¿Pueden ser las instituciones y centros del saber dominados por el posmodernismo referentes para los hombres de ciencia?; Equipo de Bitácora (M-L), 2021

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«El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico. (…) La vida social es, en esencia, práctica. Todos los misterios que descarrían la teoría hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en la comprensión de esa práctica». (Karl Marx; Tesis sobre Feuerbach, 1845)

«Las clases dominantes están absolutamente interesadas en perpetuar esta insensata confusión. Sí, ¿y por qué si no por ello se paga a los charlatanes sicofantes cuya última carta científica es afirmar que en la Economía política está prohibido razonar?». (Karl Marx; Carta a Ludwig Kugelmann, 11 de julio de 1868)

Esto no ha cambiado demasiado. En el siglo XX se sucedieron, como si de modas se tratase, diversas escuelas filosóficas burguesas: el existencialismo, el estructuralismo y, finalmente, como consecuencia lógica, el posmodernismo. ¿En qué se basa esta última corriente, en resumidas cuentas?

«En síntesis, quizás imposible, podemos resumir los rasgos constitutivos del posmodernismo como ideología del modo siguiente: 1) La tesis de que desde el punto de vista económico, cultural, sociológico y político se ha producido una transición de la modernidad a un nuevo estadio histórico o, incluso, más allá de la historia. El desarrollo cualitativo de las tecnologías y de los medios de comunicación y los cambios en la producción habrían dado luz a una sociedad «preindustrial». (…) 2) El rechazo del modernismo artístico y las vanguardias, postulando la liberalización de la estética de las servidumbres de la coherencia, la innovación y la funcionalidad y situando la significación, la referencia intertextual y la autorreflexividad como valores autónomos. (…) 3) La radicalización de las tesis del posestructuralismo como impugnación de la razón centrada en el sujeto soberano, las grandes narrativas, las pretensiones universales de validez, la idea de totalidad y completud, y en general de la racionalidad ilustrada clásica. 4) La crítica del fundacionalismo filosófico y teórico y la apuesta por una «nueva superficialidad» que se enfrenta a las vanas pretensiones de profundidad que tiranizan el pensamiento moderno; a saber: el modelo hermenéutico del interior/exterior, el modelo dialéctico de la esencia/apariencia, el modelo freudiano de lo latente/manifiesto, el modelo existencialista de la autenticidad/alienación, etc. 5) La tesis de la «diferencia» entendida como fragmentación, particularización de prácticas sociales, políticas y culturales, y de narrativas e interpretaciones locales, que se prolonga en un gusto indisimulado por las minorías nacionales, culturales, sexuales, etc., así como por los «nuevos» movimientos sociales». (Varios autores; Ideologías y movimientos políticos contemporáneos, 2016)

¿Cómo tratan, pues, la cuestión de la teoría, el conocimiento, o la verdad?

«En el campo de la Teoría entran en crisis los conceptos de representación y verdad –Rorty–, así como los dualismos basados en la dialéctica entre esencia y apariencia –Heidegger, Derrida–. La incredulidad respecto a las metanarrativas –Lyotard– y el abandono de la distinción clara entre objeto y sujeto –Baudrillard, Lyotard– supone otro importante golpe dirigido contra asunciones básicas del pensamiento ilustrado. Epistemológicamente los autores posmodernos rechazan el supuesto moderno de que el actor tiene un acceso no mediado a la realidad, en líneas generales, siguen a Nietzsche en la crítica sobre la autorreflexión, la autoidentidad o cualquier suerte de elemento racionalista que amortigüe los instintos físicos vitales –Deleuze, Guattari– y la disposición a vivir con la pluralidad». (Varios autores; Ideologías y movimientos políticos contemporáneos, 2016)

El posmodernismo, como estamos viendo, tiene una herencia notable del estructuralismo, de hecho, a veces es sumamente difícil distinguir entre los autores de una y otra bancada –algo normal si tenemos en cuenta que muchos de ellos evolucionaron de él–:

«La verdad en sí, sigamos, tiene estructura de ficción. He ahí la partida esencial y que, de algún modo permite plantear la cuestión de eso que se refiere a la ética de un modo que puede, al fin, acomodarse a todas las diversidades de la cultura, a saber desde el momento que podemos ponerlos en los «brackets», en los paréntesis de ese término de la estructura de ficción, lo que supone, seguramente, un estado alcanzado, una posición adquirida a la vista de ese carácter, en tanto que él afecta toda articulación fundadora del discurso en lo que puede llamarse, en grueso, las relaciones sociales». (Jacques Lacan; Clase, 26 de febrero de 1969)

«La verdad no pertenece al orden del poder y en cambio posee un parentesco originario con la libertad: otros tantos temas tradicionales en la filosofía, a los que una historia política de la verdad debería dar vuelta mostrando que la verdad no es libre por naturaleza, ni siervo el error, sino que su producción está toda entera atravesada por relaciones de poder». (Michael Focault; Historia de la sexualidad, 1976)

Algunos dirán que exageramos cuando consideramos al estructuralismo una corriente burguesa. Bien veamos lo que decía la propia CIA:

«Durante las protestas de mayo-junio de 1968 (…) muchos estudiantes marxistas miraban hacia el PCF para liderazgo y la proclamación de un gobierno provisional, pero la dirección del PCF trató de aplacar la revuelta obrera y denunció a los estudiantes como anarquistas. (…) Entre los historiadores franceses de la posguerra, la influyente escuela vinculada con Marc Bloch, Lucien Febvre y Fernand Braudel ha avasallado a los historiadores tradicionales marxistas. La escuela de Annales, como es conocida por su principal publicación, ha dado vuelta la investigación histórica francesa, principalmente desafiando primero, y rechazando después, las teorías marxistas del desarrollo histórico. Si bien muchos de sus exponentes pretenden que están dentro «de la tradición marxista», la realidad es que solo utilizan el marxismo como un punto crítico de partida. (…) Para concluir que las nociones marxistas sobre la estructura del pasado –de relaciones sociales, del patrón de los hechos, y de su influencia en el largo plazo– son simplistas e inválidas. (…) En el campo de la antropología, la influencia de la escuela estructuralista vinculada con Claude Lévi Strauss, Foucault y otros, ha cumplido esencialmente la misma función. (…) Creemos sea probable que su demolición de la influencia marxista en las ciencias sociales perdure como una contribución profunda tanto en Francia como en Europa Occidental». (CIA; Francia: la defección de los intelectuales de izquierda, 1985)

Lo que une a todos estos «posestructuralistas», bajo un lenguaje confuso y a veces inaprensible, es que consideran la verdad como una cuestión de ficción algo que siempre estará mediatizado por el poder, cuando no, aluden directamente a que es indiferente preguntarse si existe o no, siendo lo importante su valor pragmático. Se puede decir que los posos de esta última corriente y sus sofismas han dominado los centros de conocimiento en las últimas décadas.

«Lo relevante en la mentira no es nunca su contenido, sino la intencionalidad del que miente. La mentira no es algo que se oponga a la verdad, sino que se sitúa en su finalidad: en el vector que separa lo que alguien dice de lo que piensa en su acción discursiva referida a los otros. Lo decisivo es, por tanto, el perjuicio que ocasiona en el otro, sin el cual no existe la mentira». (Jacques Derrida; Estados de la mentira, mentira de Estado: prolegómenos para una historia de la mentira, Discurso en la Residencia de Estudiantes de Madrid, 1997)

¡¿Qué novedoso suena todo esto, verdad?! Tomen asiento y disfruten de las siguientes reflexiones «posmodernas» que se dieron mucho antes de las de los posmodernos oficiales:

«Siempre suponemos la existencia de un mundo exterior. (…) Pero esta opinión universal y primaria de todos los hombres es prontamente rebatida por la más superficial filosofía, que nos enseña que a nuestra mente no puede ser nunca accesible nada más que la imagen o la percepción y que los sentidos son tan sólo canales por los que estas imágenes son transportadas, no siendo capaces de establecer ninguna relación directa entre la mente y el objeto». (David Hume; Investigaciones sobre el entendimiento humano, 1748)

«El hombre es una síntesis de alma y cuerpo. Ahora bien, una síntesis es inconcebible si los dos extremos no se unen mutuamente en un tercero. Este tercero es el espíritu. (…) En la lógica no debe acaecer ningún movimiento porque la lógica y todo lo lógico solamente es, y precisamente esta impotencia de lo lógico es el que marca el tránsito de la lógica al devenir, que es donde surgen la existencia». (Søren Kierkegaard; El concepto de la angustia, 1844)

