Cómo trabajó la FAI por la derrota del pueblo; Jesús Rozado, 1940

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«El famoso provocador y aventurero anarquista, exconsejero de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) en el gobierno de la generalidad, Diego Abad de Santillán, ha escrito recientemente un libro. Se titula «Por qué perdimos la guerra» de 1940. Pero después de leerlo y penetrar bien en el fondo de su contenido, el título no sólo aparece incompleto, sino, además, incorrecto. Para ser consecuente con todo lo que en él se dice, la denominación más acertada sería la misma que encabeza este artículo: «Cómo trabajó la FAI por la derrota del pueblo».

Nuestra posición teórica y práctica sobre el anarquismo en general y los anarquistas españoles en particular, es de sobra clara y conocida. Hemos considerado siempre al anarquismo como una corriente contrarrevolucionaria en el movimiento obrero, y a los anarquistas de la FAI como una banda de aventureros, provocadores y gentes sin principios.

Amparándose en la demagogia de sus teorías reaccionarias, sus filas «selectas» eran cubiertas, en gran parte, por elementos degenerados, delincuentes comunes y atracadores de tipo profesional, quienes bajo la protección de una fraseología ultrarrevolucionaria irritante, aprovechándose de la entonces débil formación política de las masas y ocultos tras la mampara de un movimiento obrero sindical –la Confederación Nacional del Trabajo (CNT)– iban a encubrir allí sus delitos vulgares, realizando al servicio de la burguesía y los terratenientes, los hechos más perniciosos en contra de los sagrados intereses del proletariado y de las masas populares.

Durante bastante tiempo el anarquismo pudo disfrutar, especialmente en Cataluña, Aragón, Levante, parte de Andalucía y de Asturias, de una alta influencia entre las masas trabajadoras. Pero ello no se ha debido, ni a la bondad de sus ideas, ni a la justeza de su táctica y de sus métodos. Las razones de este hecho hay que buscarlas, tanto en la política nefasta seguida en el movimiento obrero desde muchísimo tiempo por el reformismo socialista que actuaba siempre saboteando y traicionando los anhelos revolucionarios de las masas, sirviendo en el seno del movimiento obrero la política de las clases dominantes, como en la ausencia de una educación marxista-leninista en la clase obrera, producto de la falta, entonces, de un fuerte Partido Comunista. Esta influencia perniciosa del anarquismo, con sus métodos putchistas y de «acción directa», así como con su terrorismo en los sindicatos entre las masas contra la democracia obrera, empezó a decrecer cuando los trabajadores encontraron en el camino de la lucha, la justa orientación, organización y dirección revolucionaria del partido comunista. La clase obrera, al comprender a través de la educación y el combate, y de su propia experiencia, tanto el oportunismo, la traición y la servidumbre a la burguesía del socialismo, como el contenido reaccionario, el aventurerismo y el putchismo del anarquismo, y de que sólo liberándose de la influencia de ambas corrientes podía llevar la acción revolucionaria adelante, determinó que el anarquismo apareciese ante ella como una ideología ajena a sus intereses, que su preponderancia se limitase extraordinariamente y entrase en un proceso de debilitamiento y de crisis.

La guerra prueba de fuego

La lucha que durante cerca de tres años libró el pueblo español por su independencia y por la República Popular, fue la prueba de fuego donde ideologías, partidos, organizaciones y hombres, sufrieron la más severa depuración. Tanto el desarrollo de la guerra revolucionaria, como la derrota transitoria y la emigración, establecieron una criba en la amalgama de fuerzas y personas, que por el carácter y las particularidades de la lucha liberadora, hubieron de formar filas dentro del Frente Popular. De un lado, quedaron los que supieron mantenerse fieles, leales y consecuentes a la clase obrera y al pueblo, los que dieron y siguen dando por su causa, cuanto son y significan. Del otro, los que traicionaron, aquellos cuyos intereses ideológicos y personales estaban y están más cerca e incluso vinculados a los del enemigo, que a los del pueblo.

En esta selección de valores auténticos que el pueblo revolucionario con su experiencia ha verificado, el anarquismo como ideología, y los anarquistas como organización, han sido situados del otro lado de la barricada, en el campo opuesto a los intereses del proletariado español.

El carácter de nuestra lucha

La guerra provocada por la sublevación de las castas militares, reaccionarias y clericales contra la voluntad del pueblo, para aplastar sin piedad el desarrollo de la revolución española e implantar el fascismo, se transformó rápidamente en una guerra nacional revolucionaria, en la cual, la clase obrera y todas las fuerzas populares, al mismo tiempo que se batían por la Independencia nacional frente a los traidores e invasores, luchaban por defender y desarrollar las conquistas revolucionarias que en el mismo curso de las batallas habían ido adquiriendo.

