¿Reforma o Revolución?: Reflexiones sobre una opción política irrealizable

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40 años de perspectiva histórica: Del eurocomunismo a Pablo Iglesias o Alberto Garzón

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Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA / REDACCIÓN CANARIAS-SEMANAL.ORG

No descubrimos el Mediterráneo al afirmar que una clase social oprimida sin conocimiento de su propia historia se encuentra a merced de sus enemigos. Incapaz incluso de identificarlos para defenderse adecuadamente de sus ataques y aún más de orientarse hacia su propio camino de liberación. Superar el permanente “borrado del ayer” que se ha impuesto en nuestras sociedades con este propósito desmovilizador resulta, por tanto, una condición indispensable para que las clases trabajadoras puedan empezar a reconstruir un proyecto político de emancipación.   No se trata, por tanto, de rebuscar en el pasado por una suerte de nostálgico interés “arqueológico”sino con el propósito de recuperar  el hilo conductor con el presente sin el que no podremos dar cuenta de la realidad, ni afrontar los retos contemporáneos.

UN ESCLARECEDOR DEBATE SOBRE EL EUROCOMUNISMO CON MÁS DE 40 AÑOS DE ANTIGÜEDAD

Viene motivado este preámbulo por la lectura que en días pasados pudimos realizar de un esclarecedor debate “sobre el eurocomunismo y el Partido Comunista Italiano” publicado, en noviembre de 1977, en la revista marxista Monthly Review (1).  Se trata, en efecto, de una controversia que tuvo lugar hace la friolera de 43 años, entre el cofundador de la citada revista Paul M. Sweezy y Harry Magdoff, por un lado, y los autores Carl Marzani y Maz Gordon, por el otro, cuyo interés, sin embargo, no ha hecho más que incrementarse con el paso de este tiempo. En primer lugar, porque los planteamientos de los defensores de aquella  pretendida “vía gradual al socialismo” en Europa se muestran hoy definitivamente demolidos por cuatro décadas de historia. Pero también porque, pese a ello, algunas de sus premisas y argumentos todavía son esgrimidos, de una u otra manera, por los sucesores de los viejos eurocomunistas.

¿UNA NUEVA VÍA HACIA EL SOCIALISMO O LA INTEGRACIÓN EN EL CAPITALISMO?

En la discusión teórica desarrollada en Monthly ReviewPaul M. Sweezy y Harry Magdoff sostenían que “los partidos comunistas tradicionales de los países capitalistas centrales estaban siguiendo los pasos de los socialdemócratas”.

Ambos establecían un paralelismo entre la involución que en su día sufrieron los partidos de la II Internacional -renunciando primero a cualquier perspectiva revolucionaria para acabar luego apoyando las aspiraciones expansionistas de sus respectivas burguesías durante la I Guerra Mundial– y el camino que ya transitaban entonces los partidos adscritos al eurocomunismo.

En los dos casos -apuntaban los marxistas norteamericanos- lo que se escondía tras la supuesta “adaptación” a nuevas “condiciones concretas”  no era una “estrategia de transición al socialismo” por la vía de sucesivas reformas pacíficas, sino una simple renuncia al proyecto de construir el socialismo y el comunismo, sustituido por la nueva perspectiva de ser meros gestores del sistema capitalista.

Rechazando esta conclusión, Marzini y Gordon defendían, por el contrario, la estrategia y la táctica de un Partido Comunista Italiano que, por su influencia social y sus éxitos electorales, era entonces el principal referente del Partido Comunista de España y otras organizaciones eurocomunistas.

Para estos autores, Italia era “la nación industrializada más próxima a iniciar una transición al socialismo” (2), gracias a la supuesta conquista de la “hegemonía cultural” por parte del PCI y a sus crecientes éxitos electorales.

Según Marzani, “el Partido Comunista Italiano deseaba gobernar con el apoyo de un 60 ó un 70% de la población -al contrario de lo que sucedió en Chile, donde solo un 30 ó un 35% apoyaba al Gobierno de Allende-, gracias a una estrategia de amplio consenso, el llamado “compromiso histórico”,  que implicaba establecer una “alianza con el centro y la izquierda de la Democracia Cristiana (3).

