Crítica del «pensamiento crítico»

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No es suficiente que la crítica, por más bienintencionada que sea, tenga éxito en manifestarse, es imprescindible que la crítica se haga carne en la lucha transformadora y la realidad misma clame por la crítica, sin atenuantes ni medias tintas

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Fernando Buen Abad.— No es suficiente que el pensamiento sea crítico, es crucial que se haga revolucionario. También la ideología de la clase dominante ha sido muy «crítica», en el peor sentido, y destructora, basándose en mentir, confundir o calumniar a mansalva todo ascenso de conciencia y organización emancipadora de los oprimidos.

 

Incluso la más fundamentada de las críticas puede ser estéril si no contiene motores transformadores.

No es suficiente detectar o describir problemas, yerros o descuidos, voluntarios o involuntarios, incluso si la observación crítica es erudita, creativa o sorprendente.

Es verdad que su «insuficiencia» no inutiliza a la crítica (ni a la autocrítica), pero es verdad, también, que se prefiere a la crítica con sentido de clase y compromiso de lucha.

Pero su forma más poderosa es la de la praxis. La que desde su génesis contiene proyecciones de acción directa y contiene, a su vez, crítica permanente para las transformaciones permanentes. La crítica por la crítica misma, a veces, se vuelve torneo de diletancias.

Si la crítica asciende a la fase revolucionaria (la fase que cambia todo lo que debe dar cambiado para aniquilar lo que atosiga a los pueblos y potenciar dialécticamente lo que lo emancipa), convierte en producto histórico al instrumento metodológico.

Y entonces se cumple con un cometido indispensable que no debe tener obstáculos.

En última instancia, o en primera, ese es el sentido de la ciencia si ha de trascenderse en la dinámica inmensa del desarrollo de la humanidad emancipada del capitalismo. La humanidad para sí y no para el capital.

Todo eso obliga a que el método de la crítica, y de la Revolución, estén en sincronía con un marco filosófico más amplio y más específico en el que la vida misma es inadmisible en las condiciones impuestas por el capitalismo, con su depredación generalizada del planeta y de las personas. De los baluartes civilizatorios y del futuro mismo.

La idea de vida debe ser rescatada y reconfigurada sobre premisas de convivencia donde no imperen el odio, el miedo o las humillaciones sin fin.

La vida misma debe ser reconceptuada sobre la base de la dignidad y de la felicidad que no se alcanzan solo criticando las condiciones de infelicidad actuales. Se necesita más que buenas ideas críticas.

Y, desde luego, la crítica revolucionaria ha de servir para combatir la desmoralización inducida, incluso por la crítica, que cuando no tiene motores revolucionarios, tiende a ser funcional al plan desmoralizador y desorganizador financiado por las oligarquías.

Son absolutamente indispensables los desarrollos teórico-metodológicos que han permitido «problematizar» los campos de batalla simbólicos y el estado actual de la guerra mediática híbrida e irrestricta.

Pero no con los oprimidos más críticos lograremos ver que la crítica resuelva lo que debe resolver un programa organizado para la unidad transformadora, incluso de la clase oprimida.

No podemos engañarnos ni contentarnos con la magnificencia de las obras puramente críticas. Por sí solas son escasas y peligrosas. También.

Hemos de profundizar la crítica con la praxis (Sánchez Vázquez), especialmente con la autocrítica que no sea puramente confesional.

Cierto ejercicio argumental, que se regodea con la trascendencia de la crítica, suele omitir la explicación (autocrítica) de sus marcos teóricos de referencia. Pone el carruaje delante de los caballos y luego se queja de que «no se avanza» por culpa siempre de terceros.

Pero eso que parecería un error de razonamiento posicional termina siendo una emboscada ideológica que conviene mucho a ciertas sectas disfrazadas de científicas, y a todo el sistema de burocracia burguesa que se embriaga produciendo crítica estéril.

En general, los pueblos quedan muy lejos de las «problematizaciones» sesudas y de las soluciones de gabinete. Otra cosa es la crítica democratizada, participativamente, en los campos de batalla de las bases.

Ahí deberían habitar todas las investigaciones epistemológicas decididas a cambiar el mundo, convertido en desastre, que nos impone el capitalismo que es una dictadura.

Un programa de acción transformadora tiene siempre perspectivas entre «lo deseable, lo posible y lo realizable».

Eso implica tiempo y alcances de las soluciones imbricadas socialmente con quienes, directa o indirectamente, sostienen la lucha. Los grandes remedios que, de serlo, siempre se agradecen, porque mejoran enormidades si cuentan con la intervención directa de los beneficiarios no solo de los «creativos», sino de la acción directa.

Eso es ya un paso de rigor metodológico y un clamor político que debería cruzar –y renovar– todos los cortes geológicos de la semántica científica. Romper los diques burocráticos de las cofradías teóricas.

No será crítica viva si no avanza hacia la segunda negación. No será acción transformadora si no alienta la organización para la acción directa. No será crítica si nada cambia.

Mientras el producto del trabajo no pertenezca a los obreros sino al dueño de los medios de producción, y ese uno de los núcleos duros de la lucha de clases, hay que desarrollar la crítica que transforme, que organice y movilice a las bases ante el dilema histórico que secuestra el producto del trabajo.

La crítica que nos urge es aquella que necesariamente pone en claro cómo intervenir organizadamente contra el secuestro del trabajo, su opresión y alienación; para que los trabajadores del mundo, unidos, confronten semejante canallada como fuerza esclarecida capaz de derrotar la teoría y la práctica de toda ofensiva ajena y hostil, desplegada por los intereses de los dueños de los medios de producción, de los modos de producción y de las relaciones de producción.

Que la crítica no se contente con lamentar las condiciones inhumanas de la clase trabajadora ni los ataques de las fuerzas opresoras en los campos militares, financieros o mediáticos; que la crítica no se contente con ser una manifestación lúcida de las contradicciones fundamentales en que se ha sumergido la vida de la mayoría de los seres humanos.

Ningún mar en calma hizo experto a un marinero. No es suficiente que la crítica, por más bienintencionada que sea, tenga éxito en manifestarse, es imprescindible que la crítica se haga carne en la lucha transformadora y la realidad misma clame por la crítica, sin atenuantes ni medias tintas.

Que la crítica transformadora no sea especialidad de unos cuantos, sino la expresión exacta a las ideas de muchos que ascienden a la práctica. Incluyendo la práctica de su crítica y autocrítica. No nos vendría mal.

Fuente: Granma / PCC
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