La comprensión justa de este problema, del carácter nacional revolucionario de nuestra guerra y de los fines que perseguía la reacción al levantarse en rebelión armada era fundamental para toda la actividad popular.

¿Cuál era la posición de los anarquistas de la FAI sobre esta cuestión cardinal? Oigamos a Santillán, sobre el concepto que para ellos merecía la sublevación del 18 de julio de 1936:

«En el hecho del levantamiento militar no tendríamos nada que objetar si no concurriesen factores de una inmoralidad que asquea. No negamos a nadie el derecho a la rebelión. Nosotros mismos nos hemos rebelado contra la República en varias ocasiones. Pero nosotros no habíamos jurado ni empeñado nuestra palabra de honor». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Esto quiere decir que para los anarquistas lo más importante en lo que se refiere a la rebelión militar, no eran los objetivos que perseguía ésta contra el pueblo, sino simplemente la falta de «legalidad» de la sublevación por «haber los militares faltado a su palabra de honor».

En los campos españoles, la revolución agraria al entregar las tierras de los grandes feudales y terratenientes sublevados a los campesinos, modificó de manera radical las relaciones, la antigua fisonomía económica y política del campo de España. Millones de campesinos, con la protección y ayuda del Estado, pasaron a ser los únicos y legítimos usufructuarios de aquello que habían laborado toda su vida con su sudor y esfuerzo.

La clase obrera mejoró notablemente su situación. Tomó parte activa en la dirección de las fábricas y de las fuentes más importantes de la economía, mejoró ampliamente sus salarios y recibió leyes de protección al trabajo. En virtud de ello, y de su enorme peso específico, la clase obrera se transformó en la fuerza más poderosa del país, garantizando el enderezamiento económico que había estado a borde del colapso como resultado de la sublevación militar.

Frente al antiguo Ejército, fuerza mercenaria contra el pueblo, surgió un verdadero Ejército Popular, que era el pueblo mismo en armas, para proteger los intereses y las conquistas populares, la causa nacional revolucionaria frente a sus enemigos. Los pueblos con personalidad propia, como Cataluña y Euzkadi, fortalecieron sus libertades nacionales. Las mujeres y la juventud española, adquirieron todos los derechos que los situaban en un plano de categoría igual a los demás hijos del pueblo español.

La cultura alcanzó vastas proporciones de desarrollo durante la guerra nacional revolucionaria. Se había terminado con la costumbre de que ella fuese privilegio de unos pocos, disfrutando de la misma los hijos de cuantos se batían de una forma u otra por la causa de la República Popular. En los frentes, docenas de miles de soldados, especialmente campesinos, aprendieron a leer y escribir, y el Ejército del pueblo era de hecho una escuela donde los hombres, al mismo tiempo que luchaban con el fusil, se educaban con el libro.

La revolución se desarrollaba de esta forma, mediante el combate y la creación en la lucha de la República Popular, abriendo en su camino perspectivas grandiosas para él pueblo en su marcha firme y segura hacia la emancipación definitiva.

La clase obrera, los campesinos, las mujeres, los jóvenes, el pueblo todo, comenzaba así a lograr sus ansiados anhelos de años, y la conciencia de lo que significaba lo conquistado les daba la fuerza y el heroísmo suficiente para defenderlo con el ahínco de que dieron prueba los 32 meses de nuestra lucha.

Estas eran las condiciones en que se desenvolvía nuestro pueblo durante la guerra liberadora. Pero frente a todo esto, tenía que reflejarse consecuentemente la turbia posición del anarquismo, que parte ya del propio juicio que Santillán nos dio anteriormente sobre la rebelión de los militares traidores. Marchando por la senda que traza ya esa definición, Santillán afirma después, refiriéndose al carácter y los objetivos de la República Popular:

«Nos encontrábamos bajo la bandera de una República a la que nada nos ligaba, y junto a hombres y a Partidos que eran tan adversarios nuestros como los del otro lado de las trincheras». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Las conquistas revolucionarias alcanzadas por todo el pueblo, bajo el marco de la República Popular, eran cínicamente negadas de esta manera:

«Faltaba a la guerra todo objetivo social progresivo. ¿Es que hemos de dar la vida por unas condiciones de existencia como las que teníamos antes del 18 de julio o peores?». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

La tierra en poder de los campesinos, las fábricas en manos de los obreros, las armas y el Ejército en poder del pueblo, las libertades nacionales y la igualdad de derechos para la juventud y las mujeres, eran en la mente de estos aventureros «condiciones como las de antes del 18 de julio o peores».