LA PRUEBA DE LA PRÁCTICA: AUGE Y AUTOLIQUIDACIÓN

Obviamente, el hecho de que el tránsito al socialismo anunciado por los partidos eurocomunistas jamás se llegara a producir en ningún país no basta para concluir que todos sus planteamientos sobre las formas del cambio social estaban equivocados. Al fin y al cabo, quienes tienen claro que la lucha de clases no es más que una guerra que se libra en diferentes escenarios, de diversas formas y con distintos niveles de intensidad -y rechazan cualquier concepción teleológica de la historia- deben asumir igualmente que su desenlace final nunca se puede garantizar.

La propia evolución de estos partidos, en cambio, sí proporcionó una poderosa evidencia para sostener que el juicio de Sweezy y otros marxistas de la época sobre la naturaleza del eurocomunismo no podía estar más acertado.

Como pronosticaron Sweezy y Magdoff, el PCI fue demostrando, en su práctica cotidiana, que su objetivo ya no era otro más que “ayudar a timonear la nave del capitalismo italiano, manteniendo más o menos intacta la estructura institucional de la sociedad” (4).

Su progresiva integración en el sistema capitalista concluyó con la autodisolución del que había sido el mayor partido comunista de Europa, aprobada en su XX Congreso, solo dos años después de la desaparición de la URSS.

Una deriva y una suerte similar, de autoliquidación, sufrió el también poderoso Partido Comunista de Francia, mientras que en el Estado español la naturaleza del eurocomunismo se puso tristemente de manifiesto con la participación del PCE en la llamada “Transición a la democracia”. La operación de restauración de la Monarquía borbónica que daría lugar al Régimen político hoy conocido como  “del 78”.

¿SON LOS “REFORMISTAS” INTRÍNSECAMENTE PERVERSOS?

Pero, ¿dónde se pueden encontrar las claves para explicar esta integración en el sistema de Partidos Comunistas que contaban con una larguísima y abnegada historia de lucha?

En nuestra opinión, despachar el asunto aludiendo expeditivamente a la “traición” de algunos de sus dirigentes, como se hace frecuentemente, constituye una burda simplificación cuyas consecuencias prácticas se suelen ignorar.

Si las traiciones de los dirigentes políticos fueran la única explicación de estos procesos de socialdemocratización, que se han reiterado a lo largo de la historia del socialismo, habría que dar la razón los teóricos de las elites, que niegan la posibilidad de una transformación revolucionaria de la sociedad, y asumir un pesimismo antropológico que no dejaría resquicio alguno para la salvación de la humanidad.

Sin embargo, aunque las traiciones existen, y cualquier ser humano se puede corromper, el análisis concreto de la experiencia eurocomunista, como el de la derechización de los partidos marxistas de la II Internacional, encaja de forma coherente con los supuestos básicos de la teoría marxista del Estado.

Partiendo de ellos no es tan difícil comprender que a los comunistas de los años 70 les ocurrió algo similar a lo que les habría pasado a unos hipotéticos esclavos romanos a los que se les hubiera permitido formar parte del Senado del Imperio para oponerse, desde allí, a esta institución esclavista que resultaba imprescindible para la reproducción de aquella sociedad. Para adaptarse a ese escenario de “lucha” no habrían tenido más opción que “revisar”, de forma “realista”, su objetivo inicial, pasando a prometer en el mejor de los casos “condiciones más humanas” en el tratamiento a los esclavos que ellos pretendían representar.

Aunque revestido con una mítica aura democrática, el actual Estado burgués tiene como objetivo fundamental, al igual que lo tuvo el esclavista, defender los intereses generales de la clase que detenta el poder, con una combinación de hegemonía cultural y coerción que administra de acuerdo a cada coyuntura política y económica.  Pero posee, además, un enorme poder de cooptación de cualquier disidencia, contra el que deben luchar cotidianamente las organizaciones obreras, y que se impone irremediablemente cuando éstas asumen la ilusión de que podrían modificar, paulatinamente, la naturaleza clasista de esta institución.

