenada a soportar todos los inconvenientes de la sociedad sin gozar de sus ventajas, que se ve expulsada de la sociedad y obligada a colocarse en la más resuelta contraposición a todas las demás clases; una clase que forma la mayoría de todos los miembros de la sociedad y de la que nace la conciencia de que es necesaria una revolución radical, la conciencia comunista, conciencia que, naturalmente, puede llegar a formarse también entre las otras clases, al contemplar la posición en que se halla colocada ésta; 2.° que las condiciones en que pueden emplearse determinadas fuerzas de producción son las condiciones de la dominación de una determinada clase de la sociedad, cuyo poder social, emanado de su riqueza, encuentra su expresión idealista-práctica en la forma de Estado imperante en cada caso, razón por la cual toda lucha revolucionaria está necesariamente dirigida contra una clase, la que hasta ahora domina; 3.° que todas las anteriores revoluciones dejaron intacto el modo de actividad y sólo trataban de lograr otra distribución de esta actividad, una nueva distribución del trabajo entre otras personas, al paso que la revolución comunista está dirigida contra el modo anterior de actividad, elimina el trabajo y suprime la dominación de las clases al acabar con las clases mismas». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

¿Puede haber una revolución ideológica que de pie a una nueva base económica sin acabar con ese poder político-económico? Tampoco porque el marxismo tipifica el modo de producción de una sociedad –en este caso capitalista– es la que determina el conjunto de creencias, valores e ideas dominantes en la cultura dominante:

«Para engendrar en masa esta conciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una transformación en masa de los hombres, que sólo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; y que, por consiguiente, la revolución no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que está hundida y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

He aquí como Marx y Engels tiran por la borda los pseudoargumentos tanto de los ecologistas como de los ecosocialistas que más adelante veremos. Esto debe ser tenido en cuenta, ya que las corrientes de finales del siglo XX como el posmodernismo se han empeñado en propagar estos mitos en la relación entre el marxismo y la cuestión ecológicas, ya que los posmodernos al reivindicarse ecologistas pero siendo a su vez abiertos enemigos de la objetividad y del materialismo, tenían que mentir sobre el marxismo para deshacerse de un gran rival a la hora de abanderar la cuestión ecológica:

«Hemos descubierto que nada puede saberse con certeza. (…) Que la historia está desprovista de teología, consecuentemente ninguna definición de progreso puede ser definida. (…) Y que se presenta una nueva agenda social y política con una creciente importancia de las preocupaciones ecológicas». (Anthony Giddens; Consecuencias de la modernidad, 1990)

Los ecologistas –sean de una corriente o estén más influenciados por otras–, en general: a falta de una cosmovisión científica y de su unilateralismo en los conocimientos que no van más allá de su tema fetiche, muchas veces lleva a estos individuos a posturas metafísicas y por tanto fallan en descubrir las causas fundamentales del problema que se plantea, teorizando de forma idealizada que ha podido causar el problema y proponiendo soluciones todavía más idealistas. Por ello muchos de los ecologistas pese a ser muy voluntariosos y combativos con su causa pecan de escépticos, subjetivistas, relativistas, románticos, a la hora de abordarla, y terminan adoptando más «pose» que compromiso real por descubrir las causas y soluciones al problema. ¿Cómo va a ser posible encontrar una solución a la causa ecologista sin ver que las raíces del problema están en la dinámica del capitalismo? ¿Cómo se va a superar el capitalismo y presentar un «modelo sostenible» como ellos tanto proclaman si no se entiende el descontrol y malgasto de las fuerzas productivas que hace gala el capitalismo? ¿Cómo presentar un modelo económico alternativo sin poner en jaque el carácter de las relaciones de producción del actual modelo basado en la máxima rentabilidad y en el libre mercado? ¿Cómo presentar una educación masiva alejada de individualismos si se confía esa concienciación en la cuestión ecológica con el capitalismo a cuestas como base económica, de la cual parte la educación y la cultura de la sociedad? Todo esto, son cuestiones que aunque parezcan mentira la mayoría de ecologistas no se preguntan, o llegan a posturas de medidas tintas de conciliación con el capitalismo y su sistema político, económico y cultural, cuando se dedican a contraponer la idea de que es posible crear una «contracultura verde» en el seno del capitalismo de forma pacífica y sin destruir el poder político ni económico, una estrategia abocada el fracaso sacada del arsenal del hippismo. Los resultados de esta práctica, por así llamarla, del «reformismo verde» tiene su cara en el papel de los «verdes» en el Parlamento Europeo, los cuales son testigos de cómo los países de la Unión Europea (UE) se saltan todos los tratados ora sí ora también en materia ecológica.