«El distintivo característico de los espíritus de primer rango es la inmediatez de todos sus juicios. Todo lo que dicen es el resultado de su propio pensamiento y siempre se proclama como tal ya en la propia exposición. Al igual que los monarcas, ellos poseen una inmediatez imperial en el reino de los espíritus. (…) Todo el que piensa de verdad por sí mismo se asemeja en esa medida a un monarca: es inmediato y no reconoce a nadie por encima. Sus juicios, como las resoluciones de los monarcas, nacen de su propia plenitud de poderes y proceden inmediatamente de él mismo. (…) En cambio, el vulgo de las inteligencias, inmerso en toda clase de opiniones predominantes, autoridades y prejuicios, se parece al pueblo. (…) Hay gran cantidad de pensamientos que tienen valor para el que los piensa; pero muy pocos que posean la fuerza para actuar por repercusión o reflexión, es decir, para ganar el interés del lector una vez que han sido puestos por escrito. (…) Se puede dividir a los pensadores en los que piensan ante todo para sí y los que enseguida piensan para otros. Aquellos son los auténticos, son los que piensan por sí mismos». (Schopenhauer; Parerga y Paralipómena II, 1851)

«La «explotación» no forma parte de una sociedad corrompida o imperfecta y primitiva: forma parte de la esencia de lo vivo, como función orgánica fundamental, es una consecuencia de la auténtica voluntad de poder, la cual es cabalmente la voluntad propia de la vida. Suponiendo que como teoría esto sea una innovación, como realidad es el hecho primordial de toda historia: ¡seamos, pues, honestos con nosotros mismos hasta este punto! (…) Habría que excluir a Descartes, padre del racionalismo –y en consecuencia abuelo de la Revolución–, que reconoció autoridad únicamente a la razón: pero ésta no es más que un instrumento». (Friedrich Nietzsche; Más allá del bien y del mal, 1886)

«Pero de ahí debería resultar también que nuestro pensamiento, en su forma puramente lógica, es incapaz de representarse la verdadera naturaleza de la vida, la significación profunda del movimiento evolutivo. (…) La inteligencia está caracterizada por una incomprensión natural de la vida. Pero en la forma misma de la vida, por el contrario, se ha moldeado el instinto. En tanto la inteligencia lo trataba todo mecánicamente, el instinto procede, si se puede hablar así, orgánicamente». (Henri Bergson; La evolución creadora, 1907)

«Todas las proposiciones valen lo mismo. (…) En el mundo no hay valor alguno, y si lo hubiera carecería de valor. (…) Todo suceder y ser-así son casuales. (…) Por eso tampoco puede haber proposiciones éticas. Las proposiciones no pueden expresar nada más alto. (…) Está claro que ética no resulta expresable. (…) Hay, cierto, lo inexpresable, lo que se muestra así mismo, esto es lo místico». (Ludwig Wittgenstein; Logico, Tratactus lógico-philosophicus, 1916)

«En la función intelectual, pues, no logro acomodarme a mí, serme útil, si no me acomodo a lo que no soy yo, a las cosas en torno mío, al mundo transorgánico, a lo que trasciende de mí. Pero también viceversa: la verdad no existe si no la piensa el sujeto, si no nace en nuestro ser orgánico el acto mental con su faceta ineludible de convicción íntima. (…) Simmel, que ha visto en este problema con mayor agudeza que nadie, insiste muy justamente en ese carácter extraño del fenómeno vital humano. La vida del hombre –o conjunto de fenómenos que integran el individuo orgánico– tiene una dimensión trascendente en que, por decirlo así, sale de sí misma y participa de algo que no es ella, que está más allá de ella. El pensamiento, la voluntad, el sentimiento estético, la emoción religiosa, constituyen esa dimensión». (José Ortega y Gasset; El tema de nuestro tiempo, 1923)

«Ni la razón ni la ciencia pueden satisfacer toda la necesidad de infinito que hay en el hombre. La propia razón se ha encargado de demostrar a los hombres que ella no les basta. Que únicamente el mito posee la preciosa virtud de llenar su yo profundo. (…) La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del mito. La emoción revolucionaria, como escribí en un artículo sobre Gandhi, es una emoción religiosa. Los motivos religiosos se han desplazado del cielo a la tierra. No son divinos, son humanos, son sociales». (José Carlos Mariátegui; El hombre y el mito, 1925)

«El escepticismo que yo defiendo no equivale sino a esto: 1) Que mostrándose de acuerdo los expertos, no es posible afirmar que la posición contraria sea segura. 2) Que no existiendo dicha concordancia, las personas que no sean expertas no pueden considerar segura ninguna posición. 3) Que si todos los expertos sostienen que no hay base suficiente para emitir juicio taxativo, el hombre corriente hará bien en dejar suspenso su propio criterio». (Bertrand Russell; Ensayos escépticos, 1928)

«Ubicando fuera del tiempo y del espacio el modelo en el cual nos inspiramos, corremos ciertamente un riesgo: el de subestimar la realidad del progreso. Nuestra posición se reduce a decir que los hombres, siempre y en todas partes, han emprendido la misma tarea asignándose el mismo objeto, y, en el curso de su devenir, sólo los medios han diferido. (…) Sabiendo que desde hace milenios el hombre no ha logrado sino repetirse, tendremos acceso a esa nobleza del pensamiento que consiste, más allá de todas las repeticiones, en dar por punto de partida a nuestras reflexiones la grandeza indefinible de los comienzos». (Claude Lévi-Strauss; Tristes trópicos, 1955)

«Más tarde conseguí dar con una refutación del historicismo: mostré que, por razones estrictamente lógicas, nos es imposible predecir el curso futuro de la historia. (…) No podemos predecir, por métodos racionales o científicos, el crecimiento futuro de nuestros conocimientos científicos. (…) No podemos, por tanto, predecir el curso futuro de la historia humana. (…) Esto significa que hemos de rechazar la posibilidad de una historia teórica, es decir, de una ciencia histórica y social de la misma naturaleza que la física teórica. No puede haber una teoría científica del desarrollo histórico que sirva de base para la predicción histórica». (Karl Popper; La miseria del historicismo, 1956)

«La ciencia no sería un conocimiento sino una construcción o una transformación históricamente dada que tiene unas características especialísimas, que consiste no propiamente en representar al mundo, con verdad o con falsedad, sino de algún modo en intervenir en el mundo e incorporar el propio mundo –o la parte del mundo que sea– en la propia ciencia». (Gustavo Bueno; Epistemología y Gnoseología, 2010)

Estas citas bastan para echar abajo la apariencia «científica» de estos gurús que la filosofía burguesa contemporánea acostumbra a reverenciar. Pese a los postulados pretenciosos del posmodernismo acerca de «superar la sociedad y filosofía moderna», comprendida para ellos entre los siglos XVIII-XX, lo cierto es que estos autores no hicieron más que retornar una y otra vez a los clichés de la filosofía previa, rescatando de ella el romanticismo, el misticismo, el agnosticismo, el pesimismo, el relativismo, el nihilismo, el irracionalismo, el subjetivismo y la religión. Queda corroborado que autores como Lacan, Derrida o Focault no tenían nada de «novedoso», siendo sus trabajos una mera adaptación de aquellos de autores previos a la sociedad e inquietudes de su tiempo.

Marx resumió a la perfección este fenómeno consecutivo de adaptación ideológica que ocurre en cada generación:

«Esta concepción revela que la historia no termina disolviéndose en la «autoconciencia», como el «espíritu del espíritu», sino que en cada una de sus fases se encuentra un resultado material, una suma de fuerzas productivas, una actitud históricamente creada de los hombres hacia la naturaleza y de los unos hacia los otros, que cada generación transfiere a la que le sigue, una masa de fuerzas productivas, capitales y circunstancias, que, aunque de una parte sean modificados por la nueva generación, dictan a ésta, de otra parte, sus propias condiciones de vida y le imprimen un determinado desarrollo, un carácter especial; de que, por tanto, las circunstancias hacen al hombre en la misma medida en que éste hace a las circunstancias». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

Cabría preguntarnos, ¿por qué todas estas ideologías han prometido una «revolución total» y han perecido siendo sustituidas por otras «similares», unas tras otras, sin llegar siquiera a poner en jaque al sistema capitalista?