No es preciso, pues, dibujar a los “reformistas”, de forma caricaturesca, como a unos seres perversos y deseosos de vender sus voluntades al Capital.  Su propia concepción de la política, que implica llegar a “consensos” de Estado con la burguesía – el “compromiso histórico” del PCI-, basta para que -sea cual sea su intención inicial – formen parte, muy pronto, de una imparable dinámica que acaba diluyendo y deglutiendo cualquier impulso verdaderamente transformador.

Sumergidos en esta corriente turbulenta del aparato estatal, que indudablemente les ofrece también atractivas posibilidades para la acomodación social y económica, el horizonte de “lo posible” se les presenta cada vez más estrecho. No se limitan, entonces, a “olvidar” el proyecto de construir el socialismo. Incluso la reivindicación de las reformas más concretas que en su día pudieron realizar –contra los desahucios o las legislaciones más antiobreras – van siendo igualmente relegadas por la constatación de que, alejados del contrapoder que representa la organización popular, y plenamente insertos en las instituciones del Estado, no son ya más que meros burócratas condenados a gestionar “lo que hay”.

La práctica de los sucesores de aquellos eurocomunistas, que hoy comparten   gobierno en el Estado español, lo ejemplifica a la perfección.

LAS CONSECUENCIAS DRAMÁTICAS DE ENSAYAR, REALMENTE, UN TRÁNSITO PÁCIFICO AL SOCIALISMO

No por casualidad, Sweezy y Magdoff identificaban acertadamente en 1977 que “el auténtico meollo de la cuestión” del debate (5) era el abandono por parte de los eurocomunistas, sin fundamentación alguna en la evidencia empírica, de la concepción marxista y leninista acerca del Estado.

Ni el PCI ni sus defensores –apuntaban – ofrecían alguna razón que justificase la convicción de que el proyecto de liquidar el capitalismo por medio de reformas resulta más factible hoy en día de lo que lo fue en tiempos de la socialdemocracia de la 2º Internacional.

“Más bien – añadían – hay que concluir que todos los argumentos que Lenin acumuló en “El Estado y la Revolución” contra los revisionistas de su época resultan más persuasivos que hace 60 años, por el enorme desarrollo burocrático y militar del Estado burgués”.

Sweezy y Magdoff aclaraban de inmediato, no obstante, que lo esencial para determinar si la concepción marxista del Estado podía considerarse válida no era, en ningún caso, una adscripción religiosa a las palabras del propio Marx, de Engels o de Lenin, sino el hecho de que “hasta la fecha ha resistido la prueba del tiempo” (6).

No existe ni una sola evidencia –concluían– que nos permita suponer que un mayor apoyo electoral del PCI en Italia, o de los comunistas de cualquier otro país europeo, les haría menos vulnerables a todas las tácticas con las que se desestabilizó al gobierno de Allende y, en último término, al Golpe de Estado (7).

No se trata, en definitiva, como pretende cierto discurso interesado, de que los marxistas defiendan un alocado asalto armado al “Palacio de Invierno” – desdeñando la necesidad esencial de realizar un largo y constante trabajo de concienciación y organización popular-, frente al supuesto “pacifismo” gradualista de la socialdemocracia.

La teoría marxista se ha limitado a sistematizar toda la experiencia histórica que muestra cómo la clase capitalista -utilizando las instituciones del Estado especializadas en ejercer la represión– recurre siempre que es necesario a la violencia implacable  cuando ve peligrar su poder y privilegios; concluyendo, lógicamente, que dicha reacción obliga a cualquier proyecto socialista realizable a planear y desarrollar una estrategia global de legítima defensa que, en determinados estadios de la lucha de clases, sí debe incluir el armamento popular y el ejercicio regulado de la coerción.