Los grupos autodenominados ecologistas tienen tantas posibilidades de tener éxito en su lucha como los grupos feministas, los antifascistas, los nacionalistas, los antitaurinos y demás corrientes unilaterales. Todos estos grupos al no estar pertrechados de una metodología y análisis científicos como el proporcionado por el marxismo-leninismo solo serán parte de un triste, cuando no bochornoso, «quiero y no puedo» resolver el problema que tanto «combatimos», serán presos por siempre de teorías y neoteorías aburguesadas en torno a los temas que discuten. En nuestros días es sumamente difícil distinguir las teorías burguesas, que acaban por ser adoptadas por estos grupos, de las teorías que crean ellos mismos por una supuesta iniciativa propia, ya que la influencia de la superestructura del Estado burgués hace que –aunque lo nieguen– vayan de contestatarios pero en los hechos muchas de sus propuestas sean igual a los parches que proponen los mandatarios que tanto dicen odiar y que traicionan la causa ecológica. Vale decir que estos grupos cumplen el mismo papel que el de los sindicatos amarillos: claman y patalean y ante la primera promesa de rectificación bajo unos términos intermedios a los exigidos, llaman a la calma y celebran la victoria, tiempo después, cuando el gobierno traiciona lo firmado, vuelven a prometer movilizaciones, y así empieza la partida de forma cíclica. Eso hace indicar que los cabecillas del ecologismo no entienden el carácter rapaz del capitalismo en su etapa imperialista monopólica, que el capitalismo no puede dejar de buscar los más altos beneficios y transformarse en un sistema económico sostenible que mire por el medio ambiente porque dejaría de ser capitalismo. De igual modo dentro del capitalismo las investigaciones científicas y el descubrimiento de nuevas tecnologías y energías renovables no garantizan una vía hacia la sostenibilidad del planeta porque toda patente es monopolizada por una u otra compañía, como ocurre con las farmacéuticas o la industria alimenticia, el capitalismo solo da paso a las energías renovables por exigencias del agotamientos de las no renovables, para cumplir cierto punto de exigencias ciudadanas y algunos de los convenios internacionales, pero siempre teniendo en cuenta y priorizando el «máximo beneficio».

Solamente el marxismo tiene en su seno una doctrina científica que puede dar solución a todos estos temas como son la cuestión nacional, la cuestión de género, la cuestión ecológica o la cuestión antifascista. Por ello el marxista considera estúpido insistir a bombo y platillo que él o su partido es «ecologista» o «antifascista», pues su doctrina cubre y da respuesta a todas las contradicciones nacidas de las relaciones de producción capitalistas, y lo hace de una forma mucho más clara y seria que los elementos que «solo» se centran en un tema en específico. El marxista como tal, no satura sus mensajes de eslóganes ecologistas para «cumplir con la causa», sino que da una explicación materialista de las causas del fenómeno y propone soluciones reales, lucha por aplicarlas, y tiene conciencia que el principal obstáculo para hacerlas cumplir son las clases explotadoras y parasitarias, a las cuales sabe que debe eliminar o de otra manera no será posible aplicarlas.

Los pocos intentos de los grupos «ecologistas» de teorizar algo en política o economía ha dado lugar a lo que se ha dado en llamar «ecosocialismo»:

«El ecosocialismo también conocido como verde es una corriente política nacida de las cenizas de «mayo del 68» que se entiende así misma como «izquierda», condensando ideas del socialismo utópico, del romanticismo, del anarquismo, del socialdemocratismo, del hippismo, del tercermudismo, del altermundismo y de todas esas corrientes ya refutadas por la historia. En variadas ocasiones se han desarrollado hacia el respaldo del belicismo imperialista; podríamos considerar que forma parte de la «izquierda» proimperialista. Su revisión fundamental consiste en que renuncia a la lucha de clases –eje fundamental del marxismo-leninismo y del socialismo científico– como elemento central de las relaciones sociales establecidas por los modos de producción, tenencia y concentración de los medios de producción procuradas por el capitalismo, y la sustituyen por el problema del daño ambiental; entienden que la principal contradicción del capitalismo no es dentro de la sociedad humana, sino con el medio ambiente que destruye para procurar el máximo beneficio. Vale apuntar que los ecosocialistas no tienen un estructura ideológica clara debido a la enorme influencia de otras corrientes políticas, así dentro del mismo han surgido diversos planteamientos, en algunos casos priman las relaciones sociales a las ambientales, he ahí los rojiverdes o «sandias», pero que no pasan de propuestas cooperativistas dentro del capitalismo o de una lucha solo contra las recetas del neoliberalismo. En general dicen combatir al capitalismo, pero defienden la funcionalidad de la democracia burguesa, expresión de la dictadura de la burguesía, ofrecen unos métodos de actuación contra el poder siempre bajo métodos pacifistas aunque hay círculos cercanos al anarquismo que proponen una «resistencia» violenta aunque desorganizada. En lo económico presentan la condonación de la deuda como panacea del mundo actual neocolonial sin ver que ella solo es solo un engranaje más de ese sistema el cual ya nació desde la existencia misma de la propiedad y la usura; piensan en la llamada «redistribución de la riqueza» sin esforzarse en ver cuál es la raíz que hace nacer esa desigualdad, creen que en base a la educación pueden llegar a hacer hasta las empresas potencien por altruismo las energías renovables y que ofrecerán para el bien común y el uso público las patentes en materia tecnológica. A grandes rasgos el ecosocialismo es una concepción pequeño burguesa, un socialismo pequeño burgués». (Equipo de Bitácora (M-L); Terminológico, 2013)

Un ejemplo de ello es la Candidatura de Unidad Popular (CUP) en España, que dice proponer como vimos anteriormente una «economía ecológica» (sic), mientras que en la forma de la propiedad propone una «economía mixta» en la cual confiesan que se incluye el sector abiertamente privado, mientras que por otro lado presagian que el sector estatal y cooperativista estará igualmente atado a las leyes capitalistas como es el caso de la «ley del valor» o también llamada popularmente como «ley de la oferta y la demanda». Así de un plumazo y a golpe de decretazo idealista, creen estos revisionistas que pueden resolver esta cuestión. Si bien decretar el socialismo cuando las bases económicas no corresponden es un acto de voluntarismo y hasta de oportunismo, lo mismo puede decirse cuando se intenta resolver la cuestión del problema ecológico por los mismos cauces.

Esto se refleja claramente en las obras del ecosocialista Michael Lowy. Uno de sus panfletos es altamente promocionado por los socialdemócratas-trotskistas de los «Anticapitalistas» –ahora convertido en corriente interna de Podemos–:

«La lucha por reformas eco-sociales puede ser portadora de una dinámica de cambio, de «transición» entre las demandas mínimas y el programa máximo, a condición de que rechace los argumentos y las presiones de los intereses dominantes, de apelar a las reglas del mercado, la competitividad o la «modernización». (…) • La promoción del transporte público –trenes, metros, camiones, tranvías–, bien organizado y gratuito, como alternativa a los embotellamientos y a la contaminación de ciudades y campos debido al coche privado y al sistema de infraestructuras de transporte. • La lucha contra el sistema de la deuda y los «ajustes ultra-neoliberales» impuestos por el FMI y el Banco Mundial a los países del Sur, con consecuencias sociales y ecológicas dramáticas: el desempleo masivo, la destrucción de los sistemas de protección social y de las culturas vivientes, la destrucción de los recursos naturales por la exportación. • La defensa de la salud pública contra la polución del aire, del agua –acuíferos– o de la comida, por la avaricia de las grandes empresas capitalistas. • La reducción del tiempo de trabajo como respuesta al desempleo y como visión de la sociedad que privilegia el tiempo libre respecto a la acumulación de bienes y mercancías». (Michael Lowy; ¿Qué es el ecosocialismo?, 2004)

Una de las reivindicaciones de este ecosocialismo es el fin de las deudas y contra la llamada globalización. ¿Es esto una lucha eficaz contra el capitalismo y su modelo destructivo del medio ambiente? Para nada, a no ser que estés embaucado por tesis tercermundistas, altermundistas y ecologistas. La división internacional del trabajo –teoría económica que condena a los países no industrializados a ser países especializados en producción de materias primas o de la industria ligera para surtir a los países imperialistas–, junto con la exportación de capitales, lleva a otro fenómeno muy conocido: el endeudamiento. Esto ya fue explicado con datos irrefutables por los marxista-leninistas albaneses:

«Los marxista-leninistas albaneses subrayaban que el neocolonialismo no podía ser separado del endeudamiento exterior que había aumentado en proporciones gigantescas en el curso de los años de las décadas de los 70 y 80, citando como ejemplo la deuda de América Latina que ascendió de 33 a 360 mil millones de dólares durante el periodo de 1973-1984. Subrayaban que este endeudamiento desequilibraba todo su sistema económico e invadía su independencia política. (…) Al contrario de los altermundistas y otros pequeño burgueses para los cuales el endeudamiento no es una fatalidad ineluctable, sino el resultado de decisiones deliberadas, resultado de políticas «neoliberales», los marxista-leninistas veían en cambio en la crisis del endeudamiento el resultado de los mecanismos objetivos de la producción mercantil internacional». (Vincent Gouysse; Imperialismo y antiimperialismo, 2007)

Pensar como los altermundistas o como los antiglobalización es ir a contracorriente de lo que muestra la realidad. Las recetas como: una mejor selección en los créditos, un control público del comercio exterior, mayor eficiencia, menor corrupción de las instituciones públicas, menor especialización de las empresas privadas, menor fuga ilegítima de capitales, más moratorias para la deuda, organismos públicos que controlen la importación de divisas fraudulentas, son recetas económicas de todo un pequeño burgués radicalizado, pero no es un planteamiento económico que ofrezca soluciones reales a los problemas tratado, de hecho está todo lo alejado que se puede de estar del marxismo al olvidar factores clave. Las causas reales de las crisis económicas y del endeudamiento de los países excoloniales, ahora neocolonizados, y la defenestración del medio ambiente son debido a otras razones mucho más tangibles y visibles que una mala decisión gubernamental, los devenires del mercado o el mero azar. Reside en cuestiones mayores: como el hecho primo de que sigue intacta no solo la estructura económica sino la superestructura feudal-capitalista:

«La crisis del endeudamiento no es un fenómeno fortuito, sino que empuja sus raíces más profundamente en la estructura económica de estos países. (…) La irrupción de capitales de los neocolonialistas en los antiguos países coloniales y dependientes está atada estrechamente al desarrollo y a la acción cada vez más extensa de las multinacionales. (…) Desempeñan un papel importante en la orientación de la economía de los antiguos países coloniales y dependientes sometiéndoles cada vez más a la dependencia de las metrópolis. (…) Hay que recordar que muchos países que proclamaron su independencia política no atentaron contra las posiciones del capital extranjero en su economía. Conservándose en muchos casos, el antiguo sistema financiero. (…) Mantener su especialización en la producción de materias y productos agrícolas, cuyos precios experimentaban subidas y bajadas, así como una entera dependencia de los productos acabados importados de las metrópolis, cuyos precios tienden a aumentar. (…) A mantener el retraso de las fuerzas productivas en estos países, a acentuar las desproporciones estructurales en su economía y a aumentar el precio del comercio internacional, es decir a intensificar el pillaje de las riquezas, el trabajo y el sudor de los pueblos de los antiguos países coloniales y dependientes de las potencias imperialistas». (Lulzim Hana; Las deudas exteriores y los créditos imperialistas, poderosos eslabones de la cadena neocolonialista que esclavizan a los pueblos, 1988)

Lo cierto es que este fenómeno de la deuda no solo ocurrió a los antiguos países que salían del colonialismo. Si miramos el antiguo bloque del revisionismo soviético, bajo la teoría revisionista de la «división «socialista» internacional del trabajo» –que pese al nombre no se diferenciaba de la teoría de la «división internacional del trabajo» de los imperialismos occidentales–, veremos que el endeudamiento de los antiguos regímenes capitalistas-revisionistas no era sino la consecuencia de sus lazos con los monopolios no solamente del socialimperialismo soviético como a priori se pueda creer, sino también de los monopolios del imperialismo occidental, de sus lazos con organismos económicos como el FMI y el BM.