Y en su odio desenfrenado contra el claro contenido popular de nuestra guerra llegan a declarar, sin sonrojo, lo siguiente:

«Para nosotros, el resultado sería el mismo si triunfaba Negrín… que si triunfaba Franco con sus italianos y alemanes». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

La guerra y la unidad

Fieles a este criterio criminal –la derrota del pueblo– los anarquistas pusieron en ejecución los planes más infames contra la unidad de la clase obrera y de todo el pueblo. Para que la guerra y la revolución siguiesen un curso consecuente desde el punto de vista de la consolidación y el logro de nuevas conquistas revolucionarias, era indispensable que el proletariado realice su unidad, para con ella ejercer el papel preponderante y decisivo en la dirección de la guerra, y para fortalecer eficazmente la unidad en el seno del frente popular entre todas las fuerzas que en él convivían. Esta unidad de la clase obrera y de todos los españoles en la zona republicana, y la transmisión de su influencia a los que sufrían el martirio del enemigo en la ocupada por Franco y los invasores, era premisa necesaria para organizar tanto la resistencia inmediata, como las victorias futuras.

El Partido Comunista fue el primero en plantear y luchar por esta unidad de la clase obrera para que ella jugase el rol dirigente que le correspondía en toda la vida del país. Era preciso, en el camino de esta unidad, al mismo tiempo que la creación del partido único del proletariado, la existencia de una sola central sindical. A pesar de su palabrería sobre la unidad entre la CNT y UGT, que era producto de la presión y el cariño de las masas obreras por la unidad, los anarquistas no hicieron en la práctica otra cosa que sabotearla, de mutuo acuerdo en sus planes con los espías trotskistas y los aventureros y traidores caballeristas.

Esta actividad contra la unidad de la clase obrera partía en los jefes anarquistas de su deseo de impedir, tanto el fortalecimiento y desarrollo de las conquistas revolucionarias como la consolidación de la república popular, de evitar una política de guerra que fuese garantía de victoria para el pueblo español. Su verdadera preocupación consistía en este sentido, en mantener la mejor relación e identificación, en el orden político y práctico, con los partidos republicanos pequeño burgueses, participar de sus ideas en orden a la guerra, que no eran otras que detener el avance de las conquistas populares, evitar el papel dirigente de la clase obrera dentro del conjunto de fuerzas aliadas en la república popular, y estimular y luchar en favor de las tendencias de capitulación. Estas coincidencias y relaciones con las fuerzas pequeño burguesas, mientras se oponían y traicionaban la unidad de la clase obrera, las revela Santillán de esta manera:

«Durante la guerra hemos mantenido la mejor relación con todos los sectores, excepto con los comunistas. Nuestras relaciones con los partidos republicanos han sido muy cordiales y por haberlas emprendido no tenemos aún hoy el más mínimo arrepentimiento». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Mientras luchaban contra las tareas de unidad que la situación exigía, los anarquistas se dedicaban a practicar en sus actividades el más indignante monopolio en provecho de la CNT y FAI. Se apropiaron de las industrias allí donde ellos ejercieron una situación dominante durante cierto tiempo como en Cataluña y parte de Levante, no para vincularlas a las actividades de todo el país en beneficio de la guerra, sino para realizar con los mismas negocios escandalosos en exclusivo beneficio de ellos. Y en el campo, frente a la política revolucionaria realizada desde el Ministerio de Agricultura, practicaron sus criminales ensayos de «comunismo libertario» implantando las colectividades forzosas, eliminando a los que se oponían a sus propósitos, saqueando a los campesinos, irritándolos contra la causa popular a través de sus actos de bandidaje, creando en la práctica una nueva capa de caciques y explotadores que partía de los Sindicatos de la CNT y de la FAI. y llegaba hasta los bonzos de las colectividades que ellos por la violencia imponían.

Estos actos atentaban brutalmente contra la unidad popular, pues al atacar de esa forma los intereses de fuerzas que se hallaban vinculadas a la causa de todo el pueblo, y cuyos intereses no estaban encontrados con los de la clase obrera, lo que hacían era llevar el descontento a masas considerables de aliados imprescindibles para el combate contra los traidores y los invasores de España.