«Esta suma de fuerzas productivas, capitales y formas de relación social con que cada individuo y cada generación se encuentran como con algo dado es el fundamento real de lo que los filósofos se representan como la «sustancia» y la «esencia del hombre», elevándolo a la apoteosis y combatiéndolo; un fundamento real que no se ve menoscabado en lo más mínimo en cuanto a su acción y a sus influencias sobre el desarrollo de los hombres por el hecho de que estos filósofos se rebelen contra él como «autoconciencia» y como el «único». Y estas condiciones de vida con que las diferentes generaciones se encuentran al nacer deciden también si las conmociones revolucionarias que periódicamente se repiten en la historia serán o no lo suficientemente fuertes para derrocar la base de todo lo existente. Y si no se dan estos elementos materiales de una conmoción total, o sea, de una parte, las fuerzas productivas existentes y, de otra, la formación de una masa revolucionaria que se levante, no sólo en contra de ciertas condiciones de la sociedad anterior, sino en contra de la misma «producción de la vida» vigente hasta ahora, contra la «actividad de conjunto» sobre que descansa, en nada contribuirá a hacer cambiar la marcha práctica de las cosas el que la idea de esta conmoción haya sido proclamada ya una o cien veces». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

Bien, pues esta escuela filosófica totalmente retardataria que es el posmodernismo, más cercana a la época de las cavernas que a la época de los aeroplanos, se ha convertido progresivamente en el mejor y principal aliado filosófico de movimientos sociales como el feminismo o el movimiento LGTB, especialmente cuando se trata de encubrir su sentimentalismo subjetivo y su falta de coherencia interna bajo una apariencia «transgresora» e incluso «revolucionaria».

El filósofo francés Gilles Deleuze tomaría estas ideas y las incrustaría en un sistema general de conceptos: los conceptos de interioridad, exterioridad y el «Afuera».

Lo único que pretende decirnos con los conceptos de interioridad y exterioridad es que entre ellos existe una relación contradictoria, idéntica a aquélla supuesta entre una suerte de esencia y su envoltura. Las palabras –supone Deleuze– son la exterioridad del pensamiento, su simple envoltura. Nos dice que flotan dispersas, sin sentido encerrado en ellas, en el caudal de algo inaprensible. Igualmente ocurre con la realidad y las fuerzas que se supone que sirven de base para la misma. Estas fuerzas no son sino un conjunto de abstracciones verbales –volar, correr, dirigirse, dominar, etc. –que se entretejen y se manifiestan en elementos pasivos y perceptibles: su exterioridad, su adorno; los elementos físicos del mundo del que formamos parte. Estas fuerzas encerradas en los elementos físicos cual alma platónica reciben el apoteósico nombre de «El Afuera».

¿Y cómo se manifiesta este «Afuera»? Mediante un… ¡pliegue!

Jugando a no entender la física contemporánea, que nos habla de planos y de sus distorsiones ocasionadas y manifestadas en fuerzas como las de la gravedad, Deleuze pretende dotar a su discursito idealista de un halo de grandilocuencia mediocre. Un discursito que se reduce a lo siguiente: existe una base inaprensible y caótica de fuerzas –el laureado «Afuera»–, una suerte de idea general y abstracta que se manifiesta en la materia y la dota de sentido y movimiento. Suena a copia barata de Hegel. Y es altamente probable que así sea. Pero Deleuze le pretende añadir varias capas de complejidad: se trata de la filosofía de la cebolla, llena de capas supuestamente impenetrables –en el caso de la filosofía de Deleuze por su pretendida complejidad teórica– y que, con sus conceptos, nos hace llorar al cortarla –llorar de emoción, en el caso deleuziano–. Estas múltiples capas de malograda complejidad se resumen en afirmar que existen «exterioridades» en cada sentido; entre el Afuera y la realidad, entre la realidad y las palabras que la describen y entre estas y el lenguaje que las emplea. ¡Muy sesudo!

Esta filosofía resume a la perfección el marco teórico de supuestos y conjeturas lógicas que el posmodernismo haría suyo: el nihilismo; es decir, considerar que la realidad no tiene un sustento cognoscible, sino que carece de todo sentido.

¿En qué se manifiesta la aplicación a la política de su absurdez en torno a interioridades, exterioridades y El Afuera? En una teoría sin pies ni cabeza.

En resumidas cuentas, siguiendo el escarpado discurrir de conceptos deleuzianos, acabamos hablando de… máquinas. ¿Demasiado mundano para un Maestro de la Filosofía? Si se estuviese refiriendo a máquinas como tal, así podría parecer. Pero la «grandeza» de sus estúpidos conceptos no tarda en asomar cuando nos aclara que, con «máquina», quiere decir predisposiciones. Una suerte de envoltura para esas afamadas «fuerzas», que las sigue ciega e infaliblemente. Y resulta que hay una fuerza en concreto que le es de gran interés para intentar caracterizar el estado del capitalismo tardío; su supuesta fase posmoderna. Y esta fuerza no es otra más que… ¿desear? Nos acaba hablando, así pues, de «máquinas deseantes». ¿Y qué quiere decir este sinsentido? Que «El Poder» –básicamente una fuerza más entre aquéllos incognoscibles, para este filósofo– se manifiesta en nuestros deseos: que nos hace desear cosas que interesan al capital –hablando, concretamente, del consumismo–. Que los seres humanos no son sino una marioneta del deseo de consumir; que no pueden romperlo en su forma impuesta por el capital y que se autodestruyen al perseguir este fin.

Semejante bobaliconada fatalista se puede observar en cualquier crítica de aparente profundidad al sistema capitalista. Esto se refleja en la animación de Steve Cutts llamado: «Happiness» de 2017.  Se supone que, en la ficticia fase posmoderna del capitalismo, el proletariado no puede romper la «lógica» del capital: que se amolda a ella y sucumbe. Y que sus intereses no son los de su clase sino, escondidos entre la maleza, los intereses del capital. Un proletariado angustiado por su situación, a lo antihéroe existencialista, pero que no hace más que reproducirla. El problema social, la lucha de clases, se convierte en un concepto vacío al intentar extirparle la naturaleza material de los intereses en pugna; al creerlos, por contra, como una serie de «lógicas» que atestan nuestras mentes y que nos alienan constantemente sin salida. La única solución que le ven los posmodernos a este problema es la introspección: el intentar extirpar las ideas que nos han hecho creer «los poderosos», como si nuestros intereses de clase no existiesen independientemente de nuestras creencias.

A esta necedad reaccionaria nos lleva la «muy rompedora» filosofía posmoderna.

Volviendo al tema central que nos ocupa, el grado de agnosticismo de las teorías que sostenían los autores posmodernos alcanzaban unos grados de ridiculez sin parangón:

«Vean, por ejemplo, el ejemplo de Bruno Latour, filósofo y sociólogo de la ciencia. Latour publicó en 1976 un artículo sobre la momia de Ramsés II. Los científicos franceses habían descubierto que el faraón murió de tuberculosis, y Latour se preguntó si eso era un anacronismo. «Antes de Koch, el bacilo no tiene existencia real», dijo. No contento con ello, descartó que Koch hubiese descubierto un bacilo preexistente, con el argumento de que eso «tiene sólo la apariencia de sentido común. Piensen un poco en ello. Si Latour está en lo cierto, resulta que las cosas no tienen existencia real hasta que se las descubre. ¿Los cuásares, distantes miles de millones de años-luz de la Tierra, no existen hasta que alguien los fotografió? ¿Las islas Cook no existieron hasta que Cook recaló en ellas? ¿Yo no existo hasta que Angelina Jolie cruce sus ojos con los míos? Si a usted le suena extraño este «razonamiento» bienvenido al club. Ah, y si espera que Latour descubra sus cartas y nos aclare el dilema, puede usted esperar sentado, porque no lo hace». (Arturo Quirantes; Impostores y posmodernos: el caso Sokal, 2014)

Tanto ayer como hoy, las revistas y organismos universitarios más «prestigiosos» aceptan, literalmente, cualquier «estudio» que comulgue con las delirantes ideas en boga, algo que tampoco es novedoso a lo largo de la historia. En los años 80, Alan Sokal expuso la base endeble del pensamiento posmoderno, el cual solo es capaz de sostenerse gracias al oportunismo y la endogamia académica:

«Nueva York, 1996. Un profesor de física llamado Alan Sokal publica en la revista «Social Text» un artículo sobre estudios culturales de la posmodernidad llamado «Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica». Dicho trabajo, especialmente denso a juzgar solo por su título, se convirtió en un gran éxito. El mismo día de su publicación Sokal pasaría a la historia por reconocer que no entendía nada de lo que había escrito y que se trataba de un engaño. Así, él mismo lo definió como «un pastiche de jerga posmoderna, referencias serviles, citas grandiosas fuera de contexto y un rotundo sinsentido que se apoyaba en las citas más estúpidas que se pueden encontrar sobre matemáticas y física». (…) La tesis de Sokal, demostrar algo tan absurdo como que la física cuántica no es más que una construcción social. El propósito del profesor consistía en hacer palpable la dejadez editorial de las revistas de izquierda del momento y ponerlas en jaque. Con su peculiar «performance académica» dio a entender que ni siquiera había una intención real de revisar los artículos, tan solo se necesitaba usar la jerga adecuada y citar a los más eminentes popes del momento. Un año más tarde, Sokal daría el golpe definitivo a los dinosaurios intelectuales de la época con la publicación de su obra «Imposturas intelectuales» junto al físico Jean Bricmont. En ella, critican a destajo a autores intocables como Lacan, Baudrillard o Deleuze por su apropiación de la terminología físico-matemática en conceptos usados fuera de contexto para dar la apariencia de un mayor nivel intelectual a sus lectores sin preocuparse por el sentido intrínseco de los textos». (El Confidencial; Así se escribe un «paper» falso. La estafa intelectual más increíble de nuestro tiempo, 5 de octubre de 2018)

Todo esto que estamos exponiendo confirma lo que Marx y Engels ya exponían hace siglo y medio:

«En el campo de las ciencias históricas, incluyendo la filosofía, con la filosofía clásica ha desaparecido de raíz aquel antiguo espíritu teórico indomable, viniendo a ocupar su puesto un vacuo eclecticismo y una angustiosa preocupación por la carrera y los ingresos, rayana en el más vulgar arribismo. Los representantes oficiales de esta ciencia se han convertido en los ideólogos descarados de la burguesía y del estado existente; y esto, en un momento en que ambos son francamente hostiles a la clase obrera». (Friedrich Engels; Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1886)

¿Y cuál es una de las consecuencias que se desprende de este fenómeno? El desaprovechamiento del talento nacional en favor de la intelectualidad lacayuna, la condena sistemática del ingenio al ostracismo y el rescate de la mediocridad institucional:

«Aquí, la culpa hay que echársela única y exclusivamente a las lamentables condiciones en que se desenvolvía Alemania, en virtud de las cuales las cátedras de filosofía eran monopolizadas por pedantes eclécticos aficionados a sutilezas, mientras que un Feuerbach, que estaba cien codos por encima de ellos, se aldeanizaba y se avinagraba en un pueblucho». (Friedrich Engels; Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1886)

La entrada en escena del posmodernismo supuso la rebelión de los científicos más honestos, aquellos que, de una forma u otra, tendían hacia el materialismo. El antropólogo materialista Marvin Harris denunciaba así lo que había supuesto que el posmodernismo dominase el campo de la antropología:

«En mi opinión, la preocupación actual característica de la posmodemidad por los pensamientos y sentimientos del observador es subjetiva porque conlleva operaciones privadas, idiosincráticas y no comprobables, y no porque permita obtener información acerca de la reacción del observador ante lo observado. (…) Los antropólogos con vocación científica deben incluir al observador en la descripción. Lo que sí debemos rechazar son las explicaciones subjetivas, como se han definido más arriba, ya sean sobre el observador o sobre lo observado. (…) Los abominadores de la ciencia la condenan porque constituye un obstáculo a la adopción de decisiones políticas moralmente correctas, pero el problema es otro. Es la escasez de conocimientos científicos lo que pone en jaque nuestras decisiones político-morales. Para alcanzar altas cimas morales hay que disponer de conocimientos fiables. Tenemos que saber cómo es el mundo, quién hace o ha hecho qué a quién, y quién y qué son responsables del sufrimiento y la injusticia que condenamos, que tratamos de remediar. Cuando así es, los antropólogos de cariz científico pueden proclamar legítimamente que su postura no es sólo moral, sino moralmente superior a la de quienes rechazan la ciencia como fundamento de conocimientos fiables acerca de la condición humana. Las fantasías, intuiciones, interpretaciones y reflexiones pueden servir para redactar buenos poemas y novelas, pero si queremos saber qué puede hacerse respecto de la bomba de relojería que es el sida en África, o los latifundios de Chiapas, renunciar a datos objetivos resulta reprensible. (…) Falsear el proceso de recogida de datos con objeto de hacer que los descubrimientos concuerden con la conclusión político-moral deseada debe excluirse diligentemente». (Marvin Harris; Teorías sobre la cultura en la era posmoderna, 1999)

A lo largo de la historia, las universidades han recibido la consideración de «templos sagrados» del saber. Efectivamente, desde el siglo XIII han sido los centros de investigación y experimentación predilectos, por lo que ha sido desde ellas que los avances más significativos en ciencias sociales y naturales han fructificado. Solo los anarquistas, como Bakunin, negarían tal cosa y promoverían que los revolucionarios abandonasen las universidades y escuelas por considerarlos inútiles. Ahora, una vez aclarado esto, debe saberse que allí, como en todas las esferas de la sociedad, siempre se ha dado una lucha entre materialismo e idealismo, entre dialéctica y metafísica, entre conclusiones reales y conclusiones interesadas, algo normal en un campo que se desenvuelve en medio de eclosiones sociales. Ocurrió así con la filosofía. Cuando la burguesía asentó su poder no tuvo reparos en arrojar por la borda la presunta escrupulosidad que decía haber defendido con el famoso liberalismo. El ejemplo más palpable lo encontramos en el tratamiento del pensamiento de Hegel, del que la burguesía adoptó sus aspectos más reaccionarios a la par que rechazaba aquellos progresistas para, finalmente, adoptar como hijos predilectos a los filósofos más reaccionarios:

«Es necesario puntualizar que, como dijo Marx, a la burguesía le resultaría excitante y positiva la dialéctica hegeliana en los primeros momentos, ya que glorificaba y sintetizaba el nuevo régimen existente como el producto de una evolución donde lo actual era lo más progresista. Ahora bien, conforme el proletariado se empezó a consolidar y a plantear sus luchas, la dialéctica interpretada por los hegelianos de izquierda y después los marxistas como algo cambiante y aplicada a la historia, así como a las luchas socio-políticas, empezó a ser algo incómodo para el nuevo poder burgués:

«En su forma mistificada, la dialéctica se puso de moda en Alemania porque parecía glorificar lo existente. Su aspecto racional es un escándalo y una abominación para la burguesía y sus portavoces doctrinarios, porque en la concepción positiva de lo existente incluye la concepción de su negación, de su aniquilamiento necesario; porque, concibiendo cada forma llegada a ser en el fluir del movimiento, enfoca también su aspecto transitorio; no se deja imponer por nada; es esencialmente crítica y revolucionaria». (Karl Marx; Palabras finales a la segunda edición alemana del Tomo I de El Capital, 1873)

Esta fue la razón por la que la burguesía tendió hacia los hegelianos de derecha que, en su conservadurismo, justificaron los límites y errores de Hegel en cuanto al entendimiento de la dialéctica siempre de forma idealista. La burguesía más desesperada optaría, más tarde, por posicionarse junto a los filósofos idealistas-metafísicos más radicales, como Schopenhauer, quien negaba todo proceso dialéctico de la historia y hablaba de una repetición continua del proceso existente. En este caso vemos a un Schopenhauer influenciado por las ideas religiosas asiáticas del «continuo retorno», que eran aplicadas al colectivo nacional –a los germanos–, algo que, en general, en la filosofía nacionalista alemana y sobre todo la nietzscheana tendría una razón de ser, como en todo nacionalismo: «Volver a ser lo que éramos, volver a repetir los epítetos más gloriosos de nuestra historia, pues, ese es nuestro destino». He aquí todos los ingredientes que el idealismo proporciona tanto a través de la religión como a través del nacionalismo, dando como resultado, en la época del capitalismo moderno, a fenómenos como el fascismo». (Equipo de Bitácora (M-L); Las sandeces de Kohan y Lukács sobre la figura Hegel y su evaluación en la filosofía de la URSS, 2018)

¿Podemos afirmar, entonces, que estos centros de estudio e investigación sean garantía absoluta de conocimiento científico? La burguesía siempre se tendrá que valer de la ciencia para sostener su sistema, por lo que debe producir descubrimientos o mejoras sustanciales, en especial en las ciencias naturales. Pero, en muchos campos, como el de la sociología, el arte o la historia, bien puede «darse el lujo» de dejarse llevar e incluso promover las ideas más fantasmagóricas para adormecer a conocidos y extraños. Ahora, esto no significa que la burguesía sea estúpida. En los momentos clave no recurrirá a estudios sociológicos o económicos posmodernos, sino que se basará, dentro de sus posibilidades, en corrientes más serias y en métodos más certeros para poder atinar en sus planes y pronósticos. Y algunos dirán: «¡¿Si el marxismo es tan útil, por qué no se vale de él la propia burguesía?!». Fácil, porque si ella decidiese movilizar todas sus fuerzas para implementar el marxismo en la economía esto supondría llegar a la conclusión de que debe liquidar su modo de producción. Asimismo, si popularizase sus fundamentos filosóficos dejaría al descubierto la podredumbre de la filosofía idealista-metafísica que ha estado promoviendo ante las masas para engañarlas. En resumen, no lo adopta porque es opuesto a su supervivencia como clase social.