Actualmente los grupos ecosocialistas o los partidos influenciados por esas teorías caen en la tendencia de desviar la atención sobre las causas reales de los problemas existentes y terminan por juntarse con los organismos responsables de dichas políticas. Organizaciones políticas de este tipo, pese a algunas de sus peroratas, se han mostrado sumisas o conciliadoras con el neoliberalismo, la Unión Europea y las multinacionales tanto dentro del poder –véase el caso de Syriza o Podemos–, como fuera del mismo, lo que demuestra que estos ideólogos y movimientos no pueden ser garantías de un modelo que elimine los obstáculos para resolver de una vez por toda la cuestión ecológica y medioambiental. Mucho menos cuando su bandera es el eclecticismo ideológico.

El ecosocialista Jorge Riechmann reconoce que:

«Este proyecto no es capaz de renunciar a ninguno de los colores del arcoiris: ni al rojo del movimiento obrero anticapitalista e igualitario, ni al violeta de las luchas por la liberación de la mujer, ni al blanco de los movimientos no violentos por la paz, ni al anti-autoritario negro de los libertarios y anarquistas, y mucho menos al verde de la lucha por una humanidad justa y libre sobre un planeta habitable». (Jorge Riechmann; El socialismo puede llegar solo en bicicleta, 2012)

No hay que dejar de mencionar en este punto a la «Escuela de Frankfurt»: autores como Weber, Adorno, Fromm, Marcuse, Popper o Horkheimer que se presentaban así mismos a medio camino entre el marxismo y otras corrientes como el freudismo, nos dejaron unos análisis erróneos de la sociedad que han sobrevivido en la cultural general de nuestros días, y no por casualidad, sino porque la burguesía se aprovechó de esta pose de marxistas para propagarlas con más ahínco y de ese modo desactivar los ímpetus revolucionarios de las masas trabajadoras.

Ellos presentaban la idea de que con la sociedad industrial solo se tiene en cuenta la razón instrumental o razón subjetiva, que busca éxito y eficacia, y que tiene como fin la explotación ilimitada de la naturaleza. Achacarían este pensamiento también a los regímenes socialistas sin entrar a analizar el hecho de que la mayoría de ellos era regímenes revisionistas-capitalistas. Para solventar este problema en realidad no se salen de los esquemas que ya presentó el marxismo: el ser humano no debe ser sometido a la ciencia y la técnica de forma pasiva mientras domina la naturaleza sin hacerse ninguna pregunta, sino que la voluntad humana hace uso de la técnica pero siendo consciente de que su uso no debe hacer mayor acopio que el de satisfacer sus necesidades básicas.

Donde precisamente la Escuela de Frankfurt patina estrepitosamente es cuando con su escepticismo reconoce que no creen en leyes objetivas, ni que se pueda predecir la forma en que debe ser la transformación de esa sociedad, ni qué pasos debe seguir para conseguirse, dejándolo al libre albedrío y saludando con gozo cualquier expresión que vaya a «contracorriente», sobre todo si va acompañada de bonitas palabras.

La Escuela de Frankfurt cae así en que critica el individualismo, el misticismo y lo irracional de la sociedad feudal-burguesa pero no sabe qué modelo político y de sociedad quiere, por ello a lo máximo que ha llegado es a condenar como el liberalismo y su propaganda el llamado «totalitarismo», siendo las tesis de sus autores el caldo de cultivo perfecto para reforzar la propaganda anticomunista de que el nazismo y «stalinismo» son gemelos. Haciendo un estudio del Estado más cercano al anarquismo que al marxismo, niegan que el Estado sea el órgano de dominación de una clase sobre otra, y acabando en tribulaciones utópicas de abolición del Estado sin más reflexión, políticamente la Escuela de Frankfurt no tiene recorrido serio, mezcla conceptos socialdemócratas con anarquistas, hippies y utópicos.

Otro de los rasgos que diferencian netamente a esta corriente pseudomarxista del verdadero marxismo, es que nunca toman en cuenta el componente económico, médula fundamental para comprender cualquier estadio del ser humano o para saber cómo debe superarse el sistema de producción existente. Todo este idealismo y falta de claridad en las perspectivas se reflejarían en los movimientos políticos de mayo de 68 con el eslogan de «La imaginación al poder». En lo económico tampoco se ponen de acuerdo en si se debe abolir toda la propiedad privada o solo parte de ella, unos promueven la pequeña propiedad privada y otros creen que con una pincelada en los comités de empresa a la participación de los obreros solventarían las contradicciones de clase de la sociedad.