La lucha contra un gobierno popular

Para llevar la guerra de manera positiva y segura adelante, era necesario una política firme, que respondiera a las necesidades de la guerra nacional revolucionaria. Esta política firme tenía que ser implacablemente aplicada en toda la vida nacional, lo mismo en la industria que en la agricultura, en los transportes que en los abastecimientos, en la organización militar que en la política exterior, en las finanzas que en el orden público, en todas partes donde se movían los intrigantes y los capituladores. Dicha política hubiera necesitado un aparato estatal completamente nuevo, que correspondiera al carácter popular de la República que se había forjado en el fragor de la lucha.

Esta política solamente podía realizaría un Gobierno auténticamente popular, y este gobierno popular sólo podía existir a base de la hegemonía de la clase obrera dentro del mismo. A pesar de todos los esfuerzos llevados a cabo por el partido comunista en este sentido y de los cambios favorables y progresos obtenidos durante la lucha, la república popular no llegó a tener en el curso de la guerra un gobierno de esta clase, aun existiendo todas las posibilidades para lograrlo. Contra él se concitaron los odios y el sabotaje, tanto de los partidos republicanos, como de los anarquistas y socialistas.

Mientras esta necesidad se hacía visible en el país, y los anarquistas la atacaban despiadadamente, ellos mantenían en Aragón una especie de duplicidad de poder –en la práctica un foco de rebeldía latente contra la república– con el famoso consejo de Aragón, dirigido por el bandolero y ladrón Joaquín Acaso, y en Cataluña provocaban los desmanes y el caos más terrible con sus pandillas de incontrolados. Su obsesión era actuar al margen y en contra de todo aquello que sirviese los intereses del pueblo, en contra de cuanto1significase crear condiciones de triunfo para la causa nacional revolucionaría. Santillán, nos ofrece algunos ejemplos expresivos en este orden:

«Una de nuestras columnas que operaba en los frentes, halló manera de desvalijar un convoy del Gobierno central, y así llegaron a nuestro poder 80.000 cartuchos que nos vinieron oportunamente». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Pero no es esto sólo. Había que movilizar para incorporarlas a la organización militar regular todas las fuerzas populares para los frentes. Y en esto, como en todo, los anarquistas seguían en sus trece de hacer lo que les daba la gana. Y mientras los hijos del pueblo eran enviados a incorporarse a las unidades armadas, ellos:

«Preparaban algunas fuerzas… dispuestos ya a no sentirse ligados a compromisos que habían empezado a odiar». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

¿Con qué fin? El mismo autor del libro nos lo explica:

«Toda nuestra obsesión consistía en hacer la guerra a la española en preparar fuerzas para ella y en eludir todo compromiso en retaguardia, para obrar personalmente con independencia». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Todas estas actividades perniciosas, e infinidad de ellas más, cuya orientación principal era propiciar la derrota del pueblo, se encuentran magníficamente expresadas en la siguiente afirmación:

«La victoria de Negrín tenía que equipararse a la victoria de Franco desde el punto de vista de los auténticos intereses de España». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Está claro que los anarquistas, guiados conscientemente por tales ideas de traición, no hicieron en todo el desarrollo de la guerra revolucionaría más esfuerzos que aquellos encaminados abiertamente a esterilizar la sangre y los sacrificios diariamente ofrendados gloriosamente en los frentes y en la retaguardia por los obreros, los campesinos, las mujeres y el pueblo entero, para lograr el triunfo y asegurar su bienestar y libertad definitiva. Pues para ellos –como han declarado–, entre esta libertad y bienestar que encarnaba la república popular, y la muerte, la miseria, la esclavitud, el terror sin límites que Franco personificaba y que hacía caer bárbaramente sobre la zona por él dominada, y que ahora cumple sobre el cuerpo atormentado de España entera, no existía ninguna diferencia substancial.

Los anarquistas contra el ejército regular

Desde que la lucha se convirtió en una guerra larga y regular, la primera obligación que se imponía al país era la de crear el instrumento eficaz, que sustituyendo la acción heroica e inolvidable de las milicias populares, cumpliese, en la nueva fase, las tareas de la resistencia y de la organización multar, para preparar con mayor eficiencia y mejor dirección los futuros combates. El partido comunista fue el primero en plantear ante las masas la necesidad urgente del ejército regular popular, de un ejército sólidamente unido y disciplinado, con un mando único para conducir de manera mucho más útil en las sucesivas batallas, el entusiasmo y el fervor combativo de los soldados populares. Y a pesar de las incomprensiones, de los sabotajes deliberados de todo orden, la realidad de la guerra y la alta comprensión política del pueblo, que supo hacer rápidamente esta idea suya, permitió superar todos los obstáculos.