¿Prima entonces la rigurosidad investigativa y el afán de conocimiento objetivo en estos lugares? Ya se ha visto que muchos de los reputados «especialistas» se esfuerzan, muy por el contrario, en que estos sitios no sean el templo del saber, sino su tumba. Se aprovechan del halo de prestigio del que aún gozan los centros educativos y, bajo el aval de «sello científico» del oficialismo, logran introducir ideas más ideológicas que científicas. Muchas de ellas, no nos engañemos, son teorías pintorescas extraídas del propio centro u otros homólogos por las razones ya expuestas. En nuestro tiempo, las más de las veces, las aspiraciones al conocimiento científico se vuelven una ilusión, una carcasa vacía que nace como resultado del mero interés y el lucro.

«Desde el punto de vista del materialismo moderno, es decir, del marxismo, son históricamente condicionales los límites de la aproximación de nuestros conocimientos a la verdad objetiva, absoluta, pero es incondicional la existencia de esta verdad, es una cosa incondicional que nos aproximamos a ella. Son históricamente condicionales los contornos del cuadro, pero es una cosa incondicional que este cuadro representa un modelo objetivamente existente. Es históricamente condicional cuándo y en qué condiciones hemos progresado en nuestro conocimiento de la esencia de las cosas hasta descubrir la alizarina en el alquitrán de hulla o hasta descubrir los electrones en el átomo, pero es incondicional el que cada uno de estos descubrimientos es un progreso del «conocimiento incondicionalmente objetivo». En una palabra, toda ideología es históricamente condicional, pero es incondicional que a toda ideología científica –a diferencia, por ejemplo, de la ideología religiosa– corresponde una verdad objetiva, una naturaleza absoluta. Diréis: esta distinción entre la verdad absoluta y la verdad relativa es imprecisa. Y yo os contestaré: justamente es lo bastante «imprecisa» para impedir que la ciencia se convierta en un dogma en el mal sentido de esta palabra, en una cosa muerta, paralizada, osificada; pero, al mismo tiempo, es lo bastante «precisa» para deslindar los campos del modo más resuelto e irrevocable entre nosotros y el fideísmo, el agnosticismo, el idealismo filosófico y la sofística de los adeptos de Hume y de Kant Hay aquí un límite que no habéis notado, y no habiéndolo notado, habéis caído en el fango de la filosofía reaccionaria. Es el límite entre el materialismo dialéctico y el relativismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Materialismo y empiriocriticismo, 1908)

Rescatemos una interesante reflexión que va en esta dirección, demostrando el dominio del pragmatismo, el relativismo o el utilitarismo, todo ello condensado en el denso posmodernismo que prolifera en los centros universitarios y que termina por afectar al alumnado con las dramáticas consecuencias obvias que se derivan:

«Los posmodernos deben su éxito entre la juventud universitaria a la envoltura «revolucionaria» y «crítica» en la que han envuelto sus cínicos postulados agnósticos. La siguiente declaración de esta filósofa pragmática bien podría resumir el dogma que ha pivotado sobre el posmodernismo:

«La verdad no es sino un dispositivo retórico para la promoción de afirmaciones que sirvan a los intereses de los poderosos. (…) Lo que se considera verdad, prosigue el argumento, no es tal cosa sino únicamente lo que los poderosos se las han apañado para que sea aceptado como verdad. De este modo del concepto de verdad no es sino una patraña ideológica». (Susan Haack; Unidad de la verdad y pluralidad de las verdades, 2005)

Esto quiere decir que o bien todas las verdades, para ser consideradas como tales, deben servir a los intereses de los poderosos, o bien que cualquier cosa puede elevarse al estatus de verdad eludiendo al criterio de la práctica: ¿es nuestra interacción conjunta como sociedad ante un fenómeno una prueba de los postulados considerados ciertos o no? ¿Acaso los poderosos no tienen interés más que en esconder la verdad y no en conocerla? ¿No les interesa aprehender las propiedades de los fenómenos para usarlos en su beneficio? Sus intereses afectan no tanto a la cognoscibilidad del mundo, sino a para qué la emplean y cómo la interpretan. Pero interpretación y conocimiento no son sinónimos, por mucho que se quiera, de modo que un criterio de interpretación de hechos no equivale a un criterio de conocimiento de hechos.

Ni todas las verdades sirven a los poderosos, ni estos pueden controlar el proceso de interacción con la realidad de los millones de seres humanos que se distribuyen sobre la faz de la Tierra. Es imposible que no se desarrollasen, en condiciones ficticias de gobernantes superpoderosos que lo controlan absolutamente todo –sin morir de agotamiento por ello–, verdades paralelas que chocasen con las «oficiales», formuladas gracias a dicha interacción humana espontánea con la vida de la que formamos parte y que transformamos diariamente.

El hecho de que haya verdades consideradas como tales ante las que los intereses de los poderosos sean indiferentes o ni siquiera estén involucrados demuestra que hay afirmaciones elevadas a verdad debido a criterios distintos a ese supuesto «interés de los poderosos». La verdad es una representación mental de las propiedades de la realidad, de la materia, que existe independientemente de que la percibamos o no y, por tanto, de que formulemos un interés por explotarla o no. ¿Por qué les interesa a los poderosos que creamos que nuestro sistema digestivo funciona de tal forma? ¿O que los átomos se relacionan de tal u otra forma? Seguir manteniendo la tesis «cínica» de que toda verdad se corresponde con un interés de los poderosos –que son los que controlan los medios de comunicación– llevaría a conclusiones absurdas. Todo esto reduce el argumento «cínico» de los posmodernos al nivel de falacia.

La ideología burguesa, como ideología dominante, se debate constantemente entre dos antípodas. Necesita aceptar la cognoscibilidad del mundo para poder seguir desarrollando las fuerzas productivas y la producción de plusvalía. Pero asimismo necesita ocultar la auténtica faz del modo de producción capitalista en un velo de «incognoscibilidad». Por ello existen dos ramificaciones de la ideología burguesa que se encuentran en constante pugna en el mundo intelectual contemporáneo. Por una parte los llamados «cientificistas», que son fuertes en las ciencias naturales –las que emplea la burguesía para desarrollar la producción de plusvalía al desentrañar las propiedades del mundo circundante– y, por otra parte, los «constructivistas», posmodernos, etc., que defienden la incognoscibilidad del mundo y que son fuertes en las ciencias sociales, de modo que puedan minar los esfuerzos por comprender cómo funciona y a dónde se dirige el capitalismo, ahogando los esfuerzos por comprenderlo en un mar de «interpretacionismo» y de relativismo absoluto». (Lev Wasilew; El cinismo de la teoría posmoderna de la verdad, 2019)

¿Acaso estos nuevos posmodernos, que son en realidad los mismos viejos agnósticos, se atreverían a decir que no podemos saber si al saltar por una ventana caeremos al vacío porque la ley de la gravedad es solo fruto de nuestra observación subjetiva y no se puede saber si es verdad o no? Les retamos a probarlo.

«La refutación más contundente de estas manías, como de todas las demás manías filosóficas, es la práctica, o sea el experimento y la industria. Si podemos demostrar la exactitud de nuestro modo de concebir un proceso natural reproduciéndolo nosotros mismos, creándolo como retado de sus mismas condiciones, y si, además, lo ponemos al servicio de nuestros propios fines, daremos al traste con la «cosa en sí» inasequible de Kant. Las sustancias químicas producidas en el cuerpo animal y vegetal siguieron siendo «cosas en sí» inasequibles hasta que la química orgánica comenzó a producirlas unas tras otras; con ello, la «cosa en sí» se convirtió en una cosa para nosotros». (Friedrich Engels; Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1888)

La diferencia entre afirmar que las cosas no existen o que no se puede saber si existen no es muy grande, el agnosticismo, negando las cosmovisiones y la realidad objetiva, prepara el terreno para que la burguesía mantenga su cosmovisión del mundo tranquilamente.