En lo cultural esta escuela saluda cualquier tendencia cultural que en el capitalismo vaya supuestamente a «contracorriente». Así tenemos por ejemplo que Adorno apoyase expresiones musicales absurdas y extravagantes solo por ir a contracorriente, lo que hoy se ha venido a denominar ir en contra del «mainstream». Esto no es revolucionario sino idealista y utópico, una pérdida de energías ya que muchas de esta «contracultura» es inútil y muchas veces resulta estar infectada de la forma de pensar y actuar de la cultura burguesa y pequeño burguesa. Pero los ideólogos de la Escuela de Frankfurt no reflexionan si esta «contracultura» contribuye a que los trabajadores hacia ese modelo de sociedad deseado o si los desvía por métodos estériles para enfrentar y superar el capitalismo. simplemente estos autores consideran la cuestión desde una perspectiva de números en cuanto a si es masivo o no, un análisis que se fija en la cantidad no la calidad para criticar esa cultura, así su concepción de ir en contra de la cultura de masas sin más, es una reivindicación metafísica creyendo que lo masivo per se es negativa, cuando la realidad es que la cultura de masas es altamente negativa en una sociedad basada en la propiedad privada, en la cultura deshumanizada como ellos mismos dicen, pero en una sociedad bajo una política y economía socialista, la cultura podrá expandirse y será la medicina de los millones de enfermos que han estado ingiriendo este veneno en la sociedad capitalista, este defecto a la hora de evaluar el rol de la cultura masiva se da como decimos, al no comprender la relación entre base económica y superestructura en las distintas sociedades.

No sobra decir que también esta corriente niega el proceso de pauperización de la sociedad capitalista –es decir el empobrecimiento de una población–, para ellos, todas las clases se van «nivelando» hasta «borrar sus diferencias de clase» gracias a la llamada revolución técnico-científica, algo que el proceso histórico se ha empeñado en demostrar como una absoluta estupidez de charlatanes al servicio del gran capital. Estos autores comentaban que gracias a los avances tecnológicos y al mayor acceso a ciertos servicios de alimentación, educación, sanidad –algo que ocurre lentamente en todas las épocas históricas y todos los sistemas económicos conforme se normalizan esos avances, sin dejar de especular con ellos, y siempre para amortiguar los ánimos– el proletariado como tal había dejado de existir, así sin más, se tumba toda la teoría marxista sobre la lucha de clases, solo por una cuestión de avances tecnológicos, esto tiene tanto sentido como decir que los avances hicieron que el esclavo fuese menos esclavo en la antigüedad, que el siervo dejase de ser siervo por descubrirse un alimento barato y en abundancia o que el pequeño campesino fuese menos oprimido porque en el capitalismo naciente, se inventasen ciertos inventos o métodos de cultivo.

Esta teoría no puede entenderse sin saber el contexto de los autores, los cuales en su mayoría al encontrarse en países capitalistas desarrollados bajo la «sociedad de consumo» y ser influidos por diversas teorías, desarrollaban estas descabelladas ideas. Esta concepción denota que no comprendían que para que esos países avanzados pudieran proporcionar esas mejoras a los trabajadores –migajas comparadas con el capital existente que se podría destinar a tal fin–, debían de esquilmar en el ámbito externo a terceros países mediante mil mecanismos, y por supuesto mantener en el ámbito interno el sistema asalariado que es el que da luz al proletariado como tal: donde vende su fuerza de trabajo, y se le extrae la plusvalia.