La mencionada experiencia de Chile, donde Salvador Allende, al contrario de lo que hicieron los partidos eurocomunistas, sí parecía dispuesto a ensayar un “tránsito pacífico al socialismo”, se convirtió en otro ejemplo de las dramáticas consecuencias que acarrea ignorar cuál es la verdadera esencia clasista del Estado no preparar a los pueblos para hacerle frente oponiendo algo más que los pechos a las balas de la represión.

Las causas por las que, pese a todo, se reproduce hoy la ilusión en una quimera que condujo a la tragedia siempre que se intentó realizar, no hay que buscarlas, por tanto, en una supuesta revisión de la teoría marxista del Estado fundamentada y racional, sino en otros factores como el peso de la ideología dominante o el terror, consciente o inconsciente, a asumir las consecuencias prácticas de una realidad social que se constata indefectiblemente y con independencia de las vías que utilicen los trabajadores para hacer avanzar sus proyectos de transformación social.

EL FANTASMAGÓRICO “REALISMO” SOCIALDEMÓCRATA

El mismo año en que tenía lugar el debate sobre el eurocomunismo en Monthly Review, el filósofo español Manuel Sacristán  dedicaba otro texto a analizar esta corriente política en la revista Materiales.

Para Sacristán, no cabían dudas de que el eurocomunismo no era “una estrategia al socialismo”. (8).

El filósofo y militante lo calificaba, por el contrario, como “el último repliegue del  movimiento comunista”y advertía  que aunque un “repliegue se puede organizar como preparación para una futura ofensiva”, la primera condición para ello consiste en asumirlo como tal.

Por el contrario – aclaraba – “la presentación eufórica del eurocomunismo como “vía al socialismo” implica la voluntad de ignorar la situación de repliegue y, con esa ignorancia, el abandono de toda noción seria, no reformista-burguesa, de socialismo” (9).

La aproximación de Sacristán a este fenómeno político, como la de otros muchos marxistas, bastaría para desmontar la caricatura que los “realistas” socialdemócratas realizan de un fantasmagórico revolucionario obnubilado por su ideología, incapaz de apreciar la realidad y empeñado en iniciar una guerra de guerrillas en plena ciudad, sin ejército, fusiles, ni apoyo popular.

Un posicionamiento revolucionario puede llegar a compartir con otro socialdemócrata su diagnóstico sincrónico de la realidad, reconociendo una situación concreta como desfavorable o como una derrota, de mayor o menor entidad. La diferencia fundamental estriba en que mientras el socialdemócrata tomará esa realidad como excusa para justificar su propia adaptación a “lo que hay”, el comunista se planteará siempre la forma de intervenir, si es preciso retrocediendo tácticamente pero sin aceptar renuncias de principios, para modificar la realidad o preparar las condiciones que en un futuro permitan hacerlo.

Lo revolucionario – explicaba Sacristán – implica mantener una posición política fundada en dos criterios: “No engañarse y no desnaturalizarse, excluyendo todo pacto con la burguesía  y ateniéndose a intervenir en diversas plataformas de lucha orientadas por los principios éticos comunistas” (10).

Desarrollar, en definitiva, un trabajo político a contracorriente en el que el PCE tenía una larga y fructífera experiencia pero que, como es sabido, sería definitivamente abandonado por esa organización. De acuerdo a las nuevas tesis eurocomunistas se impuso, en contraposición a su tenaz trabajo de base, una nueva línea de “institucionalización” que aspiraba a emular los “éxitos” del PCI y que la corriente dominante logró presentar como la única “realista”.

Hasta tal punto se impuso este nuevo “sentido común” que incluso los marxistas Sweezy y Magdoff, después de caracterizar perfectamente el eurocomunismo, llegaron a sostener que, tal vez, esta corriente política fuera “lo mejor a lo que podía aspirar la izquierda europea” y que, en cualquier caso, “era preferible a un nuevo fascismo o un régimen militar autoritario” (11).