Las ideas del posmodernismo y similares son, en realidad, tan antiguas que podemos encontrarlas en las obras de los «hegelianos de izquierda», que fueron los primeros adversarios políticos del marxismo, y este último es el que los posmodernos hoy dicen querer y poder «superar» con su novísima filosofía. Marx y Engels ridiculizaban así esta cosmovisión del mundo:

«Un hombre listo dio una vez en pensar que los hombres se hundían en el agua y se ahogaban simplemente porque se dejaban llevar de la idea de la gravedad. Tan pronto como se quitasen esta idea de la cabeza, considerándola por ejemplo como una idea nacida de la superstición, como una idea religiosa, quedarían sustraídos al peligro de ahogarse. Ese hombre se pasó la vida luchando contra la ilusión de la gravedad, de cuyas nocivas consecuencias le aportaban nuevas y abundantes pruebas todas las estadísticas. Este hombre listo era el prototipo de los nuevos filósofos revolucionarios alemanes». (Karl Marx y Friedrich Engels; Ideología alemana, 1846)

El posmodernismo es entonces la evolución lógica del pensamiento caduco burgués, que toma nuevas formas durante la segunda mitad del siglo XX, este pensamiento se revistió de palabrería científica o revolucionaria para contrarrestar el marxismo-leninismo. «Pero, aunque la mona se vista de seda, mona se queda». Y el posmodernismo, que dice superar el marxismo, no es más que la intelectualidad burguesa intentando retrotraerse a modos de pensar ya superados por la historia. Cómo no, este pensamiento ha atraído a su alrededor a todos los intelectualoides pequeño burgueses que en lugar de poner al servicio del proletariado y la revolución sus conocimientos, los usan para ganar un poco de fama entre la burguesía, que compra encantada sus argumentos. Uno de estos autores era ni más ni menos que Michel Foucault, uno de los más influyentes en los movimientos feministas o en la teoría queer. Foucault consideraba que el sujeto revolucionario eran los prisioneros, los locos, las minorías olvidadas, etc. Poniendo por delante las condiciones subjetivas de cada individuo a su condición de proletario, eliminando así cualquier proyecto colectivo emancipador. ¿Como no iba a gustarle Foucault a la CIA?

Volvamos al tema del posmodernismo, en concreto, a su relación con el feminismo. ¿En qué se diferencia el caso Sokal de los famosos estudios de género y sus análisis fraudulentos? Evidentemente no se pueden diferenciar sustancialmente porque se basan en sus mismas bases:

«Mientras tanto, los estudios de género ya estaban haciendo lo mismo que el posmodernismo. Habían llegado a considerar el conocimiento como una construcción cultural –principio de conocimiento posmoderno–, trabajaba dentro de muchos vectores de poder y privilegio –principio político posmoderno–, y estaba deconstruyendo categorías, desdibujando los límites, centrándose en los discursos, practicando el relativismo cultural y honrando la sabiduría de los grupos de identidad». (Helen Pluckrose y James Lindsay; Teorías cínicas. Cómo el activismo universitario hizo que todo se relacionara con la raza, el género y la identidad, y por qué esto nos perjudica a todos, 2020)

Veámoslo directamente de la pluma de una de sus autoras:

«El cambio de paradigma en la ciencia social feminista comienza con el concepto de género como principio organizador del orden social general en las sociedades modernas y todas las instituciones sociales, incluyendo la economía, la política, la religión, el ejército, la educación y la medicina, no solo la familia. En esta conceptualización, el género no es solo parte de las estructuras de la personalidad y la identidad, sino que es un estatus formal y burocrático, así como un estatus en los sistemas de estratificación multidimensional, las economías políticas y las jerarquías de poder». (Judith Lorber; Manual de Estudios de Género y Mujeres, 2006)

Para ellos, el género literalmente lo decide todo. Para solucionar esto propone:

«El análisis del poder y el control social imbricado en la construcción social de género y sexualidad, que pone al descubierto la hegemonía de los hombres dominantes, su versión de la masculinidad y la heterosexualidad. (…) Las ciencias sociales feministas han elaborado diseños y metodologías de investigación que han permitido que los puntos de vista de las mujeres oprimidas y reprimidas de todo el mundo pasen a primer plano y que reflejan análisis interseccionales cada vez más sofisticados de la clase, la etnia, la raza, la religión y la sexualidad». (Judith Lorber; Manual de Estudios de Género y Mujeres, 2006)

Ocurre de igual modo con los llamados «estudios de género», tan frecuentes hoy y que también son dirigidos, en su mayoría, por el feminismo posmoderno. ¿Podemos confiar en su «rigurosidad» científica? Ya sabemos que no, por lo que acabamos exponer. Pero, para aquellos lectores que aún dudan, existe un caso especialmente paradigmático capaz de ilustrar el fenómeno a la perfección. Recientemente, Pluckrose, Lindsey y Boghossian publicaron adrede diversos estudios provocativos en los que no creían –ni por asomo–. Con esto se volvió a demostrar el nivel de degradación de las instituciones oficiales:

«Si hay algo que define nuestra época es la proliferación de estudios científicos sobre asuntos tan candentes como el racismo, la sexualidad o el género. Debido al gran interés social que suscitan y a los largos debates que surgen en las redes, muchos intelectuales deciden subirse al carro y aprovechar el tirón de estos temas para relanzar su carrera, figurar o aprovecharse económicamente. Una realidad cada vez más evidente y que no debería hacer ninguna gracia a las personas que sufren la discriminación en sus propias carnes. A continuación, tres ejemplos: «Reacciones humanas a la cultura de la violación y la performatividad queer en parques urbanos para perros en Portland, Oregon». «¿Quiénes son ellos para juzgar? Superar la antropometría y avanzar hacia un marco para el culturismo gordo». «Entrar por la puerta de atrás: un reto para los heterosexuales masculinos frente a la homohisteria y la transfobia a través del uso de juguetes sexuales penetrantes receptivos». Estos pomposos y delirantes títulos, a pesar de parecer salidos de un episodio de «Los Simpsons» o de una novela posmoderna, fueron publicados en revistas británicas tan prestigiosas como «Gender, Place & Culture, «Fat Studies», o «Sexuality & Culture», respectivamente. ¿Sus autores? Helen Pluckrose, James A. Lidnsay y Peter Boghossian, tres investigadores del Reino Unido que decidieron repetir el escándalo Sokal a niveles macro. Su propósito, colar siete estudios falsos en las principales revistas académicas del país. (…) Este tipo de trabajos, según ellos, son propuestos por encargo por áreas académicas organizadas alrededor de ciertos grupos de víctimas para politizar el discurso social. «Los estudios basados en la atención a quejas de grupos sociales se han normalizado en su falta a la verdad, y sus académicos cada vez presionan más a estudiantes para que apoyen su cosmovisión», declaran Pluckrose, Lindsey y Boghossian, a través de un artículo a modo de confesión publicado en la revista «Aeron». «Esta visión del mundo no es científica, y mucho menos rigurosa. Para muchos, este problema se ha vuelto cada vez más obvio, pero faltan pruebas sólidas». (El Confidencial; Así se escribe un «paper» falso. La estafa intelectual más increíble de nuestro tiempo, 5 de octubre de 2018)

¿Y qué contenían estos ridículos artículos que lograron ser introducidos sin problema en las supuestas «revistas científicas»?

«En el de los perros, calificado como «excelente» por el tribunal y alabado por sus revisores, su tesis se define tal que así: «Los parques para perros son espacios propicios para la violación y un lugar de cultura de la violación canina y opresión sistémica contra el perro a través del cual se pueden medir las actitudes humanas hacia estos problemas. Esto nos da una idea de cómo podemos entrenar a los hombres para que abandonen la violencia sexual y el machismo hacia los que están inclinados». Desternillante». «Las normas culturales opresivas hacen que la sociedad valore mucho más tener músculos, en vez de admirar la grasa. El culturismo podría salir beneficiado al incluir cuerpos obesos expuestos de una forma no competitiva», según reza otra tesis. Pero el más divertido es el que va expresamente sobre dildos: «Es muy extraño que los hombres se autopenetren con juguetes sexuales. Esto puede deberse al miedo a ser considerados homosexuales –«homohisteria»– o transexual –«transfobia»–. En el estudio se combinan estas ideas en un nuevo concepto, «transhisteria», sugerido por uno de los revisores del artículo. Si se les alienta a practicar la penetración anal receptiva disminuirá su transfobia y aumentarán sus creencias feministas». Pero eso no es todo. Pluckrose, Lindsey y Boghossian realizaron hasta siete artículos. Otro de los más sugerentes es el titulado «Reuniones lunares y el sentido de una comunidad de hermanas: una representación poética de la espiritualidad feminista», el cual carece de tesis y consiste en «un monólogo poético de una feminista amargada y divorciada, con reflexiones autoetnográficas sobre la sexualidad y espiritualidad femenina». Más sobre feminismo: «Tu lucha es mi lucha: solidaridad feminista como una respuesta cruzada al feminismo neoliberal y selectivo», en el que se contienen fragmentos del «Mein Kampf» de Hitler reescritos con neolengua feminista para así entroncar con la perspectiva de género». (El Confidencial; Así se escribe un «paper» falso. La estafa intelectual más increíble de nuestro tiempo, 5 de octubre de 2018)