Por otro lado, esto es resultado mismo de no entender el funcionalismo del capitalismo en la etapa imperialista: pues como sabemos los países desarrollados dominados por los grandes monopolios, a diferencia de los subdesarrollados y dependientes el excedente de capital extranjero, es mucho más común por su músculo industrial, por su amplio desarrollo de las fuerzas productivas que suelan tener un número de capital «sobrante» tan alto como para sobornar a la «aristocracia obrera» o para dedicar un leve mejoramiento de la situación de los trabajadores más humildes incluso desarrollando un sistema de asistencialismo. Pero como decía Hoxha aunque «vistan con ropas de nailon, producidas por la sociedad de consumo, de hecho sigue siendo proletariado». Pero eso no excluye el proceso de pauperización, que se ha mostrado claramente en nuestros días en los países más avanzados con sus diferentes crisis. De hecho este proceso de acumulación de riquezas en detrimento de otros que son condenados a la pobreza, no está desconectado de otros problemas como el uso irracional de los recursos en detrimento del medio ambiente, ambos acontecen a causa de que capitalismo es en sí un modelo voraz e inhumano. La «sociedad de consumo» ni los mejores servicios de higiene o electrónica no resolvió ni resolverían en el futuro los problemas de desempleo, medioambientales o las crisis de superproducción del capitalismo, lo que demuestra que el proletariado y la teoría marxista está más vigente que nunca.

Cuando estos autoresde la Escuela de Frankfurt hablan de la «deshumanización del sistema capitalista» –algo que también achacan a las «experiencias comunistas»– ciertamente el sistema capitalista lo es, eso nadie lo duda, pero no es a causa de los avances tecnológicos, sino de un uso privativo y especualativo de dichos avances –solo hay que verlo en campos como la industria farmacéutica o alimentaria–, el problema señoras y señores es la propiedad privada inherente a los medios de producción que existe en el capitalismo, y que mercantiliza hasta la salud o los alimentos, algo que bajo la ley del valor –oferta y demanda– es normal y solo puede conducir al atolladero que conocemos: ricos y pobres, privilegiados de esas innovaciones y parias que jamás llegaran a disfrutar de esos avances. Si estos autores se hubieran preocupado en entender la dinámica del capitalismo hubieran llegado a mejores soluciones, pero dado que no les interesaba la economía sino solo sus ideas subjetivas, llegaron a las famosas soluciones fantasmagóricas para enfrentar el reto del gran desarrollo tecnológico: como por ejemplo las recetas hippiescas y pintorescas de promulgar una «gran desindustrialización y la vuelta al campo», incluso algunos apostaban por la «destrucción de las máquinas porque la tecnología en sí deeshumaniza», visiones más propias de un ignorante propio de la secta religiosa de los Amish que de un hombre culto y progresista. No se puede voltear la rueda de la historia, pero ellos todo lo solución a fuerza de voluntad e idealismo. En último lugar algunos ideólogos influenciados por estas teorías y las del existencialismo teorizaban la «inexorable extinción del ser humano, que será lo único que pueda salvar la tierra», algo que de nuevo tiene más en común con posturas nietzschanas y misantrópicas –odio hacia el ser humano– que con cualquier postura progresista seria. Si hay alguna doctrina que haya existido en un uso racional de las fuerzas productivas y en poner por delante la educación ideológica de los productores a la mera fría formación técnica en la era moderna, ese ha sido el marxismo, aunque insistan en lo contrario los enemigos del mismo.

Por otro lado como ya se ha comentado, la Escuela de Frankfurt niega al proletariado como clase ascendente de la historia, como clase que debe hegemonizar la superación del capitalismo. Clamaban que a causa de los medios masivos de información la alienación existente entre el proletariado en los países de la «sociedad de consumo» era enorme, que se había aburguesado, no pudiendo ser ya el sujeto determinante, transformador. Así algunos autores finalizaron calificando que la intelectualidad o incluso al lumpen proletariado como vanguardia, como capa social que cumplirían las veces de «clase determinante o ascendente», una completa aberración teórica por varias razones.

1) Gran parte de la intelectualidad en el capitalismo no puede sobrevivir sin prestar servicio a disposición de quién le paga: la burguesía; además la intelectualidad es una capa social que procede de varias clases sociales, gran parte de ella sale de las capas acomodadas, sus miembros están muy alejados del peso del tipo de trabajo físico, por lo que corre el riesgo de alejarse del proletariado sino asimila su teoría y mantiene lazos cercanos con él.

2) El lumpen por lo general es un elemento oportunista carente de todo principio ideológico y moral, es el esquirol y matón por excelencia, sobrevive gracias a cumplir los servicios de la burguesía, reúne en él los peores vicios de la sociedad burguesa, de hecho esta última se vale de su modo de pensar y actuar para hacer degenerar a los trabajadores, en especial a los jóvenes, propagando la cultura lumpen en los medios de comunicación como modelo a seguir para desactivar el movimiento proletario revolucionario.