Y es que el peligro del fascismo se encontraba también presente en la Europa de los años 70, y actuaba, como sucede en la actualidad, como coartada perfecta para justificar a una izquierda que ya había iniciado un proceso de concesiones que iba a conducir a su bancarrota total.

La perspectiva histórica nos permite juzgar hoy cuál fue el desenlace de aquella “desnaturalización” y del presunto “realismo” con el que, primero, se prometió alcanzar el socialismo, posteriormente, el mal llamado “Estado del bienestar” y, a la postre, se acabó asumiendo el nuevo mundo neoliberal surgido del agotamiento de los parches keynesianos a la crisis estructural del capitalismo.

En Italia, la desaparición del PCI, una vez dilapidado todo su patrimonio moral, dio lugar a una degradante berlusconización” de la política y esa fase desembocó, justamente, en el auge de un neofascismo representado por formaciones como La Liga de Mateo Salvini. Fenómeno de derechización que se reproduce hoy por todo el continente, en sociedades crecientemente precarizadas por el proyecto ultraliberal de la UE y que carecen ya, por la  participación en el mismo de los herederos del viejo “reformismo”, de referentes éticos alternativos.

No habiendo cambiando, en lo sustancial, la estructura y el funcionamiento de nuestra formación social, no lo ha hecho tampoco la disyuntiva de cuya resolución depende que la barbarie continúe imponiéndose como algo natural o sea posible revertir este escenario para construir un mundo en el que todos podamos habitar.

La primera opción de esta disyuntiva consiste en sucumbir, definitivamente, a la insulsa utopía de reformar el capitalismo para convertirlo en un sistema “inclusivo” (12), o de desmontarlo mediante “vías gradualistas”, mientras seguimos sufriendo los efectos de su dinámica esencial e irreversible: la creciente depredación de las personas y del medioambiente.

La segunda, requiere asumir la necesidad de reconstruir un proyecto político verdaderamente socialista que, con el máximo realismo, acepte también las tremendas dificultades y desafíos que deberá superar, solo para alcanzar aquel punto en el que la palabra “revolución” no evocaba aún en las mentes de la mayoría la idea de un objetivo irrealizable.

No supone ninguna exageración decir que nos va la vida en ello, ni está de más insistir en que para empezar a transitar este camino, que será largo y escarpado, el tiempo es un factor fundamental que nos comienza a apremiar.

Notas y referencias bibliográficas:

(1)  “Debate sobre el PCI y el eurocomunismo”. C. Marzini, M. Gordon, H. Magdoff y P.M. Sweezy. Monthly Review. Vol.1 7. Noviembre 77.

(2)  Max Gordon. “Debate sobre el PCI y el eurocomunismo”. Monthly Review. Vol.1 7. Noviembre 77. Pág. 18.

(3) Carl Marzani. “Debate sobre el PCI y el eurocomunismo”. Monthly Review. Vol.1 7. Noviembre 77. Pág. 15.

(4) Respuesta de Paul M. Sweezy y Harry Magdoff. “Debate sobre el PCI y el eurocomunismo”. Pág. 32. Monthly Review. Vol.1 7. Noviembre 77.

(5) Respuesta de Paul M. Sweezy y Harry Magdoff. “Debate sobre el PCI y el eurocomunismo”. Monthly Review. Vol.1 7. Noviembre 77 Pág. 27.

(6) Ibídem.

(7) Ibídem.

(8) A propósito del eurocomunismo. Manuel Sacristán. Panfletos y materiales III. Icaria Editorial, S.A. Pág. 199.

(9) Ibídem.

(10) Ibídem.

(11) Respuesta de Paul M. Sweezy y Harry Magdoff. “Debate sobre el PCI y el eurocomunismo”. Monthly Review. Vol.1 7. Noviembre 77 Pág. 32.

(12) El “capitalismo inclusivo” es la última definición con la que los grandes capitalistas del planeta, con el aval del Papa Francisco y el Vaticano, pretenden vender a la población la posibilidad de que este sistema pueda ser “humano y moral”.

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