Efectivamente, el posmodernismo es una escuela filosófica pesimista e irracional que bebe del existencialismo y similares, por lo que sus soluciones siempre son abominables, un paso atrás para la humanidad:

«La postmodernidad educativa tiene un parangón o modelo filosófico en el cual se inspira; se trata de las filosofías postmodernas, que inspiradas acaso en la obra de Nietzsche. (…) Incluso las verdades científicas se relativizan en el contexto de la postmodernidad, pues la ciencia tiene de cada vez más dependencia de los contextos sociales. Además, la naturaleza –que secularmente ha sido el objeto de aplicación de la ciencia– acepta también otras explicaciones –mítica, artística, funcional– cuya validez puede ser idéntica o pareja a la explicación matemática. Y es que en la postmodernidad, ciencia y mito no están en oposición; ambas cosas son igualmente válidas si es que sirven a los intereses de los hombres. Es una versión más del todo vale, tan propia del relativismo postmoderno». (Antonio J. Colom Cañellas; Postmodernidad y educación. Fundamentos y perspectivas, 1997)

«El giro interseccional fue impulsado por académicas y activistas, que utilizaron elementos de la teoría queer, la teoría poscolonial y especialmente la teoría crítica de la raza para problematizar el feminismo y a las feministas, además de comentar lo que pintaron como una sociedad irreformable, complicada y opresiva». (Helen Pluckrose y James Lindsay; Teorías cínicas. Cómo el activismo universitario hizo que todo se relacionara con la raza, el género y la identidad, y por qué esto nos perjudica a todos, 2020)

Es esta premisa filosófica misántropa que el feminismo heredó de corrientes predecesoras, la matriz de la que sus ideólogos más fanáticos han acabado por extraer es que no existe redención posible a corto ni largo plazo ante fenómenos como el racismo, el machismo o el imperialismo. La humanidad, pues, estaría condenada a vagar errantemente ante sus defectos originados no por el capitalismo, sino por el dichoso patriarcado. ¡Pero no todo está perdido! Algunos vieron la «solución» inyectándole una visión más marcadamente sexista, donde ya solo cabe proponer medidas draconianas, como teorías biologicistas o místicas sobre el carácter dañino del hombre, o recomendar la homosexualidad en la mujer para evitar daños físicos y emocionales ante los varones, inclusive la salvajada mental de declarar sin complejos la guerra de sexos final para la salvación del planeta. ¿Por qué no?

Pudiera parecer que, a priori, el feminismo chocase filosóficamente con estas escuelas previas, por ejemplo, con el principio posmoderno de romper definitivamente con los «grandes relatos históricos» y «verdades universales». ¿Cómo es conjugable eso con la pretensión feminista de difundir su relato sobre el «heteropatriarcado»? ¡He ahí precisamente la astucia del feminismo a la hora de deshacer ese nudo gordiano y adaptarse a la filosofía de moda! Rescató del viejo estructuralismo el relato simplista y totalizador sobre «las estructuras de poder que lo dominan todo», en palabras de Lacan y Focault, una estructuración que también sustentaría dicha opresión a través de la lingüística. A la vez se adora el pragmatismo del posmodernismo, la idea famosa de Deleuze sobre los «constructos sociales existentes», ante los que solo el sentir subjetivo nos salvará de la injusticia, por lo que, como diría Derrida, debemos «deconstruirnos», debemos crear «verdades y valores» propios si son útiles para nuestros fines. De este batiburrillo de conceptos muy manidos debemos subrayar que, para este feminismo posmoderno:

«La crítica social cambia de forma y de carácter, se vuelve pragmática, ad hoc, contextual y local». (Linda J. Nicholson; Feminismo/ posmodernismo, 1990)

Esta «flexibilidad» pone en valor lo local, lo mío, lo que pienso que es, frente a lo externo, lo global, lo que es. Esa ausencia de necesidad de explicar con sentido los hechos y sus conexiones con objetividad es lo que hace del posmodernismo una filosofía sumamente atractiva para el feminismo. Esta es una fusión que viene dándose desde hace muchos años:

«En la información publicada en su periódico a propósito de las jornadas organizadas recientemente en Madrid por un sector del movimiento feminista, se destacaba la amplitud y diversidad de puntos de vista reflejados en las mismas. (…) Todo ello bajo el signo de un espíritu posmoderno que propugnaba el fin del discurso racional, del sujeto colectivo y de las teorías totalizadoras, reclamando la multiplicidad de experiencias y deseos individuales como única fuente legítima para la formulación de alternativas progresistas y liberadoras. (…) Las recientes jornadas han aportado, precisamente, una de las claves que explican la incapacidad de respuesta actual del movimiento: la evolución de una gran parte de éste hacia posiciones de corte cada vez más subjetivista, en las que el yo se convierte en la referencia fundamental y la diversidad de vivencias e inquietudes de las mujeres se traduce en una confusa amalgama de voces y proposiciones inconexas, consideradas todas ellas igual de válidas aunque algunas sean excluyentes o incompatibles entre sí». (El País; Feminismo y posmodernidad, 1993)

La unión entre feminismo y posmodernismo se ha consumado irremediablemente hasta lograr un sincretismo total muy fructífero para ambos. El primero, como opción política y discursiva, y el segundo, como forma de pensar y accionar. Este posmodernismo feminista, pese a ser una ideología «oficialista», es rechazada en un grado bastante alto por gran parte de la población. Aun cuando hoy muchos elementos honestos rechazan el posmodernismo feminista identificándolo como charlatanería pura, no conocen realmente sus raíces ideológicas –y no nos referimos únicamente a las del siglo XX–, por lo que tienen una repulsa honesta aun cuando son incapaces de explicarla o hallar los orígenes de esta ideología degenerada. Aunque todo el mundo profese una filosofía determinada, el conocimiento de su historia, metodología y autores es «terra incognita» para la gran mayoría de la población, por lo que tampoco es extraño que acaben oponiéndose a unas ideas desde otras filosofías bastardas, incluso defender sus mismas estupideces en el resto de campos. Un ejemplo de esto es todo el conjunto de autores «antiposmodernos» que acaban por reproducir actitudes y adorar a autores cercanos a esta línea:

«Para que el lector comprenda por qué la lucha de estos personajes es de atrezo, si en España hay un político que refleja el posmodernismo ese es, sin duda, el líder reformista de Podemos, Pablo Iglesias, una figura que el nuevo «adalid del antiposmodernismo» en Latinoamérica, Martín Licata, ponía como ejemplo a seguir en sus textos. Otro buen ejemplo es Roberto Vaquero, cuya «encarnizada lucha» contra el posmodernismo no le impide promover a reaccionarios de la talla de Abdullah Öcalan, defensor de teorías feministas –y atroces– como aquella que reza que existe una «ciencia de hombres» y otra «ciencia de mujeres». Esto certifica que la lucha antiposmoderna de estos grupos es sumamente incoherente. Está completamente basada en las filias y fobias de sus autores y vestida de un eclecticismo tan burdo que cree que puede rescatar algo con sentido de aquí para juntarlo con el marxismo. Lo mismo podría decirse del filósofo canadiense Jordan Peterson, el azote de lo «políticamente correcto» en el mundo de habla inglesa y representante de la llamada «alt-right» –«derecha alternativa»–. ¿Se diferencia tanto de la «izquierda posmoderna» a la cual siempre ataca? Desde el utilitarismo, el psicoanálisis y el darwinismo social considera la verdad no como algo objetivo, sino en palabras de Nietzsche, lo que te puede ser útil, lo que permite sobrevivir, aceptando religión y mito, aunque ni siquiera exista una creencia real en ellos. (…) Hay que dejar claro de una vez que rechazar las absurdas propuestas del ecologismo, el feminismo o el movimiento LGTB más influenciado por el posmodernismo, cayendo en posiciones retrógradas –reproduciendo esquemas tránsfobos u homófobos, o abanderando un negacionismo del papel del hombre en el cambio climático– uno se asemeja más a la posición política de la derecha tradicional que a otra cosa. En su momento se destapó cómo el propio Martín Licata se dedicaba a insultar a los transexuales, insinuando que todos eran prostitutos y enfermos, del mismo modo que hemos sido testigos de cómo Roberto Vaquero o Santiago Armesilla han realizado ataques similares hacia la comunidad LGTB con argumentos desfasados». (Equipo de Bitácora (M-L); Antología sobre Reconstrucción Comunista y su podredumbre oportunista, 2020)