3) La clase obrera es la única clase que por su lugar en la producción asegura su reproducción conforme el capitalismo se expande, no se produce su descomposición como ocurre con otras capas como la pequeña burguesía, su carencia de cualquier medio de producción y su concentración en zonas de trabajo hace proclive a su agrupamiento y solidaridad entre sus miembros, el rol que ocupa en la producción le da una posición decisiva, suponiendo el mayor peligro para la burguesía en caso de que decida levantarse, la condición de desposeída de toda propiedad hace que a diferencia de otras viejas clases de la historia que pugnaban por el poder, la clase obrera no necesita tomar el poder para asegurar su poder y propiedad, sino para liberar al ser humano de la explotación del hombre por el hombre, eso sumado a que es la única clase social que cuenta con una doctrina científica como es el marxismo-leninismo, hace que la clase obrera sea la clase de vanguardia para destruir al capitalismo sin discusión.

4) La alienación no es un fenómeno exclusivo de la sociedad capitalista, ya estaba presente en el feudalismo y en otros sistemas, solo que los medios por los que ejercer esta alienación son diferentes, la clase obrera puede repeler esta alienación si se agrupa, difunde su doctrina, analiza y expone las causas de los problemas candentes y les propone dar solución por la vía revolucionaria.

Pese al bajo nivel de concienciación política en muchos lugares, a la burguesía le es muy difícil camuflar las contradicciones existentes en la sociedad de clases: un proletario sabe distinguir que él está desposeído de los medios de producción y que un burgués los posee.

a) Sabe de sobra que en caso de perder su puesto de trabajo depende de que otro burgués le requiera para poder trabajar, que ni siquiera con una formación laboral adecuada o una larga experiencia tiene garantizado el derecho al trabajo.

b) Es consciente que en las profesiones no se cobra acorde a su importancia, que él por ejemplo cobra un salario ridículo para el tiempo que trabaja y el esfuerzo que dedica y que otro de otra rama o incluso un superior cobra el triple.

c) Conoce de sobra que si comete una infracción la justicia no será la misma que para alguien adinerado.

d) Se da cuenta perfectamente que los políticos que están en el poder y se postulan para entrar en él, no son de su misma clase social.

e) La experiencia le dice que las crisis no las pagan los ricos ni siquiera cuando la han provocado por especulaciones y corruptelas manifiestas, que siempre terminan siendo pagadas por los trabajadores, etc.

Todo esto arrastra espontáneamente quiérase o no al proletariado hacia la lucha de clases, y los que toman concienciación, hacia inclinaciones anticapitalistas.

Otra cosa muy diferente es que a falta de un factor subjetivo como es la organización del proletariado y el estudio de su doctrina marxista-leninista y bajo la presión ideológica constante de la burguesía y sus agentes, no lleguen a buen puerto y el proletariado se desvíe.

Por todo esto, la llamada Escuela de Frankfurt tuvo una influencia brutal en los movimientos de mayo de 68, en la propia conformación del hippismo, del eurocomunismo y del postmodernismo. La «Escuela de Frankfurt» ha hecho las veces de «quinta columna» dentro del marxismo.

El llamado ecosocialismo como ya habíamos dicho es una mezcla de reformismo, con feminismo pequeño burgués, con anarquismo y con de hecho con todo lo que se quiera meter en la «coctelera», no es un proyecto serio de conservación del ambiente por su carácter idealista que niega la cuestión del carácter del Estado, embellece la democracia burguesa y sus mecanismos, participa y cree en la «transformación pacífica desde dentro de la Unión Europea», santifica la pequeña propiedad privada y la forma cooperativista como modelo a seguir –digamos que «capitalismo a baja escala»–, e incluso acepta la existencia de los monopolios capitalistas si se comprometen a pagar tasas o respetar el medio ambiente. Bajo el llamado ecosocialismo no habrá socialismo en el sentido marxista que es el único que existe, todo lo demás es irremediablemente capitalismo, ni habrá un control real de las raíces que dan a luz al problema ecológico. Estos movimientos a lo sumo que pueden aspirar en caso de que estas corrientes lleguen al poder, es a lamentar no haber podido cumplir con sus expectativas medioambientales pese a su buena voluntad, todo entre tanto, sin haber intentado nunca solucionar el problema de las relaciones de producción capitalistas y la explotación asalariada». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

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