Los anarquistas enfocaron desde el primer instante sus tiros más violentos contra la creación del ejército popular, contra la unidad y la disciplina, contra el mando único militar y político en este ejército del pueblo. Incluso después de emprendida su realización, no cesaron en su empeño de desprestigiarla, de llenarla de dificultades y entorpecimientos. Para oponer algo a la organización militar regular, argüían oponer, frente al ejército popular para una guerra moderna, donde participaban los más acabados adelantos de la técnica de combate, los grupos de milicianos guerrilleros, sin disciplina ni cohesión, sin frentes organizados, actuando al tun tun. He aquí algunas muestras de los ataques de Santillán y su pandilla contra el ejército regular:

«Desde que las milicias se convirtieron en ejército no hemos vuelto a tener más que desastres». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Y después:

«Se ha cometido el grave error de querer convertir nuestra guerra de guerrillas, la típicamente española, en una guerra regular. Y luego una guerra regular hacía también imprescindible un ejército regular y suponía igualmente un Estado Mayor que lo ordenase todo. Prácticamente no hacíamos más que allanar el camino a la contrarrevolución». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Y a continuación añade:

«Frente a los ejércitos creados por imposición del gobierno central preferíamos las tropas de guerrilleros, pues el pueblo, fuera de toda formación regular podía continuar la lucha y desgastar a las fuerzas enemigas». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

¿Qué es lo que aparece claramente manifestado a través de todo esto? La idea nítida por parte de los anarquistas de que al convertirse la lucha del 18 de julio en una guerra de frentes impuesta por las circunstancias de la lucha misma, por su propio desarrollo, había que haberse dispersado, abandonando la zona republicana a Franco, y limitando toda acción contra él a hechos y reductos aislados. Solamente la ignorancia, o la maldad más refinada, puede pretender buscar argumentos para combatir la formación del ejército regular en hechos como las viejas luchas legendarias españolas, que aún habiendo constituido episodios y gestas grandiosas de indudable valor para el pueblo español, no pueden ser comparadas, en lo que se refiere a las formas de lucha y a los progresos de la técnica y de la organización militar, con las existentes cuando se libraba nuestra guerra nacional revolucionaria.

En sus odios contra la creación del ejército regular, los anarquistas no eran guiados sólo por sus absurdas y criminales concepciones, sino además por las opiniones interesadas de oficiales reaccionarios extranjeros, de países cuya actitud en toda la guerra tendía a sabotear la combatividad de nuestro pueblo y preparar su apuñalamiento, como Francia e Inglaterra. Santillán nos revela estas relaciones y opiniones de los militares extranjeros, de la siguiente forma:

«Contra esos puntos de vista [contra la organización del Ejército, y la creación de Brigadas, Divisiones, etc.], teníamos testimonios y ofrecimientos de altos oficiales del Ejército francés que veían en las milicias bien organizadas y equipadas el mejor instrumento contra el enemigo». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Resulta ridículo pensar –si no fuese por una intención perversa contra el porvenir de nuestro pueblo, como realmente lo era– que los oficiales de un ejército imperialista recomendasen como modelo de eficiencia y organización, frente a las Brigadas, Divisiones, Cuerpos de Ejército, la aviación, los tanques y las artillerías en masa del adversario, la persistencia de las milicias «como el mejor instrumento de lucha contra el enemigo». Todos los ataques y el desprecio de los bandidos anarquistas contra nuestro ejército, la historia de los hechos vivos los ha hundido en el peor cieno.

El ejército de las gloriosas batallas de Madrid, de Jarama, Guadalajara, de la resistencia del Norte, de la ofensiva de Brunete y Teruel, de la defensa de Levante y de la epopeya inmortal del Ebro, se conserva vivamente querido en la conciencia del pueblo español y también en el de las masas obreras y populares de todos los pueblos, a las cuales ayudó cada una de sus batallas a fortalecer su propia lucha contra su misma reacción interior.