Algunos califican al posmodernismo como la filosofía del «eclecticismo» y el «cinismo». En efecto, así es. Pero un análisis concienzudo de la historia de la filosofía revela que gran parte de las corrientes se han valido de un sincretismo ante la incapacidad de tener un sistema propio bien estructurado. En todo caso, de lo que deberíamos hablar es de que el posmodernismo ha llevado al paroxismo un proceso que ya se venía produciendo en la filosofía idealista contemporánea. Aunque, en general, a toda la filosofía burguesa le cueste ser cada vez más seria y creativa, recurriendo a fusiones filosóficas cada vez más extrañas para ocultar sus fracasos y falta de vitalidad, lo cierto es que sí logra adaptarse a los desarrollos socio-económicos que se van produciendo –si no fuese así, no cuadraría con las demandas de la época y ya habría sido sustituida por otra corriente más eficaz para el poder capitalista, como ocurrió con sus predecesoras–. El posmodernismo, por su propio carácter tan amplio y flexible que apela a un «pluralismo filosófico» –en resumidas cuentas, un «todo vale»– permite a la burguesía disponer de una gran capacidad para maniobrar con extrema facilidad. Gracias a esto se ha demostrado sobradamente que todavía hoy cumple muy bien con su función como agente del «diversionismo ideológico» y adormecedora de mentes. Por su promoción de la «atomización y «relativización» de las identidades, ideas y valores, el capital encuentra en esta corriente la mejor aliada para extinguir cualquier posible inquietud verdaderamente revolucionaria.

También cabe anotar que, aunque sus planteamientos parezcan cada vez más absurdos, su mercancía filosófica seguirá siendo comprada socialmente sin problemas mientras el nivel político-ideológico general sea paupérrimo. Es por ello que, como siempre venimos insistiendo, solo una organización marxista disciplinada en lo organizativo, coherente en lo filosófico y con grandes dotes propagandísticas es la única esperanza en el horizonte capaz de romper la barrera de la hegemonía ideológico-cultural que cada vez se ha vuelto más infranqueable en todos los campos de la vida. Y ya no nos referimos –solamente– a la influencia del posmodernismo, sino también a la del nacionalismo, el feminismo y toda ideología burguesa en general que hoy es dominante.

¿Puede ser entonces el posmodernismo el centro de nuestras críticas? Este es, ciertamente, un enorme problema de corte filosófico que penetra especialmente entre profesores y estudiantes, pero no deja de ser un reflejo ideológico que encubre el sistema económico capitalista, pues, este último, bien puede prescindir de él como prescindió de sus predecesores a lo largo de su historia. No menos cierto es que entre gran parte de la población, de los trabajadores, el posmodernismo sigue siendo un gran desconocido que solo irradia sus valores a través de la cultura –música, pintura, arte, arquitectura y otros–. En otros casos, los individuos no están familiarizados con sus ideales y, de estarlo, lo rechazarían con gran desdén y rapidez. En otras ocasiones, el posmodernismo es negado y odiado sin peros posibles por los elementos mínimamente progresistas y honestos. En última instancia, hay que tener en cuenta que, como toda corriente que se desenvuelve en una sociedad divida en clases, existen otras corrientes que compiten contra él presentándose como «la alternativa», tales como las escuelas filosóficas neoliberales, u otras, como aquellas centradas en un discurso más estrictamente nacionalista. Es por ello que el revolucionario que centra su discurso crítico única y exclusivamente en una corriente filosófica lo hace porque, muy seguramente, se halla seducido o simpatiza con otras de un talante igualmente burgués y que omite.

Al hombre progresista actual le corresponde desconfiar, corroborar y confrontar el sello científico oficial que provenga de las instituciones. Pero su aspiración no debe ser tratar de hegemonizar y lograr una revolución cultural desde dentro del propio sistema, sino tener en cuenta que la nueva cultura del mañana no podrá asentarse sin acaparar los resortes del poder e introducir previamente una revolución política y económica. Lo contrario es invertir el orden de importancia.

«La fuerza propulsora de la historia, incluso la de la religión, la filosofía, y toda teoría, no es la crítica, sino la revolución. (…) De lo que se trata en realidad y para el materialista práctico, es decir, para el comunista, es de revolucionar el mundo existente, de atacar prácticamente y de hacer cambiar las cosas con que nos encontramos. (…) Toda dominación en general, tiene que empezar conquistando el poder político». (Karl Marx y Friedrich Engels; La ideología alemana, 1846)

Así pues:

«Como en todos los terrenos de la vida social, también en el de la cultura, la revolución socialista marca un viraje radical, que se opera en varias direcciones:  a) en el contenido de la cultura y en sus ritmos de desarrollo; b) en su asimilación; c) en su función.  Por lo que concierne al contenido, la cultura en las nuevas condiciones marcadas por la dictadura del proletariado y la construcción socialista se inspira en su conjunto en los intereses del proletariado, que son los de todas las masas trabajadoras. Con el tránsito al socialismo la cultura se enriquece y se desarrolla con ritmos mucho más rápidos que nunca y reviste íntegramente un neto contenido socialista conservando y desarrollando su propio carácter nacional. En cuanto a la creación y la asimilación, ahora la cultura se torna masiva, popular, es creada por las amplias masas trabajadoras y es en su totalidad propiedad y patrimonio de ellas. En lo que respecta, por último, a su función social, ya no está al servicio de los intereses de las clases explotadoras, como lo estuvo una parte de la cultura anterior que justificaba la opresión y la explotación del pueblo, sino que sirve de poderoso medio para el incesante progreso de la sociedad hacia el socialismo y el comunismo. En la sociedad socialista la cultura conquista todo su valor, se ajusta a su verdadero destino, transformándose en terreno de expresión de las capacidades creadoras del hombre, además de jugar un notable papel en la educación ideológica de los trabajadores, en la formación de su conciencia socialista, de su nueva actitud frente al trabajo, la propiedad y la sociedad. Hace más hermosa y agradable la vida de los trabajadores, y les inspira y moviliza para emprender grandes obras al servicio del socialismo». (Zija Xholi; Por una concepción más justa de la cultura nacional, 1985)

1 COMENTARIO

  1. Bom artigo de desmascaramento do valetudo da filosofia posmodernista como sustentaculo ideologico do capitalismo moribundo. A filosofia reflete a sociedade economica vigente, e o caos posmodernista reflete o caos capitalista.
    Depois de Marx a filosofia estagnou, e a continuidade e o desenvolvimento das suas ideias, do marxismo, só vai ocorrer após a revolução comunista, que coloca no caixote do lixo da história o capitalismo e os seus filosofos posmodernistas. Só nessa altura, com as novas condições socioeconomicas do comunismo a filosofia marxista vai desenvolver-se em termos teoricos. Em termos praticos Lenin Stalin e outros deram contribuições decisivas, mas em termos teoricos nada se avançou. Hoje Marx é o filosofo de vanguarda do conhecimento humano, e só no comunismo haverá novos desenvolvimentos teoricos do marxismo.

    Isso não retira validade aos pensadores posmodernistas, que deram contribuições ao paradigma filosófico cessante e deixaram alguns fundamentos que vão permitir que no comunismo a filosofia tenha já resolvido os antiexemplos do pensamento anterior, e possa estar livre dos velhos arquetipos que lhe vão permitir desenvolver o novo paradigma filosofico comunista.
    Os comunistas devem estudar conhecer e rebater a filosofia posmodernista, e juntar aos cerca de 30 filosofos citados no artigo outros mais para poder aproveitar os fundamentos do antigo paradigma capitalista para fundar o novo paradigma filosofico comunista. Mesmo sabendo pelo filosofo Thomas Khun que do antigo paradigma pouco fica. Mas nem que seja para as lições de história da filosofia todo o comunista tem de conhecer a obra destes filosofos posmodernistas. E os clássicos.

    É um facto historico que nos 150 anos finais do capitalismo toda a tentativa de desenvolvimento teórico do filosofo de vanguarda Karl Marx por todo o genero de filosofos redundou na mistificação do seu avanço teórico e na deturpação. Só no comunismo o marxismo servirá de base ao seu avanço teórico, com as novas condições socioeconomicas comunistas. É a base económica que determina a filosofia e não o contrário. A crítica nunca substitui a revolução social.

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