Por la capitulación y la derrota del pueblo

Esta actividad no estaba determinada en los anarquistas simplemente por diferencias políticas o tácticas, ni siquiera por razones solamente de tipo personal. Había en todo ello un fondo más vil e infame: el espíritu de la capitulación, de la coincidencia y la inteligencia con Franco y los falangistas. Son estas coincidencias ideológicas y prácticas las que los han llevado al terreno de los hechos más sangrientos contra el pueblo. El putch de mayo de 1937 en Barcelona, fue la primera manifestación seria de esta compenetración de los anarquistas con el enemigo para provocar la caída vertical de la lucha de nuestro país. Pero la rebelión putchista de Barcelona –que no logró consumar sus planes– no fue el último intento de esta naturaleza. La obsesión dominante en la pandilla de provocadores de la FAI era proyectar nuevos golpes, pero de mayor envergadura y extensión, con aquel mismo fin. En sus arrepentimientos porque la lucha de mayo hubiese sido liquidada sin conseguir sus propósitos, Santillán dice:

«Aun quedaban 30.000 fusiles en manos de la población de tendencia libertaría, bombas de mano en cantidad ilimitada, ametralladoras y hasta artillería. Y los que habíamos expuesto nuestra vida por suspender el fuego estábamos tentados a exponerla otra vez para reanudarlo y llevarlo hasta el fin». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

La idea de nuevos putchs para conseguir el hundimiento de la república popular se alimentaba y fraguaba sin reposo.

«Habíamos expuesto desde las primeras semanas a algunos representantes de la Región Levantina y de Aragón, la necesidad de constituir con esas federaciones y Cataluña tina especie de federación defensiva y ofensiva para obligar al gobierno de la república a ponerse a tono con «la nueva situación». Habiendo cometido el error de no haber replicado a las provocaciones de mayo, habría que haber derribado al gobierno cuando se perdió el Norte de España». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

¿Qué era lo que pretendían los anarquistas? No sólo la organización de un putch más, sino que utilizando para tales fines las unidades militares mandadas por jefes de su misma condición moral en el frente de Aragón y de Levante, llevar a cabo una sublevación de gran escala en la zona republicana, que estableciese contra la república popular, desde Cataluña y Aragón hasta Levante, entre la zona franquista y la nuestra, un nuevo frente contra el pueblo español.

Estos planes sangrientos los apoyaban estos malvados en la idea de que la república estaba irremisiblemente perdida desde agosto de 1937. Y partiendo de este juicio falso, perverso e intencionado, desde entonces no movieron un solo dedo que no fuese para conseguir que tal hecho se cumpliese. En este sentido Santillán nos dice:

«En agosto de 1937 estaba bien clara la situación y no podíamos llamarnos a engaño. Si Francia e Inglaterra no se comprometían a una ayuda efectiva, entonces la guerra estaba liquidada y la prosecución de la matanza y la destrucción era un delito imperdonable». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Y después agrega: 

«Viendo como veíamos la derrota de España por obra de ambos bandos, ¿por qué no tener el valor heroico de ceder como ha cedido la madre verdadera en el juicio salomónico? Por el miedo individual de una cantidad mayor o menor de gente ¿había que sacrificar a España? El acto de más heroísmo y sacrificio habría consistido en ceder, aun teniendo razón». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

El afán de poner fin a la contienda –dos años antes de que la guerra hubiese terminado– era lo que dominaba sus pensamientos. Todos sus afanes se encaminaban en ese sentido. Nuevos botones de muestra del esfuerzo de estas bandas por producir un colapso republicano nos los da aquí Santillán:

«Una actitud enérgica… habría acelerado el fin de la guerra. Con ello habríamos caído en nuestra Ley, nuestro pueblo habría acortado su martirio estéril y es posible que la misma matanza que ha seguido al triunfo de Franco habría sido menor». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Y lamentándose de que tales anhelos no hubiesen podido colmarse antes del golpe casadista de Madrid, añade:

«La rebelión que habría debido estallar cuando era hora… se produjo en el Centro y en Levante cuando la guerra estaba totalmente liquidada. Por entender que lo hecho en Marzo de Í939 nos correspondía haberlo hecho en Cataluña por lo menos en Marzo de 1938 sino en Mayo o Junio de 1937, nos hemos desligado de toda responsabilidad». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940) 

Esta afirmación aclara, si la hubiera, hasta la menor duda. El golpe casadista de Madrid fue realizado, mediante el apoyo principal de las unidades anarquistas, con el propósito de entregar al pueblo indefenso a Franco, como los hechos lo han demostrado con suficiente y trágica elocuencia. Y el mismo fin cumplido por sus compinches, es el que Santillán lamenta no haberse consumado mucho antes, para así haber facilitado primero a Franco la dominación de España. Evidentemente, que para los gangsters anarquistas poco contaba el sacrificio del pueblo, pues como ellos mismos han dicho «entre la victoria de la república popular y la de Franco no había para ellos ninguna diferencia». Aunque esta diferencia ha existido realmente de forma abrumadora en favor de Franco, por cuyo triunfo no dejaron de laborar ni un solo instante.

Anarquismo y falangismo

Los vínculos ideológicos del anarquismo con la reacción franquista-falangista eran varios y profundos. Para ellos, según sus mismas confesiones, había un interés superior, que no era precisamente aquel por el que se batían millones de combatientes republicanos. Dicho interés era el de «España», una «España» por encima de los bandos beligerantes. He aquí cómo nos expresan Santillán y los suyos estas ideas:

«Situándonos por encima de los intereses de partido, de las aspiraciones individuales o colectivas… quien será vencida en la guerra ha de ser España». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940) 

¿Qué España es a la que Santillán se refiere? El mismo lo dice, la España de la tradición, de la peor reacción, opresión y dominación española, la España de la Inquisición y de los verdugos.

«Reivindicamos lo más puro de la tradición ibérica. Sí hay tradicionalistas en España los que van a la cabeza somos nosotros». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)  

Y para que no haya lugar a equívocos en la interpretación de su juicio añade:

««En todas las guerras civiles españolas se han formado arbitrariamente los bandos beligerantes, y se han combatido a muerte muchos que habrían debido ponerse de acuerdo sobre su calidad de españoles, sobre su moral inatacable. Reconocíamos en tantos enemigos condenados por nuestros tribunales a verdaderos hermanos nuestros». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940) 

Y después:

«¡Qué mala ocurrencia hemos tenido al permitir el funcionamiento de los tribunales revolucionarios!». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)  

Pero su tono adquiere relieves repugnantes cuando descubre sus abiertas; afinidades con Falange. Oigámosle:

«A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco espiritual (se refiere a la tradición) con José Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota en busca de soluciones para el porvenir del país». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940) 

Y lamentándose de que «razones de táctica» no hubiesen permitido antes del 18 de julio llegar a un entendimiento perfecto entre ellos y los falangistas, dice:

«Hemos pensado y seguimos pensando que fue un error por parte de la República el fusilamiento de Primo de Rivera. Españoles de esa talla, patriotas como él, no son peligrosos ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reivindican a España y sostienen lo español aun desde campos opuestos. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940) 

La reivindicación de España y el sostenimiento de lo español del fundador de la Falange, ya lo vemos todos los días. «La España Imperial», «la tradición española», etc. Y a Santillán se le llena la boca de agua con todo ello. Tal es el grado de podredumbre, de degeneración, de traición, adonde ha llegado el anarquismo y los anarquistas. Esta misma identificación con el enemigo opera hoy en España, donde tipos como Mesa, antiguo dirigente anarquista del Sindicato del Transporte, es un cuadro falangista dedicado a la vil función de matarife de los mejores revolucionarios, a costa de cuya sangre se ha ganado la gracia de los verdugos falangistas. E igual que él, otros líderes de la misma calaña.

El odio a la Unión Soviética y la solidaridad internacional

Toda la obra de Santillán es un vertedero de inmundicias y de ataques groseros, tanto contra la Unión Soviética como contra la solidaridad internacional. La magnífica ayuda prestada por el pueblo soviético al pueblo español, mientras la soga de la «no intervención» se ataba al cuello de la República Popular, es calificada por este bandido de la siguiente manera:

«Tan funesta como la no intervención para la llamada España leal fue la intervención rusa. La intervención rusa no resolvió ningún problema». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Y más adelante añade:

«No hemos palpado directamente las formas de la intervención alemana e italiana en la España llamada nacionalista. Habrá sido tan manifiesta, Pero no más que la intervención rusa en la España leal». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

El profundo afecto y cariño que los pueblos del mundo, y sobre todo la clase obrera más consciente, tuvo para con la lucha de nuestro país, cuyo reflejo más vivo fueron las gloriosas Brigadas Internacionales, es de la forma más miserable y ruin atacada por estos malvados. A revolucionarios de la talla de Andre Marty, organizadores geniales de estas brigadas de héroes, los atracadores y gangsters anarquistas les califican así:

«Los aventureros franceses que figuraban al frente de la organización de las Brigadas Internacionales». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Su odio a las brigadas, por lo que entrañaban como ayuda efectiva al pueblo español, y además, como expresión el internacionalismo proletario del que la Internacional Comunista (IC) fue iniciadora y baluarte, lo reflejan los anarquistas en este otro párrafo del libro aludido:

«Nos hemos opuesto a la constitución de esas brigadas y dimos orden a los delegados de frontera para que no permitiesen el paso a esos voluntarios». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Y después:

«Hemos llegado a tener detenidos en la frontera franco-española más de mil de esos voluntarios». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Esta es la opinión que para los viles lacayos de Franco y los falangistas merecía tanto la ayuda de la patria socialista, como la solidaridad activa de los obreros y de los pueblos del mundo, ayuda y solidaridad sin las cuales la república popular no hubiera podido aguantar con éxito los primeros grandes combates. Esta fobia antisoviética y contra los luchadores internacionales está determinada, no sólo por el odio tradicional del anarquismo contra la Unión Soviética y contra los comunistas, sino además por la eficacia que dichas ayudas significaban, las que al facilitar en gran parte al pueblo los instrumentos para su defensa asestaban simultáneamente vigorosos golpes a los afanes capituladores, tanto de los indeseables anarquistas como de los otros amigos y compinches suyos, los demás capituladores y traidores al pueblo.

Mientras el pueblo sigue la lucha

Todas las noticias de España acreditan la forma heroica y maravillosa con que el pueblo sigue la lucha, como en las condiciones más terribles de terror, el pueblo todo y a su cabeza el partido comunista dirigiéndole, no ha depuesto ni por un momento su voluntad de combatir para exterminar el régimen maldito. Montones de hechos magníficos se registran cada día en esta batalla bajo nuevas formas y nuevas condiciones que el pueblo español lleva adelante hoy. ¿Qué hacen los anarquistas mientras tanto? Sigamos escuchando a Santillán:

«Nos consideramos ya fuera de combate por la derrota». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Y después:

«El desenlace de la guerra ha puesta a muchos millares y millares de nosotros vencidos, fuera de combate. ¿Qué puede importar a nadie que no seamos ya soldados de esa cruzada». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940)

Y a continuación:

«Esta vez nos sentimos vencidos. ¡Vencidos! ¿Para quién y para qué clase de hombres, para qué raza, para qué pueblos, tiene esa palabra ¡Vencidos! la significación que para nosotros? ¡Felices los que han muerto en el camino, porque ellos no han tenido que sufrir lo que es mil veces peor que la muerte: una verdadera derrota, definitiva para nuestra generación». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940) 

Mientras el pueblo se bate, agrupa sus fuerzas preparándose para acciones superiores, Santillán sigue prestando sus servicios a Franco intentando llevar al ánimo de las masas la idea de que desistan de1 la lucha, que no hagan nada contra Franco, que todo es inútil, que la resurrección popular de España sólo será:

«Cuando ya no quedemos en pie ninguno de los que hemos dado nuestro tributo de esfuerzo y de vida a la gran tentativa de liberación». (Diego Abad de Santillán; Porqué perdimos la guerra, 1940) 

Aplastar al anarquismo

Nuestro pueblo, a pesar de los esfuerzos de Franco, la Falange y todos sus secuaces, entre los cuales están los anarquistas, sigue con paso firme la ruta que se ha trazado. Para que esta ruta sea coronada primero con la victoria, necesita estar limpia de cuantos elementos de traición han trabajado ayer y siguen trabajando hoy para que el pueblo español fuese y sea víctima del calvario que pesa sobre su vida. Entre sus peores enemigos, sin aniquilar a los cuales el triunfo popular será más tortuoso y difícil, está el anarquismo, que en España, como en Francia y América es actualmente una agencia del franquismo y de la reacción capitalista.

Los cuerpos de la clase obrera y del pueblo están marcados aún con la sangre y las pruebas dolorosas que la traición anarquista y otras traiciones han hecho caer sobre él. Nuestro pueblo sabe, pues, lo que el anarquismo es y representa. Y sabe también que millares de obreros honrados, ayer engañados por su demagogia ultrarrevolucionaria y criminal, se alejan del camino de los traidores, dispuestos a luchar junto al resto de sus hermanos por sus intereses comunes. Llevar la extirpación de la influencia venenosa del anarquismo hasta el último español honrado es una tarea primordial para la lucha revolucionaria contra el régimen franquista-falangista, una tarea que tiene que realizar la clase obrera y todo el pueblo revolucionario.

El partido comunista, estará a la vanguardia de las masas tanto para la exterminación de esta ideología perniciosa en su conciencia, como para la organización y dirección de su lucha por el camino del frente único y del frente popular sin enemigos y contra los traidores, que es el camino del triunfe». (Jesús Rozado Díaz; Cómo trabajó la FAI por la derrota del pueblo, 1940)

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